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Al anochecer de Emilia Pardo Bazán



En la vereda solitaria se encontraron a la puesta del sol los dos hombres del pueblo. Venían en contrarias direcciones. El uno regresaba de dar una ojeada a sus viñas, que empezaban a brotar; el otro había asistido, más bien curioso, al suplicio de cierto Yesúa de Nazaret, y bajaba de la montañuela para entrar en la ciudad antes que los portones y cadenas se cerrasen.

Se saludaron cortésmente, como vecinos que eran, y el viñador interrogó al ebanista:

-¿Qué hay de nuevo en la ciudad, Daniel? Yo estuve abonando mis tierras, que la primavera avanza, y he dormido en el chozo la noche anterior.

-Lo que hay -respondió el ebanista- no es muy bueno. Han crucificado esta tarde al profeta Yesúa. Te acordarás del día en que le esperábamos a las puertas de Sión y agitábamos ramos de palma y le alfombrábamos el paso con espadañas y hierbas olorosas. Yo no era de los suyos, pero hacía como todos, que es siempre lo más prudente. No se sabe lo que puede ocurrir. La multitud estaba alborotada, y le aclamaban rey. Y entonces me quité el manto y lo tendí en el suelo, para que lo pisase el asna en que iba montado el Rabí.

-Que por cierto era mía -declaró Sabas-. Mi gañán la dejó atada a un árbol, con su buchecillo, y los discípulos la desataron para el Rabí, a fin de que entrase en triunfo. Después me la restituyeron. Yo digo que son gente benigna y que no daña a nadie. Y el Rabí ningún suplicio merecía. Ha curado a bastante gente poniéndole las manos sobre la cabeza.

-¿Sería entonces, como muchos creen, el hijo de David? -dudó, pensativo, Daniel.

-No puedo contestarte -declaró Sabas, apoyándose en su cayada, fruncidas las cejas-. Soy un labrador, y no un doctor de la Ley. Cuando recojo mis racimos y los prenso en el lagar, y hago el vino rojo, y lo vendo, y lo cato, he cumplido la tarea que el Señor me impuso. Que el Rabí sea o no el rey de lo judíos, y hasta el que ha de sentarse a la diestra del Padre, como diz que anunció su primo Yokaanam, el que degollaron por malas artes de la Tetrarquesa, es cosa que no me incumbe resolver. Pero Yesúa me parecía inocente, y fue abuso y demasía enviarle al patíbulo.

-Pienso lo mismo que tú. Sabas -confirmó el ebanista-. No hallo en él culpa, si no es culpa apiadarse de los hombres. Y el Pretor era de nuestro parecer. Hay gente que no está contenta si no persigue... Los fariseos...

-Mira si alguien escucha, y no nombres...

Daniel lanzó una ojeada en derredor, y como a nadie viese en los agros vecinos, iluminados por la luz violeta de un Poniente desleído en lívidas tintas, continuó:

-Los fariseos son aficionados a suplicios. Desde que Sión se halla sometida a los extranjeros, he aquí que se ha vuelto más cruel el Sanedrín.

El viñador escuchaba preocupado. En su espíritu nacía una inquietud. ¿Cómo había sido lo del Rabí? ¿Tardó mucho en morir? ¿Qué dijo?

-Yo -explicó el ebanista- me hallaba en mi taller, labrando, por encargo del Pretor, un triclinio, y nada supe hasta que un tumulto de gente pasó por delante y oí el patear de los caballos y un ruido sobre las losas de la calle, como si arrastrasen un leño. Era el Rabí, que porteaba su propia cruz y no tenía fuerzas para soportarla, hasta que le ayudó Simón de Cirene. Salí a la puerta. Si no me dijesen algunos del gentío que era Yesúa, no le conociera. ¡Tan demacrado, tan ensangrentada y amoratada la faz! Ya sabes que la tenía muy bella, y unos rizos, como la flor del jacinto, apretados y obscuros. Ahora, su melena era un pegote polvoriento, bajo la corona de ramas de espino entretejidas, que le laceraba la frente.

