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La casa de muñecas de Katherine Mansfield






The Doll house, 1921

Cuando la buena Sra. Hay volvió a la ciudad luego de su estancia en casa de los Burnell, les mandó a las niñas una casa de muñecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y la dejaron ahí, apoyada en dos cajones de madera junto a la puerta de la despensa. Nada malo podía pasarle, era verano. Y quizás se le habría ido el olor a pintura cuando hubiera que entrarla. Porque, realmente, el olor a pintura de esa casa de muñecas (“¡La deliciosa Sra. Hay, por supuesto; tan dulce y generosa!”) -el olor a pintura era suficiente para enfermar a cualquiera, en la opinión de la Tía Beryl. Aún antes que la desenvolvieran. Y cuando lo hicieron…

Ahí estaba la casa de muñecas, de un verde espinaca oscuro y aceitoso, realzado con amarillo brillante. Sus dos sólidas y pequeñas chimeneas, pegadas al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, por el brillo amarillento del barniz, parecía un trozo de caramelo. Tenía cuatro ventanas, ventanas de verdad, con vidrios divididos por gruesas rayas verdes. Y hasta tenía un pequeño porche pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura coagulada colgando de los bordes.

¡Es perfecta, perfecta esta casita! ¿A quién podría importarle el olor? ¡El olor a nuevo es parte del encanto!
“¡Que alguien la abra rápido!”

El gancho en el costado estaba hundido. Pat lo forzó haciendo palanca con su cortaplumas, y todo el frente de la casa se balanceó hacia atrás, y… ¡allí estaba!, pudimos verlo todo de una vez: la sala, el comedor, la cocina y dos dormitorios. ¡Este es el modo de abrir una casa! ¿Cómo es que no se abren así todas las casas? ¡Cuánto más emocionante que espiar a través de la rendija de una puerta un pequeño recibidor, en el que sólo hay un perchero y dos paraguas! Esto es lo que uno ansía saber sobre una casa cuando pone su mano en el llamador. Quizás es así como Dios abre las casas en medio de la noche mientras da un paseo silencioso con un ángel…

“¡Oh! ¡Oh!”. Las niñas Burnell parecían enloquecidas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca en su vida habían visto algo así. Todos los cuartos estaban empapelados. Sobre las paredes había cuadros pintados sobre el papel, con marcos dorados y todo. Todos los pisos, excepto el de la cocina, alfombrados de rojo; sillas de felpa carmesí en la sala, verde en el comedor; mesas, camas con sábanas y mantas de verdad, una cuna, una cocina, un aparador con muchos platos pequeños y una jarra grande. Pero lo que a Kezia le gustaba más que nada, lo que le gustaba con locura, era la lámpara. Estaba colocada en el medio de la mesa del comedor, una pequeña y exquisita lámpara de ámbar con un globo blanco. Estaba llena y lista para ser encendida, aunque -claro- no se la podía encender. Pero había algo adentro que parecía aceite y se movía al agitarlo.

El papá y la mamá muñecos, despatarrados y muy rígidos como si se hubieran desmayado en la sala, y sus dos pequeños hijos dormidos en el primer piso, eran demasiado grandes para la casa, como si estuvieran fuera de lugar. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia, decirle, “Yo vivo aquí.” La lámpara era de verdad.

A la mañana siguiente, a las niñas Burnell les parecía que no iban a llegar nunca a la escuela. Ardían por contarle a todo el mundo, por describir, bueno… por alardear de su casa de muñecas antes que tocaran la campana.

“Yo cuento,” dijo Isabel, “porque soy la mayor. Ustedes dos pueden sumarse después. Pero yo cuento primero.”

No había réplica posible. Isabel era mandona, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia tenían bien claro el poder que le confería ser la mayor. Caminaron sin hablar por el costado del camino, rozando las margaritas silvestres.

“Y a mí me corresponde elegir quién vendrá a verla primero. Mamá me dio permiso.”

Se había convenido que mientras la casa de muñecas estuviera en el patio, ellas podrían invitar a las chicas de la escuela, de dos en dos, a mirarla. No para el té, por supuesto, ni para revolotear por la casa. Sólo para pararse quietas en el patio mientras Isabel señalaba las maravillas, y Lottie y Kezia se mostraban encantadas…

Pero aunque se apuraron mucho, cuando llegaron a la cerca alquitranada del campo de juego de los varones, había comenzado ya el ruido discordante de la campana. Apenas tuvieron tiempo de sacarse el sombrero y ponerse en la fila antes que tomaran lista. No importa. Isabel trató de conformarse dándose aires de importancia y cuchicheando misteriosa con las chicas que tenía cerca: “Tengo algo que contarles en el recreo.”

Llegó el recreo y todas rodearon a Isabel. Las chicas de su clase se peleaban por abrazarla, por caminar a su lado, por llenarla de halagos, por ser su mejor amiga. Tenía toda una corte bajo los pinos, junto al campo de juego. Codeándose y riéndose tontamente, las pequeñas se apiñaban cerca de ella. Las únicas dos que se quedaron fuera del grupo eran las que siempre estaban afuera, las pequeñas Kelvey. Sabían que era mejor no acercarse a las Burnell.

Lo cierto era que la escuela a la que concurrían las Burnell no era la clase de lugar que sus padres hubieran elegido, de haber opción, pero no la había. Era la única escuela en millas a la redonda. En consecuencia, era inevitable que todas las chicas del vecindario, las niñas del juez, las hijas del doctor, las del tendero, las del lechero, estuvieran todas mezcladas. Sin mencionar un igual número de muchachitos groseros y revoltosos. Pero la línea debía trazarse en alguna parte. Se trazó en las Kelvey. Muchas de las chicas, incluyendo a las Burnell, tenían prohibido hablarles. Pasaban al lado de las Kelvey con sus cabezas en alto, y como eran ellas quienes dictaban la ley en asuntos de modales, las Kelvey eran evitadas por todas. Hasta la maestra les hablaba con una voz especial, y les daba a las otras una sonrisa especial cuando Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores espantosamente vulgares.

Eran las hijas de una mujercita enérgica y muy trabajadora, que iba de casa en casa todo el día lavando ropa. Esto ya era suficientemente atroz. ¿Pero dónde estaba el Sr. Kelvey? Nadie estaba seguro, pero todos decían que estaba en prisión. Así que eran las hijas de una lavandera y un presidiario. ¡Linda compañía para las otras niñas! Y su aspecto no las ayudaba en nada. No se entendía por qué la Sra. Kelvey les ponía esa ropa tan llamativa. Lo cierto es que andaban vestidas con retazos que le daban sus patrones. Por ejemplo Lil, que era grandota y feúcha, muy pecosa, venía a la escuela con un vestido hecho de un mantel verde estampado de los Burnell, con mangas de felpa roja de una cortina de los Logan. El sombrero le bailaba arriba de la cabeza; era un sombrero de señora mayor, que había sido de Miss Lecky, la dependienta del correo. Se doblaba en la parte de atrás y tenía como adorno una gran pluma color escarlata. ¡Qué mamarracho! Imposible no reírse. Y su hermanita menor, nuestra Else, usaba un vestido blanco largo, algo así como un camisón, y un par de botines de varón. Pero usara lo que usara nuestra Else, igual se vería extraña. Era una niña esmirriada, con el pelo cortito y los ojos enormes y solemnes, como una pequeña lechuza blanca. Nunca nadie la había visto sonreír; casi no hablaba. Iba por la vida agarrándose de Lil, apretujando en su mano un pedazo de la pollera de su hermana. Adonde iba Lil, nuestra Else la seguía. En el campo de juegos, en el camino a la escuela, allí iba Lil marchando adelante y nuestra Else aferrándose a ella por detrás. Sólo cuando quería algo, o cuando estaba exhausta, nuestra Else le daba un tirón, una sacudida, y Lil paraba y se daba vuelta a mirarla. Las Kelvey siempre se entendían.

Ahora estaban revoloteando, en el borde; no se podía evitar que escucharan. Cuando las niñas se daban vuelta y sonreían burlonas, Lil, como siempre, les entregaba su tonta sonrisa avergonzada. Nuestra Else sólo miraba.

Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía contando. La alfombra hizo sensación, como las camas con mantas de verdad, y la cocina con horno.

Cuando terminó, Kezia intervino. “Isabel, te olvidaste de la lámpara.”

“¡Ah sí!” dijo Isabel, “sobre la mesa del comedor, hay una lamparita en miniatura de vidrio amarillo, con un globo blanco. Igual a una auténtica.”

“La lamparita es lo mejor de todo”, gritó Kezia. Ella pensó que Isabel no le daba ni la mitad de la importancia que tenía. Pero nadie le prestó atención. Isabel estaba eligiendo a las dos que volverían con ella esa tarde para ver la casa de muñecas. Eligió a Emmie Cole y a Lena Logan. Pero cuando las demás supieron que todas tendrían la ocasión de verla, se deshicieron en atenciones con Isabel. Una por una la tomaban de la cintura y caminaban con ella. Todas tenían algo que contarle, un secreto. “Isabel es mi amiga.”

