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Tobermory de Saki








Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era "inteligente", y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico.


-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?


-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero sólo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un "supergato" de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta.


El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo "ratas"* aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito.


-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba?


-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta correción.


Esta vez Clovis dijo claramente "requeterratas". Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.


-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley.


Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.


Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro.


-¡Caramba, es verdad!


Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.


Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:


-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: "Vamos, Toby; no nos hagas esperar". Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas.


Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento.


En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té.


Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental.


-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa.


-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable.


-Me temo que derramé bastante -dijo.


-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.


Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.

-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante.


-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.


-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.


-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman "la envidia de Sísifo", porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.


Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.


El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.


-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos?


No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.


-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos.


No sólo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.


-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.


-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión.


-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.


-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.


-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?


El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y... sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor. La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.


Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.

-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.

Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.


-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.


-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.


-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: "Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día", y Bertie van Tahn dijo...


En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta.


Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.


-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora.


-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory... por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible.


-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros.


-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos...


Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina.


Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.



La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas.


A las dos Clovis quebró el silencio imperante.



-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.


Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.


Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.


El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.


Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes habían abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota.


Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius.


-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.




Saki (Hector Hugh Munro) ©

* Juego de palabras intraducible: “rats” significa ratas pero también es una expresión de desconfianza.


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El gato que caminaba solo de Rudyard Kipling





Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando los animales domésticos eran salvajes. El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo, la Vaca, la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes parientes; pero el más salvaje de todos los animales salvajes era el Gato. El Gato caminaba solo y no le importaba estar aquí o allá.

También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente salvaje. No comenzó a domesticarse hasta que conoció a la Mujer y ella repudió su montaraz modo de vida. La Mujer escogió para dormir una bonita cueva sin humedades en lugar de un montón de hojas mojadas, y esparció arena limpia sobre el suelo, encendió un buen fuego de leña al fondo de la cueva y colgó una piel de Caballo Salvaje, con la cola hacia abajo, sobre la entrada; después dijo:

-Límpiate los pies antes de entrar; de ahora en adelante tendremos un hogar.

Esa noche, querido mío, comieron Cordero Salvaje asado sobre piedras calientes y sazonado con ajo y pimienta silvestres, y Pato Salvaje relleno de arroz silvestre, y alholva y cilantro silvestres, y tuétano de Buey Salvaje, y cerezas y granadillas silvestres. Luego, cuando el Hombre se durmió más feliz que un niño delante de la hoguera, la Mujer se sentó a cardar lana. Cogió un hueso del hombro de cordero, la gran paletilla plana, contempló los portentosos signos que había en él, arrojó más leña al fuego e hizo un conjuro, el primer Conjuro Cantado del mundo.

En la húmeda y salvaje espesura, los animales salvajes se congregaron en un lugar desde donde se alcanzaba a divisar desde muy lejos la luz del fuego y se preguntaron qué podría significar aquello.

Entonces Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:

-Oh, amigos y enemigos míos, ¿por qué han hecho esa luz tan grande el Hombre y la Mujer en esa enorme cueva? ¿cómo nos perjudicará a nosotros?

Perro Salvaje alzó el morro, olfateó el aroma del asado de cordero y dijo:

-Voy a ir allí, observaré todo y me enteraré de lo que sucede, y me quedaré, porque creo que es algo bueno. Acompáñame, Gato.

-¡ Ni hablar! -replicó el Gato-. Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.

-Entonces nunca volveremos a ser amigos -apostilló Perro Salvaje, y se marchó trotando hacia la cueva.

Pero cuando el Perro se hubo alejado un corto trecho, el Gato se dijo a sí mismo:

-Si no me importa estar aquí o allá, ¿por qué no he de ir allí para observarlo todo y enterarme de lo que sucede y después marcharme?



De manera que siguió al Perro con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.

Cuando Perro Salvaje llegó a la boca de la cueva, levantó ligeramente la piel de Caballo con el morro y husmeó el maravilloso olor del cordero asado. La Mujer lo oyó, se rió y dijo:

-Aquí llega la primera criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?

-Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo, ¿qué es eso que tan buen aroma desprende en la salvaje espesura? -preguntó Perro Salvaje.

Entonces la Mujer cogió un hueso de cordero asado y se lo arrojó a Perro Salvaje diciendo:

-Criatura salvaje de la salvaje espesura, si ayudas a mi Hombre a cazar de día y a vigilar esta cueva de noche, te daré tantos huesos asados como quieras.

-¡Ah! -exclamó el Gato al oírla-, esta Mujer es muy sabia, pero no tan sabia como yo.

Perro Salvaje entró a rastras en la cueva, recostó la cabeza en el regazo de la Mujer y dijo:

-Oh, amiga mía y esposa de mi amigo, ayudaré a tu Hombre a cazar durante el día y de noche vigilaré vuestra cueva.

-¡Ah! -repitió el Gato, que seguía escuchando-, este Perro es un verdadero estúpido.

Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad. Pero no le contó nada a nadie.

Al despertar por la mañana, el Hombre exclamó:

-¿Qué hace aquí Perro Salvaje?

-Ya no se llama Perro Salvaje -lo corrigió la Mujer-, sino Primer Amigo, porque va a ser nuestro amigo por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando salgas de caza.

La noche siguiente la Mujer cortó grandes brazadas de hierba fresca de los prados y las secó junto al fuego, de manera que olieran como heno recién segado; luego tomó asiento a la entrada de la cueva y trenzó una soga con una piel de caballo; después se quedó mirando el hueso de hombro de cordero, la enorme paletilla, e hizo un conjuro, el segundo Conjuro Cantado del mundo.

En la salvaje espesura, los animales salvajes se preguntaban qué le habría ocurrido a Perro Salvaje. Finalmente, Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:

-Iré a ver por qué Perro Salvaje no ha regresado. Gato, acompáñame.

-¡Ni hablar! -respondió el Gato-. Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.

Sin embargo, siguió a Caballo Salvaje con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.

Cuando la Mujer oyó a Caballo Salvaje dando traspiés y tropezando con sus largas crines, se rió y dijo:

-Aquí llega la segunda criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?

-Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo -respondió Caballo Salvaje-, ¿dónde está Perro Salvaje?

La Mujer se rió, cogió la paletilla de cordero, la observó y dijo:

-Criatura salvaje de la salvaje espesura, no has venido buscando a Perro Salvaje, sino porque te ha atraído esta hierba tan rica.

Y dando traspiés y tropezando con sus largas crines, Caballo Salvaje dijo:

-Es cierto, dame de comer de esa hierba.

-Criatura salvaje de la salvaje espesura -repuso la Mujer-, inclina tu salvaje cabeza, ponte esto que te voy a dar y podrás comer esta maravillosa hierba tres veces al día.

-¡Ah! -exclamó el Gato al oírla-, esta Mujer es muy lista, pero no tan lista como yo.

Caballo Salvaje inclinó su salvaje cabeza y la Mujer le colocó la trenzada soga de piel en torno al cuello. Caballo Salvaje relinchó a los pies de la Mujer y dijo:

-Oh, dueña mía y esposa de mi dueño, seré tu servidor a cambio de esa hierba maravillosa.

-¡Ah! -repitió el Gato, que seguía escuchando-, ese Caballo es un verdadero estúpido.

Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad.

Cuando el Hombre y el Perro regresaron después de la caza, el Hombre preguntó:

-¿Qué está haciendo aquí Caballo Salvaje?

-Ya no se llama Caballo Salvaje -replicó la Mujer-, sino Primer Servidor, porque nos llevará a su grupa de un lado a otro por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando vayas de caza.

Al día siguiente, manteniendo su salvaje cabeza enhiesta para que sus salvajes cuernos no se engancharan en los árboles silvestres, Vaca Salvaje se aproximó a la cueva, y el Gato la siguió y se escondió como lo había hecho en las ocasiones anteriores; y todo sucedió de la misma forma que las otras veces; y el Gato repitió las mismas cosas que había dicho antes, y cuando Vaca Salvaje prometió darle su leche a la Mujer día tras día a cambio de aquella hierba maravillosa, el Gato se alejó por la salvaje y húmeda espesura, caminando solo como era su costumbre.

Y cuando el Hombre, el Caballo y el Perro regresaron a casa después de cazar y el Hombre formuló las mismas preguntas que en las ocasiones anteriores, la Mujer dijo:

-Ya no se llama Vaca Salvaje, sino Donante de Cosas Buenas. Nos dará su leche blanca y tibia por los siglos de los siglos, y yo cuidaré de ella mientras ustedes tres salen de caza.

Al día siguiente, el Gato aguardó para ver si alguna otra criatura salvaje se dirigía a la cueva, pero como nadie se movió, el Gato fue allí solo, y vio a la Mujer ordeñando a la Vaca, y vio la luz del fuego en la cueva, y olió el aroma de la leche blanca y tibia.

-Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo -dijo el Gato-, ¿a dónde ha ido Vaca Salvaje?

La Mujer rió y respondió:

-Criatura salvaje de la salvaje espesura, regresa a los bosques de donde has venido, porque ya he trenzado mi cabello y he guardado la paletilla, y no nos hacen falta más amigos ni servidores en nuestra cueva.

-No soy un amigo ni un servidor -replicó el Gato-. Soy el Gato que camina solo y quiero entrar en tu cueva.

-¿Por qué no viniste con Primer Amigo la primera noche? -preguntó la Mujer.

-¿Ha estado contando chismes sobre mí Perro Salvaje? -inquirió el Gato, enfadado.

Entonces la Mujer se rió y respondió:

-Eres el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No eres un amigo ni un servidor. Tú mismo lo has dicho. Márchate y camina solo por cualquier lugar.

Fingiendo estar compungido, el Gato dijo:

-¿Nunca podré entrar en la cueva? ¿Nunca podré sentarme junto a la cálida lumbre? ¿Nunca podré beber la leche blanca y tibia? Eres muy sabia y muy hermosa. No deberías tratar con crueldad ni siquiera a un gato.

