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La carne y los huesos de Rubem Fonseca







Mi avión no partiría sino hasta el día siguiente. Por primera vez lamenté no tener un retrato de mi madre conmigo, pero siempre me pareció idiota andar con retratos de la familia en el bolsillo, más aun el de mi madre.
No me incomodaba quedarme dos días más vagando por las calles de aquel gran hormiguero sucio, contaminado, lleno de gente extraña. Era mejor que caminar por una ciudad pequeña con el aire puro y los campesinos que dicen buenos-días cuando se cruzan contigo. Me quedaría aquí un año si no tuviera aquel compromiso esperándome.
Caminé el día entero respirando monóxido de carbono. Por la noche mi anfitrión me invitó a cenar. Una mujer nos acompañaba.
Comimos gusanos, el platillo más caro del restaurante. Al mirar a uno de ellos en la punta del tenedor, me pareció una especie de larva o ninfa de mosca que al ser frita hubiera perdido los pelos negros y el color lechoso. Era un gusano raro, me explicaron, extraído de un vegetal. Si fuera una mosca el platillo sería aun más caro, respondí, irónico, ya he tenido nidos de larva de mosca en mi cuerpo tres veces, dos en la pierna y una en la barriga, y mis caballos y mis perros también tuvieron, es difícil sacarla entera, de manera que pueda comerse frita, solamente frita podría ser sabrosa, como —y me llené la boca de gusanos.
Después fuimos a un lugar que mi anfitrión quería enseñarme.
El amplio salón tenía al centro un pasillo por donde las mujeres desfilaban desnudas, bailando y haciendo poses. Pasamos entre las mesas, en torno a las cuales se sentaban hombres encorbatados. Pedimos algo al mesero, luego de que nos instalamos. A nuestro lado una mujer con sólo un cache-sexe, a gatas, frotaba las nalgas en el pubis de un hombre de saco y corbata sentado con las piernas abiertas. Ella exhibía una fisonomía neutra y el hombre, un sujeto de unos cuarenta años, parecía tranquilo como si estuviera sentado en el sillón de un peluquero. El conjunto recordaba una instalación de arte moderno. Pocos días antes, en otra ciudad, en otro país, había ido a un salón de arte a ver un puerco muerto que se pudría dentro de una caja de vidrio. Como me quedé pocos días en esa ciudad, sólo pude ver al animal ponerse verdoso, me dijeron que era una pena que no pudiera contemplar la obra en toda su fuerza trascendente, los gusanos devorando la carne.
Allí, en el cabaret, aquella exhibición también me parecía metafísica como la visión del puerco muerto en su recipiente de cristal brillante. La mujer me recordó, por un momento, a un sapo gigantesco, porque estaba agachada y porque su rostro, mulato o indio, tenía algo de anfibio. En la mesa había otros tres hombres, que fingían no darse cuenta de los movimientos de la mujer.
Desde nuestro lugar no podíamos ver todo lo que ocurría en el salón. Pero en las mesas de nuestro alrededor había siempre una o dos mujeres prendidas a un hombre enteramente vestido. El boleto de entrada daba derecho a que una de las innumerables mujeres que hacían strip-tease en varios lugares del salón se frotaran por algún tiempo en el portador del ticket de entrada. Había un patrón coreográfico en las caricias: la mujer se ponía a gatas, rozaba las nalgas en el pubis del hombre que permanecía sentado en la silla, después bailaba frente a él. Algunas, más rebuscadas, se subían encima del sujeto y le sujetaban la cara en el vértice de los muslos. Después agarraban el ticket de entrada y se retiraban.
La única mujer que asistía a aquel espectáculo era nuestra acompañante. Mi anfitrión la llamaba Condesa, no sé si era su nombre o su título. Cuando era joven conocí a una mujer que me dijo que era una condesa verdadera, pero creo que era mentira. De todos modos yo llamaba señora Condesa a mi compañera de mesa, como antiguamente lo hacía con la otra. Ella miraba lo que ocurría en torno y sonreía discretamente, se comportaba como suponía que un adulto debe comportarse en un circo.
De todas las esquinas venía un sonido alto de dance music. Para poder hablar con la Condesa tenía que aproximar mi boca a su oreja. Le dije alguna cosa que me distinguía como un observador distante y fastidiado, ya olvidé lo que fue. También con la boca casi pegada a mi oreja, la Condesa, después de comentar la actitud de una mujer que cerca de nosotros frotaba el coño en la cara de un hombre de corbata de moño, citó en latín la conocida frase de Terencio: las cosas humanas no le eran ajenas, y por lo tanto no la asustaban. Y para demostrarlo balanceó el cuerpo al ritmo del sonido retumbante y cantó la letra de una de las piezas. Yo la acompañé, golpeando en la mesa.
En el salón había un cancel de vidrio con regadera, fuertemente iluminado por spots de luz, en el cual las mujeres se alternaban dándose un baño, algunas se mojaban y se lavaban el cuerpo entero, se enjabonaban los tobillos, los pelos del pubis, las rodillas, los codos, los cabellos. Otras hacían abluciones estilizadas. Están diciendo estoy limpia, confía en mí, susurró la Condesa en mi oído.
Esperamos que se realizara la rifa. El ganador podría escoger a cualquiera de las mujeres para pasar el resto de la noche con él, según palabras del maestro de ceremonias.
Nosotros, mi anfitrión y yo, no fuimos sorteados. La Condesa no había comprado boletos para la rifa.
Entonces permanecimos callados, sin cantar y sin golpear en la mesa al ritmo de la música. Pagamos —el anfitrión pagó— y salimos.
Nos despedimos en la acera frente al bar. La Condesa ofreció llevarme al hotel. El anfitrión también. Les dije que quería caminar un poco, las ciudades grandes son muy bonitas al amanecer.
Ya llevaba unos diez minutos caminando, doliéndome de no tener una foto de mi madre en el bolsillo, ni en un álbum, ni en ningún cajón, cuando el carro de la Condesa se detuvo a mi lado.
Entra, dijo, tengo ganas de llorar y no quiero llorar sola.
Cuando llegamos al hotel había un recado de mi hermano. Lo llamé desde el cuarto. La Condesa oyó nuestra conversación. Lo siento mucho, dijo, sentándose en la cama, cubriéndose el rostro con las manos, pero no estoy llorando por ti, estoy llorando por mí.
Me acosté en la cama y miré el techo. Ella se acostó a mi lado. Apoyó su rostro húmedo en el mío y dijo que coger era una manera de celebrar la vida. Cogimos en silencio y luego nos bañamos juntos, ella imitó a una de las mujeres del cabaret lavándose y cantando y yo la acompañe golpeando en las paredes de la ducha. Dijo que ya se sentía mejor y yo le dije que ya me sentía mejor.
Tomé el avión.
Nueve horas y media después llegué al hospital.
El cuerpo de mi madre estaba en la capilla, dentro de un cajón cubierto de flores, sobre un catafalco. Mi hermano fumaba a un lado. No había nadie más.
Ella preguntaba mucho por ti, dijo mi hermano, entonces me acerqué a ella y le dije que yo era tú, agarró mi mano con fuerza, dijo tu nombre y murió.
En el túmulo de la familia ya estaban los restos de mi padre y de mi hermano. Un funcionario del cementerio dijo que alguien tendría que asistir a la exhumación. Fui yo. Mi hermano parecía más cansado que yo.
Eran cuatro sepultureros. Abrieron la losa de mármol rosa y rompieron con martillos la placa de cemento que cerraba la sepultura. El túmulo estaba dividido en dos por una piedra plana. Uno de los sepultureros se metió dentro del hoyo abierto, con cuidado para no pisar los restos de mi hermano, en la parte superior. Las ropas de mi hermano estaban en buen estado. Tenía buenos dientes, los molares tapados con oro. Cuando retiraron la cabeza el maxilar inferior se desprendió del resto del cráneo. El fémur y la tibia estaban más o menos enteros; las costillas parecían de cartón.
Los huesos fueron arrojados por el sepulturero en una caja blanca de plástico al lado de la sepultura. Tres cucarachas y un ciempiés rojo subieron por las paredes, el ciempiés parecía más veloz que las cucarachas, pero las cucarachas huyeron primero. Dije en voz alta que el ciempiés era venenoso. El sepulturero, o como se llamara, no le dio importancia a lo que yo había dicho.
Después de que los restos de mi hermano fueron colocados en la caja de plástico, su nombre fue escrito con letras grandes en la tapa. Uno de los hombres entró a la sepultura y deshizo con un marro y cincel la losa que cerraba la parte inferior donde se encontraban los restos de mi padre, que había muerto dos años antes que mi hermano. El enterrador volvió a entrar a la sepultura. Los huesos de mi padre estaban en peor estado que los de mi hermano, algunos tan pulverizados que parecían tierra. Todo fue arrojado dentro de otra caja de plástico, mezclado con los restos de telas, las ropas de mi padre no eran tan buenas como las de mi hermano y se habían podrido tanto como los huesos. Del cráneo de mi padre sólo quedaba la dentadura postiza; el acrílico rojo de la dentadura brillaba más que el ciempiés.
Les di una buena propina. Las dos cajas fueron colocadas a un lado de la sepultura.
Volví a la capilla.
Mi hermano fumaba mirando por la ventana el tránsito de la calle.
Un sacerdote apareció y rezó.
El cajón cerrado fue colocado en una camilla con ruedas. Seguimos, mi hermano y yo, a la camilla empujada por el sepulturero hasta la fosa abierta. El cajón de mi madre fue colocado en la parte inferior. Una losa fue sellada con cemento, dejando la parte superior vacía, a la espera del futuro ocupante. Sobre esa losa fueron depositadas provisionalmente las dos cajas con los restos de mi padre y mi hermano. La loza de mármol rosa con los nombres de los dos, grabados en bronce, cerró la sepultura.
Deben haber robado las obturaciones de oro de los dientes de mi hermano mientras fui a la capilla para traer a mi madre, pensé. Pero estaba muy cansado para comentar eso. Caminamos en silencio hasta la puerta del cementerio. Mi hermano me dio un abrazo. ¿Quieres que te lleve?, preguntó. Le dije que iba a caminar un poco. Miré su carro que se alejaba. Me quedé allí, de pie, hasta que oscureció.