Sólo las Kelvey se alejaron olvidadas; no tenían nada más que escuchar.

Los días pasaron, y cuantas más chicas vieron la casa de muñecas, su fama se extendió. Se transformó en el tema del día, el furor del momento. La pregunta clave era “¿Viste la casa de muñecas de las Burnell? ¿No es preciosa?” “¿No la viste? ¡Qué pena!”

Incluso la hora del almuerzo se destinaba a hablar de la casa. Las chicas se sentaban bajo los pinos a comer sus sandwiches de carnero y grandes trozos de torta untados con manteca. Y siempre, tan cerca como las dejaran, se sentaban las Kelvey, nuestra Else aferrada a Lil, intentando escuchar, mientras masticaban los sandwiches de mermelada que sacaban de un papel de diario embadurnado de rojo.

“Mamá,” dijo Kezia, “¿no puedo invitar a las Kelvey aunque sea una vez?”

“Por supuesto que no, Kezia.”

“¿Pero por qué?”

“Vamos, Kezia; sabes muy bien por qué.”

Al final todas la habían visto menos ellas. Ese día el interés languideció. Era la hora del almuerzo. Las chicas estaban todas juntas bajo los pinos, y de pronto, cuando vieron a las Kelvey comiendo de su papel, siempre solas, siempre intentando escuchar, les dieron ganas de molestarlas. Emmie Cole empezó el cuchicheo: “Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando crezca.”

“¡Oh, qué horror!” dijo Isabel Burnell, y le guiñó un ojo a Emmie.

Emmie se contuvo y asintió con la cabeza a Isabel, como había visto a su madre hacer en esas ocasiones.
“Es verdad-es verdad-es verdad”, dijo.

Los ojitos de Lena Logan chispearon. “¿Le pregunto?” murmuró.

“Apuesto a que no”, dijo Jessie May.

“Bah, no tengo miedo”, dijo Lena. De pronto lanzó un chillido mientras bailaba frente a las otras. “¡Miren! ¡Mírenme! ¡Ahora van a ver!” dijo Lena. Y deslizándose, escurriéndose, arrastrando un pie, riéndose burlona, Lena llegó hasta las Kelvey.

Lil levantó la vista de su comida. Envolvió rápido los restos. Nuestra Else dejó de masticar. ¿Y ahora qué iba a pasar?

“¿Es verdad que vas a ser sirvienta cuando seas grande, Lil Kelvey?” le gritó Lena.

Silencio de muerte. Pero en lugar de contestar, Lil le sonrió con su tonta sonrisa avergonzada. La pregunta no parecía importarle en absoluto. ¡Qué bochorno para Lena! Las demás chicas se reían entre dientes.
Lena no lo pudo soportar. Puso sus manos en jarra y sacó pecho. “¡Tu padre está preso!” le chistó desdeñosa.

Era tan maravilloso haber dicho esto, que las niñas se alejaron rápido todas juntas, excitadísimas, muertas de alegría. Alguien encontró una soga larga, y empezaron a saltar. Nunca habían saltado tan alto, entrado y salido tan rápido, hecho cosas tan osadas como esa mañana.

Por la tarde Pat fue a buscar a las niñas Burnell con el coche y las llevó de vuelta a casa. Había visitas. Isabel y Lottie, a quienes les encantaban las visitas, fueron arriba a cambiarse los delantales. Pero Kezia se escabulló hacia el fondo. No había nadie; empezó a balancearse sobre los portones blancos del patio. De pronto, mirando a lo lejos el camino, vio dos pequeñas manchas. Se fueron agrandando, venían hacia ella. Ya podía ver que una iba adelante y la otra pegada atrás. Ahora pudo ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de balancearse. Se bajó del portón como si fuera a salir corriendo. Luego dudó. Las Kelvey se acercaban, y junto a ellas caminaban sus sombras, muy largas, estirándose a través del camino con sus cabezas en las margaritas silvestres. Kezia se volvió a trepar al portón; había tomado una decisión; se bajó.

“Hola”, les dijo a las Kelvey.

Estaban tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió tontamente. Nuestra Else abrió grandes los ojos.

“Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas si quieren” , dijo Kezia, y arrastró la punta del pie por el suelo.
Lil se puso colorada y negó bruscamente con la cabeza.

“¿Por qué no?” preguntó Kezia.

Lil tomó aliento y le contestó: “Tu mamá le dijo a la nuestra que no debes hablarnos.”

“Bueno”, dijo Kezia. No sabía qué responder. “No importa. Pueden venir lo mismo y ver nuestra casa de muñecas. Vamos. Nadie nos mira.”

Pero Lil negó con su cabeza aún más fuerte.

“¿No quieren?”, preguntó Kezia.

De pronto, hubo una sacudida, un tirón en la pollera de Lil. Ella se dio vuelta. Nuestra Else la estaba mirando con grandes ojos implorantes; tenía el ceño fruncido; quería ir. Por un momento Lil la miró llena de dudas. Pero entonces nuestra Else tiró de su pollera una vez más. Entonces comenzó a andar. Kezia las condujo. Como dos gatitos perdidos la siguieron a través del patio hasta donde estaba la casa de muñecas.
“Ahí está,” dijo Kezia.

Hubo una pausa. Lil suspiró ruidosamente, casi resopló; nuestra Else estaba inmóvil como una roca.

“Ahora se las abro”, dijo Kezia amablemente. Soltó el gancho y ellas miraron adentro.

“Allí están la sala y el comedor, y esa es la…”

“¡Kezia!”

¡Ay, cómo se sobresaltaron!

“¡Kezia!”

Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta de atrás estaba la tía Beryl, clavándoles los ojos como si no pudiera creer lo que veía.

“¿Cómo te atreves a hacer pasar a las Kelvey al patio?” increpó su voz furiosa y fría. “Sabes tan bien como yo, que te está prohibido hablarles. Vamos, chicas, váyanse de una vez. Y no vuelvan”, dijo la tía Beryl. Y bajó al patio y las espantó como si fueran pollos.

“¡Se van inmediatamente!” gritó, orgullosa y gélida.

No necesitaron que se los repitiera. Ardiendo de vergüenza, encogiéndose de miedo, Lil agazapada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron el patio como pudieron y se escabulleron a través del portón apenas abierto.

“¡Qué niña mala y desobediente!” dijo la tía Beryl disgustada, y cerró de un golpe la casa de muñecas.
La tarde había sido horrenda. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta aterradoramente amenazante, en la que le decía que si no se encontraba con él esa noche en los matorrales de Pulman, vendría a la puerta de entrada de su casa ¡a pedirle explicaciones! Pero ahora que había asustado a esas ratitas Kelvey y dado un escarmiento a Kezia, su corazón estaba más liviano. Aquella presión fantasmal había cesado. Volvió a la sala tarareando.

Cuando las Kelvey estuvieron bien lejos de la casa de las Burnell, se sentaron a descansar sobre un enorme caño rojo al costado del camino. Las mejillas de Lil todavía ardían; se sacó el sombrero y lo apoyó en sus rodillas. Como en una ensoñación, miraron largamente los corrales, atravesando la ensenada, hasta la valla de juncos donde las vacas de Logan esperaban el ordeñe. ¿Qué pensaban?

De pronto nuestra Else codeó suavemente a su hermana. Ya se había olvidado de la señora enojada. 
Acarició con su dedito la pluma del sombrero de su hermana y le dio una de sus poco frecuentes sonrisas.

“Yo vi la lamparita”, dijo suavemente.

Katherine Mansfield ©


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La mujer del almacén de Katherine Mansfield





Durante todo el día hizo un calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante. Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar, ¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.



Jo cabalgaba adelante. Llevaba una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un pañuelo blanco con lunares rojos -parecía que acababa de limpiarse la sangre de las narices- le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo. Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:

"No me interesa, porque verás, tengo a mi suegra siempre delante".

Era el primer día, luego de un mes de estar juntos, en que no le habíamos oído canturrear aquella canción. Su silencio nos ponía melancólicos. Jim iba junto a mí, blanco de polvo, de la cabeza a los pies. Su rostro parecía el de un payaso y sus ojos negros brillaban más que nunca en esa máscara empolvada; a cada rato, sacaba la lengua para humedecerse los labios. Su chaqueta corta, de tela gruesa de algodón y los pantalones azules, sostenidos por un cinturón muy ancho, mostraban su color ante los huecos abiertos en la capa de polvo. Apenas si habíamos cruzado algunas palabras desde el amanecer.

A mediodía nos detuvimos junto al borde barroso de un arroyo para almorzar galletas duras y duraznos.

-Tengo el estómago como buche de gallina -dijo Jo-. Veamos, Jim: tú que eres el guía de nuestro grupo, ¿dónde diablos está ese almacén del que siempre nos hablas? "Por supuesto", nos dices, "yo conozco un buen almacén, con sus troncos gruesos para atar los caballos y una pradera verde bordeada por un arroyo. Su dueño es un buen amigo mío", nos has dicho, "un tipo correcto que te ofrece un trago de whisky y luego te da la mano". Me gustaría ver ese almacén, Jim, aunque sólo fuera para calmar mi curiosidad. No quiero decir con eso que dude de tu palabra, tú lo sabes muy bien, pero...