-Que era sabia no me era desconocido, mas hasta ahora no sabía que fuera hermosa. Por eso voy a hacer un trato contigo. Si alguna vez te digo una sola palabra de alabanza, podrás entrar en la cueva.

-¿Y si me dices dos palabras de alabanza? -preguntó el Gato.

-Nunca las diré -repuso la Mujer-, mas si te dijera dos palabras de alabanza, podrías sentarte en la cueva junto al fuego.

-¿Y si me dijeras tres palabras? -insistió el Gato.

-Nunca las diré -replicó la Mujer-, pero si llegara a decirlas, podrías beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos.

Entonces el Gato arqueó el lomo y dijo:

-Que la cortina de la entrada de la cueva y el fuego del rincón del fondo y los cántaros de leche que hay junto al fuego recuerden lo que ha dicho mi enemiga y esposa de mi enemigo -y se alejó a través de la salvaje y húmeda espesura meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su propia y salvaje soledad

Por la noche, cuando el Hombre, el Caballo y el Perro volvieron a casa después de la caza, la Mujer no les contó el trato que había hecho, pensando que tal vez no les parecería bien.

El Gato se fue lejos, muy lejos, y se escondió en la salvaje y húmeda espesura sin más compañía que su salvaje soledad durante largo tiempo, hasta que la Mujer se olvidó de él por completo. Sólo el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que colgaba del techo de la cueva sabía dónde se había escondido el Gato y todas las noches volaba hasta allí para transmitirle las últimas novedades.

Una noche el Murciélago dijo:

-Hay un Bebé en la cueva. Es una criatura recién nacida, rosada, rolliza y pequeña, y a la Mujer le gusta mucho.

-Ah -dijo el Gato, sin perderse una palabra-, pero ¿qué le gusta al Bebé?

-Al Bebé le gustan las cosas suaves que hacen cosquillas -respondió el Murciélago-. Le gustan las cosas cálidas a las que puede abrazarse para dormir. Le gusta que jueguen con él. Le gustan todas esas cosas.

-Ah -concluyó el Gato-, entonces ha llegado mi hora.

La noche siguiente, el Gato atravesó la salvaje y húmeda espesura y se ocultó muy cerca de la cueva a la espera de que amaneciera. Al alba, la mujer se afanaba en cocinar y el Bebé no cesaba de llorar ni de interrumpirla; así que lo sacó fuera de la cueva y le dio un puñado de piedrecitas para que jugara con ellas. Pero el Bebé continuó llorando.

Entonces el Gato extendió su almohadillada pata y le dio unas palmaditas en la mejilla, y el Bebé hizo gorgoritos; luego el Gato se frotó contra sus rechonchas rodillas y le hizo cosquillas con el rabo bajo la regordeta barbilla. Y el Bebé rió; al oírlo, la Mujer sonrío.

Entonces el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que estaba colgado a la entrada de la cueva dijo:

-Oh, anfitriona mía, esposa de mi anfitrión y madre de mi anfitrión, una criatura salvaje de la salvaje espesura está jugando con tu Bebé y lo tiene encantado.

-Loada sea esa criatura salvaje, quienquiera que sea -dijo la Mujer enderezando la espalda-, porque esta mañana he estado muy ocupada y me ha prestado un buen servicio.

En ese mismísimo instante, querido mío, la piel de caballo que estaba colgada con la cola hacia abajo a la entrada de la cueva cayó al suelo... ¡Cómo así!... porque la cortina recordaba el trato, y cuando la Mujer fue a recogerla... ¡hete aquí que el Gato estaba confortablemente sentado dentro de la cueva!

-Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-, soy yo, porque has dicho una palabra elogiándome y ahora puedo quedarme en la cueva por los siglos de los siglos. Mas sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Muy enfadada, la Mujer apretó los labios, cogió su rueca y comenzó a hilar.

Pero el Bebé rompió a llorar en cuanto el Gato se marchó; la Mujer no logró apaciguarlo y él no cesó de revolverse ni de patalear hasta que se le amorató el semblante.

-Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-, coge una hebra del hilo que estás hilando y átala al huso, luego arrastra éste por el suelo y te enseñaré un truco que hará que tu Bebé ría tan fuerte como ahora está llorando.

-Voy a hacer lo que me aconsejas -comentó la Mujer-, porque estoy a punto de volverme loca, pero no pienso darte las gracias.

Ató la hebra al pequeño y panzudo huso y empezó a arrastrarlo por el suelo. El Gato se lanzó en su persecución, lo empujó con las patas, dio una voltereta y lo tiró hacia atrás por encima de su hombro; luego lo arrinconó entre sus patas traseras, fingió que se le escapaba y volvió a abalanzarse sobre él. Viéndole hacer estas cosas, el Bebé terminó por reír tan fuerte como antes llorara, gateó en pos de su amigo y estuvo retozando por toda la cueva hasta que, ya fatigado, se acomodó para descabezar un sueño con el Gato en brazos.

-Ahora -dijo el Gato- le voy a cantar A Bebé una canción que lo mantendrá dormido durante una hora.

Y comenzó a ronronear subiendo y bajando el tono hasta que el Bebé se quedó profundamente dormido. contemplándolos, la Mujer sonrió y dijo:

-Has hecho una labor estupenda. No cabe duda de que eres muy listo, oh, Gato.

En ese preciso instante, querido mío, el humo de la fogata que estaba encendida al fondo de la cueva descendió desde el techo cubriéndolo todo de negros nubarrones, porque el humo recordaba el trato, y cuando se disipó, hete aquí que el Gato estaba cómodamente sentado junto al fuego.

-Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-, aquí me tienes, porque me has elogiado por segunda vez y ahora podré sentarme junto al cálido fuego del fondo de la cueva por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Entonces la Mujer se enfadó mucho, muchísimo, se soltó el pelo, echó más leña al fuego, sacó la ancha paletilla de cordero y comenzó a hacer un conjuro que le impediría elogiar al Gato por tercera vez. No fue un Conjuro Cantado, querido mío, sino un Conjuro Silencioso; y, poco a poco, en la cueva se hizo un silencio tan profundo que un Ratoncito diminuto salió sigilosamente de un rincón y echó a correr por el suelo.

-Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-, ¿forma parte de tu conjuro ese Ratoncito?

-No -repuso la Mujer, y, tirando la paletilla al suelo, se encaramó a un escabel que había frente al fuego y se apresuró a recoger su melena en una trenza por miedo a que el Ratoncito trepara por ella.

-¡Ah! -exclamó el Gato, muy atento-, entonces ¿el Ratón no me sentará mal si me lo zampo?

-No -contestó la Mujer, trenzándose el pelo-; zámpatelo ahora mismo y te quedaré eternamente agradecida.

El Gato dio un salto y cayó sobre el Ratón.

-Un millón de gracias, oh, Gato -dijo la Mujer-. Ni siquiera Primer Amigo es lo bastante rápido para atrapar Ratoncitos como tú lo has hecho. Debes de ser muy inteligente.

En ese preciso instante, querido mío, el cántaro de leche que estaba junto al fuego se partió en dos pedazos... ¿Cómo así?... porque recordaba el trato, y cuando la Mujer bajó del escabel... ¡hete aquí que el Gato estaba bebiendo a lametazos la leche blanca y tibia que quedaba en uno de los pedazos rotos!

-Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo -dijo el Gato-, aquí me tienes, porque me has elogiado por tercera vez y ahora podré beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Entonces la Mujer rompió a reír, puso delante del Gato un cuenco de leche blanca y tibia y comentó:

-Oh, Gato, eres tan inteligente como un Hombre, pero recuerda que ni el Hombre ni el Perro han participado en el trato y no sé qué harán cuando regresen a casa.

-¿Y a mi qué más me da? -exclamó el Gato-. Mientras tenga un lugar reservado junto al fuego y leche para beber tres veces al día me da igual lo que puedan hacer el Hombre o el Perro.

Aquella noche, cuando el Hombre y el Perro entraron en la cueva, la Mujer les contó de cabo a rabo la historia del acuerdo, y el Hombre dijo:

-Está bien, pero el Gato no ha llegado a ningún acuerdo conmigo ni con los Hombres cabales que me sucederán.

Se quitó las dos botas de cuero, cogió su pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) y fue a buscar un trozo de madera y su cuchillo de hueso (y ya suman cinco), y colocando en fila todos los objetos, prosiguió:

-Ahora vamos a hacer un trato. Si cuando estás en la cueva no atrapas Ratones por los siglos de los siglos, arrojaré contra ti estos cinco objetos siempre que te vea y todos los Hombres cabales que me sucedan harán lo mismo.

-Ah -dijo la Mujer, muy atenta-. Este Gato es muy listo, pero no tan listo como mi Hombre.

El Gato contó los cinco objetos (todos parecían muy contundentes) y dijo:

-Atraparé Ratones cuando esté en la cueva por los siglos de los siglos, pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

-No será así mientras yo esté cerca -concluyó el Hombre-. Si no hubieras dicho eso, habría guardado estas cosas (por los siglos de los siglos), pero ahora voy arrojar contra ti mis dos botas y mi pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) siempre que tropiece contigo, y lo mismo harán todos los Hombres cabales que me sucedan.

-Espera un momento -terció el Perro-, yo todavía no he llegado a un acuerdo con él -se sentó en el suelo, lanzando terribles gruñidos y enseñando los dientes, y prosiguió-: Si no te portas bien con el Bebé por los siglos de los siglos mientras yo esté en la cueva, te perseguiré hasta atraparte, y cuando te coja te morderé, y lo mismo harán todos los Perros cabales que me sucedan.

-¡Ah! -exclamó la Mujer; que estaba escuchando-. Este Gato es muy listo, pero no es tan listo como el Perro.

