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Harrison Bergeron de Kurt Vonnegut





En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.

Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto confundía a la gente. Y en este mismo mes, húmedo y frío, los hombres de la oficina de impedidos se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.

Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia perfectamente común, y por lo tanto era incapaz de pensar excepto en breves explosiones. Y George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros.

George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero ella ya no recordaba por qué. En ese momento unas bailarinas terminaban su número.

Una chicharra sonó en la cabeza de George y los pensamientos que tenía en ese instante huyeron como ladrones que oyen una campana de alarma.

- Era bonita esa danza, la que acaba de terminar - dijo Hazel.

- ¿Eh? - dijo George.

- Esa danza, era bonita - dijo Hazel.

- Ajá.

Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas, y cualquiera hubiese podido hacer lo mismo. Todas llevaban contrapesos y sacos de perdigones, y máscaras además, para que nadie se sintiese triste viendo un gesto gracioso o una cara bonita. George había empezado a pensar vagamente que quizá las bailarinas no debieran tener ningún impedimento, pero no fue muy lejos en esta dirección, pues la radio transmitió otro ruido anonadador.

George torció la cara, junto con dos de las ocho bailarinas.

Hazel vio la mueca de George, y como ella no tenía radio tuvo que preguntar qué ruido había sido ése.

- Como si golpearan con un martillo en una botella de leche - dijo George.

- Debe ser interesante oír todos esos ruidos - dijo Hazel, con un poco de envidia -. Las cosas que inventan.

- Hum - dijo George.

- Pero si yo fuera Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría? - preguntó Hazel. Hazel en realidad era muy parecida a la Directora de Impedidos, una mujer llamada Diana Moon Glampers-.

Si yo fuese Diana Moon Glampers -dijo Hazel- usaría campanas los domingos. Sólo campanas. Una especie de homenaje a la religión.

- Yo podría pensar, si fuesen sólo campanas - dijo George.

- Bueno, quizá habría que hacerlas sonar realmente fuerte - dijo Hazel - . Creo que yo sería una buena Directora de Impedidos.

- Tan buena como cualquiera - dijo George.

- ¿Quién mejor que yo puede saber lo que es ser normal? - dijo Hazel.

- Nadie - dijo George.

Empezó a pensar oscuramente en Harrison, su hijo anormal, que ahora estaba en la cárcel, pero una salva de veintiún cañonazos le sacudió la cabeza.

- ¡Caramba! - dijo Hazel - . Eso fue realmente ensordecedor, ¿no es cierto?

Había sido tan ensordecedor que George estaba pálido y tembloroso, y las lágrimas le asomaban a los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al piso del estudio y se apretaban las sienes.

- De pronto pareces tan cansado - dijo Hazel - . ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu impedimento de plomo en los almohadones, mi querido? -Hazel hablaba de los veinte kilos de perdigones que George llevaba al cuello, en un saco de tela-. Sí, apoya ese peso. No me importa que no seas igual a mí durante un rato.

George sopesó el saco con las manos.

- No tiene ninguna importancia -dij -. Ya no lo noto. Es parte de mí mismo.

- Estás tan cansado en este último tiempo, hasta agotado diría yo -continuó Hazel-. Si hubiese algún modo de abrir un agujero en el fondo del saco y sacar unas bolas de plomo... Sólo unas pocas.

- Dos años de prisión y una multa de mil dólares por cada perdigón de menos - dijo George - . No me parece un buen negocio.

- Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo - dijo Hazel - . Quiero decir que no compites con nadie aquí. No haces nada.

- Si tratara de librarme de este peso - dijo George - otra gente tendría derecho a hacer lo mismo, y muy pronto estaríamos de nuevo en la época del oscurantismo, cuando todos rivalizaban con todos. ¿No te gustaría, no es verdad?

- Me sentiría horrorizada.

- Precisamente - dijo George - . Si la gente no cumpliera las leyes, ¿qué sería de la sociedad?

Si Hazel no hubiese podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido ayudarla, pues en ese instante una sirena le traspasó el cerebro.

- Se haría pedazos.

- ¿Qué cosa? - dijo George desconcertado.

- La sociedad - dijo Hazel, insegura - . ¿No hablabas de eso?

- ¿Quién puede saberlo? - dijo George.

Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. No se pudo saber muy bien en un principio qué noticia era, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía un serio impedimento en la lengua. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:

- Señoras y señores...

Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.

- Muy bien - dijo Hazel - . Hizo lo que pudo. Hizo lo que pudo con lo que Dios le dio. Debieran aumentarle el sueldo por haberse esforzado tanto.

- Señoras y señores - dijo la bailarina leyendo el boletín.

Debía ser una muchacha extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible.

Y era fácil advertir también que tenía más fuerza y más gracia que ninguna de las otras bailarinas. El saco de impedimento que le colgaba del cuello era tan grande como el de un hombre de cien kilos.

Y la bailarina tuvo que pedir perdón en seguida por su voz. Era verdaderamente injusto que una mujer usara una voz así: cálida, luminosa, una melodía que no era de este mundo.

- Perdón - dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez con una voz absolutamente incompetente-. Harrison Bergeron -graznó-, de catorce años, acaba de escaparse de la cárcel. Se lo acusaba de intentar derribar al gobierno. Es un genio y un atleta, favorecido por el impedimento, y extremadamente peligroso.

Una foto de Harrison tomada por la policía apareció en la pantalla: cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y derecha al fin. La fotografía mostraba a Harrison de pie sobre un fondo dividido en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.

Por lo demás, Harrison parecía un montón de fierros. Nadie había llevado nunca impedimentos más pesados. Había crecido superando todos los impedimentos tan rápidamente que la Dirección de Impedidos no había tenido tiempo de imaginar otros. En vez de un pequeño receptor de radio en la oreja, como impedimento mental, llevaba un par de tremendos auriculares, y además unos anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Estos anteojos habían sido concebidos no sólo para que no viera casi nada, sino también para provocarle terribles dolores de cabeza.

Los pesos metálicos le colgaban de todo el cuerpo. Comúnmente había una cierta simetría, una disposición verdaderamente militar en los impedimentos inventados para los individuos demasiado fuertes, pero Harrison parecía un montón de chatarra ambulante. En la carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.

Y para afearlo, los hombres de los impedimentos lo obligaban a usar continuamente una pelota roja en la nariz, a afeitarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con pedazos de película negra.

-Si ven a este muchacho -dijo la bailarina- no intenten, repito, no intenten discutir con él.

Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.

Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. El retrato de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla como sacudido por un terremoto.

George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo, muchas veces.

-¡Dios mío! -dijo-. ¡Tiene que ser Harrison!

En ese mismo momento el ruido de un choque de automóviles le barrió la idea de la cabeza.

Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido y Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.

Estaba de pie en medio del estudio, balanceando la cabeza de payaso, y los fierros que le colgaban del enorme cuerpo se sacudían y tintineaban. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Las bailarinas, los técnicos, los músicos y los anunciadores habían caído de rodillas ante él, sintiendo que les había llegado la hora y que pronto serían masacrados.

-¡Soy el emperador! -gritó Harrison-. ¿Me oyen todos? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben obedecerme en seguida!

Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.

-Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí -rugió-, ¡soy el más grande de todos los gobernantes de todos los tiempos! Y ahora miren en lo que puedo convertirme.

Harrison se arrancó las correas que sostenían el metal como si fueran de papel de seda, esas correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.

Los pedazos de chatarra que habían sido los impedimentos de Harrison se aplastaron contra el suelo.

Harrison pasó los pulgares bajo la barra que sostenía las guarniciones de la cabeza, y la barra se quebró como una brizna de paja. Aplastó los lentes y los audífonos contra la pared, y se arrancó la nariz de goma descubriendo el rostro de un hombre que hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.

- ¡Ahora elegiré a mi emperatriz! - dijo Harrison mirando el grupo arrodillado a sus pies-. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.

Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.

Harrison sacó el impedimento mental de la oreja de la bailarina y luego los impedimentos físicos con asombrosa delicadeza. En seguida le quitó la máscara.

La bailarina era de una cegadora belleza.

-Bien -dijo Harrison tomándole la mano-. Ahora le mostraremos a la gente lo que significa la palabra «danza». ¡Música!

Los músicos se treparon a sus sillas, y Harrison les quitó también los impedimentos.

-Toquen como mejor puedan -les dijo- y les haré barones y duques y condes.

La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.

La música comenzó de nuevo, mucho mejor que antes.

Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que los latidos de sus propios corazones concordaran con la música.

Luego se alzaron en puntas de pie, y Harrison tomó entre sus manazas el talle de la bailarina, haciéndole sentir esa ligereza que pronto sería la ligereza de ella.

Y al fin, en una explosión de alegría y gracia, saltaron en el aire.

No sólo abandonaron entonces las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y las leyes del movimiento.

Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.

Saltaron como ciervos en la Luna.

Cada nuevo salto acercaba más a los bailarines al cielo raso, que estaba a diez metros de altura.

Pronto fue evidente que pretendían tocar el cielo raso.

Lo tocaron.

Y luego neutralizando la gravedad con el amor y el deseo se quedaron suspendidos en el aire a unos pocos centímetros por debajo del cielo raso y allí se besaron mucho tiempo.

En ese instante Diana Moon Glampers, la Directora de Impedidos, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó, dos veces, y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.

Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los impedimentos.

En ese mismo momento el tubo del aparato de TV de los Bergeron osciló y se apagó.

Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto, pero George había ido a la cocina en busca de una lata de cerveza.

George volvió con la cerveza, deteniéndose un instante cuando una señal de impedimento lo sacudió de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.

-¿Has estado llorando? -le preguntó a Hazel mirando como ella se enjugaba las lágrimas.

-Sí -dijo Hazel.

-¿Por qué? -dijo George.

-Me olvidé. Hubo algo realmente triste en la televisión.

-¿Qué era? -preguntó George.

-No lo sé, tengo la cabeza confundida -dijo Hazel.

-Hay que olvidar las cosas tristes.

- Es lo que hago siempre - dijo Hazel.

- Magnífico - dijo George.

Torció la cara. Un cañón le retumbó en la cabeza.

- Caramba. Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor - dijo Hazel.

- Así es realmente, puedes repetir esa verdad.

- Caramba - dijo Hazel - . Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor.


Kurt Vonnegut ©


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El Perro Lanudo de Tom Edison de Kurt Vonnegut




Dos viejos se encontraban sentados una mañana en la banca de un parque, gozando del sol de Tampa, Florida: uno, tratando tenazmente de leer un libro que era obvio disfrutaba, mientras que el otro, un tal Harold K. Bullard, le contaba la historia de su vida en el tono redondo y lleno de un orador ante un equipo de sonido. Echado a sus pies se encontraba el perro de caza labrador de Bullard, que atormentaba aún más al oyente sobándole los tobillos con su gran nariz húmeda. 

Bullard, quien antes de su retiro había conocido el éxito en numerosos campos, gozaba revisando su pasado. Pero se enfrentaba al problema que complica la vida de los caníbales, esto es, que no es posible utilizar a la misma víctima una y otra vez. Cualquiera que hubiese pasado un día con él y su perro se negaba a compartir su banca con ellos de nuevo. 

Así que Bullard y su perro iban a través del parque cada día a la búsqueda de caras nuevas. Habían tenido buena suerte esta mañana, ya que inmediatamente habían encontrado a este desconocido y era claro que se trataba de alguien acabado de llegar a la Florida, aún bien cubierto por un traje de grueso paño, con cuello almidonado y corbata y sin nada mejor que hacer que leer. 

- Sí - dijo Bullard, redondeando la primera hora de su conferencia -, en mis tiempos hice y perdí cinco fortunas. 

- Eso decía usted - replicó el desconocido, cuyo nombre Bullard se había olvidado de preguntar. Con cuidado, no, no, no - dijo al perro, que se volvía cada vez más agresivo con sus tobillos. 

-¿Ah? ¿Ya le conté eso, no? - dijo Bullard. - Dos veces. 

- Dos en bienes raíces, una en fierro viejo, una en petróleo y una en transportes camioneros. 

- Eso decía usted. 

-¿Ah, sí? Pues sí, me imagino que sí. Dos en bienes raíces, una en fierro viejo, una en petróleo, y una en transportes camioneros. Y no me arrepiento de eso un solo día. 

- No, me imagino que no - dijo el desconocido -. Perdóneme, pero ¿no sería posible cambiar a su perro a otro sitio? Me está... 

-¿El perro?, - dijo Bullard cordialmente -. Es el perro más amigable de todo el mundo. No debe tenerle miedo. 