Jim se echó a reír.

-No olvides que en el almacén hay una mujer, Jo; una hermosa mujer de ojos azules y cabello rubio como el oro, que te ofrece algo mejor que el whisky antes de estrecharte la mano. Métete eso en la cabeza y no lo olvides.

-El calor te debilita la cabeza -comentó Jo, subiendo al caballo. Clavó las espuelas en los ijares y nosotros lo seguimos unos metros más atrás. A poco de andar me quedé medio dormida sobre la silla y, entre sueños, tuve la desagradable sensación de que todos los caballos se detenían. De pronto me vi encima de un caballito de madera y mi madre, que se hallaba detrás de mí, me retaba por levantar tanto polvo de la alfombra. "La has gastado tanto que sus hermosos dibujos desaparecieron", me decía y se abalanzó sobre mí para darme un golpe en los riñones. Empecé a llorar en voz baja y me desperté asustada y encontré a Jim inclinado sobre mí, sonriendo con malicia.

-Esa sí que es buena -me dijo-. Acabo de sorprenderte. ¿Qué te sucede? ¿En qué mundo andabas?

-Ninguno -le respondí con énfasis, alzando la cabeza-. ¡Gracias a Dios, por fin llegamos a alguna parte!

Estábamos al pie de la colina y, más abajo, se veía un techo de chapa acanalada. Ocupaba el centro de un amplio jardín, distanciado del camino. A su alrededor, una pradera verde se extendía con un arroyo zigzagueante. El paraje estaba aislado por una cantidad de sauces jóvenes. Por la chimenea, ascendía recto un hilillo de humo azul, asomando por un rincón del techo. Mientras observaba la forma de aquel cobertizo vi salir a una mujer seguida por una niña y un perro ovejero. La mujer parecía llevar en la mano una larga vara negra. Nos había visto y estaba haciéndonos alguna seña. Los caballos soltaron un prolongado y sonoro resoplido final. Jo se quitó el ancho sombrero, dio un grito, sacó pecho y empezó a cantar aquello de "no me interesa, porque ya ves..." De repente, el sol reapareció entre las nubes pálidas e iluminó con brillosos resplandores aquella escena. Uno de los rayos acentuó el cabello rubio de la mujer, resplandeció el delantal agitado por el viento y brilló también el rifle que llevaba en la mano. La chiquilla se escondió detrás de su madre, y el perro ovejero, de pelaje blanco y sucio, regresó trotando al cobertizo, con la cola entre las patas. Tiramos de las riendas, los caballos se detuvieron en seco y desmontamos.

-¡Hola! -gritó la mujer-. Creía que eran tres buitres. Mi chica llegó corriendo, azorada. "Mamá", me dijo, "vienen bajando por la colina tres cosas grises". Yo me preparé para recibirlas, estén seguros de eso. "Tienen que ser buitres", le respondí a la chica. No saben la cantidad de buitres que hay por aquí.

La niña nos dirigió la mirada con uno de sus ojos, por detrás de las faldas de su madre, y se ocultó de nuevo.

-¿Dónde está su hombre? -preguntó Jim.

La mujer parpadeó rápidamente, se pasó una mano por la boca y giró la cabeza para observarnos.

-Se fue a la esquila -nos dijo, demorando su respuesta-. Hace casi un mes que anda fuera. Supongo que no permanecerán aquí, ¿verdad? Una tormenta se avecina.

-No se intranquilice, pero nos quedamos -afirmó Jo-. ¿De modo que está sola, señora?

Permaneció quieta, con la cabeza gacha y empezó a acomodar los pliegues del delantal. Luego nos miró de reojo, uno a uno, con una expresión de pajarito hambriento. Me sonreí al pensar en la burla que le había hecho Jim a Jo, hablándole siempre sobre aquella hermosa mujer del almacén. Cierto era que ella tenía los ojos azules y el poco pelo que le quedaba era rubio como el oro viejo, pero no era bonita. Su figura tenía un aspecto ridículo que daba lástima. Al observarla, se tenía la impresión de que bajo su blanco delantal, sólo había palos y alambres retorcidos. Los dientes de delante le faltaban, sus manos largas, agrietadas y enrojecidas, le colgaban inútiles de los brazos y llevaba un par de botas de hombre arrugadas, cubiertas de polvo.

-Voy a soltar los caballos en el prado -dijo Jim-. ¿No tiene por casualidad algún linimento? El pobre Poi tiene una llaga hecha un demonio.

-¡Un momento! -gritó la mujer con algo de histérica. Se quedó en silencio, mirándonos, llena de ira: las narices se le dilataron, temblándole al respirar. Y volvió a gritar con el mismo tono chillón-. Es mejor que no se detengan. Váyanse y se acabó. No quiero que los caballos pasten en mi prado. Tienen que irse; no tengo nada para ofrecerles.

-¡Vaya, que me cuelguen! -dijo Jo sorprendido. Me apartó hacia un costado-. El diablo salió de su cuerpo -murmuró-. Será porque hace tiempo que está sola. Si la tratamos con respeto, volverá a la coherencia.

Pero no fue necesario poner en práctica la propuesta. La mujer había vuelto a sus cabales por sí sola.

-Quédense, si quieren -nos dijo de mala gana, encogiendo los hombros. Luego giró y me dijo-: Si viene conmigo, le daré el linimento para el caballo.

-Muy bien, yo se los llevaré después al prado.

Seguí por el largo sendero que atravesaba el jardín. A ambos lados había plantado repollos y tal vez por eso el lugar olía a agua podrida. También había flores: una fila de amapolas dobles y toda una plantación de arvejillas de olor. Me llamó la atención una porción de tierra removida en medio de las flores, señalada por hileras de conchas y caracoles. Al rato advertí que aquel terreno pertenecía a la niña, porque al pasar frente a él se desprendió de las faldas de su madre y corrió para escarbar esa porción de tierra con una percha rota. El perro atravesaba el umbral de la puerta, matando las pulgas a mordiscos. La mujer lo apartó de nuestro camino, de una patada.

-¡Eh, fuera de aquí, bestia inmunda...! La casa está desordenada. No tuve tiempo de arreglarla... Estuve planchando. ¡Adelante!

La "casa" era tan sólo una habitación amplia cuyas paredes estaban empapeladas con las hojas de viejos diarios londinenses. A primera vista, me pareció que el número más actual era de la época del jubileo de la Reina Victoria. Había una mesa con una tabla de planchar, un cubo de agua, algunos recipientes de madera, un diván desarmado con un forro de crin negro y varias sillas de cañas rotas y apoyadas contra la pared para que no se cayeran. La repisa que se hallaba encima de la estufa estaba adornada con papel encarnado, flores, tallos y hojas secas en floreros cubiertos de polvo y con una imitación de Richard Seddon en colores. Había cuatro puertas: una, por el olor, parecía dar al almacén; la otra, seguramente al patio trasero; en la tercera, que estaba entreabierta, se podía ver una cama. Las moscas, volando en bandada, zumbaban contra el cielo raso. Y sobre las cortinas de la única ventana tenía adheridos papeles matamoscas y un montón de tréboles secos.

De repente me encontré sola en la amplia habitación. La mujer se había ido al almacén a buscar el linimento. Oía sus pasos recios y sus murmullos groseros. Hablaba sola, se preguntaba y se respondía: "Tengo linimento", decía. "¿Dónde habré puesto la botella? Estará detrás del frasco de los pepinillos... No está". Desocupé un rincón sobre la mesa para sentarme allí, balanceando las piernas. Oía la lejana voz de Jo, cantando en el prado y los golpes del martillo de Jim clavando las estacas para afirmar la tienda de campaña. Era el momento del crepúsculo. En Nueva Zelanda los días no gozan de la penumbra del poniente: tienen una media hora de luz extraña y siniestra, donde todo es grotesco, deforme y espantoso, como si el alma salvaje del país emergiera de repente sobre antiguos poderes y renegara de lo que contemplaba. Al verme sola en la gran habitación, iluminada por la escabrosa luz del poniente neocelandés, sentí miedo. Aquella mujer tardaba demasiado en encontrar el linimento. ¿Qué estaría haciendo allí dentro? Me pareció que la había oído golpear con las manos alguna mesa y la escuché quejarse otra vez, luego toser y limpiarse la garganta. Tuve deseos de gritar que regresara, pero me contuve y esperé en silencio. "¡Qué vida atroz, Dios mío!", pensaba yo. "¿Cómo será eso de compartir un día tras otro, con esa niña roñosa y el perro sucio siempre cerca? ¿Qué será eso de planchar aquí y de...? ¡Loca! ¡Claro que está loca! Quisiera saber hace cuánto tiempo que vive aquí. Quisiera que me hablara..."

En ese preciso momento, la mujer asomó su largo perfil por la puerta.