El Gato contó los dientes del Perro (todos parecían muy afilados) y dijo:

-Me portaré bien con el Bebé mientras esté en la cueva por los siglos de los siglos, siempre que no me tire del rabo con demasiada fuerza. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

-No será así mientras yo esté cerca -dijo el Perro-. Si no hubieras dicho eso, habría cerrado la boca por los siglos de los siglos, pero ahora pienso perseguirte y hacerte trepar a los árboles siempre que te vea, y lo mismo harán los Perros cabales que me sucedan.


A continuación, el Hombre arrojó contra el Gato sus dos botas y su pequeña hacha de piedra (que suman tres), y el Gato salió corriendo de la cueva perseguido por el Perro, que lo obligó a trepar a un árbol; y desde entonces, querido mío, tres de cada cinco Hombres cabales siempre han arrojado objetos contra el Gato cuando se topaban con él y todos los Perros cabales lo han perseguido, obligándolo a trepar a los árboles. Pero el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha matado Ratones y se ha portado bien con los Bebés mientras estaba en casa, siempre que no le tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas sus obligaciones y en sus ratos libres, es el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá, y si miras por la ventana de noche lo verás meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su salvaje soledad... como siempre lo ha hecho.


Rudyard Kipling ©


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Al final del callejón de Rudyard Kipling




Rojas son nuestras caras y plomo es el cielo,
de par en par las puertas del infierno,
y sus vientos furiosos están sueltos;
sube el polvo a la faz del firmamento
y bajan las nubes, sudario ardiendo
peso al subir y duras al posarse.
El alma humana pierde su alimento,
lejos de la pequeñez y el esfuerzo,
dolido el corazón, enfermo el cuerpo,
como polvo de un sudario se echa al vuelo
el alma, que se aparta de su carne,
como el cuerno del cólera, en su estruendo.

Himalayan.

Cuatro hombres, cada uno con derecho «a la vida, a la libertad y a la conquista del bienestar», jugaban al whist sentados a una mesa. El termómetro señalaba –para ellos– ciento un grados de temperatura. La habitación estaba tan oscurecida que apenas era posible distinguir los puntos de las cartas y las pálidas caras de los jugadores. Un punkah viejo, roto, de calicó blanco, removía el aire caliente y chirriaba, lúgubre, a cada movimiento.

Fuera reinaba la lobreguez de un día londinense de noviembre. No había cielo ni sol ni horizonte: nada que no fuese una calina marrón y púrpura. Era como si la tierra se estuviese muriendo de apoplejía. De vez en cuando, del suelo se alzaban nubes de polvo rojizo, sin viento ni advertencia, que, como si fueran manteles, se lanzaban sobre las copas de los árboles resecos para bajar después. Entonces un polvo demoníaco y arremolinado se precipitaba por la llanura a lo largo de un par de millas, se quebraba y caía, aún cuando nada había que le impidiese volar, excepto una larga hilera de traviesas de ferrocarril blanqueadas por el polvo, un racimo de cabañas de adobe, raíles condenados y lonas, y un único bunalow bajo, de cuatro habitaciones, que pertenecía al ingeniero ayudante a cargo de la sección de la línea del estado de Gaudhari, por entonces en construcción. Los cuatro, desnudos bajo sus pijamas ligerísimos, jugaban al whist con mal talante, discutiendo acerca de quién era mano y quién devolvía. No era un whist óptimo, pero se habían tomado cierto trabajo para llegar hasta allí. Mottram, del Servicio Indio de Topografía, desde la noche anterior, había cabalgado treinta millas y recorrido en tren otras cien más desde su puesto solitario en el desierto; Lowndes, del Servicio Civil, que llevaba a cabo una tarea especial en el departamento político, había logrado escapar por un instante de las intrigas miserables de un estado nativo empobrecido, cuyo soberano ya adulaba, ya vociferaba para obtener más dinero que el aportado por los lamentables tributos de labriegos exprimidos y criadores de camellos desesperados; Spurtstow, el médico del ferrocarril, había dejado que un campamento de culis azotado por el cólera se cuidara por sí mismo durante cuarenta y ocho horas mientras él, una vez más, se unía a los blancos. Hummil, el ingeniero ayudante, era el anfitrión. No se arredraba y recibía a su amigos cada sábado, si podía acudir.

Cuando uno de ellos no lograba llegar, el ingeniero enviaba un telegrama a su última dirección, a fin de saber si el ausente estaba muerto o con vida. Hay muchos lugares en Oriente donde no es bueno ni considerado permitir que tus amistades se pierdan de vista ni aún durante una breve semana. Los jugadores no tenían conciencia de que existiese un especial afecto mutuo. Discutían en cuanto estaban juntos, pero experimentaban un deseo ardiente de verse, tal como los hombres que no tiene agua desean beber. Eran personas solitarias que conocían el significado terrible de la soledad. Todos tenían menos de treinta años: una edad demasiado temprana para que un hombre posea ese conocimiento.

–¿Pilsener? -dijo Spurstow, después de la segunda mano, secándose la frente.
–No queda cerveza, lo siento, y apenas si hay soda para esta noche –dijo Hummil
–¡Qué organización tan lamentable! rezongó Spurstow.
–No tiene remedio. He escrito y telegrafiado, pero los trenes todavía no llegan con regularidad. La semana pasada se acabó el hielo, como bien lo sabe Lowndes.
–Me alegra no haber venido. Sin embargo, podría haberte enviado un poco, si lo hubiese sabido. ¡Uf! Hace demasiado calor para estar jugando tan poco científicamente –dijo eso con una expresión de burla salvaje contra Lowndes, que sólo rió. Era difícil agraviarle. Mottran se apartó de la mesa y echó una mirada por una hendija del postigo.
–¡Qué día tan bonito! –dijo.

Sus compañeros bostezaron todos a la vez y se dedicaron a una investigación sin objetivo de todas las posesiones de Hummil: armas, novelas viejas, guarniciones, espuelas y cosas similares. Las habían manoseado docenas de veces antes, pero por cierto que no había nada más que hacer.