- No le tengo miedo. Es que me está volviendo loco, olfateando mis tobillos. 

- Plástico - dijo Bullard, con una risita. - ¿Cómo? 

- Plástico. Debe haber algo de plástico en sus ligas. Caray, le apuesto a que son esos botoncitos. Tan seguro como que estamos sentados aquí, esos botones deben ser de plástico. Ese perro se vuelve loco con el plástico. No sé por qué, pero lo huele y lo encuentra, aun¬que sea una pizca. Debe ser una de ciencia en su alimentación, aunque come mejor que yo. Una vez se comió toda una caja de plástico para tabaco, ¿usted cree? Ese es el negocio al que me dedicaría ahora, sí señor, si los matasanos no me hubieran dicho que debía darle un descansito al corazón. 

- Podría amarrar al perro a ese árbol - dijo el desconocido. 

- ¡Me revientan todos estos jóvenes de ahora! - dijo Bullard- Todos suspirando para que no haya fronteras. Jamás ha habido tantas Fronteras como ahora. ¿Sabe usted lo que diría hoy Horace Greely? 

- Tiene la nariz húmeda - dijo el desconocido, y retiró los tobillos, pero el perro se encorvó en paciente persecución -. Ya, ¡quieto! - Si tiene la nariz húmeda, quiere decir que está sano - dijo Bullard-. Dedícate al plástico, ¡muchacho! Eso diría Greeley. Dedícate al átomo ¡muchacho! 

El perro había localizado definitivamente los botones de plástico en las ligas del desconocido y movía la cabeza de un lugar a otro cavilando en la manera de hincar sus dientes en esa golosina. 

-¡Lárgate! - dijo el desconocido. 

- ¡Dedícate a la electrónica, muchacho! - dijo Bullard -. No me diga que ya no hay oportunidades. Las oportunidades están tocando en cada puerta del país, tratando de entrar. Cuando yo erajoven, tenía uno que salir a buscar una oportunidad para luego llevarla de las orejas a casa. Ahora... 

- Lo siento - dijo el desconocido simplemente. Cerró el libro, se puso de pie y jaló su tobillo lejos del perro. 

- Tengo que irme. Buenos días, señor. 

Con paso majestuoso atravesó el parque, encontró otra banca, se sentó dejando escapar un suspiro y comenzó su lectura. Su respiración había vuelto a la normalidad cuando sintió de nuevo la esponja húmeda de la nariz del perro sobre sus tobillos. 

- ¡Oh, es usted! - dijo Bullard, sentándose a su lado -. El perro lo andaba cazando. Olió algo, y lo dejé que buscara. ¿Qué le dije del plástico? - satisfecho, miró a su alrededor. Hizo bien en buscar otro sitio. Hacía mucho calor allá. Nada de sombra y ninguna señal de brisa. 

-¿Se irá el perro si le compro una caja de plástico? - dijo el desconocido. 

- Esa es una buena broma, una buena broma - dijo Bullard en tono amistoso. Repentinamente, le dio una palmada en la rodilla -. Oiga, ¿qué usted se dedica al plástico? He estado hablando acerca del plástico y a la mejor es a lo que se dedica usted. 

-¿A lo que me dedico? dijo el desconocido, vigorosamente, de¬jando su libro -. Lo siento, nunca me he dedicado a nada. He andado de aquí para allá desde los nueve años, desde que Edison montó su laboratorio junto a mi casa y me mostró el analizador de inteligencia. 

- ¿Edison? - dijo Bullard -, ¿ Thomas Edison, el inventor? - Si quiere llamarlo así, hágalo - dijo el desconocido. 

-¿Si yo quiero llamarlo así? -Bullard soltó una carcajada -. ¡Pues claro que sí! Es el padre de la bombilla y de no sé qué más cosas. 

- Si usted quiere pensar que él inventó la bombilla, hágalo. No le hace daño a nadie. El desconocido reanudó su lectura. 

- Oiga, ¿de qué se trata? - dijo Bullard, desconfiado -. ¿Me está tomando el pelo? ¿Qué es eso de un analizador de inteligencias? Jamás oí hablar de eso. 

- Claro que no - dijo el desconocido -. El señor Edison y yo pro¬metimos mantenerlo en secreto. Jamás le he dicho a nadie. El señor Edison rompió su promesa y se lo contó a Henry Ford, pero Ford le hizo prometer que jamás se lo contaría a nadie más, en bien de la humanidad. 