-¿Corona? -inquirió Sabas-. ¿Por qué corona?

-Bien se ve que te pasas el año en tus heredades y tus viñedos... A Yesúa le pusieron por mofa insignias regias. Corona, manto de púrpura, un cetro hecho de cañas. Y sobre su cruz había un letrero que decía, en tres lenguas: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos.» Por cierto que los Pontífices...

-¿No hay nadie? -receló Sabas, inquieto.

-Nadie... No temas... Los Pontífices no querían la inscripción así. Fue el Pretor... Y dijo cuando querían quitarla: «Lo escrito, escrito...»

-¡Oh Daniel! -susurró el viñador-. Ahora temo yo... Mi aliento se acorta. ¿No será el hijo de David? ¿No será el que esperamos? Labrador, ignorante soy; pero he oído decir que, en otro tiempo, el Profeta Isaías anunció que nuestro Salvador sería llevado como un cordero a la muerte, y sufriendo y muriendo sin resistir, nos redimiría. Sí; esto se lo he oído repetir a mi padre, que era un varón entendido y leía las Escrituras.

-Como un cordero le llevaron, efectivamente -afirmó Daniel-. Arrastrado, con una cuerda al cuello. Las mujeres lloraban a gritos en mi calle. Y entonces yo me uní a la comitiva. Cayó varias veces; la cruz debía de pesar mucho; era de madera verde y recia. Eso lo entendemos los del oficio... No sé cómo llegó vivo al Gólgota. Hubo alguien que, conociéndome, me propuso que manejase el martillo cuando le clavaron manos y pies. Me resistí. Antes me dejo clavar yo. ¡Clavarle! Eso, allá los sayones.

-¿Gritó mucho?

-Él, no. Sólo un gemido a cada martillazo. Los otros sentenciados aullaban. ¿No sabes? Eran dos salteadores, Dimas y Gestas.

-¿Que si sé? Ese Dimas me quitó cabras y las asó en el monte.

-Perdona a su alma -imploró el ebanista-. Yesúa le perdonó y le prometió el Paraíso, porque Dimas, agonizante, lloró sus pecados y creyó en el Rabí.

Por segunda vez Sabas quedó meditabundo. El velo de la noche que caía le oprimía como un sudario estrecho. Debían de ocurrir cosas solemnes a tal hora. ¿Cuál era la verdad? Y en su interior se alzaba la figura del Rabí cuando entró en la santa ciudad, caballero en el asna pacífica. Toda su actitud y su semblante destellaban amor. Su mano, muy blanca, trazaba bendiciones en el aire y las sembraba sobre la muchedumbre. Y ahora el Rabí colgaba de la cruz, cerrados los ojos. Sabas ya olvidaba su terruño recién labrado, los retoños tan frescos y verdes de las vides, que le prometían cosecha pingüe en el otoño. ¿Qué significaban los sucesos? No entendía bien. ¿Y si era el hijo de David? Dudoso, meneó la cabeza y pronunció lentamente:

-Daniel, ha llegado la hora de compadecerse de Sión. Se ha vertido la sangre de un justo. Esta noche, el sueño tardará en cerrar mis ojos, aunque estoy muy cansado del trabajo de todo el día. Yo no he cometido, a sabiendas, iniquidad; y con todo eso, mi espíritu se ha conturbado.

A su vez, Daniel notaba que el corazón le pesaba en el pecho como una piedra. Había anochecido del todo, y un soplo estremecedor se alzaba de las tierras que el rocío, lentamente, como lluvia de ligeras lágrimas, iba empapando. Un temblor repentino sacudió todo el cuerpo de Sabas, y, ya sin miedo de que les oyese nadie, exclamó:

-¡Era el hijo de David, Daniel! ¡Era el esperado, el enviado! ¡Y le han dado muerte! ¡Ay de nosotros!