–¿Has recibido algo nuevo? –dijo Lowndes.
–La Gazette of India de la semana pasada y un recorte de un periódico inglés. Mi padre me lo ha enviado; es bastante divertido.
–Otra vez uno de esos remilgados que se llaman a sí mismos miembros del Parlamento, ¿verdad? –dijo Spurstow que leía los periódicos cuando podía conseguirlos.
-Sí. Escuchad esto. Se refiere a tu zona, Lowndes. El hombre estaba diciendo un discurso a sus votantes y exageró. Aquí hay un ejemplo: «Y afirmo sin vacilaciones que la Administración en India es la reserva, la más preciada de las reservas, de la aristocracia inglesa. ¿Qué obtiene la democracia, qué obtienen las masas, de ese país que, paso a paso, nos hemos anexado de modo fraudulento?. Yo respondo: nada, absolutamente nada. Es cultivado por los vástagos de la aristocracia con el ojo puesto tan sólo en sus propios intereses. Ellos se toman buen trabajo para mantener su espléndida escala de ingresos, para evitar o sofocar cualquier investigación sobre la índole y el comportamiento de sus administraciones, en tanto que ellos mismos obligan al labriego desgraciado a pagar con el sudor de su frente todo el lujo en que se sumergen». –Hummil agitó el recorte por encima de su cabeza.
–¡Bravo! ¡Bravo! –dijeron sus oyentes. Entonces Lowndes, meditabundo, dijo:
–Daría... daría tres meses de mi paga para conseguir que ese caballero pasase un mes conmigo y viera cómo hace las cosas un príncipe nativo libre e independiente. El viejo Timbersides––ése era el apelativo irrespetuoso de un honrado y condecorado príncipe feudal– me ha hecho la vida imposible la semana pasada pidiéndome dinero. ¡Por Júpiter! ¡Su última proeza ha sido enviarme a una de sus mujeres como soborno!
–¡Mejor para ti! ¿Aceptastes? –dijo Mottram.
–No, pero ahora pienso que tendría que haberlo hecho. Era una personita muy guapa, que no paró de contarme cuentos sobre la indigencia horrible que hay entre las mujeres del rey. Esos encantos hace casi un mes que no se compran ningún vestido nuevo, mientras el viejo quiere comprarse una carrindanga nueva en Calcuta, con adornos de plata maciza y faros de plata y chucherías de esa clase. He procurado hacerle entender que ya se ha jugado el desempate con los ingresos de los últimos veinte años y tiene que ir despacio. Es incapaz de comprenderlo.
–Pero tiene las cámaras del tesoro familiar para seguir adelante. Ha de haber por lo menos tres millones en joyas y monedas debajo de su palacio –dijo Hummil. ¡Encuentra tú a un rey nativo que perturbe su tesoro familiar! Los sacerdotes lo prohiben, como no sea a modo de recurso externo. El viejo Timbersides ha sumado algo así como un cuarto de millón al depósito a lo largo de su reinado.
–¿De dónde sale la cosa? –dijo Mottram.
–Del pueblo. La situación de la gente bastaría para ponerte enfermo. He visto recaudadores que esperaban a que una camella lechera pariese su cría para llevarse a la madre como pago por atrasos. ¿Y yo qué puedo hacer? No consigo que los empleados judiciales me entreguen ninguna cuenta; no le arranco más que una sonrisa tonta al comandante en jefe cuando descubro que los soldados no cobran sus pagas desde hace tres meses, y el viejo Timbersides se echa a llorar cuando le hablo. Se ha dado a la bebida como un rey: coñac por whisky y Heidsieck en lugar de soda.
–Lo mismo que toma el Rao de Jubela. Hasta un nativo es incapaz de resistirlo por mucho tiempo –dijo Spurstow–. Se va a morir.
–Y estará bien. Después, me figuro, habrá un consejo de regencia, un tutor del joven príncipe, y se le devolverá su reino con lo acumulado en diez años.
–Con lo cual el joven príncipe, tras haber adquirido todos los vicios de los ingleses, jugará a hacer rebotes en el agua con el dinero, y en dieciocho meses destruirá el trabajo de diez años. Ya he visto esto mismo antes –dijo Spurstow–. Si estuviese en tu lugar, Lowndes, yo manejaría al rey con mano suave. Te odiarán lo bastante en cualquier caso.
–Eso está bien. El hombre que mira de lejos puede hablar de mano suave; pero no puedes limpiar la pocilga con una pluma mojada en agua de rosas. Se cuáles son mis riesgos, aunque nada ha ocurrido aún. Mi sirviente es un viejo patán y me prepara la comida. Es difícil que quieran sobornarle y yo no acepto comestibles de mis verdaderos amigos, como ellos se denominan a sí mismos. ¡Oh, es un trabajo pesado! Más me gustaría estar contigo, Spurstow. Hay caza cerca de tu campamento.
–¿De veras? Creo que no. Unas quince muertes por día no inducen a un hombre a disparar contra otra cosa que no sea él mismo. Y lo peor es que esos pobres diablos te miran como si debieses salvarles. Sabe Dios que lo he intentado todo. Mi última prueba ha sido empírica, pero le salvó la vida a un viejo. Me lo trajeron aparentemente desahuciado, y le di ginebra con salsa de Worcester y cayena. Se curó con eso, pero no lo recomiendo.
–¿Cuál es el tratamiento, en general? –dijo Hummil.
–Muy sencillo, por cierto. Clorodine, un comprimido de opio, clorodine, un colapso, nitrato, ladrillos en los pies y a continuación... la pira funeraria. Esto último parece ser lo único que termina con el problema. Se trata del cólera negro, ya sabéis. ¡Pobres diablos! Pero he de reconocer que Bunsee Lal, mi boticario, trabaja como un condenado. He recomendado que le asciendan si sale con vida de esto. –– ¿Y qué posibilidades tienes, amigo? –dijo Mottram.
–No lo se ni me importa demasiado; pero ya he enviado la carta. ¿Cómo te va a ti?.
–Sentado ante una mesa en la tienda y escupiendo encima del sexante para enfriarlo –dijo el topógrafo.
-Me lavo los ojos para evitar oftalmías, que sin duda me pillaré, y trato de lograr que un ayudante comprenda que un error de cinco grados en un ángulo no es tan pequeño como parece. Estoy completamente solo, ya sabéis, y así estaré hasta que terminen los calores. Hummil es un hombre de suerte –dijo Lowndes, echándose en una tumbona–. Tiene un techo de verdad–, aunque la lona del techo estaba rasgada, pero aún así era un techo su cabeza. Ve un tren cada día. Puede comprar cerveza, soda y hielo cuando Dios es clemente. Tiene libros, cuadros –eran recortes del Graphic– y la compañía del excelente subcontratista Jevins, además del placer de recibirnos todas las semanas. Hummil sonrió con una mueca torva.
–Sí. Ha muerto. El lunes pasado.
–¿Se suicidó? –dijo Spurstow con rapidez, señalando la sospecha que estaba en la mente de todos. No había cólera en torno a la sección de Hummil. Hasta la fiebre otorga a un hombre, al menos, una semana de gracia y la muerte repentina por lo común implica el suicidio.
–No enjuicio a ningún hombre con estas temperaturas –dijo Hummil–. Supongo que le afectó el sol, porque la semana pasada, después de marcharos vosotros, se acercó a la galería y me dijo que esa noche pensaba ir a su casa, a ver su mujer, en Market Street, Liverpool.
–Llamé al boticario para que le examinara y tratamos de acostarle. Al cabo de una hora o dos se restregó los ojos, y dijo que creía que le había dado un ataque y que esperaba no haber dicho nada poco cortés. Jevins tenía mucho interés en mejorar su situación social. Se parecía a Chucks en la forma de hablar.
–¿Y entonces?
–Entonces se fue a su bungalow y empezó a limpiar su rifle. Le dijo al sirviente que iba a cazar por la mañana. Como es natural tocó el gatillo y se disparó una bala en la cabeza... por accidente. El boticario envió un informe a mi jefe y Jevins está enterrado por allí. Te hubiera telegrafiado, Spurstow, si hubiese sido posible que hicieras algo.
–Eres un tipo especial –dijo Mottram–. Si tú mismo hubieses asesinado al hombre, no podrías haber permanecido más callado al respecto. ¡Dios santo! ¿Qué importa? –dijo Hummil con calma–. Tengo que hacer buena parte de su trabajo de supervisión además del mío. Soy la única persona perjudicada. Jevins está fuera del tema, por puro accidente, desde luego, pero fuera al fin. El boticario iba a escribir una larga perorata sobre el suicidio. Nadie mejor que un babu para escribir tonterías interminables cuando se le presenta la ocasión.
–¿Por qué no has permitido que se supiera que fue un suicidio? –dijo Lowndes. No había ninguna prueba concluyente. En este país un hombre no tiene muchos privilegios, pero al menos hay que permitirle que haga un manejo torpe de su propio rifle. Además, algún día puede que yo necesite de un hombre que disimule algún accidente mío. Vive y deja vivir. Muere y deja morir.
–Tomo un comprimido –dijo Spurstow, que había observado de cerca la cara pálida de Hummil–. Toma un comprimido y no seas borrico. Este tipo de conversación es un simple juego. De todas formas, el suicidio se desentiende de tu trabajo. Si yo fuese Job multiplicado por diez, tendría que estar tan interesado en lo que vaya a ocurrir de inmediato que me quedaría para verlo.
–¡Ah! He perdido esa curiosidad –dijo Hummil.
–¿El hígado te funciona mal? –dijo Lowndes con interés.
–No. No puedo dormir, que es peor.
–¡Por Júpiter que sí! –dijo Mottram–. A mí me ocurre de cuando en cuando, y el ataque tiene que irse por sí solo. ¿Tú qué tomas?
–Nada. ¿Para qué? No he dormido ni siquiera diez minutos desde el viernes por la mañana.
–¡Pobre muchacho! Spurstow, tú deberías ocuparte del asunto –dijo Mottram–. Ahora que lo mencionas, tus ojos están algo irritados e hinchados. Spurstow, que no había dejado de observar a Hummil, rió con ligereza.
–Ya le arreglaré después. ¿Os parece que hace demasiado calor para salir a cabalgar?
–¿Para ir a dónde? -dijo Lowndes, fatigado Tendremos que marcharnos a las ocho y ya cabalgaremos lo suficiente entonces. Detesto cabalgar cuando tengo que hacerlo por necesidad. ¡Cielos! ¿Qué se puede hacer por aquí?
–Empezar otra partida de whist, cada punto un chick (se supone que un chick equivale a ocho chelines) y un mohur de oro la partida –dijo Spurstow con presteza.
–Póker. La paga de un mes entero para la banca, sin límites, y cincuenta rupias la apuesta. Alguien estará en la ruina antes que nos marchemos –dijo Lowndes.
–No puedo decir que me de gusto arruinar a ninguno de los de esta reunión –dijo Mottram–. No es muy estimulante y es una tontería –cruzó el cuarto hacia un viejo, deteriorado y pequeño piano de campaña, residuo del matrimonio que viviera en tiempos en el bungalow, y lo abrió.
–Hace mucho que no funciona –dijo Hummil–. Los sirvientes lo han hecho pedazos. El piano estaba, en efecto, desafinado sin esperanzas, pero Mottram se ingenió para que las notas rebeldes llegaran a una especie de acuerdo, y de las teclas desniveladas surgió algo que podía haber sido alguna vez el fantasma de una canción popular de musichall.
Los hombres, desde sus tumbonas, se volvieron con evidente interés mientras Mottram aporreaba con entusiasmo cada vez mayor.
-¡Eso está bien! –dijo Lowndes–. ¡Por Júpiter! La última vez que oí esa canción fue en el 79 aproximadamente, justo antes de partir.
–¡Ah! –dijo Spurstow con orgullo–. Yo estaba en nuestra tierra en el 80 –y nombró una canción popular muy conocida por entonces. Mottram la tocó bastante mál. Lowndes hizo una crítica y sugirió correcciones. Mottram pasó a otra cancioncilla, no de las de musichall e hizo ademán de levantarse.
–Siéntate –dijo Hummil–, no sabía que la música entrara en tu composición. Sigue tocando hasta que no se te ocurra nada más. Haré que afinen el piano para la próxima vez que vengas. Toca algo alegre.

Muy simples en verdad eran las melodías que el arte de Mottram y las limitaciones del piano podían concretar, pero los hombres escuchaban con placer, y en las pausas hablaban todos a la vez de lo que habían visto u oído la última vez que habían estado en su tierra. Una densa tormenta de polvo se alzó fuera y barrió la casa, rugiendo y envolviéndola en una oscuridad asfixiante de medianoche, pero Mottram continuó sin prestar atención, y el tintineo loco llegaba a los oídos de los oyentes por encima del aleteo de la tela rota del techo. En el silencio posterior a la tormenta, se deslizó desde las más personales canciones escocesas, que tarareaba a medias al tocar, hasta un himno vespertino.

–Domingo –dijo mientras asentía con la cabeza.
–Continúa. No te disculpes –dijo Spurstow. Hummil se rió larga y estentóreamente.
–Tócalo, sea como sea. Hoy eres todo sorpresas. No sabía que tuvieses tal don de sarcasmo sutil. ¿Cómo es?

Mottram comenzó a tocar la melodía.

–El tiempo, al doble. Así pierdes el matiz de gratitud –dijo Hummil–. Tendría que ser como el tiempo de la Polka del saltamontes, así –y comenzó a cantar prestissimo: Mi Dios, gloria a ti esta noche por todas las bendiciones de la luz.
–Esto demuestra que sentimos cuán bendecidos somos. ¿Cómo sigue? Si de noche estoy tendido en mi lecho, sin dormir, que mi alma siempre tenga su potencia puesta en ti, y ningún sueño maligno mi descanso turbará...
–¡Más rápido, Mottram! ¡Ni las fuerzas me molesten de esa hosca oscuridad!
–¡Bah! ¡Qué viejo hipócrita eres! No seas borrico –dijo Lowndes–. Estás en libertad de burlarte de cualquier otra cosa, pero no te metas con ese himno. En mi cabeza se asocia con los recuerdos más sagrados...
–Tardes de verano en el campo, vidrieras, la luz que se desvanece y tú y ella juntando vuestras cabezas sobre el libro de himnos –dijo Mottram.
–Sí, y un abejorro gordo que te daba en el ojo cuando volvíais a casa. El olor del heno y una luna grande como una sombrerera encima del pajar; murciélagos, rosas, leche y mosquitos –dijo Lowndes.
–También madres. Recuerdo a mi madre cantando para hacerme dormir cuando yo era un pequeñín –dijo Spurstow.