Bullard se encontraba fascinado. - Uh, este analizador de inteligencia - dijo -, analizaba la inteligencia, ¿no es así? 

- Era una mantequillera eléctrica - dijo el desconocido. 

- Hablo en serio - le instó Bullard. 

Quizá sería mejor comentarlo con alguien - dijo el desconocido - Es terrible tenerlo guardado después de tantos años. Pero ¿ como puedo estar seguro de que no pasará de aquí? 

- Mi palabra de caballero - le aseguró Bullard.

- No creo poder encontrar una mejor garantía, ¿verdad? - dijo el desconocido, juiciosamente. 

- No existe mejor garantía - dijo Bullard con orgullo -. ¡Le doy mi palabra, y si no que me parta un rayo! 

- Muy bien. El desconocido se inclinó hacia atrás y cerró los ojos. Parecía como si viajara hacia el pasado a través del tiempo. Guardó silencio durante un minuto, mientras Bullard lo miraba con respeto. 

- Sucedió en el otoño de mil ochocientos setenta y nueve - dijo el desconocido finalmente, en voz baja -. Allá en el pueblo de Menlo Park, New Jersey. Yo tenía nueve años. Un joven - todos creíamos que era un brujo- había montado un laboratorio junto a mi casa y ahí dentro veíamos destellos de luz y escuchábamos estallidos y sucedían cosas que nos asustaban. Se advirtió a los niños del vecindario que no se acercaran, que no hicieran ningún ruido que molestara al brujo. 

- Yo no conocí a Edison luego luego, pero su perro Sparky y yo llegamos a ser buenos amigos. Un perro muy parecido al suyo, así era Sparky, y jugueteábamos por todo el vecindario. Si, señor, su perro es igualito a Sparky. 

- No me diga - dijo Bullard, halagado. 

- Palabra - dijo el desconocido -. Bueno, pues un día Sparky y yo jugábamos y llegamos hasta la puerta del laboratorio de Edison. Antes de que me diera cuenta, Sparky me había empujado a través de la puerta, y ¡cataplúm! , me encontré sentado sobre el piso del laboratorio y frente a mí estaba el señor Edison en persona. 

- Le apuesto a que estaba enojado - dijo Bullard, encantado. - Puede usted apostar a que estaba yo muerto de miedo - dijo el desconocido -. Creí encontrarme cara a cara con Satanás. Edison tenía unos alambres enganchados a sus oídos que terminaban en una cajita negra que tenía en las piernas. Quise salir, pero me agarró del cuello y me obligó a sentarme. 

- Muchacho - dijo Edison -, siempre está más oscuro antes del amanecer. Quiero que lo recuerdes. 

- Sí, señor - dije yo. 

- Durante más de un año, muchacho - me dijo Edison-, he tratado de encontrar un filamento que dure en una lámpara incandescente. Cabello, hilo, astillas, nada funciona. Así que mientras pensaba en alguna otra cosa para experimentar, comencé a darle vueltas a otra idea mía, sólo para dejar que saliera el vapor. Y logré armar esto - me dijo, mostrándome la cajita negra -. Pensé que la inteligencia podría ser sólo un cierto tipo de electricidad, así que hice este analizador de inteligencia. ¡Y funciona! Eres el primero en enterarte, muchacho. Pero no sé por qué no habías de ser el primero. Será tu generación la que crecerá en la nueva era gloriosa en que la gente será clasificada tan fácilmente como naranjas. 

-¡No lo creo! - dijo Bullard. 

-¡Que me parta un rayo en este momento! - dijo el desconocido -. Y es cierto que funcionaba. Edison había probado el analizador con los hombres de su taller, sin decirles de lo que se trataba. Cuanto más inteligente era un hombre, más a la derecha giraba la aguja del indicador en la cajita negra. Dejé que lo probara conmigo, pero la aguja no giró, sólo temblaba. Pero por muy tonto que fuera entonces, es cuando hice mi única contribución al mundo. Como le dije, no he levantado un dedo desde entonces. 

-¿Qué hizo usted? - preguntó Bullard con ansiedad. 