Rubem Fonseca©



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El globo fantasma de Rubem Fonseca




Un globo gigantesco, el más grande del mundo, dijo el informante.

¿Dónde?, pregunté.

Todo lo que sé es que ya compraron diez toneladas de papel de seda.

Así son los informantes: oyeron decir, sólo saben la mitad, la mitad que es falsa.

Yo formaba parte de un Grupo especial creado para estudiar y proponer maneras de evitar que los globeros construyeran y soltaran globos, sobre todo durante el mes de junio, en las fiestas dedicadas a San Juan y San Pedro, los santos de los coheteros. Los globos eran ilegales. Al caer incendiaban la vegetación de los parques de la ciudad, instalaciones industriales, residencias particulares. Se habían hecho campañas publicitarias, con la colaboración de los medios, sin resultado.

Yo era el representante de la policía en el Grupo. Los otros miembros eran dos mujeres, una del ayuntamiento y la otra de la agencia federal responsable del medio ambiente. Siempre me gustó trabajar con mujeres. Las dos eran inteligentes y dedicadas. Y también fanáticas de la ecología, para ellas el árbol era la mejor cosa que existía en el mundo. Creían que el problema tenía una solución simple: cárcel para los globeros. En junio los cielos se llenaban de globos y junio estaba por llegar y sabía que mi vida se convertiría en un infierno. Además, por si fuera poco, cometí la imprudencia de contar a mis compañeras del Grupo la historia del globo de diez toneladas de papel de seda. Las dos quedaron indignadas.

Ya me imagino el tamaño de la mecha de un globo como ése.

Está preocupado por el tamaño de la mecha, no por las calamidades que puede causar, dijo Marina. Tienes hombres, armas, la ley, ¿por qué no acabas con esos globeros?

El problema es muy complicado.

Ya oímos esa disculpa antes, dijo Marina.

Y ese globo gigante es sólo un rumor.

Vamos a suponer que no sea sólo un rumor, dijo Fabiana. Encarcelar a los responsables de ese superglobo serviría de ejemplo, tendría un efecto persuasivo.

Los portugueses trajeron el globo a Brasil hace cientos de años. Pero, como ocurre con todas las tradiciones, el tiempo acabará también con ésta. La urbanización…

Mientras tanto los bosques y los cerros de la ciudad se incendian, cortó Marina. Finalmente, ¿qué es lo que estás haciendo en este grupo?

Vivía provocándome, pero yo nunca perdía la paciencia con ella. Ni con nadie.

Por favor, dijo Fabiana.

Todo lo que pedía Fabiana, yo lo hacía. Incluso cuando era una pérdida de tiempo.

En dos días coloqué seis detectives en la calle recorriendo los suburbios, infiltrándose, sólo para descubrir dónde iba a ser construido el megaglobo, si es que fueran a hacerlo. Conseguí en el Gabinete que me cedieran al detective Diogo Cão * para ese trabajo.

En la reunión semanal del Grupo relaté a mis colegas las prevenciones que estaba tomando. Hablé de los seis detectives, principalmente de Diogo Cão. Él nos va a ayudar mucho, agregué.

¿Cão? ¿El policía se llama Cão?

¿No hay gente que se llama Gato? ¿Pinto? ¿Leitão? ** Diogo Cão es de familia portuguesa. Es posible que descienda del navegante del siglo cuatrocentista.

Estás rehuyendo el asunto. ¡El bosque se va a incendiar!, dijo Marina.

Diogo sabe todo sobre el globo. Me dijo que los incendios son causados por los globos pequeños. Los globos grandes son hechos por especialista y se apagan cuando aún están en el cielo. Cuando caen, la mecha ya no arde.

No les conté que a veces, por un defecto de la mecha o de la estructura, los globos grandes estallan, lo que en el lenguaje de los globeros significa que se incendian. Y al caer incendian todo lo que está abajo.

Ahora además esa falacia, los globeros se preocupan por el medio ambiente, dijo Marina.
Lo que ellos quieren es recuperar el globo, admití.

Necesito hablar contigo, dijo Fabiana.

Cão policía, una combinación perfecta, dije bromeando, y ellas me miraron de soslayo.

Me urge hablar contigo, repitió Fabiana.

Ya me voy, dijo Marina, que sabía de mi relación con Fabiana. Al salir nos miró, balanceó la cabeza y azotó la puerta.

¿Vamos al cine?

No tengo ganas de ir al cine.

Vamos a buscar comida china.

No tengo ganas de comida china.

Vamos al centro comercial a comprar un CD.

Llévame a mi casa. Tengo dolor de cabeza.

Cuando llegamos, en la puerta de su casa, le pregunté si podía subir.

Hoy no.

Me muero si no tomo de tu café con leche, ahora, me muero.

Ya conozco todos tus trucos, deja de hacer el ridículo.

Estoy hablando en serio.

Soy yo quien necesita hablar de un asunto muy serio contigo.

Entramos al departamento. ¿Vas a hacer café con leche?

No. Tengo que decirte una cosa.

Después, mi amor.

Ahora, necesito hablar ahora.

Te amo, dije, abrazándola.

Yo también te amo. Tengo que decirte una cosa.

Después.

Fuimos a la cama.

Ir a la cama con ella era la mayor felicidad que la vida me daba. Nos poníamos alegres y reíamos y sudábamos aun con el aire acondicionado de tanto rodar en la cama, y en los intervalos tomábamos café con leche que ella hacía echando café soluble en la leche hirviendo, y yo salía de ahí en la madrugada para que ella pudiera dormir, pues no sé dormir con nadie, ni siquiera con la mujer que amo, y decía en voz alta su nombre al sol, si el sol ya había aparecido, a la lluvia, cuando llovía, Fabiana, a los carros que pasaban. Y ella siempre sentía dolor en los músculos de las piernas al día siguiente.
Aquella noche no se rió ni una vez siquiera. Mientras me vestía, repitió muy seria, tengo que decirte una cosa.

Mañana. Ahora duérmete.

Hoy. Ese globo es una cosa monstruosa. Todos los globos son una cosa monstruosa. Los globeros son una banda de criminales.

¿Por qué no una banda de soñadores? El sueño de Bartolomeu Lourenço de Gusmão. De los Montgolfier.
¿Lo ves? Marina tiene razón. Tú simpatizas con ellos, estás de su lado.

Son comunidades enteras las que hacen el globo, hombres, mujeres, viejos, niños. Sólo quieren ver cómo sube el globo hacia el cielo, lo más alto que sea posible.

¿Comunidades enteras? Qué justificación más idiota. Si comunidades enteras practican el linchamiento, ¿te pones de parte de los asesinos? Estamos perdiendo el tiempo con tu sociología equivocada.

No estoy del lado de nadie. No le caigo bien a Marina.

Soñadores fueron los que hicieron el bosque de Tijuca, años y años en un trabajo de amor. Sabes que Rio es la única ciudad en el mundo que tiene en su perímetro urbano un bosque, la Floresta de Tijuca. ¿O no lo sabías?

Sí.

Y esos globeros cretinos todos los años destruyen un pedazo del bosque y tú los llamas soñadores. Necesito decirte una cosa.

Entonces dime lo que necesitas decirme. Pero antes recuerda que hice un esfuerzo demente para conseguir a seis detectives y además a Diogo Cão para que hicieran esa investigación idiota sobre un globo gigante que probablemente nunca será hecho y que si fuera hecho sólo será uno más entre miles. Miles, mi amor, pon eso en tu cabeza, son muchos miles los globos fabricados en esta época del año y hay decenas de miles de personas envueltas en esto. Cuando soltar un globo no era un crimen, los globeros imprimían invitaciones convocando al pueblo a que asistiera al lanzamiento de los globos grandes. Y el globo tenía nombre y celebraba alguna cosa, un santo, un acontecimiento, una fecha histórica, un deseo. Y los poetas de la comunidad escribían odas al globo, que eran cantadas durante el lanzamiento. Ahora dime lo que estás queriendo decirme.

Qué bueno que se prohibió esa perversidad cultural.

Di lo que me quieres decir.

No lo dijo inmediatamente. Salió de la cama enredándose en la sábana para que no viera su cuerpo desnudo, cosa que nunca había ocurrido, a no ser en los primeros días. Se enjugó los ojos en la sábana, cuidándose para que no se descubriera ninguna parte íntima de su cuerpo. Lo que Fabiana iba a decir era algo serio, ella sólo muy raramente lloraba.

Anda, puedes hablar, no aguanto verte llorar y no voy a dejar de amarte, no importa lo que me digas.
Marina y yo estamos escribiendo un oficio para el secretario de Seguridad Pública pidiendo que se designe a otro delegado en tu lugar para integrar el Grupo.

Deja de llorar, mi bien. ¿Qué es lo que dicen ustedes para argumentar mi sustitución? ¿Que soy incapaz? ¿Flojo?

No con esas palabras.

¿Incompetente? ¿Negligente?

El Grupo se reúne desde hace casi un año y no se ha hecho nada. Te pedí que aprehendieras a los globeros que están construyendo ese monstruo y tú no le diste importancia.

Ese globo no existe.

Marina dice que estás del lado de ellos.

¿Y tú? ¿También lo crees?

No sé. Sí, lo creo. ¿Estás enojado conmigo?

¿Enojado? Ese es el nombre de uno de los enanos de Blanca Nieves.