La oscuridad había invadido el cuarto. Podían oír cómo se removía Hummil en su silla.

–Por consiguiente –dijo con malhumor–, tú cantas el himno cuando estás a siete brazas de profundidad en el infierno. Es un insulto a la inteligencia de la divinidad pretender que somos algo más que rebeldes torturados.
–Toma dos comprimidos –dijo Spurstow–, es un hígado torturado.
–Hummil, el que siempre se muestra plácido, hoy está de mal humor. Lo siento por sus culis, mañana –dijo Lowndes, mientras los sirvientes traían las luces y preparaban la mesa para la cena.

Cuando estaban a punto de ocupar sus puestos ante miserables chuletas de cabra y un pudin ahumado de tapioca, Spurstow aprovechó la ocasión para susurrar a Mottram: ¡Bien hecho, Davi!.

–Cuida de Saúl, pues –fue la respuesta.
–¿Qué estáis murmurando? –dijo Hummil, suspicaz.
–Sólo decíamos que como anfitrión eres condenadamente pobre. Este pájaro no se puede cortar –respondió Spurstow con una sonrisa dulce–. ¿Tú llamas cena a esto?
–No tiene remedio. ¿O acaso esperas un banquete?

Durante aquella comida, Hummil se aplicó con laboriosidad a insultar de modo directo y agudo a todos sus huéspedes, uno tras otro, y a cada insulto Spurstow daba un puntapié al ofendido por debajo de la mesa, pero no se atrevió a cambiar miradas de inteligencia con ninguno de ellos. La cara de Hummil se veía pálida y contraída, en tanto que sus ojos estaban dilatados de forma poco natural. Ninguno de los hombres soñó siquiera por un momento en responder a sus salvajes agresiones personales, pero tan pronto como terminó la cena se dieron prisa en partir.

–No os marchéis. Ahora os empezáis a animar, muchachos. Espero no haber dicho nada que os haya molestado. Sois unos demonios de susceptibilidad –después, cambiando la tesitura a una súplica casi abyecta, Hummil agregó–: ¿no iréis a marcharos, verdad? En la lengua del bendito Jorrocks, donde ceno, duermo –dijo Supurstow–. Quiero echarles un vistazo a tus colis mañana, si no te importa. ¿Puedes hacerme un lugar para dormir, me figuro?

Los otros arguyeron la urgencia de sus diversas obligaciones del día siguiente y, tras ensillar, partieron juntos, al tiempo que Hummil les rogaba que volvieran el domingo siguiente. Mientras se alejaban al trote, Lowndes abrió su pecho a Mottram.

–... Jamás en mi vida he tenido tantas ganas de patear a un hombre en su propia mesa. Dijo que yo había hecho trampas en el whist y me recordó las deudas. ¡A ti te dijo en la cara que eres un mentiroso! No estás tan indignado como deberías.
–Oh, no –dijo Mottram–. ¡Pobre diablo! ¿Alguna vez habías visto al bueno de Hummil comportarse así o de una manera remotamente parecida?
–No es excusa. Spurstow me pateó las espinillas durante toda la cena, y por eso me controlé. De otro modo hubiese...
–No, no hubieses. Tendrían que haber hecho lo que ha hecho Hummil con respecto a Jevins: no juzgar a un hombre con estos calores. ¡Por Júpiter. El metal de las bridas me quema las manos. Galopemos un poco, y cuidado con las madrigueras de las ratas.

Diez minutos de galope extrajeron de Lowndes una observación sensata cuando se detuvo, sudando por todos los poros:

–Sí. Bueno hombre, Spurstow. Nuestros caminos se separan aquí. Nos veremos otra vez el domingo próximo, si el sol no me destruye.
–Me figuro que sí, a menos que el ministro de finanzas del viejo Timbersides se arregle para envenenarme alguna comida. Buenas noches y... ¡que Dios te bendiga!
–¿Y qué pasa ahora?
–Oh, nada –Lowndes recogió la fusta y al tiempo que con ella rozaba el flanco de la yegua de Mottram, agregó–: tampoco tú eres mal muchacho, eso es todo y tras esas palabras, su yegua se lanzó al galope durante media milla y a través de la arena.

En el bungalow del ingeniero ayudante, Spurstow y Hummil fumaban juntos la pipa del silencio, observándose uno a otro con mucha atención. La capacidad de dar albergue de un soltero es tan elástica como simple su instalación. Un sirviente se llevó la mesa de la cena, trajo un par de rústicos camastros nativos, hechos de tiras entrelazadas dentro de un ligero marco de madera, puso sobre cada uno una estera de tela fresca de Calcuta, los colocó uno junto a otro, prendió con alfileres dos toallas al punkah, para que sus flecos no llegasen a tocar la nariz y la boca de los durmientes y anunció que las camas estaban preparadas. Los hombres se acostaron, y pidieron a los culis que se ocupaban del punkah que, por todas las potencias del infierno, lo mantuviesen en movimiento. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas porque fuera el aire era un horno. Dentro, el ambiente estaba sólo a ciento cuatro grados, tal como lo probaba el termómetro, y pesado, a causa del olor de las lámparas de petróleo mal despabiladas; y ese hedor, sumado al del tabaco del país, los ladrillos de horno y la tierra reseca pone el corazón del hombre más vigoroso a la altura de sus pies, porque es el olor del Gran Imperio Indio cuando se convierte durante seis meses en una sola de tormento. Spurstow ahuecó las almohadas con habilidad, para estar reclinado y no tendido, con la cabeza a una altura mayor que la de sus pies. No es bueno dormir con una almohada baja en tiempo de calor, si tienes un cuello muy robusto, ya que se puede pasar de los ronquidos y gorgoteos vivos del sueño natural a la honda somnolencia del golpe de calor.

–Ahueca tus almohadas –dijo el médico, tajante, al ver que Hummil se preparaba para tenderse en posición horizontal.

La luz de la mariposa era tenue, la sombre del punkah ondulaba a través de la habitación, y el roce de las toallas y el gemido leve de la cuerda que pasaba por un agujero de la pared la seguían. De pronto el punkah flaqueó, casi se detuvo. El sudor caía por la frente de Spurstow. ¿Debía salir a estimular al culi? El ventilador volvió a moverse con un salto brusco y un alfiler cayó de las toallas. Cuando estuvo otra vez en su lugar, un tam––tam comenzó a sonar en las líneas culis, con el latido firme de una arteria congestionada dentro de un cerebro febril. Spurstow se volvió y soltó un juramento suave. No hubo movimiento por parte de Hummil. El hombre se había acomodado con tanta rigidez como un cadáver, con los puños cerrados junto al cuerpo. Su respiración era demasiado rápida como para sospechar que dormía. Spurstow observó la cara rígida. Tenía las mandíbulas apretadas y una arruga en torno a los párpados temblorosos. «Está lo más rígido que puede», pensó Spurstow. «¿Qué diablos le ocurre?».

–¡Hummil!
–Sí –con la voz pastosa y forzada. ¿Puedes dormir?
–No.
–¿Frente ardorosa? ¿La garganta hinchada o qué?
–Nada de eso, gracias. No duermo mucho, sabes.
–¿Te encuentras mal? Bastante mal, gracias. Se oye un tam tam fuera ¿verdad? Al principio pensé que era mi cabeza... ¡Oh, Spurstow, por piedad, dame algo que me haga dormir... dormir profundamente, siquiera durante seis horas! –se enderezó de un salto, temblando de la cabeza a los pies- No logro dormir desde hace días y no lo puedo soportar... ¡no lo puedo soportar!
–¡Pobre amigo!
–Eso no sirve. Dame algo que me haga dormir. Te aseguro que me estoy volviendo loco. No sé lo que digo durante la mayor parte del día. Hace tres semanas que tengo que pensar y deletrear cada palabra que me viene a los labios antes de atreverme a decirla. ¿No basta eso para enloquecer a un hombre? Ahora no veo con claridad y he perdido el sentido del tacto. Me duele la piel... ¡Me duele la piel! Haz que duerma. ¡Oh, Spurstow, por el amor de Dios, hazme dormir profundamente! No basta con adormilarme. ¡Haz que duerma!
–De acuerdo, muchacho, de acuerdo. Tranquilo, que no estás tan mal como piensas.

Rotos los diques de la reserva, Hummil se agarró a él como un niño aterrado.

–Me estás partiendo el brazo a pellizcos.
–Te partiré el cuello si no haces algo por mí. No, no he querido decir eso. No te enfades, amigo –se enjugó el sudor a la vez que luchaba por recobrar la compostura–. Estoy nervioso y desganado, tal vez tú puedas recetarme alguna mezcla soporífera... bromuro de potasio.
–¡Bromuro de bobadas! ¿Por qué no me lo has dicho antes? Suéltame el brazo y veré si tengo algo en la cigarrera para aliviar tus males –Spurstow buscó entre sus ropas de calle, subió la luz de la mariposa, abrió una pequeña cigarrera y se acercó al expectante Hummil con la más pequeña y frágil de las jeringas. El último atractivo de la civilización –dijo– y algo que detesto usar. Extiende el brazo. Bien, tus insomnios no te han estropeado la musculatura. ¡Qué piel tan dura! Es como si le estuviera poniendo una inyección subcutánea a un búfalo. Ahora, en unos pocos minutos empezará a obrar la morfina. Échate y espera. Una sonrisa de gusto puro y estúpido comenzó a invadir la cara de Hummil.
–Creo –susurró–, creo que me estoy yendo. ¡Dios! ¡Es realmente celestial! Spurstow, tienes que darme esa cigarrera para que te la guarde. Tú... –la voz calló mientras la cabeza caía hacia atrás.
–Ni por todo el oro del mundo –dijo Spurstow a la forma inconsciente–. Pues bien, amigo mío, los insomnios de esta clase son muy adecuados para debilitar la fibra moral en los pequeños asuntos de la vida y la muerte, de modo que me tomaré la libertad de inutilizar tus armas.