-¿Qué era lo que querían? -me preguntó.

-Linimento.

-¡Ah, me había olvidado! Ya lo encontré. Estaba junto al frasco de pepinillos -al decir esto, me alargó la botella-. Se la ve nerviosa -agregó-. Le voy a preparar unos panecillos dulces para la cena. Hay un poco de lengua en el almacén y si les gusta, cocinaré un repollo.

-Muy bien, gracias -repuse sonriendo-. Luego venga a nuestra tienda, en el prado, y lleve a la niña para que nos acompañe a tomar la merienda.

Sacudió la cabeza, mostrando los labios.

-Oh, no. Creo que no iremos. Les mandaré a la niña con las cosas, cuando termine de cocinar los panecillos. ¿Quiere que le amase algunos más para llevarlos mañana?

-Gracias.

Se quedó de pie en la puerta, apoyada contra el marco.

-¿Qué edad tiene la niña?

-En Navidad cumplirá seis años. Tuve muchos dolores de cabeza con ella, por varias cuestiones. No pude darle leche hasta que la chica tuvo un mes, estaba desnutrida y flaca como una varilla.

-No se parece a usted. ¿Salió a su padre?

Así como se había exaltado antes, cuando nos indujo a que nos fuéramos, ahora se enfadó contra mí.

-¡No! ¡No es verdad! -gritó hecha una furia-. Se parece a mí. Es mi vivo retrato. Hasta un ciego puede verlo. -Luego, se dirigió a la niña, que seguía removiendo su terreno.

-Ven acá, rápido, Else, y deja de remover esa tierra.

Me encontré con Jo pasando sobre el cerco del prado.

-¿Qué tiene la vieja bruja en el almacén? -me preguntó.

-No sé. No entré.

-¡Vaya! ¡Qué tontería! Jim te anda buscando. ¿Qué estuviste haciendo durante todo este tiempo?

-Buscando el linimento. Oye, Jo: qué elegante y bien peinado estás.

Jo se había aseado, traía el pelo reluciente, peinado con raya al medio. Había elegido un saco limpio por encima de la camisa. Me hizo un guiño.

Jim me quitó de las manos la botella de linimento. Me fui sola, a través del prado, donde los sauces se juntan, para bañarme en el arroyo. El agua clara me cubría el cuerpo, suave como el aceite. Entre las hierbas y las raíces de las orillas, el agua formaba orlas de espuma que se agitaban. Me quedé en el agua mirando cómo los sauces movían sus hojas por un momento y luego las dejaba quietas. El aire traía olor a lluvia. Me olvidé de la mujer y de su hija, hasta que regresé a la tienda. Jim estaba tendido sobre el césped, mirando el fuego de la hoguera que acababa de encender. Le pregunté si la chica había traído algo de comer y dónde estaba yo.

-¡Bah! -repuso Jim con disgusto, girando su cuerpo para acostarse de espaldas y observar de cara al cielo-. ¿No te has dado cuenta de que Jo está como embrujado? Se fue al almacén demasiado prolijo y me dijo: "¡Que me cuelguen si esa mujer no es más bonita de noche que de día! De todas maneras, muchacho, es carne de mujer". Esas palabras me dijo.

-Recuerda que tú tienes la culpa por haber hecho creer a Jo, y a mí también, que había una mujer bella en este almacén.

-No. No se trata de eso. Escucha: no puedo entenderlo. Hace cuatro años pasé por este lugar y permanecí dos días aquí. El marido de esa mujer fue compañero mío cuando ambos deambulábamos por las costas occidentales. Es lo que yo llamo un buen tipo, del tamaño de un toro y con una voz similar a un trombón. La mujer había sido camarera en una cabaña de la costa, hermosa como una muñeca. Cuando estuve en este almacén, cada quince días, la diligencia pasaba. Todo esto era antes de que inauguraran el ferrocarril de Napier. Y puedo asegurar que aquella mujer no perdía el tiempo. Recuerdo que me dijo, en un momento de confesión, que ella besaba de ciento veinticinco maneras diferentes y todas sensuales e irresistibles.

-¡Vamos, Jim! Por supuesto que no se trata de la misma mujer.

-Tiene que serlo..., de otra manera no me lo explico. Lo que yo creo es que su marido se fue y la abandonó. Que engañe a otro con la historia de la esquila. ¡Qué terrible soledad! Los únicos que aparecerán por aquí, de vez en cuando, serán los maoríes.

A pesar de la oscuridad, divisamos el blanco delantal de la niña. Caminaba arrastrándose hacia nosotros, con una enorme canasta al brazo y una olla de leche en la mano. Revisé dentro de la canasta mientras la chica me miraba hacer.

-Ven aquí -le dijo Jim haciéndole gestos con el dedo.

Se acercó. La lámpara que colgaba del techo de la tienda la alumbró de cuerpo entero. Era una pobre criatura escuálida y débil, con el cabello blancuzco y los ojillos tristes. Se había parado con las piernas abiertas y el vientre al aire.

-¿Qué haces durante el día? -le preguntó Jim.

La chica escarbó con el dedo meñique su oreja, miró lo que había sacado y respondió:

-Dibujo.

-¿Eh? ¿Qué dibujas? ¡Deja de escarbarte las orejas!

-Dibujos.

-¿Dónde los haces?

-En papeles llenos de grasa, con el lápiz de mamá.

-¡Vaya! ¡Cuántas palabras de golpe! -Jim la miraba sonriendo, con algo de afecto-. ¿Ovejitas que hacen beee y vaquitas que hacen mu?

-No. Todas las cosas. Los dibujaré a todos antes de que se vayan, a sus caballos y a la tienda y a ésa con ningún vestido en el arroyo -dijo, señalándome a mí-. Yo la veía desde un lugar donde ella no me veía.

-Te felicito -le respondió Jim-. Así llegarás lejos en la pintura.

Entonces, le preguntó algo atrevido:

-¿Dónde está papá?

La chica pareció asustarse y comenzó a balbucear.

-No se lo voy a decir porque no me gusta su rostro. Y volvió a escarbarse la otra oreja.

-Bueno -le dije-. Vete a casa, llévate la canasta y avísale al otro hombre que venga a comer.

-No quiero.

-¡Te voy a dar una cachetada si no obedeces! -la amenazó Jim, con suma violencia.

-¡Ay, ay! Se lo diré a mamá, se lo diré a mamá -dijo la chica y salió corriendo.

Comimos hasta hartarnos. Había llegado la hora del café y los cigarrillos, cuando Jo regresó, muy colorado y contento, con una botella de whisky en la mano.

-Bébanse los dos un trago -nos dijo alzando muy fuerte la voz y sacudiendo la botella en nuestras narices-. ¡Vamos! ¡Levanten las copas!

-Ciento veinticinco maneras distintas... -le murmuré a Jim en el oído.

-¿Eh? ¿Cómo dicen? ¡Basta de eso! -dijo Jo, serio-. ¿Por qué se la agarran siempre conmigo? Parecen niños de escuela dominical en una excursión. Si quieren saberlo, nos ha invitado a los tres para que visitemos su casa esta noche y charlemos. Yo -levantó la mano, como si quisiera detener nuestras felicitaciones antes de tiempo- he sabido tratarla y sé cómo tranquilizarla.

-Te creo -comentó Jim riendo-. Pero ¿te dijo dónde está su marido?

Jo lo miró entre sorprendido e irritado.

-En la esquila. Ella misma te lo dijo, idiota.

La mujer había limpiado y arreglado la habitación, incluso la adornó con un ramo de arvejillas en el centro de la mesa. Fui a sentarme al lado de ella, frente a Jo y Jim. Además de las flores de adorno, sobre la mesa había una lámpara de petróleo, la botella de whisky, vasos y una jarra de agua. La chica, arrodillada en el suelo, dibujaba en un papel de envoltura. Me pregunté, sobresaltada, si acaso no estaría reproduciendo la escena del arroyo.

No había duda de que Jo tenía razón cuando dijo que la mujer se vería mejor de noche. En verdad, esa noche presentaba mejor aspecto. Las hebras de su cabello rubio estaban prolijas, recogidas y alisadas, tenía cierto color en las mejillas y brillaban sus ojos. Y advertimos que sus pies se hallaban apretados, bajo la mesa, por las botas de Jo. Su delantal grasoso había sido reemplazado por una falda de lana negra y una blusa blanca. La chica llevaba una cinta azul en el pelo. Así, en la atmósfera asfixiante de aquella habitación, entre el zumbido de las moscas que giraban en espirales ascendentes hacia el techo y descendían sobrevolando la mesa, nos emborrachamos lentamente.