Pero no me hizo gracia ni a ella le hizo gracia y pasé la mano con suavidad sobre su cabeza. Ahora lloraba sin ocultarlo.

Cuídate, pequeña.

Yo nunca había salido de su casa sufriendo. Todo por causa de un maldito globo fantasma. Todos los bosques del mundo no valían el amor que yo sentía por Fabiana, pero aquel bosquecito de mierda trepado en las cumbres de la ciudad, cuyo árbol más antiguo tenía la edad de mi abuela, valía más que el amor de Fabiana por mí. Las mujeres, pensaba yo mientras caminaba por la calle oscura, no sabían amar como los hombres. Nosotros, los hombres, habíamos inventado el romanticismo y el suicidio por amor, por ellas teníamos el coraje de parecer payasos, de ser asesinos, ladrones. Pensé en los suicidas que conocía. Pero no había ningún hombre, sólo mujeres, que por amor se habían cortado las muñecas, tomado barbitúricos, encendido fuego en los vestidos, arrojado frente al tren, arrojado por la ventana, ahorcándose, sólo mujeres. El único hombre de quien me acordé fue Werther. Ése no valía. Las mujeres sí sabían amar. Entonces me entró añoranza por Fabiana y empecé a decir su nombre en medio de la calle y un mendigo que intentaba dormir debajo de una marquesina se me quedó viendo y yo le dije ven acá y no vino y yo le grité ven acá, te lo ordeno, y vino aterrado y le dije repite conmigo Fabiana, Fabiana. Y nos quedamos los dos diciendo Fabiana, Fabiana, y después le di el billete de más valor que tenía en el bolsillo y regresó abajo de la marquesina. Y cuando yo ya estaba lejos gritó Fabiana, ya acostado, haciendo ademanes con la mano, y yo le grité Dios te bendiga mi buen mendigo, haciendo ademanes también. Pura telenovela de las seis.
Al día siguiente, en la delegación, mandé llamar a Diogo Cão.

¿Qué hay?

Quizás sí existe el globo. Quizás lo van a hacer, quizás. Y si lo hacen, va a ser en la Baixada. En Caxias contrataron a un meteorólogo para saber con certeza la dirección y la hora de los vientos buenos. Tengo el ojo puesto en Caveirinha, para descubrir quién se va a quedar con él. Nadie sigue mejor a los globos que Caveira, conoce todos los caminos de la ciudad y todos los caminos de la Baixada y todas las carreteras que van a dar a Minas, São Paulo y Espirito Santo. Ya hubo un globo grande que atravesó las fronteras. En el volante de una pick-up él es mejor que Senna piloteando el McLaren. Si Caveira fue a Caxias, ya es una pista. Sao João de Meriti y Caxias se están disputando a un americano que trabajó soltando cohetes en Cabo Cañaveral, el gringo vino al carnaval, se piró y se quedó. Son los dos grupos que están invirtiendo más, por lo visto. Vamos a ver para qué lado va el rastreador Zé de Souza.

El tiempo está pasando, Diogo. Mis colegas del Grupo dicen que ese globo va a causar un gran incendio.
¿Cuál globo, doctor? Nosotros no sabemos nada. El Caveirinha y el Gringo apenas pueden significar que se harán los globos de siempre.

Supongamos que el globo fantasma existe. Y que está siendo hecho por partes, en locales diferentes, para que no lo descubramos, y después van a juntarlo todo, encienden la mecha y sueltan el animal. ¿No puedes descubrir algo?, ¿algún soplón?

Después de que se prohibió soltar globos ya nadie abre el pico. Es una especie de religión.
Cristianos en las catacumbas.

Algo así. ¿Se acuerda, doctor, de aquel avión francés que los terroristas secuestraron? Un pasajero que iba en el avión dijo que estaba tranquilo hasta que los secuestradores se reunieron en un rincón y empezaron a rezar. Entonces se dio cuenta que aquellas oraciones significaban que los pasajeros estaban jodidos. Enseguida empezó la matanza de rehenes. Eso es la religión. El globo es la oración de los globeros. Usted puede traer a uno de ellos hasta aquí y arrancarle los cojones con unas pinzas, que él no dirá nada. Y los cojones son el bien más preciado de un hombre, ¿no es cierto?

Es cierto, respondí, pensando en Fabiana.

Usted sabe que Zé de Souza es mi amigo, ¿verdad?

Me estoy enterando ahora.

Zé de Souza un día me dijo que se caga en la ley de los tribunales y en la frescura de los ecologistas. Nuestra lucha, me dijo, es contra la ley de Newton. Cuando le hablé de los bosques me respondió que se jodan los bosques, los bosques se incendian desde hace millones de años y el mundo no se ha acabado.
Diez toneladas de papel de seda hacen un volumen enorme, dije.

Puede ser una exageración de quien dio el pitazo. Ya investigué, nadie vendió esa cantidad de papel.
Pudieron haberlo comprado en varias ciudades, en pequeñas cantidades, en fechas espaciadas. Brasil es grande.

Puede ser. Pero tengo mis dudas.

Cão, ¿alguna vez te pedí una cosa diciendo que era asunto de vida o muerte?

No, señor.

Este es de vida o muerte.

Entiendo. Pero el globo es una cosa bonita, ¿o no, doctor?

Un incendio también.

La cosa más bonita que he visto fue el incendio de la refinería.

Lo bello horrible, Cão.

Que se jodan los bosques. Estoy bromeando, doctor.

Todas las noches salía a investigar con Cão. Descubrimos decenas de lugares donde los tipos estaban haciendo globos, pero de nada servía detener a nadie, tendríamos que detener a mucha gente, incluso dejando a los viejos y niños fuera. Cristianos en las catacumbas. Tampoco había como confiscar el material, los globos eran hechos por partes. El corte de las hojas, el pegado de los gajos, el armado de los banderines y banderas, el encadenamiento de los armazones de los fuegos artificiales, la flexión del aro de la boca, el tejido de las mechas, cada cosa era elaborada en un local diferente, patios, llanos con canchas de futbol, galpones abandonados, para después armarlo todo en el lugar en que iba a ser lanzado el globo. En las investigaciones sólo íbamos los dos, en el viejo carro de Cão, para que nadie sospechara que éramos de la policía. Y oímos el chisme que circulaba en todas las plazas, en todas las huertas: en algún lugar se estaba haciendo un globo gigantesco que iba a asombrar al mundo entero y entraría para siempre en el Guinness. Cão, dije, el hijo de puta está siendo construido.

Empezamos a llamar al globo El Cabrón. Si lo están haciendo, dije a mis detectives, quiero agarrar al Cabrón, agarrarlo entero, antes de que lo suelten, a la hora en que enciendan la mecha, antes de que la llama se ponga azul. Y esto sólo podría ocurrir en la víspera de San Juan, en la noche del día veintitrés.
Hablé con el comandante de la PM y él garantizó que ese día pondría a mi disposición cincuenta hombres de la tropa de choque.

¿Cincuenta hombres de la tropa de choque? Es poco, tenían que movilizar a todos los efectivos de la PM, dijo Marina.

Creo que vamos a coger el globo fantasma.

A ellas no podíamos decirles el nombre grosero que Cão y yo habíamos dado al globo. Fabiana no decía ni una palabra. Yo hacía cara de sufrimiento y buscaba sus ojos, pero Fabiana fingía estar ocupada en la lectura de un libro.

De nada sirve destruir sólo esa monstruosidad y a la cuadrilla responsable de ella, dijo Marina, la policía tiene que coger a todos los globeros de la ciudad, procesarlos uno a uno.
Inclusive a los niños.

Despreció mi ironía. Los niños tienen que ser educados. Si tuviéramos una policía eficaz los niños estarían haciendo otra cosa.

Todo el mundo debería ser policía durante un año, para que vieran la mierda que es. Lo pensé, pero no lo dije.

Cão llegó y me llamó a un rincón. El Caveiriña se emborrachó en un bar de Vila Isabel y decía a gritos, ¡miren al cielo el día veintitrés!, ¡miren al cielo el día veintitrés! Creo que el Caveira va a ser el seguidor. No sabemos para quién.

¿En Vila Isabel?

Eso no quiere decir nada.

Tenemos que hallar al rastreador. ¿Si fuera Zé de Souza te haría el favor?

No. Ni voy a joderme al Zé de Souza, es mi amigo.

Está bien.

¿Esa plática es secreta?, preguntó Marina. Ustedes están cuchicheando, ¿quieren que salgamos de la sala? Vámonos, Fabiana.

Fabiana cerró el libro, me miró tan rápidamente que ni siquiera me dio tiempo de poner cara de sufrimiento para que tuviera pena de mí, y se levantó.

Calma, calma. Estoy platicando con el detective Cão sobre el rastreador, hablábamos bajito para no incomodar la lectura de Fabiana.

Fabiana aprovechó la oportunidad y preguntó con cierta dulzura, ¿rastreador, qué es eso?

Es el sujeto que dice al personal de la captura cuál es la dirección que el globo va a tomar de acuerdo con las corrientes de aire de la atmósfera, le dije, haciendo cara de sufrimiento. Fabiana, conmovida, hizo un leve gesto de aproximación, como si fuera a abrazarme, pero se contuvo.

Después de que el globo es soltado por una comunidad con recursos, que suelta muchos globos grandes, dijo Cão, entran en escena el seguidor, que es el elemento que tiene que conocer todos los caminos de la ciudad y maneja una pick-up, el rastreador, que es la figura que ya explicó el doctor, y la multitud de la captura. La función de esa muchedumbre es rescatar el globo, de ser posible intacto, doblarlo, colocarlo en la pick-up y llevar el animal apagado de regreso, para después soltarlo de nuevo. Si alguien se mete, un grupo rival, o bien vagos rasgadores, les dan en su puta madre, con su perdón. Ha muerto gente en esos enfrentamientos.