Alzando la voz a su turno, Daniel gritó:

-Él ha dicho a las mujeres que le lloraban que llorasen por sí mismas y por sus hijos. Y él ha dicho también: «¡Felices las estériles, cuyos pechos no amamantaron!»

A un tiempo, los dos hombres del pueblo, el viñador y el artesano, sollozaron angustiosamente:

-¡Ay de nosotros! ¡Ay de la ciudad! ¡Han matado al Rabí!

Mientras los dedos convulsos de Daniel rasgaban su túnica, las manos forzudas de Sabas herían su rostro y arrancaban puñados de cabellos. Y ambos se postraron, la faz contra el caminillo pedregoso.

Cuando alzaron la frente, sin levantarse, entre el cielo y la tierra, como suspensas, vieron dos nubes blancas, prolongadas, de imprecisas líneas. En lo alto, un resplandor tan tenue que apenas se distinguía, dibujaba doble círculo luminoso, dos discos de oro pálido, casi invisibles. Alrededor de las nubes misteriosas flotaba una claridad como de plateada nieve, esparcida en trazos trémulos.

-¡Son los mensajeros del Señor! -dijo en voz ahogada Sabas.

-¡Los ángeles! -balbució Daniel.

-¿No ves cómo se agitan sus anchas alas?

-¿No ves cómo alumbra su cabeza?

Postrándose otra vez, imploraron:

-¡Misericordia! ¡Nosotros no somos quienes le colgamos de la cruz!

-¡Nosotros le amábamos, esperábamos en él, aunque no lo sabíamos!

-¡No nos sea imputada su sangre!

-¡No se nos cobre la cuenta de la iniquidad!

Como un soplo, una voz que parecía son de cítaras y arpas, les acarició el oído:

-No temáis. Resucitará el Rabí.

-No lloréis. Saldrá del sepulcro.

Cuando se incorporaron, el blancor difuso había desaparecido. No se notaba sino el negror de la noche, cerrada, profunda. A tientas, envueltos en tinieblas, buscándose para abrazarse, los dos hombres del pueblo repetían:

-¡El Rabí resucitará! ¡El Rabí resucitará!


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La aventura de Emilia Pardo Bazán



Aquel don Juan de Meneses, el Tuerto, el que se trajo de las Indias un caudal, ganado a costa de trabajos terribles, envejecía en su palacio sombrío, entre su esposa doña Claudia, de ya mustia belleza; su hijo, el clérigo corcovado, y su hija doña Ricarda, de gentil presencia, pero fantástica y alunada, de genio raro y aficiones incomprensibles.

Desde los primeros años había revelado doña Ricarda un desasosiego y una indisciplina, más propia de muchacho que de bien nacida doncella; y mientras don Juan rodó por tierras lejanas, casi fabulosas, su hija correteaba por las eras, en compañía de gente de baja condición, gañanes y labriegos; los ayudaba en las faenas, y hasta tomaba parte en los juegos de guerras y bandos, manejando la honda con igual destreza que un pilluelo. Cuando su padre regresó, con hacienda y un ojo menos, que le reventó la punta de pedernal de la flecha salvaje, a fuerza de represiones se consiguió sujetar a la chiquilla, y que no pusiese los pies fuera de casa, según corresponde a las señoras de alta condición, sino para ir a misa o en algún caso extraordinario, y acompañada y vigilada como es debido.

No tuvo la joven hidalga más remedio que acatar las órdenes paternales, que no era don Juan hombre para desobedecido; pero con el retiro y la quietud, que consumían su bullente sangre, dio en maniática y antojadiza y en cavilar más de lo justo. No eran de amor sus cavilaciones, sino de afanes insaciables de espacio, libertad y movimiento -lo único que le negaban-. Los padres compraban a su hija costosas galas, collares y gargantillas de oro y piedras, sartas de perlas; pero la hacían estarse horas y horas en el sitial, cerca de la chimenea, en invierno; en la saleta baja, de friso de azulejos, en verano; y doña Ricarda contraía pasión de ánimo secreta, que ocultaba con la energía para el disimulo que caracteriza a los fuertes.