Descalzo, fue hasta el cuarto en que Hummil guardaba los arneses; sacó de su caja un rifle del calibre doce, un fusil automático y un revólver. A primero le quitó el disparador y lo escondió en el fondo de un baúl de arreos; al segundo le sacó el alza y de un puntapié la mandó bajo un gran armario. Abrió el tercero y le partió la mira de la empuñadura con el tacón de una bota de montar.

–Ya está –dijo mientras sacudía el sudor de las manos. Estas pequeñas precauciones al menos te darán tiempo para arrepentirte. Sientes demasiada simpatía por los accidentes con armas de fuego.

Cuando se levantaba del suelo, la voz pastosa y ronca de Hummil exclamó desde la puerta:

–¡Idiota!

Era el tono de quienes hablan a sus amigos, en los intervalos de lucidez, poco antes de morir. Spurstow se sobresaltó y dejó caer la pistola. Hummil estaba en el vano de la puerta, meciéndose entre carcajadas sin control.

-Has estado muy bien, sin duda –dijo con lentitud, eligiendo cada palabra–. Por ahora, no me propongo darme la muerte con mis propias manos. Mira, Spurstow, eso no funciona. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? –y un terror pánico le anegaba los ojos.
–Échate y aguarda un poco. Échate ahora mismo.
–No me atrevo. Sólo me dormiré a medias otra vez y ya no podré ir más allá. ¿Sabes? He tenido que hacer un esfuerzo para volver ahora. En general soy veloz como el rayo, pero tú me habías trabado los pies. Estuve a punto de quedarme.
–Oh, sí, comprendo. Ve y acuéstate.
–No, no es delirio, pero ha sido un truco despreciable para usarlo contra mí. ¿No sabes que podría haber muerto?

Tal como una esponja deja limpia una pizarra, así algún poder desconocido para Spurstow había borrado todo lo que definía como la cara de un hombre el rostro de Hummil, que, desde el vano, mostraba una expresión de inocencia perdida. Había vuelto en el sueño a una infancia amedrentada. « ¿Irá a morirse ahora mismo? », pensó Spurstow, para agregar en voz alta:

–Bien, hijo. Vuelve a la camay cuéntamelo todo. No podías dormir. ¿Pero qué era todo el resto de disparates?
–Un lugar... un lugar allá abajo –dijo Hummil con simple sinceridad.

La droga obraba sobre él en oleadas, llevándole del temor de un hombre fuerte al miedo de un niño, según recuperara el sentido o se embotase.

–¡Dios mío! He temido eso durante meses, Spurstow. Me ha convertido las noches en un infierno y sin embargo no soy consciente de haber hecho nada malo.
–Tranquilo; te daré otra dosis. Les pondremos fin a tus pesadillas, ¡tonto consumado!
–Sí, pero has de darme lo suficiente como para que no pueda alejarme. Hazme dormir profundamente, no dormitar. Porque entonces es difícil correr.
–Lo sé, lo sé. Yo mismo he pasado por eso. Los síntomas son tal como los describes.
–¡Oh, no te burles de mí, maldito seas! Antes de tener este insomnio horrible, trataba de dormir sobre mi codo, y ponía una espuela en la cama para que pinchara si caía sobre ella. ¡Mira!
–¡Por Júpiter! ¡El hombre está espoleado como un caballo! ¡El jinete ha sido la pesadilla con una venganza! Y todos le creíamos bastante sensato. ¡Que el cielo nos permita comprender! Quieres hablar, ¿verdad?
–Sí, a veces. No cuando tengo miedo. Entonces quiero correr. ¿A ti no te pasa eso?
–Siempre. Antes que te de la segunda dosis dime exactamente qué te sucede.

Hummil habló con susurros entrecortados casi diez minutos, durante los cuales Spurstow le miró las pupilas y pasó su mano ante ellas una o dos veces. Al final del relato, reapareció la cigarrera de plata y las últimas palabras que dijo Hummil, mientras se echaba por segunda vez, fueron:

–¡Hazme dormir profundamente, porque si me pillan, ¡me muero...! ¡Me muero! Sí, sí, a todos nos pasa, tarde o temprano..., demos gracias al Cielo que ha establecido un límite para nuestras miserias –dijo Spurstow, a la vez que acomodaba las almohadas bajo la cabeza–. Se me ocurre que a menos que beba algo me iré yo antes de tiempo. He dejado de sudar, aunque el cuello de la camisa es un diecisiete.

Se preparó un te bien caliente, que es un buen remedio para los golpes de calor, si se toman tres o cuatro tazas en el momento oportuno. Después observó al dormido.
Una cara ciega que llora y que no puede secarse los ojos, una cara ciega que le persigue por los corredores. ¡Hum! Está claro que Hummil tendría que obtener un permiso lo antes posible y, cuerdo o no, es evidente que se ha clavado esa espuela con crueldad. En fin, ¡que el cielo nos permita comprender!

A mediodía Hummil se levantó; tenía mal sabor de boca pero los ojos límpidos y el corazón alegre.

–Anoche estaba bastante mal, ¿verdad?
–He visto hombres en mejores condiciones. Habrás cogido un principio de insolación. Oye: si te escribo un certificado médico estupendo, ¿pedirás un permiso de inmediato?
–No.
–¿Por qué no? Si lo quieres.
–Sí, pero puedo aguantar hasta que el tiempo refresque.
–¿Pero por qué, si te pueden reemplazar ahora mismo?
–Burkett es el único al que pueden enviar y es tonto de nacimiento.
–Oh, no te preocupes por el ferrocarril. Tú no eres imprescindible. Telegrafía para pedir un reemplazo, si es necesario.

Hummil se mostraba muy incómodo.

–Puedo esperar hasta, las lluvias –dijo Hummil, evasivo.
–No puedes. Telegrafía a la central para que envíen a Burkett.
–No lo haré. Si quieres saber de verdad por qué, Burkett está casado y su mujer acaba de tener un niño y está arriba, en Simia, por el fresco, y Burkett está en un buen puesto, que le permite ir a Simia de sábado a lunes. Esa pobrecita mujer no se encuentra del todo bien. Si Burkett fuese trasladado, ella procuraría seguirle. Si deja al niño, se morirá de preocupación. Si viene, y Burkett es uno de esos animalitos egoístas que siempre están hablando de que el lugar de la mujer está junto a su marido, se morirá. Es cometer un asesinato traer a una mujer hasta aquí ahora. Burkett no tiene la resistencia de una rata. Si viniese aquí, le perderíamos, y sé que ella no tiene dinero; además, estoy seguro de que también ella moriría. En cierto sentido, yo estoy vacunado y no tengo mujer. Espera hasta que lleguen las lluvias y entonces Burkett podrá adelgazar aquí, le vendrá muy bien.
–¿Quieres decir que te propones enfrentarte con... lo que te has enfrentado hasta que lleguen las lluvias?
–No será tan terrible, ahora que me has indicado el camino para salir de eso. Te puedo telegrafiar. Además, ahora que ya sé como meterme en el sueño, todo se arreglará. De todas formas, no puedo pedir un permiso. Eso es todo.
–¡Mi excelente escocés! Pensaba que toda esa clase de cosas estaba muerta y enterrada. ¡Bobadas! Tú harías lo mismo. Me siento como nuevo, gracias a esa cigarrera. Te vas al campamento ahora, ¿verdad?
–Sí, pero trataré de venir cada dos días, si puedo.
–No estoy tan mal como para eso. No quiero que te molestes. Dales a los culis ginebra y ketchup.
–¿O sea que te encuentras bien? Preparado para luchar por mi vida, pero no para quedarme al sol hablando contigo. En marcha, amigo, ¡y que Dios te bendiga!

Hummil giró sobre sus talones para enfrentarse con la desolación y los ecos de su bungalow, y lo primero que vio, de pie en la galería, fue su propia figura. Una vez, antes, había visto una aparición similar, en momentos en que estaba agobiado por el trabajo y agotado por el calor.

–Esto está muy mal –dijo, frotándose los ojos–. Si eso se aleja de mí de pronto, como un fantasma, sabré que lo único que ocurre es que mis ojos y mi estómago no van bien. Si camina..., he perdido la cabeza.

Se acercó a la figura que, naturalmente, se mantenía a una distancia invariable de él, como ocurre con todos los espectros que nacen del exceso de trabajo. El fantasma se deslizó a través de la casa para disolverse en manchas que nadaban en sus ojos, tan pronto como llegó la luz llameante del jardín. Hummil se ocupó de su trabajo hasta la noche. Cuando entró a cenar se encontró consigo mismo sentado ante la mesa. La visión se puso de pie y salió a toda prisa. Excepto en que no proyectaba sombra, era real en todos los demás rasgos. No hay persona viviente que sepa lo que esa semana reservó a Hummil. Un recrudecimiento de la epidemia mantuvo a Spurstow en el campamento, entre los culis, y todo lo que pudo hacer fue telegrafiar a Mottram, para pedirle que fuese al bungalow y durmiera allí. Pero Mottram estaba a cuarenta millas de distancia del telégrafo más cercano, y no supo nada de nada que no fuesen las necesidades de su tarea de topógrafo hasta que, a primera hora de la mañana del domingo, se encontró con Lowndes y Spurwtow, para dirigirse hacia el bungalow de Hummil y la reunión semanal.