La psicología del rasgador…, comencé.

Ahórranos esas digresiones, dijo Marina.

¿Por qué en una pick-up?, preguntó Fabiana.

Tiene que ser un vehículo grande para que pueda transportar al grupo de la captura, al rastreador y al globo rescatado, si es el caso. Otros grupos, de otras comunidades, puede que quieran capturar el globo. Si fuera un grupo amigo, entregan el globo a los dueños y después, juntos, sueltan nuevamente el animal. Y siempre que cae un globo aparecen rasgadores vagos. Rasgan el globo porque no fueron ellos quienes lo pusieron en el cielo, porque no perdonan al globo que haya caído de las alturas, porque el globo es un cuerpo extraño en las calles. Es como los pájaros migratorios muertos a palos en las playas del Nordeste porque andan exhaustos en la arena cuando deberían estar volando.

Ellos matan pájaros porque tienen hambre.

Los rasgadores también tienen hambre. Hay muchos tipos de hambre.

Te equivocaste de profesión, dijo Marina. Eso ya lo sabíamos, por las demostraciones obvias que nos han dado, y ahora, con estos rollos de almanaque…

Cão me defendió: conocer la psicología de los infractores ayuda a la investigación criminal.

Yo estaba hablando con Fabiana.

Pero yo estoy aquí y no soy sorda. Miserable, la Marina.

No vamos a pelear, dijo Fabiana.

Yo no estoy peleando, respondí.

Pero yo sí. Nosotras estamos escribiendo un oficio al secretario de Seguridad pidiendo tu sustitución.

Ya se lo dije, dijo Fabiana, volviendo a leer.

No se olviden de echar un vistazo al decreto que creó el Grupo. La burocracia tiene normas, procedimientos, reglamentos, etcétera, que deben ser obedecidos.

Ya lo sabemos.

Diogo Cão y yo haremos una investigación. Hasta luego.

Nos detuvimos en una lonchería para tomar un agua de coco.

Esa mujer, o lo ama o lo odia a usted.

La psicología del almanaque nos atacó a los dos.

Existen lugares en los que nunca apareció el arco iris.

Cão, esto no tiene pies ni cabeza. Es poesía pura.

Invita a esa mujer a que abrace un árbol contigo.

No puedo. Ya hice eso con Fabiana. Así fue como entré en su corazón.

Y ahora salió, ¿o no?

Eres un tira listo.

Nos olvidamos del mechero, dijo Cão, un globo de ese tamaño, si realmente lo están haciendo, deben tener el mejor especialista en mechas. Un tipo como el viejo Silva Mattoso. Él hace la mejor mecha de etapas en todo Brasil, ya sabes cómo, se quema primero una, después otra…

Sí, ya sé cómo.

Hace globos de hasta ocho etapas, que vuelan más de quinientos kilómetros. Van a dar a Minas, o a Espírito Santo.

Descubre por dónde anda y qué es lo que está haciendo. Edgar te ayudará.

Me dediqué al Cabrón. Anduve por todas partes, con Cão y sin él. Méier, Madureira, Caxambi, Del Castilho, Bangu, Penha, Campinho, Quintino Bocaiúva, Cascadura, Anil, Pavuna, Costa Bastos, Realengo, Camorim, Padre Miguel, Senador Cámara, Vargem Pequeña y Vargem Grande, Santíssimo, Curupia, Senador Vasconcelos, Campo Grande, Memdanha, Cosmos, Nova Iguaçu, São João de Meriti, Caxias, Nilópolis, no en ese orden, pero yendo cada vez más lejos. Di la vuelta al mundo, me perdí innumerables veces, ni la Muerte conoce todas las calles y plazas y carreteras del Gran Rio. En todas partes estaban haciendo globos, en los municipios adyacentes, en la zona rural, en los suburbios, en los cerros, en los barrios. Hasta en la Zona Sur había gente haciendo globos. Globeros surfistas. Pero el Cabrón era demasiado grande como para ser soltado en una calle o en una plaza, necesitaba de un patio grande, de un campo largo, y eso nos favorecía.

El día veintitrés se acercaba. Fabiana no respondía los recados que le dejaba en su contestadora electrónica. En la reunión semanal del Grupo se quedaba callada. También Marina hablaba poco. Después de haberme apuñalado por la espalda las dos debían sentirse incómodas. Yo no sabía si habían o no mandado el oficio en el que pedían mi sustitución, ni, en caso afirmativo, qué decisión había sido tomada en la Secretaría. Ya lo sabría por el Boletín, que es la manera más miserable de tener noticias miserables.

El día veintiuno, dos días antes de la fecha del probable lanzamiento del Cabrón, tuve una reunión con los detectives y discutimos el asunto. Uno de ellos, el detective Arsênio, estaba convencido de que el globo sería soltado en Caxias.

Contrataron al Gringo, el tipo de Cabo Cañaveral, dijo Arsênio, el Gringo desfiló en el Carnaval en la Escuela de Samba Gran Rio, que es de Caxias. A esos gringos les gustan las cosas exóticas, se debe haber enculado con una mulata y está en el negocio por amor.

¿Y Zé de Souza?

Está peleado con el grupo de Caxias. Pero ese globo puede hacer que el tipo olvide cualquier divergencia.
¿Si lo llamaran iría?

Sí, dijo Cão.
¿Y el Caveirinha?

Dicen que el Caveira anda bebiendo mucho, es una carta fuera de la baraja. No vale la pena perder tiempo con él, dijo uno de los detectives.

¿Y el mechero? ¿Silva Mattoso?

Desapareció, pero él es amigo del personal de São João de Meriti, dijo el detective Edgar.

Sólo puede ser Caxias, insistió Arsênio. Ellos tienen dinero. El bicheiro jefe de la Escuela de Samba está financiando todo. Y Meriti es un huevo, ciudad dormitorio.

Es un huevo pero está lleno de globeros en Éden, Coelho da Rocha, São Mateus, Vilar dos Teles, Vila Rosali, dijo Cão.

Si Caxias lo llama, ¿Zé de Souza va?

Si lo llamaran y el globo estuviera siendo en Caxias, va. Pero no sé si lo llamarán, dijo Cão.

Tampoco sabemos si están haciendo el Cabrón. Hay muchas comunidades haciendo globos grandes. Como ocurre todos los años, dijo Edgar.

No podemos olvidar al gringo de Cabo Cañaveral, dijo Arsênio, que estaba infiltrado en Caxias. Me tome unos tragos con él y con un grupo de globeros y el gringo sólo hablaba de, de, déjame sacar el papel en el que escribí todo: fuerzas gravitacionales, fuerza de atracción, arrastre aerodinámico, ecuaciones de movimiento, órbitas keplerianas.

Carajo, dijo alguien.

Sólo puede tratarse del Cabrón, continuó Arsênio. Van a soltar el animal a las nueve.

Vamos a votar. Éramos ocho. Yo, además del mío, tendría el voto de Minerva. Pero no fue necesario desempatar. Caxias ganó por siete a uno. Cão votó por São João de Meriti, pero con poca convicción.
Si no fuera Caxias, ¿da tiempo de que desplacemos nuestro personal a São João de Meriti?, pregunté.

Está la carretera Caxias-Meriti. Pero cincuenta hombres se desplazan con lentitud. Son muchas órdenes pasando de un nivel a otro, dijo Cão.

Jefe, dijo Edgar, todo esto puede ser un chisme, el Cabrón no existe y vamos a hacer el ridículo.
Telefoneé a Fabiana.

Mañana atraparemos el globo fantasma. Me gustaría que vinieras con nosotros.
No quiero ir.

Te lo pido yo. Después no vuelvo a molestarte nunca. Alguien del Grupo, además de mí, debe ir. No quiero llevar a Marina. No le caigo bien.

Sí le caes bien. Hasta soñó contigo el otro día.

Pero yo preferiría que fueras tú. ¿Recuerdas lo que dijiste? ¿El significado persuasivo de esta aprehensión?
¿Habrá violencia?

Ninguna. Lo prometo. Paso por tu casa en la tarde.

Después fui a la Comandancia de la PM y lo preparé todo. Los hombres de la tropa de choque estarían alertas. Desde el radio de mi coche les daría las coordenadas.

Pasé por casa de Fabiana a las seis. Después recogí a Cão en la Av. Presidente Vargas esquina con Senhor dos Passos. ¿Todo está OK?, pregunté por el radio al comandante de la tropa de choque.

Los hombres ya están en los vehículos esperando las órdenes.

¿Arsênio está ahí con ustedes? Él conoce el lugar.

Arsênio estaba con ellos. Cão, que estaba conmigo, también sabía dónde era.

Me encontré con los carros de la tropa de choque en la Av. Brasil, frente a la refinería de Manguinhos. Cogimos la carretera y paramos en la entrada de Caxias.

La tropa de choque usaba escudos, chalecos, macanas, ametralladoras, uniformes y cascos oscuros.
¿Es necesario todo eso?, preguntó Fabiana.

Sólo es para asustar, dije.

Llegamos con la tropa de choque al lugar del lanzamiento. Una gran y compacta aglomeración de personas hacían un enorme círculo en torno al globo, ya inflado, aún sujeto a las amarras. Los soldados saltaron de los vehículos e irrumpieron entre la multitud, abriéndose camino a macanazos, hasta cercar el globo.

Era un globo grande, pero el Cão y yo ya habíamos visto docenas iguales.

Puta madre, ése no puede ser el Cabrón, dijo el detective.

El Cabrón va a ser lanzado en Meriti, dije. ¿Conoces la carretera para Meriti? Vámonos para allá.

¿Sólo nosotros? No hay tiempo para reagrupar a la tropa de choque. Mira el alboroto, ya empezó la paliza, la cagamos completamente, dijo Cão.