-Ahora escúchenme -interrumpió la mujer dando puñetazos sobre la mesa-. Hace seis años que me casé y he tenido cuatro abortos. Le dije a mi marido: ¿Quién crees que soy yo para que me tengas aquí? Si estuviéramos en la Costa, te haría colgar por infanticidio. Y le repetía: has doblegado y sometido mi espíritu, me has arruinado el cuerpo, la apariencia. ¿Para qué? ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Para qué? -Se agarró la cabeza con las manos, apoyó los codos sobre la mesa, mirándonos fijamente. Y comenzó a hablar de nuevo, con rapidez-. Durante días enteros, que sumados formaban meses, me torturaban la cabeza aquellas dos benditas palabras. ¿Para qué? A veces estaba aquí, frente a la estufa, cocinando papas, y al levantar la tapa de la cacerola para moverlas, oía las mismas palabras de siempre y no sólo aquel "¿Para qué?", con las papas y con la chica y con... Quiero decir que... quiero decir... -un ataque de hipo la interrumpió-. ¡Usted sabe lo que quiero decir, señor Jo!

-Lo sé -dijo Jo rascándose la cabeza.

-Lo peor era -continuó la mujer, inclinándose sobre la mesa- que me dejaba sola mucho tiempo. Cuando las diligencias dejaron de venir, se iba por muchos días, semanas y hasta meses, dejándome encargada del almacén. Y después regresaba, contento como en Pascuas. "¡Hola!", me decía. "¿Cómo has estado? Ven aquí y dame un beso". Y yo iba. Y cuando me negaba a ser afectuosa, él volvía a irse, a desaparecer sin decir nada. Aunque si yo me mostraba complaciente, también se iba. Cuando lo recibía, esperaba hasta hacerme bailar sobre un dedo y después se despedía: "Bueno; hasta siempre. Ya me voy". ¿Y creen que yo podía retenerlo? ¡No! Yo, no.

-Mamá -gritó la chica-. Hice un dibujo de todos ellos, bajando por la colina, y de ti y de mí y el perro, abajo.

-¡Cállate! -gritó la mujer.

La luz de un relámpago iluminó en forma eléctrica la habitación y a los pocos segundos se oyó el sacudón del trueno.

-Menos mal que se larga -comentó Jo-. El clima nos ha estado sofocando desde hace tres días.

-¿Dónde está ahora su marido? -insistió Jim, acentuando cada palabra.

Metió la cabeza entre sus brazos, apoyados sobre la mesa, y empezó a lloriquear.

-Se ha ido a la esquila y otra vez me dejó -gritó entre gemidos.

-¡Eh! ¡Cuidado con esos vasos! -exclamó Jo-. Levante la cabeza y tome otro trago. No tiene sentido alguno llorar por maridos ausentes. La has hecho buena, Jim.

-Señor Jo -suspiró la mujer, levantando la cabeza y secándose las lágrimas con la solapa de su chaqueta blanca-, usted es un tipo decente. Si yo fuera mujer de secretos, le confiaría todo a usted. Y no crea que me opongo a beberme otro vaso de whisky.

La luz de los relámpagos era cada vez más fuerte, lo mismo que la potencia de los truenos. Jim y yo estábamos en silencio. La chica seguía de rodillas, apoyada en el banco y sin moverse. Tenía la punta de la lengua fuera de la boca y, de vez en cuando, soplaba sobre el papel en que dibujaba.

-Es la soledad -exclamó la mujer, dirigiéndose hacia Jo, que la escuchaba con afecto-. Es la tristeza de estar aquí, como una gallina ponedora en su nido.

Jo extendió su brazo sobre la mesa y tomó la mano de la mujer. A pesar de que la posición de los dos parecía muy incómoda, sobre todo al servirse whisky y al beberlo, mantuvieron unidas sus manos, como si estuvieran adheridas.

Me levanté para acercarme a la niña. Ella, por su parte, se incorporó con decisión y se sentó sobre el banco y los papeles de sus dibujos, mirándome con desconfianza.

-No puede verlos -dijo, desafiante.

-Vamos, no seas tonta.

Jim se acercó a nosotros. Los dos habíamos bebido bastante, tomamos a la niña por los brazos y la arrancamos del banco para ver sus dibujos. Los analizamos y, para mi asombro, estaban bien hechos, algo repulsivos y groseros. Eran las composiciones de un lunático, hechas con la habilidad de un lunático. No había duda de que la niña tenía la mente perturbada. Y ahora se mostraba alegre de que viéramos sus dibujos. A medida que los mostraba, sus nervios eran crecientes, reía, temblaba y tiritaba en nuestros brazos con una fuerza muy particular.

-¡Mamá! -gritó en un momento dado, en un punto extremo de la excitación-. Voy a hacerles el dibujo que tú me dijiste que no hiciera nunca. Lo haré ahora.

Con una velocidad inusitada, la mujer se levantó de la mesa, se lanzó hacia su hija y la golpeó con brusquedad en la cabeza, con las dos manos abiertas.

-¡Te daré azotes desnuda si te atreves a decir eso otra vez! -le gritaba, convertida en una fiera.

Jo estaba muy embriagado como para darse cuenta de lo que sucedía. Jim tomó los brazos de la mujer para que no siguiera pegando a la niña. La niña no lloró ni lanzó un solo grito. Al terminar el forcejeo, se acercó pausadamente a la ventana y se quedó allí despegando las moscas del papel.

Todos volvimos a la mesa. Esta vez me senté junto a Jim para que la mujer se ubicara al lado de Jo y se reclinara sobre su pecho. Nos quedamos los cuatro diciendo estupideces. "Este cayó cerca. Otro más, y otro", y Jo, justo en medio del estruendo de un trueno: "Ahora viene. Ya está. Agárrense. Ya llega", hasta que empezaron a caer gotas gruesas sobre el techo de chapas acanaladas, que perturbaban.

-Será mejor que esta noche se queden a dormir aquí -dijo la mujer.

-Así es -afirmó Jo que, por otra parte, estaba más que interesado por el ofrecimiento.

-Saquen lo que necesiten de la tienda. Ustedes dos pueden dormir en el almacén junto con la niña, que ya está acostumbrada a dormir allí y no le importará.

-Nunca he dormido ahí, mamá -interrumpió la niña.

-¡Cállate y no digas mentiras! El señor Jo puede dormir aquí.

La distribución de lugares resultó absurda, pero era inútil cambiar su propuesta. Sin duda, Jo y la mujer ya se habían puesto de acuerdo.

Mientras ella organizaba este plan, Jo permaneció inmóvil en su silla, con una seriedad pocas veces vista en él, con los carrillos enrojecidos y jugando con el bigote.

-Préstanos una linterna -dijo Jim-. Iré a buscar las cosas a la tienda.

Salimos juntos. La lluvia nos golpeaba la cara y al caminar sentíamos debajo de nosotros la tierra blanda, como si fueran cenizas. Como niños frente a una aventura, y corriendo por el prado, saltando, gritando, riendo entre el pavoroso estruendo de los truenos.

Al volver al almacén, la niña ya estaba acostada sobre el mostrador. La mujer nos entregó una lámpara y Jo tomó, de manos de Jim, el bolso con su ropa y salió con la cabeza baja, cerrando la puerta.

-¡Buenas noches! -gritó desde el otro lado.

Jim y yo nos dejamos caer sobre dos bolsas de papas, sin poder aguantar la risa. De las vigas del techo colgaban bolsones repletos de cebollas y piernas de jamón. Por doquiera que miráramos se hallaban los anuncios del "Café Camp" y estantes con latas de carne. Nos los mostrábamos uno al otro, tratando de leer los títulos de letras más pequeñas, entre risas e hipos. La niña nos miraba desde el mostrador, sin otra expresión que su mirada triste. De pronto, arrojó a un costado la frazada y saltó al suelo. Se quedó donde había caído, muy seria, con su camisón de franela gris, rascándose el empeine de un pie con la uña del dedo gordo del otro pie. No le prestamos casi nada de atención.

-¿De qué se ríen? -nos preguntó molesta.

-¡De ti! -repuso Jim, rápido-. De ti y de tu tribu, niña mía.

La niña se ofuscó de pronto y se daba golpes con los puños, gritando:

-¡No quiero..., no quiero que se rían de mí! ¡Malos! ¡Malditos!

Jim se acercó a la chica, la alzó con poca firmeza y la arrojó con violencia sobre el mostrador.

-¡Duérmete y calla! O dibuja, si quieres. Aquí tienes lápiz, y usa si quieres el libro de cuentas de tu mamá.

Nos quedamos sentados en silencio, y entre el murmullo de la lluvia oímos claramente los pesados pasos de Jo en el piso de madera de la habitación vecina, luego una puerta que se abría, y un rato después, cerrarse la misma puerta.

-Es la soledad -murmuró Jim.

-¡Pobre de él! ¡Ciento veinticinco distintas maneras de besar, señor mío!

La chica arrancó violentamente una hoja del libro de cuentas de su madre y, desde el mostrador, la arrojó hacia donde estábamos nosotros.

-¡Allí está! -nos dijo con su voz chillona de niña caprichosa-. Aunque no lo quiere mamá, lo hice. Lo hice porque me encerró aquí, con ustedes. El dibujo que ella no quiere que haga. Dijo que me mataría si lo hacía, pero lo hice igual. ¡No me importa! ¡No me importa!