–Espero que el pobre muchacho esté en mejores condiciones –dijo Mottram, desmontando en la puerta–. Supongo que no se ha levantado aún.
–Le echaré una mirada –dijo el médico–. Si está dormido no hay necesidad de despertarle. Y un instante más tarde, por el tono de la voz de Spurstow al pedirles que entrasen, los hombres supieron lo que había sucedido.

No había necesidad de despertarle. El punkah todavía se agitaba sobre la cama, pero Hummil había dejado esta vida al menos tres horas antes. El cuerpo yacía de espaldas, con los puños a los lados, tal como Spurstow lo había visto siete noches antes. En los ojos abiertos y fijos estaba escrito un terror que supera la capacidad de expresión de cualquier pluma. Mottram, que había entrado por detrás de Lowndes, se inclinó sobre el muerto y le rozó la frente con los labios.

–¡Oh, hombre de suerte, hombre de suerte! –susurró. Pero Lowndes había observado los ojos, y se apartó temblando hasta el extremo opuesto del cuarto. ¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho! Y la última vez que nos vimos me enfadé. Spurstow, tendríamos que haberle controlado. ¿Se ha...?
Con habilidad, Spurstow seguía investigando, para terminar con una búsqueda en toda la habitación.
–No, no lo ha hecho estalló–. No hay huellas de nada. Llamad a los sirvientes. Llegaron, era ocho o diez, murmurando y mirando uno por encima del hombro del otro.
–¿A qué hora se fue a la cama vuestro sahib? –dijo Spurstow.
–A las once o a las diez, creemos –dijo el sirviente personal de Hummil.
–¿Se encontraba bien a esa hora? Pero tú no puedes saberlo.
–No se le veía enfermo, tal como se entiende la palabra. Pero había dormido muy poco durante tres noches. Lo sé porque le vi caminando largo rato, sobre todo en medio de la noche.

Mientras Spurstow extendía la sábana, una gran espuela de caza, recta, cayó al suelo. El doctor gimió. El sirviente de Hummil observó el cuerpo.

–¿Qué piensas, Chuma? –dijo Spurstow al ver una expresión de la cara oscura.
–Hijo del cielo, en mi humilde opinión, el que era mi amo ha bajado a los Lugares Oscuros y allí quedó atrapado porque no pudo escapar tan rápido como es necesario. Tenemos la espuela como prueba de que luchaba contra el Terror. También he visto a hombres de mi raza hacer esto mismo con espinas, cuando les habían hechizado de modo que algo podía sorprenderles durante las horas de sueño, y no se atrevían a dormir.
–Chuma, eres tonto. Ve y prepara los sellos para ponerlos en las cosas del sahib.
–Dios ha hecho al hijo del cielo. Dios me ha hecho a mí. ¿Quiénes somos nosotros para preguntar por los designios de Dios?. Ordenaré a los otros sirvientes que se mantengan apartados mientras tú preparas la lista de los bienes del sahib. Son todos ladrones y querrán robar.
–Por lo que puedo deducir, ha muerto de..., oh, de cualquier cosa; paro cardíaco, golpe de calor o por alguna otra disposición divina –dijo Spurstow a sus compañeros–. Debemos hacer un inventario de sus efectos y demás cosas.
–Estaba muerto de terror –insistió Lowndes– ¡Mirad esos ojos! ¡Por piedad, no dejes que le entierren con los ojos abiertos!
–Fuera lo que fuese, ahora se ha librado de todos los problemas –dijo Mottram con suavidad.

Spurstow observaba los ojos abiertos.

–Venid –dijo–. ¿No véis algo allí?
–¡No puedo mirar! –sollozó Lowndes–. ¡Tápale la cara! ¿Cual es el miedo que puede haber en el mundo capaz de convertir a un hombre en algo así? Es horrible. ¡Oh, Spurstow, tápalo!
–Ningún miedo... en la tierra –dijo Spurstow.

Mottram se inclinó por encima del hombro de su amigo y miro con atencion.

–Lo único que veo es una mancha gris en las pupilas. Ya sabes que no puede haber nada allí.
–Así es. Bien, pensemos. Llevará medio día preparar cualquier clase de ataúd y debe de haber muerto hacia medianoche. Lowndes, amigo, ve fuera y diles a los culis que caven la tierra junto a la tumba de Jevins. Mottram, recorre la casa con Chuma y comprueba que se pongan los sellos en todas las cosas. Mándame un par de hombres aquí y yo me ocuparé del resto.

Cuando los sirvientes de brazos fornidos regresaron junto a los suyos, narraron una extraña historia acerca del sahib doctor que en vano había tratado de devolver la vida al amo mediante artes mágicas; por ejemplo, el sahib doctor, sosteniendo una cajita verde que hacía ruido delante de cada uno de los ojos del muerto, susurraba algo, desconcertado, antes de llevarse consigo la cajita verde.

El martillar resonante sobre la tapa de un ataúd no es algo agradable de oír, pero los que han pasado por la experiencia aseguran que es mucho más terrible el crujido suave de las sábanas, el roce repetido de las tiras de tela con que el que ha caído en el camino es preparado para su entierro, y se hunde poco a poco, mientras se deslizan las cuerdas, hasta que la forma amortajada toca el suelo, y no protestas por la indignidad de una ceremonia apresurada. A último momento, Lowndes se vio asaltado por escrúpulos de conciencia.

–¿Tienes que leer tú el servicio, del principio al fin? –dijo Spurstow- Pensaba hacerlo. Tú eres mi superior como funcionario. Hazlo tú, si quieres.
–No se me había pasado por la cabeza. Sólo he pensado que tal vez podría venir un capellán de alguna parte... Me ofrezco a ir a buscarle ahora adonde sea, para ofrecerle algo mejor al pobre Hummil. Eso es todo.
–¡Bobadas! –dijo Spurstow, mientras preparaba sus labios para decir las palabras tremendas que dan comienzo al oficio de difuntos.
Después del desayuno, fumaron una pipa en silencio, en memoria del muerto. Entonces Spurstow dijo, ausente: -No está en la ciencia médica.
–¿Qué?
–Lo de cosas en los ojos de un muerto.
–¡Por el amor de Dios, no hables de ese horror! –dijo Lowndes–. He visto morir de puro pánico a un nativo perseguido por un tigre. Yo sé qué es lo que ha matado a Hummil. ¡Qué sabes tú! Yo trataré de verlo –y el doctor se encerró en el cuarto de baño con una cámara Kodak. Después de unos minutos se oyó el ruido de algo que era destrozado a golpes y Spurstow reapareció, extremadamente pálido.
–¿Tienes la foto? –dijo Mottram–. ¿Qué se ve?
–Era imposible, claro. No tienes por qué mirar, Mottram. He destruido los negativos. No había nada. Era imposible.
–Eso –dijo Lowndes, subrayando las palabras, mientras observaba la mano temblorosa que luchaba por encender la pipa –es una condenada mentira. Mottram rió, incómodo.
–Spurstow lleva razón –dijo–. Los tres nos encontramos en tal estado que creíamos cualquier cosa. Por piedad, procuremos ser racionales.

No se habló durante largo rato. El viento caliente silbaba afuera y los árboles resecos sollozaban. Por fin, el tren diario, bronce reluciente, acero pulido y vapor a chorros, subió jadeante en medio del resplandor intenso.

–Será mejor que nos marchemos en el tren dijo Spurstow–. De vuelta al trabajo. He extendido el certificado. No podemos hacer nada más aquí, y el trabajo nos dará calma. Vamos.

Ninguno se movió. No es agradable viajar en tren en un mediodía de junio. Spurstow cogió su sombrero y su fusta y, desde la puerta, dijo:

-Es posible que haya cielo, y sin duda hay un infierno, aunque aquí está nuestra vida, por ventura, ¿no es así?

Ni Mottram ni Lowndes tenían respuesta para esa pregunta.




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Estrella de plata de Arthur Conan Doyle





Estoy viendo, Watson, que no tendré más remedio que ir -me dijo Holmes, cierta mañana, cuando estábamos desayunándonos juntos.

-¡Ir! ¿Adónde?

-A Dartmoor..., a King’s Pyland.

No me sorprendió. A decir verdad, lo único que me sorprendía era que no se encontrase mezclado ya en aquel suceso extraordinario, que constituía tema único de conversación de un extremo a otro de toda la superficie de Inglaterra Mi compañero se había pasado un día entero yendo y viniendo por la habitación, con la barbilla caída sobre el pecho y el ceño contraído, cargando una y otra vez su pipa del tabaco negro más fuerte, sordo por completo a todas mis preguntas y comentarios. Nuestro vendedor de periódicos nos iba enviando las ediciones de todos los periódicos a medida que salían, pero Holmes los tiraba a un rincón después de haberles echado una ojeada Sin embargo, a pesar de su silencio, yo sabía perfectamente cuál era el tema de sus cavilaciones. Sólo había un problema pendiente de la opinión pública que podía mantener en vilo su capacidad de análisis, y ese problema era el de la extraordinaria desaparición del caballo favorito de la Copa Wessex y del trágico asesinato de su entrenador.

Por eso, su anuncio repentino de que iba a salir para el escenario del drama correspondió a lo que yo calculaba y deseaba.

-Me seria muy grato acompañarle hasta allí, si no le estorbo -le dije.

-Me haría usted un gran favor viniendo conmigo, querido Watson. Y opino que no malgastará su tiempo, porque este suceso presenta algunas características que prometen ser únicas. Creo que disponemos del tiempo justo para tomar nuestro tren en la estación de Paddington. Durante el viaje entraré en más detalles del asunto. Me haría usted un favor llevando sus magníficos gemelos de campo.