Estábamos tan nerviosos que nos olvidamos de la presencia de Fabiana y gritábamos palabrotas uno al otro.
Vámonos, carajo, te lo estoy ordenando.

Entonces déjeme el volante, dijo Cão.

Salimos a alta velocidad por la carretera Caxias-Meriti. Por el radio del carro intenté hacer contacto con el comandante de la tropa de choque, pero no lo logré.

Ya estamos en Meriti, esta es la carretera del Munguengo. Ya deben estar lanzando el Cabrón en alguna huerta en las orillas del Sarapuí, dijo Cão.

Y así era. El Cabrón subía al cielo, la cosa más espantosa que había visto volando en toda mi vida. El mayor globo de aire caliente de todos los tiempos. El lanzamiento era saludado con exclamaciones de júbilo, y los gritos agudos de las mujeres y niños cubrían las voces de los hombres.

Bajamos del carro.

Dios mío, dijo Fabiana. Cão y yo nos quedamos callados. ¿Qué decir? Sólo miramos, y miramos, y miramos al Cabrón que subía lentamente a los cielos, mientras en las guías explotaban los cohetes y los fuegos artificiales despedían fulgores creando una claridad que iluminaba hasta donde la vista podía alcanzar.
Fabiana volvió al carro y se sentó en el asiento de atrás en silencio.

Cão y yo continuamos mirando el globo hasta que quedó del tamaño de una estrella en el cielo.
Una vez más, no logré hacer contacto por la radio con la tropa de choque que estaba en Caxias jodiéndose y jodiendo a los otros. Sentí hambre. Pregunté si alguien más quería comer alguna cosa. Solamente Cão respondió.

Nos detuvimos en una lonchería. Fabiana tomó una agua mineral. Todos mis intentos por hacerla decir alguna cosa fueron inútiles. Cão hablaba del globo. Palpitaba en la altura, el diámetro, tantas decenas de millares de metros cúbicos de aire caliente habría dentro de él que iría a caer en Minas Gerais, o en Espírito Santo, o en São Paulo, y que no era un gringo de mierda que se cogía a las mulatas inocentes, farsante de Cabo Cañaveral, el que había calculado la trayectoria.

Volvimos por la Linha Vermelha.

¿Qué es aquello? ¿Qué es aquello?, gritó Cão.

La Linha Vermelha * tiene una topografía plana y un amplio horizonte y circulando por ella se puede ver toda la bóveda celeste. O casi toda.

¿Qué es aquello? ¿Qué es aquello?, dijo Cão, excitado.

El globo, dijo Fabiana. La segunda vez que abría la boca en toda la noche.

Ahí estaba.

¿Cómo es posible? Imposible, gritó el detective.

Es él, el Cabrón. Alguna cosa le ocurrió a la mecha, dije.

Podíamos ver el globo volando lentamente. Fuimos tras él. El carro iba a veinte por hora. Un policía de motocicleta se detuvo a un lado. ¿Cuál es el problema?, preguntó. Le mostré mi credencial, estoy siguiendo aquel globo. Va hacia Penha, dijo el patrullero y arrancó en la motocicleta. Seguimos el globo. A cada momento deteníamos el carro. Va a caer en el aeropuerto, decía Cão, no, está cambiando de rumbo, va para Ramos, no, está yéndose para São Cristóvão. Tardamos un tiempo enorme sin saber para dónde ir. Hasta que decidimos que iba hacia el centro de la ciudad.

Tomamos la salida de la Cidade Nova y paramos en el canal del Mangue para observar el animal aquel. El globo había perdido mucha altura, su energía se estaba acabando, caía muy aprisa. Se desviaba hacia la Zona Sur, iba a caer dentro de algunos minutos y para llegar antes atravesamos el Rio Branco pasándonos todos los semáforos, agarramos el terraplén a doscientos por hora, atravesamos el túnel de Copacabana, salimos en la Atlántica, siempre a más de ciento cincuenta, en la madrugada es fácil. Cuando llegamos a la Vieira Souto vimos que el globo estaba cayendo al mar, frente a las islas Cagarras, a unos dos mil metros de la playa.

El Caveirinha ya estaba ahí, en la playa de Leblon, en una pick-up japonesa nuevecita. Su grupo sabía calcular los vientos. Él y el personal de captura, y también Zé de Souza, y un sujeto de barba blanca que debía ser mechero Silva Mattoso contemplaban en silencio la caída del globo al mar. El sol rayaba a la izquierda, a la altura del Arpoador, y hacía brillar el papel metálico que cubría el globo. Había dos carros más, alejados uno del otro, de globeros rivales, y los hombres dentro de los carros estaban inmóviles contemplando el espectáculo en silencio.

Habría ocurrido una masacre si el mayor globo del mundo hubiera caído en tierra.

Nuestro carro se detuvo atrás de la pick-up del Caveirinha. Algunos de los hombres de la captura, con el bulto de las armas de fuego que se notaba en las camisas, bajaron a la playa y se sentaron en la arena, mirando. Uno de ellos, desanimado, dejó caer la cabeza sobre las rodillas. Aquel globo no había sido hecho para volar sólo cincuenta kilómetros y caer en el lugar equivocado.

El globo parecía mayor que el cerro de piedra del islote Cagarra, que queda a la izquierda del conjunto de islas. Cayó lentamente y tocó el mar, primero la armazón de banderines, después la hilera de faroles ya apagados, después las cuerdas con fuegos artificiales, hasta que la inmensa boca de fierro se posó en el océano y el globo se quedó inmóvil, una carabela fantástica sobre el mar en calma. Se mantuvo inflado mucho tiempo, antes de desaparecer en las aguas.

Fabiana lo presenció todo, el rostro muy pálido.

Zé, gritó Cão.

Zé de Souza se acercó a nuestro carro, los binoculares colgando en el pecho. ¿Tú por aquí, Cão?

Zé, ¿el mechero es Silva Mattoso?

El viejo se va a morir de tristeza, la mecha pifió.

Nosotros también queríamos el globo, Zé.

No fue creado para ser prisionero, ni para morir en el mar como si fuera un marinero. Era mejor que hubiera estallado y caído en la tierra como una bola de fuego, incendiando el mundo. Dan ganas de llorar, dijo Zé de Souza.

Que se jodan los bosques, dijo Cão.

Que se jodan los bosques, repitió el rastreador. Vámonos, Diogo Cão, dije.

Doctor, si a usted no le importa, me voy a quedar aquí.

Está bien, dije, y el detective se fue con el rastreador a juntarse con los globeros. Cuando arranqué el carro Cão estaba abrazando al viejo Silva Mattoso.

¿Quieres que te lleve a tu casa?

Sí, por favor. Estoy cansada.

Fabiana vivía en la calle de las Laranjeiras. Cuando entramos al túnel Rebouças me dijo, te amo.
No hablamos del globo. Ni en el túnel ni en la cama, ni después tomando café con leche, ni en todo aquel día, ni nunca más.




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Corazones solitarios de Rubem Fonseca