La chica había dibujado a una mujer disparando un rifle contra un hombre y a la misma mujer haciendo un foso en la tierra para enterrar al muerto. Saltó del mostrador y se puso a caminar por el interior del almacén, mordiéndose las uñas. Jim y yo nos quedamos sentados sobre las bolsas, sin decir palabra, al lado del dibujo, hasta que comenzó a aclarar. La lluvia había cesado y la niña dormía respirando con dificultad. Salimos rápidamente del almacén y corrimos hacia el prado, a nuestra tienda. En el cielo color rosa transitaban pequeñas nubes blancas y soplaba un viento frío con olor a hierba mojada. Cuando montamos para partir, Jo salió de la casa y nos hizo señas de que nos fuéramos.

-Los alcanzaré después -gritó.

En el primer recodo del camino, perdimos de vista aquel lugar.
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La mosca de Katherine Mansfield





-Pues sí que está usted cómodo aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su... apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos... Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.


Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:

-Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!

-Sí, es bastante cómodo -asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.

-Lo he renovado hace poco -explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-. Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.

Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.

-Había algo que quería decirle -dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.

Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:

-Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.

Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.

-Ésta es la medicina -exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.

Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.

-¿Es whisky, no? -dijo débilmente.

El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.

-Sabe -dijo el viejo, mirando al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a echarse a llorar.

-Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.

El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:

-¡Qué fuerte!

Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro... y recordó.

-Eso era -dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.

El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.

-Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?

-¡No, no! -Por varias razones el jefe no había ido.

-Hay kilómetros enteros de tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.

Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.

-¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.

-¡Tiene razón, tiene razón! -dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.

Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.

De pronto:

-No veré a nadie durante media hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.

-Bien, señor.

La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar...

Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?

Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».

Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. «Sentimos profundamente informarle que...» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.

Hacía seis años, seis años... ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.

En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.

Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.

Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.

Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.

-Vamos -dijo el jefe-. ¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.

El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.

-Tráigame un secante limpio -dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.



 Katherine Mansfield ©


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Matrimonio a la moda de Katherine Mansfield





Camino de la estación, William se dio cuenta de que había olvidado comprar algo para los críos. El olvido le causó gran malestar. ¡Pobres niños! ¡Qué pena! Las primeras palabras que decían siempre cuando corrían a saludarle eran: "¿Qué nos traes, papá?", y él no llevaba nada. Tendría que comprarles unos dulces en la estación. Pero eso era lo que había hecho los cuatro sábados anteriores, y la última vez sus caras habían sido lo suficientemente expresivas al ver aparecer las mismas cajas de costumbre.



Paddy había dicho:

-A mí ya me diste una con cinta roja.

Y el comentario de Johnny fue:

-Y a mí siempre me toca rosa. Odio el color rosa.

Pero, ¿qué podía hacer William? El asunto no era fácil. Antes hubiera cogido un taxi hasta una buena juguetería y en cinco minutos habría encontrado algo adecuado para ellos. Pero ahora tenían juguetes rusos, franceses, serbios... juguetes de Dios sabe qué parte del mundo. Hacía más de un año que Isabel había desechado los burritos, las locomotoras y un montón de cosas más porque eran «demasiado sentimentales» y «muy perjudiciales para la formación de los pequeños».

-Es importantísimo -había explicado la nueva Isabel- que tengan gustos adecuados desde el principio. Ahorra mucho tiempo más adelante. La verdad, si las pobres criaturas se pasan la infancia contemplando semejantes monstruosidades, es muy normal que al crecer insistan en que los lleven a la Real Academia de Pintura.

Y continuaba hablando como si una visita a la Real Academia de Pintura fuese algo semejante a una condena a muerte...

-Bueno, no estoy muy seguro -dijo William lentamente-. Cuando yo tenía su edad me iba a la cama abrazado a una toalla con un nudo en la punta.

La nueva Isabel le miró con los ojos entornados y los labios entreabiertos.

-¡Querido William! Estoy completamente segura de que lo hacías -y rió con su nuevo estilo.

Sin embargo, tendría que volver a llevarles dulces, pensó melancólicamente William mientras buscaba dinero suelto para pagar el taxi. Y se imaginó a los niños ofreciendo dulces -su generosidad no conocía límites-, y a los remilgados amigos de Isabel no dudando un momento en cogerlos...

¿Por qué no llevarles fruta? William se detuvo ante uno de los puestos, dentro ya de la estación. ¿Qué tal un melón para cada uno? ¿Tendrían que repartirlos también? O una piña para Pad y un melón para Johnny. No era probable que los amigos de Isabel se colaran furtivamente en la habitación de los niños a la hora de comer. Aun así, mientras compraba la fruta William tuvo una visión horrible: imaginó a uno de los amigos de Isabel, un joven poeta, sorbiendo una raja de melón detrás de la puerta del cuarto de los pequeños.

Con los incómodos paquetes se dirigió hacia su tren. El andén estaba repleto y el tren ya había llegado. Las puertas no dejaban de golpear violentamente en su constante abrir y cerrar. La locomotora lanzó un silbido tan potente que todo el mundo pareció aturdido en su ir y venir. William se dirigió sin dudar a un vagón de primera clase para fumadores, dejó su maleta y los paquetes y, tras sacar un manojo de papeles del bolsillo interior de la chaqueta, se sentó en un rincón y se puso a leer.

«Nuestro cliente, además, está convencido... Juzgamos oportuno volver a considerar... en el caso de que...» Sí, así estaba mejor. William se alisó el pelo y estiró las piernas. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se mitigó. «Respecto a nuestra decisión...» Sacó un lápiz azul y señaló cuidadosamente un párrafo.

Entraron en el compartimiento dos hombres, pasaron por delante de él y se acomodaron en el rincón opuesto. Un joven colocó en el portaequipajes sus palos de golf y se sentó enfrente. El tren dio un suave tirón y se puso en marcha. William levantó la vista y vio deslizarse ante sus ojos la calurosa estación. Una muchacha, sofocada por el esfuerzo, corría por el andén con grandes aspavientos y voces. «Histérica», pensó William tristemente. Al final del andén apareció un obrero con la cara grasienta y ennegrecida que sonrió al paso del tren. «¡Qué asco de vida!», se dijo, y volvió a enfrascarse en sus papeles.

Cuando levantó la vista de nuevo estaba en pleno campo. Los animales se cobijaban a la sombra de los frondosos árboles. Un ancho río en cuya orilla chapoteaban unos niños desnudos apareció fugazmente ante sus ojos. El cielo tenía un resplandor pálido, y un pájaro se cernía en lo alto como una mota oscura en una piedra preciosa.

«Hemos examinado los archivos de correspondencia de nuestro cliente...» Repitió mentalmente estas palabras, como un eco. «Hemos examinado...» William se aferró a la frase, pero era inútil; se le quebraba por la mitad, y los campos, el cielo, el pájaro, el agua, todo le decía: «Isabel». Lo mismo le sucedía todos los sábados por la tarde. En su camino de regreso junto a Isabel imaginaba innumerables encuentros con ella. Estaba en el andén, algo apartada del resto de la gente; sentada en el taxi a la puerta de la estación; junto a la verja del jardín; en la puerta, o en el vestíbulo.

Y con su voz nítida y cristalina decía: «William», «Hola, William» o «Así que has llegado, William». Y él tocaba su fría mano, su fría mejilla.

¡El dulce frescor de Isabel! De pequeño, le encantaba salir al jardín después de un chaparrón, colocarse debajo del rosal y sacudirlo. Isabel era aquel rosal, con sus delicados pétalos, su rocío y su frescura. Y él seguía siendo el niño de entonces. Pero ahora ya no salía corriendo al jardín, ya no reía ni sacudía el rosal. La sensación de angustia que le oprimía el pecho se reanudó. Recogió las piernas, dejó a un lado los papeles y cerró los ojos.

«¿Qué pasa, Isabel? ¿Qué pasa?», le preguntó con dulzura. Estaban en el dormitorio de la nueva casa. Isabel estaba sentada en un taburete frente al tocador cubierto de cajitas verdes y negras.

«¿A qué te refieres?» Se inclinó hacia adelante, y su sedoso cabello rubio le cayó sobre las mejillas.

«¡Ah, tú bien lo sabes!», contestó él. Estaba de pie en el centro de aquella extraña habitación en la que se sentía como un extraño.

Entonces Isabel se volvió bruscamente en su taburete y se le quedó mirando.

«¡Oh, William!», gritó con tono suplicante, blandiendo el cepillo del pelo. «Por favor, no seas tan anticuado y... tan trágico. No paras de decir, hacerme ver o insinuar que he cambiado. Tan sólo porque he conocido a algunas personas con las que congenio, porque salgo un poco más y porque me tomo verdadero interés por las cosas, te comportas como si...» Isabel se echó el pelo hacia atrás y rió, «como si hubiese dado una puñalada a nuestro amor o algo parecido. ¡Resulta todo tan absurdo», se mordió el labio, «y tan exasperante, William! Hasta te fastidia que tenga esta casa nueva y servidumbre».