- Dije: Señor Edison, probemos con el perro. ¡Y me hubiese gus¬tado que viera usted lo loco que se puso el perro cuando lo dije! El viejo Sparky ladró y aulló y rascó para poder salirse. Cuando vió que iba en serio, que no iba a poder salir, corrió derechito hacia el analizador de inteligencia e hizo que se le cayera a Edison de las manos. Pero lo acorralamos, y Edison lo sujetó mientras yo le colocaba los alambres en las orejas. ¡Y no lo va a creer, pero la aguja giró hacia el otro extremo del cuadrante, mucho más allá de una marca hecha con lápiz rojo en la cara del cuadrante! 

- El perro lo rompió - dijo Bullard. 

- Señor Edison - dije -, ¿qué quiere decir esa marca roja? 

- Muchacho - dijo Edison-, quiere decir que el instrumento se ha roto, porque esa marca roja soy yo.
- Claro que estaba roto - dijo Bullard. 

El desconocido dijo gravemente: - Pero no estaba roto. No, señor. Edison examinó todo el aparato y estaba perfectamente en orden. Cuando Edison me dijo eso fue cuando Sparky - loco por salirse- se echó de cabeza. 

-¿Cómo? - dijo Bullard, receloso. 

- En realidad lo teníamos encerrado. Había tres cerraduras en la puerta: una alcayata, un cerrojo y una perilla con aldaba. El perro se paró, desenganchó la alcayata, jaló el cerrojo y ya tenía la perilla entre los dientes cuando Edison lo agarró. 

- ¡No! - dijo Bullard. 

- ¡Sí! - afirmó el desconocido, los ojos brillantes -. Y fue entonces que Edison me mostró lo grande que era como científico, Estaba dis¬puesto a enfrentarse con la verdad, sin importarle lo desagradable que pudiera resultar. 

-¡Conque esas tenemos! -le dijo Edison a Sparky -. Conque el mejor amigo del hombre, ¿no? Conque un animal tonto, ¿no? - Ese Sparky era algo serio. Hizo como que no escuchaba. Se rascó y se puso a morder sus pulgas y daba vueltas gruñendo a los agujeros de las ratas: cualquier cosa que le permitiera esquivar la mirada de Edison. 

-¿Conque la buena vida, Sparky? dijo Edison -. Dejas que otro se preocupe por traer los alimentos, construir refugios y mantenerte calientito mientras tú duermes frente a la chimenea o persigues a las chicas o jugueteas con los muchachos. Nada de hipotecas, nada de política, nada de guerra, nada de trabajo, nada de preocupaciones. Sólo tienes que mover la vieja cola o lamer una mano, y estás listo. 

- Señor Edison - dije yo -, ¿quiere usted decir que los perros son más inteligentes que las personas? 

-¿Más inteligentes? - dijo Edison -. ¡Estoy dispuesto a decirlo a todo el mundo! ¿Y qué es lo que he estado haciendo durante todo un año? ¡Trabajando como esclavo para hacer una bombilla que permita a los perros jugar por la noche! 

- Mire, señor Edison - dijo Sparky- por qué no... - ¡Un momento! - rugió Bullard. 

-¡Silencio! - gritó el desconocido, victorioso -. Mire, señor Edison - dijo Sparky -, ¿por qué no guarda silencio acerca de todo esto? Ha venido funcionando a satisfacción de todo el mundo durante cientos de miles de años. Deje echados a los perros que duermen. Usted se olvida de todo, destruye el analizador de inteligencia, y yo le digo qué usar como filamento para su lámpara. 

-¡Son puras mentiras! - dijo Bullard, la cara amoratada. 

- Le doy mi palabra solemne de caballero. Ese perro me premió por mi silencio con un dato confidencial de la bolsa de valores que me hizo acaudalado e independiente por el resto de mis días. Y las últimas palabras pronunciadas por Sparky fueron dirigidas a 'Thomas Edison. 

- Pruebe un trozo de hilo de algodón carbonizado - dijo -. Más tarde, lo hizo pedazos una jauría de perros que se había reunido afuera de la puerta a escuchar. 

El desconocido se quitó las ligas y se las dio al perro de Bullard. - Una pequeña muestra de mi estimación, señor, a nombre de un antepasado que murió de tanto hablar. Buenos días - se metió el libro bajo el brazo y se alejó caminando.



Kurt Vonnegut ©

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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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