Yo trabajaba en un diario popular como repórter de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante, que envolviera a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.
Crimen así ni en Roma, París, Nueva York, decía el editor del diario, estamos en un mal momento. Pero dentro de poco cambiará. La cosa es cíclica, cuando menos lo esperamos estalla uno de aquellos escándalos que da materia para un año. Todo está podrido, a punto, es cosa de esperar.
Antes de que estallara me corrieron.
Solamente hay pequeño comerciante matando socio, pequeño bandido matando a pequeño comerciante, policía matando a pequeño bandido. Cosas pequeñas, le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer.
Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas, dijo Peçanha.
Pero fuera de mi área, dije.
¿Ya leíste Mujer?, Peçanha preguntó.
Admití que no. Me gusta más leer libros.
Peçanha sacó una caja de puros del cajón y me ofreció uno. Encendimos los puros. Al poco tiempo el ambiente era irrespirable. Los puros eran corrientes, estábamos en verano, las ventanas cerradas, y el aparato de aire acondicionado no funcionaba bien.
Mujer no es una de esas publicaciones en color para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de la clase C, que come arroz con frijoles y si engorda es cosa suya. Echa una ojeada.
Peçanha tiró frente a mí un ejemplar del diario. Formato tabloide, encabezados en azul, algunas fotos desenfocadas. Fotonovela, horóscopo, entrevistas con artistas de televisión, corte y costura.
¿Crees que podrías hacer la sección De mujer a mujer, nuestro consultorio sentimental? El tipo que lo hacía se despidió.
De mujer a mujer estaba firmado por una tal Elisa Gabriela. Querida Elisa Gabriela, mi marido llega todas las noches borracho y…
Creo que puedo, dije.
Estupendo. Comienza hoy. ¿Qué nombre quieres usar?
Pensé un poco.
Nathanael Lessa.
¿Nathanael Lessa?, dijo Peçanha, sorprendido y molesto, como si hubiera dicho un nombre feo, u ofendido a su madre.
¿Qué tiene? Es un nombre como otro cualquiera. Y estoy rindiendo dos homenajes.
Peçanha dio unas chupadas al puro, irritado.
Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segundo, no es un nombre de la clase C. Aquí sólo usamos nombres que agraden a la clase C, nombres bonitos. Tercero, el diario rinde homenajes sólo a quien yo quiero y no conozco a ningún Nathanael Lessa y, finalmente —la irritación de Peçanha aumentaba gradualmente, como si estuviera sacando algún provecho de ella— aquí, nadie, ni siquiera yo mismo, usa seudónimos masculinos. ¡Mi nombre es María de Lourdes!
Di otra ojeada al diario, inclusive en el directorio. Sólo había nombres de mujer.
¿No te parece que un nombre masculino da más crédito a las respuestas? Padre, marido, médico, sacerdote, patrón, sólo hay hombres diciendo lo que ellas tienen que hacer. Nathanael Lessa pega mejor que Elisa Gabriela.
Es eso justamente lo que no quiero. Aquí se sienten dueñas de su nariz, confían en nosotros, como si fuéramos comadres. Llevo veinticinco años en este negocio. No me vengas con teorías no comprobadas. Mujer está revolucionando la prensa brasileña, es un diario diferente que no da noticias viejas de la televisión de ayer.
Estaba tan irritado que no pregunté lo que Mujer se proponía. Tarde o temprano me lo diría. Yo sólo quería el empleo.
Mi primo, Machado Figueiredo, que también tiene veinticinco años de experiencia, en el Banco del Brasil, suele decir que está siempre abierto a teorías no comprobadas. Yo sabía que Mujer debía dinero al banco. Y sobre de la mesa de Peçanha había una carta de recomendación de mi primo.
Al oír el nombre de mi primo, Peçanha palideció. Dio un mordisco al puro para controlarse, después cerró la boca, pareciendo que iba a silbar, y sus gruesos labios temblaron como si tuviera un grano de pimienta en la lengua. En seguida abrió la boca y golpeó con la uña del pulgar sus dientes sucios de nicotina, mientras me miraba de manera que él debía considerar llena de significados.
Podía añadir Dr. a mi nombre: Dr. Nathanael Lessa.
¡Rayos! Está bien, está bien, rezongó Peçanha entre dientes, empiezas hoy.
Fue así como pasé a formar parte del equipo de Mujer.
Mi mesa quedaba cerca de la mesa de Sandra Marina, que firmaba el horóscopo. Sandra era conocida también como Marlene Katia, al hacer entrevistas. Era un muchacho pálido, de largos y ralos bigotes, también conocido como João Albergaria Duval. Había salido hacía poco tiempo de la escuela de comunicaciones y vivía lamentándose, ¿por qué no estudié odontología?, ¿por qué?
Le pregunté si alguien traía las cartas de los lectores a mi mesa. Me dijo que hablara con Jacqueline, en expedición. Jacqueline era un negro grande de dientes muy blancos.
Queda mal que sea yo el único aquí dentro que no tiene nombre de mujer, van a pensar que soy maricón. ¿Las cartas? No hay ninguna carta. ¿Crees que la mujer de la clase C escribe cartas? Elisa inventaba todas.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Conseguí una beca de estudios para mi hija de diez años, en una escuela elegante de la zona sur. Todas sus compañeritas van al peluquero, por lo menos una vez a la semana. Nosotros no tenemos dinero para eso, mi marido es conductor de autobús de la línea Jacaré-Cajú, pero dice que va a trabajar horas extras para mandar a Tania Sandra, nuestra hijita, al peluquero. ¿No cree usted que los hijos se merecen todos los sacrificios? Madre Dedicada. Villa Kennedy.
Respuesta: Lave la cabeza de su hija con jabón de coco y colóquele papillotes. Queda igual que en el peluquero. De cualquier manera, su hija no nació para ser muñequita. Ni tampoco la hija de nadie. Coge el dinero de las horas extras y compra otra cosa más útil. Comida, por ejemplo.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Soy bajita, gordita y tímida. Siempre que voy al mercado, al almacén, a la abacería me dejan en la cola. Me engañan en el peso, en el cambio, los frijoles tienen bichos, la harina de maíz está mohosa, cosas así. Acostumbraba sufrir mucho, pero ahora estoy resignada. Dios los está mirando y en el Juicio Final van a pagarlo. Doméstica Resignada. Penha.
Respuesta: Dios no está mirando a nadie. Quien tiene que defenderte eres tú misma. Sugiero que grites, vocees a todo el mundo, que hagas escándalo. ¿No tienes ningún pariente en la policía? Bandido también sirve. Arréglate, gordita.
Apreciado Dr. Nathanael Lessa: Tengo veinticinco años, soy mecanógrafa y virgen. Encontré a ese muchacho que dice que me ama mucho. Trabaja en el Ministerio de Transportes y dice que quiere casarse conmigo, pero que primero quiere probar. ¿Qué te parece? Virgen Loca. Parada de Lucas.
Respuesta: Escucha esto, Virgen Loca, pregúntale al tipo lo que va a hacer si no le gusta la experiencia. Si dice que te planta, dáselo, porque es un hombre sincero. No eres grosella ni caldo de jilo para ser probada, pero hombres sinceros hay pocos, vale la pena intentar. Fe y adelante, firme.
Fui a almorzar.
A la vuelta Peçanha mandó llamarme. Tenía mi trabajo en la mano.
Hay algo aquí que no me gusta, dijo.
¿Qué?, pregunté.
¡Ah! ¡Dios mío!, qué idea la gente se hace de la clase C, exclamó Peçanha, balanceando la cabeza pensativamente, mientras miraba para el techo y ponía boca de silbido. Quienes gustan ser tratadas con palabrotas y puntapiés son las mujeres de la clase A. Acuérdate de aquel lord inglés que dijo que su éxito con las mujeres era porque trataba a las damas como putas y a las putas como damas.
Está bien. ¿Entonces cómo debo tratar a nuestras lectoras?
No me vengas con dialécticas. No quiero que las trates como putas. Olvida al lord inglés. Pon alegría, esperanza, tranquilidad y confianza en las cartas, eso es lo que quiero.
Dr. Nathanael Lessa. Mi marido murió y me dejó una pensión muy pequeña, pero lo que me preocupa es estar sola, a los cincuenta y cinco años de edad. Pobre, fea, vieja y viviendo lejos, tengo miedo de lo que me espera. Solitaria de Santa Cruz.
Respuesta: Graba esto en tu corazón, Solitaria de Santa Cruz: ni dinero, ni belleza, ni juventud, ni una buena dirección dan felicidad. ¿Cuántos jóvenes ricos y hermosos se matan o se pierden en los horrores del vicio? La felicidad está dentro de nosotros, en nuestros corazones. Si somos justos y buenos, encontraremos la felicidad. Sé buena, sé justa, ama al prójimo como a ti misma, sonríe al tesorero del INPS * cuando vayas a recibir tu pensión.
Al día siguiente Peçanha me llamó y me preguntó si podía también escribir la fotonovela. Producíamos nuestras propias fotonovelas, no es fumeti italiano traducido. Elige un nombre.
Elegí Clarice Simone, eran otros dos homenajes, pero no le dije eso a Peçanha.
El fotógrafo de las novelas vino a hablar conmigo.
Mi nombre es Mónica Tutsi, dijo, pero puedes llamarme Agnaldo. ¿Tienes la papa lista?
Papa era la novela. Le expliqué que acababa de recibir el encargo de Peçanha y que necesitaba por lo menos dos días para escribir.
¿Días? Ja, ja, carcajeó, haciendo el ruido de un perro grande, ronco y domesticado, ladrándole al dueño.
¿Dónde está la gracia?, pregunté.
Norma Virginia escribía la novela en quince minutos. Tenía una fórmula
Yo también tengo una fórmula. Ve a dar una vuelta y te apareces por aquí en quince minutos, que tendrás tu novela lista.
¿Qué pensaba de mí ese fotógrafo idiota? Sólo porque yo había sido repórter policial no significaba que fuera una bestia. Si Norma Virginia, o como fuera su nombre, escribía una novela en quince minutos, yo también la escribiría. A fin de cuentas leí todos los trágicos griegos, los ibsens, los o’neals, los beckets, los chejovs, los shakespeares, las four hundred best television plays. Era sólo chupar una idea de aquí, otra de allá, y listo.