Doña Ricarda hablaba poco, a no ser para preguntar. La curiosidad del mundo exterior la abrasaba, como una pasión invencible. Acercándose a su padre en las largas tardes estivales, mientras la madre, silenciosa por costumbre adquirida, hilaba mecánicamente, la doncella preguntaba al viejo aventurero: «¿Cómo eran las Indias? ¿Qué había visto y hecho en aquellas tierras tan distantes? ¿Había allá iglesias? ¿Había ciudades? ¿De qué color eran las gentes? ¿Iban vestidos como nosotros? ¿Eran las mujeres bien parecidas? ¿Cómo se casaban? ¿Cómo rezaban? ¿Cómo trabajaban?»

Y el veterano, lentamente, con palabras escogidas, que no ofendiesen los oídos castos, explicaba sus campañas, los peligros sufridos, la vida en las vastas soledades, comiendo trozos de iguana asada y tortas de maíz... Los ojos de doña Ricarda, al oír esto, relucían. Sus mejillas se arrebolaban y su boca reprimía una exclamación:

-¡Amarga de mí! ¡Nunca veré tal!

Cuando departía con su hermano, don Gutierre, el clérigo, era más franca. Le increpaba, se burlaba de él. ¡Siendo hombre, no haber dispuesto irse, correr mundo, antes que vestir aquellos hábitos y gastar el asiento de vaqueta de su sillón, leyendo sin cesar infolios en pergamino! Y el corcovado, sonriente, contestaba:

-No hay universo que así nos importe como el de nuestra alma, ni hay países tan ricos, fértiles y sorprendentes, como los que descubrimos en los libros, donde todo se encuentra. Si tanto os aprieta la curiosidad, hermana doña Ricarda, leed ciertas crónicas que acaban de imprimirse ahora en Medina del Campo y en Sevilla, y que tratan de Indias, o el viaje del veneciano Marco Polo... No es muy bueno que las doncellas lean; pero cuando son tan amigas de saber...

Doña Ricarda movía la cabeza. No, no era eso lo que ella quería... ¡Leer! Sí, leer en el libro de las verdades, en el mundo inmenso, que sería tan hermoso, tan vario... Y apoyando la frente en la reja de su aposento, que caía a las eras, se desesperaba. Un gorrioncillo rebrincaba de tapial en tapial.

¡Volar! ¡Ser pájaro! ¡Salir de la casa glacial, severa, donde los zapateos de los servidores, ahora numerosos, resonaban como pasos de estatuas de plomo, y donde sólo se oía el resuello asmático del padre, el suspiroteo de la madre, vagamente quejumbrosa, y el abanico de las hojas que volvía don Gutierre, sepultado en su eterna lección!

-Es tiempo de casarla, doña Claudia -advirtió elTuerto-. No aprovecha a las doncellas larga soltería. Ya he escrito a mi hermano, el prior de los Dominicos de Toledo, y ha tratado en buscarla marido. Con el dote que para ella he juntado a costa de mi pellejo, presto se halló. Es persona calificada, como que tiene solar en este pueblo; y ya que don Gutierre se ha empeñado en ser de iglesia, habremos nietos por doña Ricarda: no se acabará el linaje. Me anuncian que no tardará don Pedro de Maliaño, que es el novio. Prevenid vos a la novia, que de madre a hija son bien mandadas estas nuevas.

La madre cumplió el encargo. La boda sería al día siguiente de la llegada del novio, y los esposos vivirían en la casa antigua de los Maliaños, desde hacía tiempo deshabitada.