«¡Isabel!»

«Sí, sí, en cierto modo es verdad», replicó inmediatamente Isabel. «Piensas que son otro signo negativo. Sé que lo piensas. Me lo dice el corazón cada vez que subes por esas escaleras», añadió bajando el tono de voz. «Pero no podíamos seguir viviendo en aquel miserable agujero. Sé práctico al menos, William. Acuérdate, ni siquiera había sitio para los niños.»

Era cierto. Todos los días, al volver de su bufete, se encontraba a los niños con Isabel en la salita de atrás. Galopaban sobre la piel de leopardo extendida en el respaldo del sofá o jugaban a las tiendas utilizando el escritorio de Isabel como mostrador. A veces Pad se sentaba en la estera que había delante de la chimenea y se ponía a remar como loco con la badila, mientras Johnny disparaba contra los piratas con las tenazas. Y al anochecer había que subirles a cuestas por aquellas escaleras tan estrechas hasta los brazos de su vieja y gorda niñera.

Sí, debía admitir que era una casa miserable. Una casita blanca con cortinas azules y una jardinera con petunias en la ventana. William recibía a sus amigos en la puerta con un: «¿Habéis visto nuestras petunias? Son espléndidas para Londres, ¿no os parece?

Pero lo más estúpido, lo más inconcebible era que no se hubiese dado cuenta ni por asomo de que Isabel no era tan feliz como él. ¡Qué ceguera, Dios mío! En aquella época ignoraba por completo que ella odiaba la incómoda casita, que creía que la niñera gorda estaba echando a perder a los niños, que se sentía muy sola, anhelando conocer gente nueva, oír música nueva, ver películas... todo. Si no hubieran ido a la fiesta que dio Moira Morrison en su estudio... Si Moira Morrison no hubiera dicho cuando ya se marchaban: «Voy a liberar a tu esposa, egoísta. Es como una delicada Titania.» ...Si Isabel no hubiera ido con Moira a París... Si...

El tren paró en otra estación. Bettingford. ¡Cielos! Llegaría en diez minutos. Se guardó los papeles. El joven sentado frente a él se había apeado hacía tiempo. Ahora se bajaron los otros dos pasajeros. El último sol de la tarde caía sobre los vestidos de las mujeres y sobre los niños que andaban descalzos, y arrancaba destellos a la delicada flor amarilla de una planta cuyas ásperas hojas se extendían por una roca. El aire que se colaba por la ventanilla olía a mar. «¿Tendrá Isabel también este fin de semana la misma gente a su alrededor?», se preguntó William.

Y evocó las vacaciones que solían pasar antes, los cuatro juntos, con Rose, una joven campesina que cuidaba de los pequeños. Isabel llevaba jersey y el pelo recogido en una trenza; parecía una niña de catorce años. ¡Dios mío! ¡Cómo se le pelaba la nariz a William! Y cuánto comían, y cuánto dormían, entrelazados sus pies en la inmensa cama de colchón de plumas... William no pudo reprimir una amarga sonrisa al pensar en la consternación de Isabel si supiera hasta dónde llegaba su sentimentalismo.



-Hola, William.

Después de todo estaba en la estación, algo distanciada de los demás, tal como se la había imaginado, y -el corazón le dio un vuelco de alivio- sola.

-Hola, Isabel -respondió William mientras la miraba embelesado. Tan bella le parecía que consideró necesario añadir algo-: Te veo tan fresca a pesar del calor.

-¿Sí? Pues no me siento nada fresca. Date prisa, tu horrible tren ha llegado con retraso. El taxi nos espera fuera. -Colocó la mano con gran suavidad sobre el brazo de William cuando pasaron ante el encargado de recoger los billetes-. Hemos venido todos a recibirte, pero hemos dejado a Bobby Kane en la bombonería y tenemos que recogerle.

-¡Oh! -fue todo cuanto pudo responder William por el momento.

El taxi esperaba a pleno sol. Bill Hunt y Dennis Green, arrellanados en uno de los lados del asiento, tenían el rostro medio cubierto por el sombrero. Al otro lado. Moira Morrison saltaba sin parar. Llevaba un sombrero que parecía una fresa descomunal.

-¡No hay hielo! ¡No hay hielo! ¡No hay hielo! -gritó alegremente.

-Sólo lo conseguiremos en la pescadería -intervino Dennis bajo el ala de su sombrero.

A lo que Bill Hunt, saliendo de su sopor, contestó:

-Con peces dentro.

-¡Qué fastidio! -se lamentó Isabel, y explicó a William cómo habían estado buscando hielo por toda la ciudad mientras ella le esperaba-. Todo se está derritiendo como una vela, empezando por la mantequilla.

-Tendremos que usarla para ungirnos con ella -comentó Dennis-. Que a tu cabeza, oh William, no le falten bálsamos.

-Oye, ¿cómo nos vamos a sentar? -dijo William-. Será mejor que yo vaya delante con el conductor.

-No -replicó Isabel-, con el conductor irá Bobby Kane. Tú siéntate entre Moira y yo. -El taxi se puso en marcha-. ¿Qué llevas en esos misteriosos paquetes?

-Cabezas decapitadas -intervino Bill Hunt, temblando con todo el cuerpo.

-¡Es fruta! -Isabel parecía loca de contento-. ¡Qué buena idea, William! Un melón y una piña. ¡Es maravilloso!

-No, espera un poco -dijo William con una sonrisa, aunque en realidad estaba muy inquieto-. Eso es para los pequeños.

-¡Oh, cariño! -Isabel rió y le pasó la mano bajo el brazo-. Tendrán retortijones si se comen esa fruta. ¡No! -le dio unas palmaditas en la mano-. La próxima vez les traes algo a ellos. Esa piña es para mí.

-¡Qué cruel eres, Isabel! Déjame olería, anda -dijo Moira, y extendió los brazos por delante de William en actitud de súplica-. ¡Oh! -El sombrero se le venció hacia adelante. Parecía a punto de desmayarse.

-«Dama enamorada de una piña» -comentó Dennis en el momento en que el taxi se detenía frente a una pequeña tienda con un toldo a rayas.

En la puerta apareció Bobby Kane con un montón de paquetitos.

-Espero que sean buenos. Los he elegido por el color. Son unas cosas redondas que tienen una pinta divina. Y fíjense en este guirlache -gritó al borde del éxtasis-. ¡Fíjense bien! Es como un ballet en miniatura-. En aquel momento hizo su aparición el tendero-. Ah, se me olvidó decirles que no he pagado nada de esto -añadió con expresión de temor. Isabel dio un billete al tendero y Bobby recobró la alegría-. ¿Qué tal, William? Yo me siento delante. -Iba sin sombrero, vestido completamente de blanco, con las mangas de la camisa remangadas. Saltó al lado del conductor y gritó-: ¡Avanti!

Después del té los demás fueron a darse un baño. William se quedó en casa para hacer las paces con los críos. Pero Paddy y Johnny estaban durmiendo, el rojo resplandor del atardecer había palidecido y los murciélagos ya habían empezado a revolotear, y los bañistas aún no habían vuelto. William bajó a la planta inferior y se cruzó con una doncella que llevaba una lámpara. La siguió hasta el salón, muy amplio y pintado de amarillo. En la pared que quedaba frente a William alguien había pintado un joven de tamaño mayor que el real, con piernas de pelele, ofreciendo una inmensa margarita a una muchacha con un brazo muy corto y el otro muy largo y delgado. Sobre las sillas y el sofá colgaban tiras de tela negra salpicadas de grandes manchas similares a huevos rotos, y por todas partes había ceniceros repletos de colillas. William se sentó en una de las butacas. Hoy en día, cuando metía uno la mano por los costados del asiento, no encontraba una oveja de tres patas, o una vaca a la que faltaba un cuerno, o una paloma del zoo en miniatura, sino otro manoseado librito de poemas forrado con papel... Se acordó entonces de los papeles que llevaba en el bolsillo, pero se sentía demasiado hambriento y cansado para leer. La puerta estaba abierta, y hasta él llegaron sonidos procedentes de la cocina. La servidumbre estaba parloteando como si no hubiera nadie en la casa. De pronto oyó una sonora carcajada y un «¡Chist!» no menos sonoro. Se habían acordado de su existencia. William se levantó, atravesó el gran ventanal y salió al jardín. Permaneció inmóvil en la oscuridad, y al rato oyó a los bañistas que subían por el camino de arena. Sus voces rompieron la tranquilidad del momento:

-Creo que le toca a Moira emplear sus artimañas.

Un trágico gemido de Moira.

-Deberíamos tener un tocadiscos para los fines de semana; así podríamos escuchar La doncella de las montañas.

-No, por favor, no -exclamó Isabel-. No debemos hacerle eso a William. Sean amables con él, mes amis. Sólo va a estar aquí hasta mañana por la tarde.

-Déjenlo en mis manos -dijo Bobby Kane-. A mí se me da muy bien eso de entretener a la gente.