Un niño rico es robado por los gitanos y dado por muerto. El niño crece pensando que es un gitano auténtico. Un día encuentra una moza riquísima y los dos se enamoran. Ella vive en una rica mansión y tiene muchos automóviles. El gitanillo vive en un carromato. Las dos familias no quieren que ellos se casen. Surgen conflictos. Los millonarios mandan a la policía prender a los gitanos. Uno de los gitanos es muerto por la policía. Un primo rico de la muchacha es asesinado por los gitanos. Pero el amor de los dos jóvenes enamorados es superior a todas esas vicisitudes. Resuelven huir, romper con las familias. En la fuga encuentran un monje piadoso y sabio que sacramenta la unión de los dos en un antiguo, pintoresco y romántico convento en medio de un bosque florido. Los dos jóvenes se retiran a la cámara nupcial. Son hermosos, esbeltos, rubios de ojos azules. Se quitan la ropa. Oh, dice la muchacha, ¿qué es ese cordón de oro con medalla claveteada de brillantes que tienes en el pecho? ¡Ella tiene una medalla igual! ¡Son hermanos! ¡Tú eres mi hermano desaparecido!, grita la muchacha. Los dos se abrazan. (Atención, Mónica Tutsi: ¿qué tal un final ambiguo?, haciendo aparecer en la cara de los dos un éxtasis no fraternal, ¿eh? Puedo también cambiar el final y hacerlo más sofocliano: los dos descubren que son hermanos sólo después del hecho consumado; desesperada, la moza salta de la ventana del convento reventándose allá abajo.)
Me gustó tu historia, dijo Mónica Tutsi.
Un pellizco de Romeo y Julieta, una cucharadita de Edipo Rey, dije modestamente.
Pero no sirve para que yo la fotografíe. Tengo que hacer todo en dos horas. ¿Dónde voy a encontrar la rica mansión? ¿Los automóviles? ¿El convento pintoresco? ¿El bosque florido?
Ése es tú problema.
¿Dónde voy a encontrar, continuó Mónica Tutsi, como si no me hubiera oído, los dos jóvenes rubios, esbeltos, de ojos azules? Nuestros artistas son todos medio tirando a mulatos. ¿Dónde voy a encontrar el carromato? Haz otra, muchacho. Vuelvo dentro de quince minutos. ¿Y qué es sofocliano?
Roberto y Betty son novios y van a casarse. Roberto, que es muy trabajador, economiza dinero para comprar un departamento y amueblarlo, con televisión a color, equipo musical, refrigerador, lavadora, enceradora, licuadora, batidora, lavaplatos, tostador, plancha eléctrica y secador de pelo. Betty también trabaja. Ambos son castos. El casamiento está fijado. Un amigo de Roberto, Tiago, le pregunta, ¿te vas a casar virgen?, necesitas ser iniciado en los misterios del sexo. Tiago, entonces, lleva a Roberto a casa de la Superputa Betatrón. (Atención, Mónica Tutsi, el nombre es un toque de ficción científica.) Cuando Roberto llega allí descubre que la Superputa es Betty, su noviecita. ¡Oh! ¡Cielos! ¡Sorpresa terrible! Alguien dirá, tal vez un portero, ¡Crecer es sufrir! Fin de la novela.
Una palabra vale mil fotografías, dijo Mónica Tutsi, estoy siempre en la parte podrida. De aquí a poco vuelvo.
Dr. Nathanael. Me gusta cocinar. Me gusta mucho también bordar y hacer crochet. Y más que nada me gusta ponerme un vestido largo de baile, pintar mis labios de carmesí, darme bastante colorete, ponerme rímel en los ojos. ¡Ah, qué sensación! Es una pena que tenga que quedarme encerrado en mi cuarto. Nadie sabe que me gusta hacer esas cosas. ¿Estoy equivocado? Pedro Redgrave. Tijuca.
Respuesta: ¿Equivocado, por qué? ¿Estás haciendo daño a alguien con eso? Ya tuve otro consultante que, como a ti, también le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, productiva y útil a la sociedad, tanto que llegó a ser obrero-supervisor. Viste tus vestidos largos, pinta tu boca de escarlata, pon color en tu vida.
Todas las cartas deben ser de mujeres, advirtió Peçanha.
Pero esa es verdadera, dije.
No creo.
Entregué la carta a Peçanha. La miró poniendo cara de policía examinando un billete groseramente falsificado.
¿Crees que es una broma?, preguntó Peçanha.
Puede ser, dije. Y puede no ser.
Peçanha puso su cara reflexiva. Después:
Añade a tu carta una frase animadora, como por ejemplo, escribe siempre.
Me senté a la máquina.
Escribe siempre. Pedro, sé que éste no es tu nombre, pero no importa, escribe siempre, cuenta conmigo. Nathanael Lessa.
Coño, dijo Mónica Tutsi, fui a hacer tu dramón y me dijeron que está calcado de una película italiana.
Canallas, atajo de babosos, sólo porque fui repórter policial me están llamando plagiario.
Calma, Virginia.
¿Virginia? Mi nombre es Clarice Simone, dije. ¿Qué cosa más idiota es esa de pensar que sólo las novias de los italianos son putas? Pues mira, ya conocí una novia de aquéllas realmente serias, era hasta hermana de la caridad, y fueron a ver, también era puta.
Está bien, muchacho, voy a fotografiar esa historia. ¿La Betatrón puede ser mulata? ¿Qué es Betatrón?
Tiene que ser rubia, pecosa. Betatrón es un aparato para la producción de electrones, dotado de gran potencial energético y alta velocidad, impulsado por la acción de un campo magnético que varía rápidamente, dije.
¡Coño! Eso sí que es nombre de Puta, dijo Mónica Tutsi, con admiración, retirándose.
Comprensivo Nathanael Lessa. He usado gloriosamente mis vestidos largos. Y mi boca ha sido tan roja como la sangre de un tigre y el romper de la aurora. Estoy pensando en ponerme un vestido de satén e ir al Teatro Municipal. ¿Qué te parece? Y ahora voy a contarte una gran y maravillosa confidencia, pero quiero que guardes el mayor secreto de mi confesión. ¿Lo juras? Ah, no sé si decirlo o no decirlo. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los demás, Soy básicamente una persona que no perdió su inocencia. La perfidia, la estupidez, la falta de pudor, la bribonería, me dejaron muy impresionada. Oh, cómo me gustaría vivir aislada en un mundo utópico hecho de amor y bondad. Mi sensible Nathanael, déjame pensar. Dame tiempo. En la próxima carta contaré más, tal vez todo. Pedro Redgrave.
Respuesta: Pedro. Espero tu carta, con tus secretos, que prometo guardar en los arcanos inviolables de mi recóndita conciencia. Continúa así, enfrentando altanero la envidia y la insidiosa alevosía de los pobres de espíritu. Adorna tu cuerpo sediento de sensualidad, ejerciendo los desafíos de tu mente valerosa.
Peçanha preguntó:
¿Esas cartas también son verdaderas?
Las de Pedro Redgrave sí.
Extraño, muy extraño, dijo Peçanha golpeando con las uñas en los dientes, ¿qué te parece?
No me parece nada, dije.
Parecía preocupado por algo. Hizo preguntas sobre la fotonovela, sin interesarse, sin embargo, por las respuestas.
¿Qué tal la carta de la cieguita?, pregunté.
Peçanha cogió la carta de la cieguita y mi respuesta y leyó en voz alta: Querido Nathanael. No puedo leer lo que escribes. Mi abuelita adorada me lo lee. Pero no pienses que soy analfabeta. Lo que soy es cieguita. Mi querida abuelita me está escribiendo la carta, pero las palabras son mías. Quiero enviar unas palabras de consuelo a tus lectores, para que ellos, que sufren tanto con pequeñas desgracias, se miren en mi espejo. Soy ciega pero soy feliz, estoy en paz, con Dios y con mis semejantes. Felicidades para todos. Viva el Brasil y su pueblo. Cieguita Feliz. Carretera del Unicornio, Nova Iguacu. P. S. Olvidé decir que también soy paralítica.
Peçanha encendió un puro. Conmovedor, pero Carretera del Unicornio suena falso. Me parece mejor que pongas Carretera de Catavento, o algo así. Veamos ahora tu respuesta. Cieguita Feliz, enhorabuena por tu fuerza moral, por tu fe inquebrantable en la felicidad, en el bien, en el pueblo y en el Brasil. Las almas de aquéllos que desesperan en la adversidad deberían nutrirse con tu edificante ejemplo, un haz de luz en las noches de tormenta.
Peçanha me devolvió los papeles. Tienes futuro en la literatura. Esta es una gran escuela. Aprende, aprende, sé aplicado, no te desanimes, suda la camisa.
Me senté a la máquina.
Tesio, banquero, vecino de la Boca do Mato, en Lins de Vasconcelos, casado en segundas nupcias con Frederica, tiene un hijo, Hipólito, del primer matrimonio. Frederica se enamora de Hipólito. Tesio descubre el amor pecaminoso entre los dos. Frederica se ahorca en el mango del patio de la casa. Hipólito pide perdón al padre, huye de casa y vagabundea desesperado por las calles de la ciudad cruel hasta ser atropellado y muerto en la Avenida Brasil.
¿Cuál es la salsa aquí?, preguntó Mónica Tutsi.
Eurípides, pecado y muerte. Voy a contarte una cosa: Yo conozco el alma humana y no necesito de ningún griego viejo para inspirarme. Para un hombre de mi inteligencia y sensibilidad basta sólo mirar en torno. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto una persona más alerta, más despierta?
Mónica Tutsi me miró fijo a los ojos y dijo:
Creo que estás loco.
Continué:
Cito los clásicos sólo para mostrar mis conocimientos. Como fui repórter policial, si no lo hiciera no me respetarían los cretinos. Leí miles de libros. ¿Cuántos libros crees que ha leído Peçanha?
Ninguno. ¿La Frederica puede ser negra?
Buena idea. Pero Tesio e Hipólito tienen que ser blancos.
Nathanael. Yo amo, un amor prohibido, un amor vedad. Amo a otro hombre. Y él también me ama. Pero no podemos andar por la calle de la mano, como los demás, besarnos en los jardines y en los cines, como los demás, tumbarnos abrazados en la arena de las playas, como los demás, bailar en las boites, como los demás. No podemos casarnos, como los demás, y juntos enfrentar la vejez, la enfermedad y la muerte, como los demás. No tengo fuerzas para resistir y luchar. Es mejor morir. Adiós. Ésta es mi última carta. Manda decir una misa por mí. Pedro Redgrave.
Respuesta: ¿Qué es eso, Pedro? ¿Vas a desistir ahora que encontraste tu amor? Osear Wilde sufrió el demonio, fue desmoralizado, ridiculizado, humillado, procesado, condenado, pero aguantó la embestida. Si no puedes casarte, arrímate. Hagan testamento, uno a favor del otro. Defiéndanse. Usen la ley y el sistema en su beneficio. Sean, como los demás, egoístas, encubridores, implacables, intolerantes e hipócritas. Exploten. Expolien. Es legítima defensa. Pero, por favor, no hagan ninguna locura.
Mandé la carta y la respuesta a Peçanha. Las cartas sólo eran publicadas con su visto bueno.
Mónica Tutsi apareció con una muchacha.
Ésta es Mónica, dijo Mónica Tutsi.
Qué coincidencia, dije.
¿Qué coincidencia, qué?, preguntó la muchacha Mónica.
Que tengan el mismo nombre, dije.
¿Se llama Mónica?, preguntó Mónica apuntando al fotógrafo.
Mónica Tutsi. ¿Tú también eres Tutsi?
No. Mónica Amelia.
Mónica Amelia se quedó royendo una uña y mirando a Mónica Tutsi.