Ricarda no hizo objeción ni comentario. Callada, se representó el porvenir. La esperaba, como a su madre, un gran silencio, una gran paz, entre las eras verdes y la calle polvorosa, devorada de sol, cruzada por trajinantes, por rebaños de cabras. En primavera sentiría el dolor de la sed, el ansia de lo desconocido... Todo igual, todo mecánico... Iba a casarse. Su dueño llegaría antes de una semana...

Asomóse a la reja aquella misma tarde y se asió a los hierros, pensativa. ¡Aún sería menos libre, dentro de una semana, de lo que era en aquel instante! Moza soltera, nadie tenía derecho a preguntarla sus pensamientos, nadie escrutaba su voluntad; su alma no conocía amo, por mucha que fuese la sujeción de su cuerpo... Y se veía melancólica, resignada, como su madre, que se quejaba de una punzada continua en el corazón. El llanto salió a sus pupilas...

La llamó a la realidad un alegre, familiar acento.

-¡Hola, Blasillo! ¿Cómo por aquí? ¿Qué gran prodigio es éste?

Era uno de sus antiguos compañeros de juegos: aquel Blasillo, hijo del sacristán, tan leído, tan donoso, que inventaba diablerías antaño y les hacía desternillarse de risa imitando los sermones del cura, el renquear del alcalde, el gangueo de las dueñas y el renegar de los soldados. A los dieciséis cumplidos, Blasillo había desaparecido del pueblo; corrían versiones: andaría sirviendo, o salteando por los caminos. Cosa buena, imposible...

-¡Blasillo! -repetía extasiada doña Ricarda, sin cansarse de mirar al mozo-. ¡Si parece mentira! ¡Galán te has vuelto! ¡Vaya un sombrero de plumas! ¡No sé cómo pude conocerte!

Y la conversación se entabló... Blasillo la enteraba. Era comediante y acababa de llegar con su farándula. Aquella noche representaría en la sala del Ayuntamiento. ¡Una comedia nueva, un asombro, con relaciones de amoríos y lances de espada! ¿Iría doña Ricarda a verla?

-¡Ni por pienso! ¡Me guardaré de decirle nada a mi padre, Blasillo! ¡Se acabaron aquellos tiempos en que me consentían salir a las eras! ¿Te acuerdas?

El farsante relató su existir. Era independiente, vario, lleno de sorpresas: tan pronto buenos ducados en la bolsa, si caía una fiesta de Corpus productiva, como sin blanca cuando llegaba la Cuaresma, y los corregidores se mostraban rigurosos y corrían a los de la carátula y la farándula lo mismo que a los canes... Pero siempre alegres, viendo cosas nuevas y nuevos casos.

-A Portugal vamos ahora, siendo Dios servido, desde Salamanca... Y desde Portugal, ¿quién nos dice que no embarcaremos para Veracruz?... Nunca representantes se vieron por aquellas tierras, y habrá doblones, y habrá preseas, y habrá regocijo...

No respondió doña Ricarda; pero el golpear de su corazón podía oírse a través del corpiño de velludo acuchillado. Volvió a tomar las manos de Blasillo, y, atrayéndole hacia sí, murmuró:

-¡Por Dios, que vuelvas esta noche, hijo Blas, cuando la representación dé fin!... ¡Tengo mucho que decirte!... ¡Tengo que pedirte un gran favor!...

El comediante miró a la linda hidalga, y su faz rasurada expresó una fatuidad pueril...

El pueblo acudió en masa a la farándula. Se llenó la sala del Ayuntamiento.


Pero el verdadero alboroto fue, a los tres días, el que produjo la desaparición de doña Ricarda de la casa paterna. Nadie sospechó al pronto de los comediantes; y Blasillo, que no era rana, tuvo buen cuidado de arreglar la jornada de la hija de don Juan de Meneses -que huyó en hábito de varón-, con tal arte, que no se reunieron hasta haber pasado la frontera portuguesa.



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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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