Se oyó el abrir y cerrar de la cancela. William hizo un movimiento y ellos le vieron. «¿Qué tal, William?» Y Bobby Kane, agitando la toalla en el aire, se puso a danzar y a hacer piruetas por el agostado césped.

-¡Qué lástima que no hayas venido, William! El agua estaba divina. Y después fuimos a un bar y nos tomamos unas ginebras.

El grupo ya había entrado en la casa. Bobby Kane se dirigió a Isabel:

-Oye, ¿te gustaría que esta noche me pusiera mi traje estilo Nijinsky?

-No -repuso ella-. Esta noche no se viste nadie. Todos estamos hambrientos. También William está muerto de hambre. Vamos,mes amis, empecemos con unas sardinas.

-¡Encontré las sardinas! -gritó Moira, y salió corriendo de la cocina con una lata en lo alto.

Dennis sentenció con gravedad.

-«La dama de la lata de sardinas».

-Bien, bien. ¿Y qué tal por Londres? -preguntó Bill Hunt mientras descorchaba una botella de whisky.

-No ha cambiado mucho -respondió William.

-El viejo Londres... -comentó cordialmente Bobby, al tiempo que pinchaba una sardina.

Pero un momento después William había caído en el olvido. Moira Morrison se preguntaba de qué color eran realmente las piernas bajo el agua.

-Las mías son de un color champiñón palidísimo.

Bill y Dennis comieron vorazmente. Isabel rellenó los vasos, cambió los platos, fue a buscar cerillas, todo ello sin dejar de sonreír. De pronto dijo:

-Me gustaría que lo pintases, Bill.

-¿Pintar qué? -preguntó Bill, con la boca llena de pan.

-A nosotros alrededor de la mesa -contestó ella-. Resultaría fascinante dentro de veinte años.

Bill alzó la vista y masculló groseramente:

-La luz no es buena. Demasiados amarillos -y siguió comiendo. Incluso esto pareció agradar a Isabel.

Después de cenar todos estaban tan cansados que no hicieron sino bostezar hasta que llegó la hora de acostarse.

Sólo a la tarde siguiente, cuando estaba esperando el taxi, se encontró William a solas con Isabel. Al verle bajar con la maleta hasta la entrada, Isabel dejó al resto del grupo y se acercó a él. Se agachó y levantó la maleta.

-¡Cuánto pesa! -exclamó, y soltó una risita forzada-. Déjame que te la lleve hasta la verja.

-No. ¿Por qué ibas a hacerlo? -dijo William-. No, déjamela a mí.

-Por favor, déjame. De verdad que quiero llevarla.

Echaron a andar en silencio. A William no se le ocurría nada que decir.

-¡Ya estamos! -exclamó triunfalmente Isabel, dejando la maleta en el suelo y mirando con impaciencia en dirección del camino de arena-. Apenas te he podido ver esta vez -añadió casi sin aliento-. Resulta tan corto, ¿verdad? Es como si acabaras de llegar. La próxima vez... -A lo lejos apareció el taxi-. Espero que te cuiden bien en Londres. Siento muchísimo que los niños hayan estado fuera todo el día, pero la señorita Neil ya lo tenía todo organizado. Te echarán de menos. ¡Mi pobre William, tener que volver a Londres! -El taxi se detuvo ante la cancela-. Adiós. -Le dio un fugaz beso y se metió en la casa.

A un lado y a otro, campo, árboles y setos. Atravesaron la diminuta ciudad, que parecía desierta, y subieron pesadamente por la empinada cuesta de la estación.

El tren ya estaba en el andén. William se dirigió a un vagón de primera clase para fumadores y se dejó caer en un rincón del compartimiento. Esta vez no sacó los papeles. Cruzó los brazos sobre el pecho, oprimido de nuevo por aquella sensación de angustia, y mentalmente empezó a escribir una carta a Isabel.



Estaban sentados en el jardín de la casa. Se cobijaban del sol bajo toldos multicolores, y el único que no ocupaba una de las tumbonas era Bobby Kane, que estaba echado en la hierba a los pies de Isabel. Era un día sofocante, tedioso y pesado. El correo se retrasaba, como de costumbre.

-¿Creen ustedes que habrá lunes en el cielo? -preguntó infantilmente Bobby.

-El cielo será un largo lunes -susurró Dennis.

Pero Isabel permanecía abstraída, preguntándose dónde habría ido a parar lo que sobró del salmón que tomaron para cenar el día anterior. Había pensado preparar pescado con mayonesa para la comida y ahora resultaba...

Moira estaba durmiendo. El sueño era su descubrimiento más reciente: «¡Resulta tan maravilloso! Cierra uno los ojos y ya está. ¡Es tan delicioso!»

Cuando el viejo y rubicundo cartero apareció empujando su triciclo por el camino de arena, tuvieron la sensación de que el manillar era como un par de remos.

Bill Hunt dejó el libro que estaba leyendo y exclamó con satisfacción: «Cartas». Todos esperaron la llegada del cartero. Pero -¡oh, cruel mensajero!, ¡oh, perverso mundo!- tan sólo había una carta, muy abultada, para Isabel. Ni un mal periódico.

-Y para colmo es de William -comentó Isabel con tristeza.

-¿De William? ¿Tan pronto?

-Te devuelve el certificado de matrimonio como un dulce recordatorio.

-Pero ¿tiene todo el mundo certificado de matrimonio? Yo creía que eso era sólo para los criados.

-¡Páginas y más páginas! ¡Mírenla! «Dama leyendo una carta» -dijo Dennis.

Mi querida y bien amada Isabel... Y así páginas y páginas. A medida que iba leyendo, su sorpresa se fue transformando en una sensación de sofoco. ¿Qué demonios habría inducido a William a...? Era realmente extraordinario... ¿Qué le habría pasado para...? Se sintió confundida, cada vez más agitada, incluso asustada. Era típico de William. ¿O quizá no? De todos modos aquello resultaba absurdo, ridículo. «Ja, ja, ja! ¡Dios mío!» ¿Qué haría? Se recostó en la tumbona y se echó a reír hasta que ya no pudo parar.

-¡Dinos qué pasa! -suplicaron los demás-. Tienes que decírnoslo.

-Estoy deseando hacerlo -contestó Isabel medio ahogada. Se incorporó, recogió todas las hojas de la carta y las blandió ante sus rostros.

-¡Escuchen! Es genial. ¡Una carta de amor!

-¡Una carta de amor! ¡Es divino!

Mi querida y bien amada Isabel... Pero apenas había comenzado a leer cuando sus risas la interrumpieron.

-Adelante, Isabel. Es maravilloso.

-¡Qué interesante! Es fabuloso.

-Por favor, Isabel, continúa.

No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad.

«¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!»

«¡Chist! ¡Chist! ¡Chist!»

E Isabel prosiguió. Cuando llegó al final todos estaban medio histéricos. Bobby, a punto de romper en sollozos, se revolcaba por la hierba.

-Tienes que dejármela tal como está, completa, para mi nuevo libro -dijo Dennis con firmeza-. Le dedicaré un capítulo entero.

-¡Oh, Isabel! -gimió Moira-. ¡Qué bonita es esa parte en la que habla de tenerte en sus brazos!

-Siempre creí que esas cartas que se presentan en los casos de divorcios eran falsificadas. Pero esta las eclipsa a todas...

-Déjame tenerla en mis manos. Déjame leerla, mi bien -dijo Bobby Kane.

Pero ante la sorpresa de todos, Isabel estrujó la carta. Ya no reía. Los miró uno por uno; parecía agotada.

-No. Ahora no, ahora no.

Y antes de que se hubieran repuesto de la sorpresa, ya estaba dentro de la casa. Corrió escaleras arriba hasta su dormitorio y se sentó en el borde de la cama. «¡Qué cosa tan vil, odiosa, vulgar y repulsiva!», musitó. Se tapó los ojos con los nudillos, pero los seguía viendo. No eran cuatro, sino cuarenta, riendo, gesticulando y burlándose mientras ella les leía la carta de William. ¡Qué cosa tan repugnante había hecho! ¿Cómo había sido capaz de semejante acción? No permita Dios, mi amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad. ¡William! Isabel hundió la cara en la almohada. Pero tenía la sensación de que incluso aquel severo dormitorio conocía su carácter: superficial, frívolo, vano...

Desde el jardín le llegaron unas voces:

-Isabel, vamos a bañarnos. ¡Vente!

-¡Ven, oh consorte de William!

-Llámenla otra vez antes de irnos. Vuelvan a llamarla.

Isabel se incorporó. Había llegado el momento, tenía que decidirse ahora. ¿Iría con ellos o se quedaría para escribir a William? ¿Qué elegir? «Debo decidirme.» Pero ¿cómo podía dudarlo? Se quedaría y escribiría a William, por supuesto.

-Titania -gritó Moira.

-I-sa-bel.

No, era demasiado difícil. «Iré; iré con ellos y escribiré a William después. En otro momento. Ahora no. Le escribiré sin falta», pensó Isabel apresuradamente.

Y, con esa nueva risa suya, bajó corriendo las escaleras.



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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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