Tú me dijiste que tu nombre era Agnaldo, dijo ella.
Allá afuera soy Agnaldo. Aquí dentro soy Mónica Tutsi.
Mi nombre es Clarice Simone, dije.
Mónica Amelia nos observó atentamente, sin entender nada. Veía dos personas circunspectas, demasiado cansadas para bromas, desinteresadas del propio nombre.
Cuando me case mi hijo, o mi hija, va a llamarse Hei Psiu, dije.
¿Es un nombre chino?, preguntó Mónica.
O bien Fiu Fiu, silbé.
Te estás volviendo nihilista, dijo Mónica Tutsi, retirándose con la otra Mónica.
Nathanael. ¿Sabes lo que es dos personas que se gustan? Éramos nosotros dos, María y yo. ¿Sabes lo que es dos personas perfectamente sincronizadas? Éramos nosotros dos, María y yo. Mi plato predilecto es arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. ¿Imaginas cuál era el de María? Arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. Mi piedra preciosa preferida es el Rubí. La de María, verás, era también el Rubí. Número de la suerte, el 7; color, el Azul; día, el Lunes; película, del Oeste; libro, El Principito; bebida, Cerveza; colchón, el Anatón; equipo, el Vasco da Gama; música, la Samba; pasatiempo, el Amor; todo igualito entre ella y yo, una maravilla. Lo que hacíamos en la cama, muchacho, no es para presumir, pero si fuera en el circo y cobráramos la entrada nos hacíamos ricos. En la cama ninguna pareja jamás fue alcanzada por tanta locura resplandeciente, fue capaz de performance tan hábil, imaginativa, original, pertinaz, esplendorosa y gratificante como la nuestra. Y repetíamos varias veces por día. Pero no era sólo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna continuaría amándote, me decía. Si tú fueras jorobada no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueras sordomudo continuaría amándote, decía ella. Si tú fueras bizca no dejaría de amarte, yo respondía. Si estuvieras barrigón y feo continuaría amándote, decía ella. Si estuvieras toda marcada de viruela no dejaría de amarte, yo respondía. Si fueras viejo e impotente continuaría amándote, decía ella. Y estábamos intercambiando estos juramentos cuando un deseo de ser verdadero me golpeó, hondo como una puñalada, y le pregunté, ¿y si no tuviera dientes, me amarías?, y ella respondió, si no tuvieras dientes continuaría amándote. Entonces me saqué la dentadura y la puse encima de la cama, con un gesto grave, religioso y metafísico. Quedamos los dos mirando la dentadura sobre la sábana, hasta que María se levantó, se puso un vestido y dijo, voy a comprar cigarros. Hasta hoy no ha vuelto. Nathanael, explícame qué fue lo que sucedió. ¿El amor acaba de repente? ¿Algunos dientes, miserables pedacitos de marfil, valen tanto? Odontos Silva.
Cuando iba a responder apareció Jacqueline y dijo que Peçanha me estaba llamando.
En la oficina de Peçanha había un hombre con gafas y patillas.
Éste es el Dr. Pontecorvo, que es…, ¿qué es usted realmente?, preguntó Peçanha.
Investigador motivacional, dijo Pontecorvo. Como iba diciendo, hacemos primero un acopio de las características del universo que estamos investigando. Por ejemplo: ¿quiénes son los lectores de Mujer? Vamos a suponer que es mujer y de la clase C. En nuestras investigaciones anteriores ya estudiamos todo sobre la mujer de la clase C, dónde compra sus alimentos, cuántas bragas tiene, a qué hora hace el amor, a qué horas ve la televisión, los programas de televisión que ve, en suma, un perfil completo.
¿Cuántas bragas tiene?, preguntó Peçanha.
Tres, respondió Pontecorvo, sin vacilar.
¿A qué hora hace el amor?
A las veintiuna treinta, respondió Pontecorvo con prontitud.
¿Y cómo descubren ustedes todo eso? ¿Llaman a la puerta de doña Aurora, en el conjunto residencial del INPS, abre la puerta y ustedes le dicen a qué hora se echa su acostón? Escucha, amigo mío, estoy en este negocio hace veinticinco años y no necesito a nadie para que me diga cuál es el perfil de la mujer de la clase C. Lo sé por experiencia propia. Ellas compran mi diario, ¿entendiste? Tres bragas… Ja!
Usamos métodos científicos de investigación. Tenemos sociólogos, psicólogos, antropólogos, especialistas en estadísticas y matemáticos en nuestro staff, dijo Pontecorvo, imperturbable.
Todo para sacar dinero a los ingenuos, dijo Peçanha con no disimulado desprecio.
Además, antes de venir para acá, recogí algunas informaciones sobre su diario, que creo pueden ser de su interés, dijo Pontecorvo.
¿Y cuánto cuesta?, preguntó Peçanha con sarcasmo.
Se la doy gratis, dijo Pontecorvo. El hombre parecía de hielo. Hicimos una miniinvestigación sobre sus lectores y, a pesar del tamaño reducido de la muestra, puedo asegurarle, sin sombra de duda, que la gran mayoría, la casi totalidad de sus lectores, está compuesta por hombres, de la clase B.
¿Qué?, gritó Peçanha.
Eso mismo, hombres, de la clase B.
Primero, Peçanha se puso pálido. Después se fue poniendo rojo, y después violáceo, como si lo estuvieran estrangulando, la boca abierta, los ojos desorbitados, y se levantó de su silla y caminó tambaleante, los brazos abiertos, como un gorila loco en dirección a Pontecorvo. Una imagen impactante, incluso para un hombre de acero como Pontecorvo, incluso para un ex-repórter policial. Pontecorvo retrocedió ante el avance de Peçanha hasta que, con la espalda en la pared, dijo, intentando mantener la calma y compostura: Tal vez nuestros técnicos se hayan equivocado.
Peçanha, que estaba a un centímetro de Pontecorvo, tuvo un violento temblor y, al contrario de lo que yo esperaba, no se tiró sobre el otro como un perro rabioso. Agarró sus propios cabellos y comenzó a arrancárselos, mientras gritaba: farsantes, estafadores, ladrones, aprovechados, mentirosos, canallas. Pontecorvo, ágilmente, se escabulló en dirección a la puerta, mientras Peçanha corría tras él arrojándole los mechones de pelo que había arrancado de su propia cabeza. ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Clase B!, graznaba Peçanha, con aire alocado.
Después, ya totalmente sereno —creo que Pontecorvo huyó por las escaleras—, Peçanha, nuevamente sentado detrás de su escritorio, me dijo: Es a ese tipo de gente a la que el Brasil está entregado, manipuladores de estadísticas, falsificadores de informaciones, patrañeros con sus computadoras creando todos la Gran Mentira. Pero conmigo no podrán. Puse al hipócrita en su sitio, ¿o no?
Dije cualquier cosa, concordando. Peçanha sacó la caja de mata-ratas del cajón y me ofreció uno. Permanecimos fumando y conversando sobre la Gran Mentira. Después me dio la carta de Pedro Redgrave y mi respuesta, con su visto bueno, para que la llevara a composición.
En mitad del camino verifiqué que la carta de Pedro Redgrave no era la que yo le había enviado. El texto era otro:
Apreciado Nathanael, tu carta fue un bálsamo para mi corazón afligido. Me dio fuerzas para resistir. No haré ninguna locura, prometo que…
La carta terminaba ahí. Había sido interrumpida en la mitad. Extraño. No entendí. Había algo equivocado.
Fui a mi mesa, me senté y comencé a escribir la respuesta al Odontos Silva:
Quien no tiene dientes tampoco tiene dolor de dientes. Y como dijo el héroe de la conocida pieza Mucho ruido y pocas nueces, nunca hubo un filósofo que pudiera aguantar con paciencia un dolor de dientes. Además de eso, los dientes son también instrumentos de venganza, como dice el Deuteronomio: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los dientes son despreciados por los dictadores. ¿Recuerdas lo que dijo Hitler a Mussolini sobre un nuevo encuentro con Franco?: Prefiero arrancarme cuatro dientes. Temes estar en la situación del héroe de aquella obra Todo está bien si al final nadie se equivoca, sin dientes, sin gusto, sin todo. Consejo: ponte los dientes nuevamente y muerde. Si la dentellada no fuera buena, da puñetazos y puntapiés.
Estaba en la mitad de la carta del Odontos Silva cuando comprendí todo. Peçanha era Pedro Redgrave. En vez de devolverme la carta en que Pedro me pedía que mandara rezar una misa y que yo le había entregado junto con mi respuesta hablando sobre Oscar Wilde, Peçanha me entregó una nueva carta, inacabada, ciertamente por equivocación, y que debía de llegar a mis manos por correo.
Cogí la carta de Pedro Redgrave y fui a la oficina de Peçanha.
¿Puedo entrar?, pregunté.
¿Qué hay? Entra, dijo Peçanha.
Le entregué la carta de Pedro Redgrave. Peçanha leyó la carta y advirtiendo el equívoco que había cometido, palideció, como era su natural. Nervioso, revolvió los papeles de su mesa.
Todo era una broma, dijo después, intentando encender un puro. ¿Estás disgustado?
En serio o en broma, me da lo mismo, dije.
Mi vida da para una novela…, dijo Peçanha. Esto queda entre nosotros, ¿de acuerdo?
Yo no sabía bien lo que él quería que quedara entre nosotros, que su vida daba para una novela o que él era Pedro Redgrave. Pero respondí:
Claro, sólo entre nosotros.
Gracias, dijo Peçanha. Y dio un suspiro que cortaría el corazón de cualquiera que no fuera un ex-repórter policial. 


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Paseo Nocturno de Rubem Fonseca



Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en el dormitorio de ella practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín? Preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada, nosotros teníamos una cuenta bancaria conjunta.
¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear de auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase mi auto. Saqué el auto de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que el corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevando un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella sólo se dio cuenta que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Di en la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Pasé orgullosamente la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.
La familia estaba viendo la televisión. ¿Ya dio su paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenos noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.


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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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