Así fue como me encontré yo, una hora más tarde, en el rincón de un coche de primera clase, en route hacia Exeter, a toda velocidad, mientras Sherlock Holmes, con su cara, angulosa y ávida, enmarcada por una gorra de viaje con orejeras, se chapuzaba rápidamente, uno tras otro, en el paquete de periódicos recién puestos a la venta, que había comprado en Paddington. Habíamos dejado ya muy atrás a Reading cuando tiró el último de todos debajo del asiento, y me ofreció su petaca.

-Llevamos buena marcha -dijo, mirando por la ventanilla y fijándose en su reloj-. En este momento marchamos a cincuenta y tres millas y media por hora.

-No me he fijado en los postes que marcan los cuartos de milla

-le contesté.

-Ni yo tampoco. Pero en esta línea los del telégrafo están espaciados a sesenta yardas el uno del otro, y el cálculo es sencillo. ¿Habrá leído ya usted algo, me imagino, sobre ese asunto del asesinato de John Straker y de la desaparición de Silver Blaze?

-He leído lo que dicen el Telegraph y el Chronicle.

-Es éste uno de los casos en que el razonador debe ejercitar su destreza en tamizar los hechos conocidos en busca de detalles, más bien que en descubrir hechos nuevos. Ha sido ésta una tragedia tan fuera de lo corriente, tan completa y de tanta importancia, personal para muchísima gente, que nos vemos sufriendo de plétora de inferencias, conjeturas e hipótesis. Lo difícil aquí es desprender el esqueleto de los hechos..., de los hechos absolutos e indiscutibles..., de todo lo que no son sino arrequives de teorizantes y de reporteros. Acto continuo, bien afirmados sobre esta sólida base, nuestra obligación consiste en ver qué consecuencias se pueden sacar y cuáles son los puntos especiales que constituyen el eje de todo el misterio. El martes por la tarde recibí sendos telegramas del coronel Ross, propietario del caballo, y del inspector Gregory, que está investigando el caso. En ambos se pedía mi colaboración.

-¡Martes por la tarde! -exclamé yo-. Y estamos a jueves por la mañana... ¿Por qué no fue usted ayer?

-Pues porque cometí una torpeza, mi querido Watson..., y me temo que esto me ocurre con mucha mayor frecuencia de lo que creerán quienes sólo me conocen por las memorias que usted ha escrito. La verdad es que me pareció imposible que el caballo más conocido de Inglaterra pudiera permanecer oculto mucho tiempo, especialmente en una región tan escasamente poblada como esta del norte de Dartmoor. Ayer estuve esperando de una hora a otra la noticia de que había sido encontrado, y de que su secuestrador era el asesino de John Straker. Sin embargo, al amanecer otro día y encontrarme con que nada se había hecho, fuera de la detención del joven Fitzroy Sirnpson, comprendí que era hora de que yo entrase en actividad. Pero tengo la sensación de que, en ciertos aspectos, no se ha perdido el día de ayer.

-¿Tiene usted, según eso, formada ya su teoría?

-Tengo por lo menos dentro del puño los hechos esenciales de este asunto. Voy a enumerárselos. No hay nada que aclare tanto un caso como el exponérselo a otra persona, y si he de contar con la cooperación de usted, debo por fuerza señalarle qué posición nor sirve de punto de partida

Me arrellané sobre los cojines del asiento, dando chupadas a mi cigarro, mientras que Holmes, con el busto adelantado y marcando con su largo y delgado dedo índice sobre la planta de la mano los puntos que me detallaba, me esbozó los hechos que habían motivado nuestro viaje.

-Silver Blaze -me dijo- lleva sangre de Isonomv, y su historial en las pistas es tan lucido como el de su famoso antepasado. Está en sus cinco años de edad, y ha ido ganando sucesivamente todos los premios de carreras para su afortunado propietario, el coronel Ross. Hasta el momento de la catástrofe era el favorito de la Copa Wessex, estando las apuestas a tres contra uno a favor suyo. Es preciso tener en cuenta que este caballo fue siempre el archifavorito de los aficionados a las carreras, sin que nunca los haya defraudado; por eso se han apostado siempre sumas enormes a su favor, aun dando primas. De ello se deduce que muchísima gente estaba interesadísima en evitar que Silver Blaze se halle presente el martes próximo cuando se dé la señal de partida.

Como es de suponer, en King’s Pyland, lugar donde se hallan situadas las cuadras de entrenamiento del coronel, se tenía en cuenta ese hecho. Tomáronse toda clase de precauciones para guardar al favorito. John Straker, el entrenador, era un jokey retirado, que había corrido con los colores del coronel Ross antes que el excesivo peso le impidiese subir a la báscula. Cinco años sirvió al coronel como jokey, y siete de entrenador, mostrándose siempre un servidor leal y celoso. Tenía a sus órdenes tres hombres, porque se trata de unas cuadras pequeñas, en las que sólo se cuidaban en total cuatro caballos. Todas las noches montaba guardia en la cuadra uno de los hombres, mientras los otros dos dormían en el altillo. De los tres hay los mejores informes. John Straker, que era casado, vivía en un pequeño chalé situado a unas doscientas yardas de las cuadras. No tenía hijos, tenía un buen pasar y una criada. Las tierras circundantes no están habitadas; pero a cosa de media milla hacia el Norte se alza un pequeño grupo de chalés que han sido edificados por un contratista de Tavistok para cuantos, enfermos no, deseen disfrutar de los aires puros de Dartmoor. El pueblo mismo de Tavistok se halla situado a unas dos millas al Oeste; también a cosa de dos millas, pero cruzando los marjales, está la finca de entrenamiento de caballos de Capleton, propiedad de lord Backwater, regentada por Silas Brown. En todas las demás direcciones la región de marjales está completamente deshabitada, y sólo la frecuentan algunos gitanos trashumantes. Ahí tiene cuál era la situación el pasado lunes al ocurrir la catástrofe. Esa tarde, después de someterse a los caballos a ejercicio y de abrevarlos, como de costumbre, se cerraron las cuadras con llave, a las nueve. Dos de los peones se dirigieron entonces a la casa del entrenador, y allí cenaron en la cocina, mientras que el tercero, llamado Ned Hunter, se quedaba de guardia. Pocos minutos después de las nueve, la criada, Edith Baxter, le llevó a la cuadra su cena, que consistía en un plato de cordero con salsa fuerte. No le llevó líquido alguno para beber, porque en los establos había agua corriente y le estaba prohibido al hombre de guardia tomar ninguna otra bebida. La muchacha se alumbró con una linterna, porque la noche era muy oscura y tenía que cruzar por campo abierto.

Ya estaba Edith Baxter a menos de treinta yardas de las cuadras, cuando surgió de entre la oscuridad un hombre, que le dijo que se detuviese. Cuando el tal quedó enfocado por el círculo de luz amarilla de la linterna, vio la muchacha que se trataba de una persona de aspecto distinguido, y que vestía terno de mezclilla gris con gorra de paño. Llevaba polainas y un pesado bastón con empuñadura de bola Pero lo que impresionó muchísimo a Edith Baxter fue la extraordinaria palidez de su cara y lo nervioso de sus maneras. Su edad andaría por encima de los treinta, más bien que por debajo.

-¿Puede usted decirme dónde me encuentro? -preguntó él-. Estaba ya casi resuelto a dormir en el páramo, cuando distinguí la luz de su linterna.

-Se encuentra usted próximo a las cuadras de entrenamiento de King’s Pyland -le contestó ella.

-¿De veras? ¡Qué suerte la mía! -exclamó---. Me han informado de que en ellas duerme solo todas las noches uno de los mozos. ¿Es que acaso le lleva usted la cena? Dígame: ¿será usted tan orgullosa que desdeñe el ganarse lo que vale un vestido nuevo? --sacó del bolsillo del chakto un papel blanco, doblado, y agregó-: Haga usted que ese mozo reciba esto esta noche, y le regalaré el vestido más bonito que se puede comprar con dinero.

La mujer se asustó viendo la ansiedad que mostraba en sus maneras, y se alejó a toda prisa, dejándolo atrás, hasta la ventana por la que tenía la costumbre de entregar las comidas. Estaba ya abierta, y Hunter se hallaba sentado a la mesa pequeña que había dentro. Empezó a contarle lo que le había ocurrido, y en ese instante se presentó otra vez el desconocido.

-Buenas noches -dijo éste, asomándose a la ventana-. Deseo hablar con usted unas palabras.

La muchacha ha jurado que, mientras el hombre hablaba, vio que de su mano cerrada salía una esquina del paquetito de papel.

-¿A qué viene usted aquí? -le preguntó el mozo.

-A un negocio que le puede llenar con algo el bolsillo -le contestó el otro-. Usted tiene dos caballos que figuran en la Copa Wessex... Silver Blaze y Bayard. Déme datos exactos acerca de ellos, y nada perderá con hacerlo. ¿Es cierto que, a igualdad de peso, Bayard podría darle al otro cien yardas de ventaja en las mil doscientas, y que la gente de estas cuadras ha apostado su dinero a su favor?

-De modo que es usted uno de esos condenados individuos que venden informes para las carreras -exclamó el mozo de cuadra-. Le voy a enseñar de qué manera les servimos en King’s Pyland -se puso en pie y echo a correr hacia donde estaba el perro, para soltarlo.

La muchacha escapó a la casa; pero durante su carrera se volvió para mirar, y vio que el desconocido estaba apoyado en la ventana. Sin embargo, un instante después, cuando Hunter salió corriendo con el perro sabueso, el desconocido ya no estaba allí, y aunque el mozo de cuadra corrió alrededor de los edificios, no logró descubrir rastro alguno del mismo.

-¡Un momento! -dije yo-. ¿No dejaría el mozo de cuadra sin cerrar la puerta cuando salió corriendo con el perro?

-¡Muy bien preguntado, Watson, muy bien preguntado! -murmuró mi compañero-. Ese detalle me pareció de una importancia tal, que ayer envié un telegrama a Dartmoor con el exclusivo objeto de ponerlo en claro. El mozo cerró con llave la puerta antes de alejarse. Puedo agregar que la ventana no tiene anchura suficiente para que pase por ella un hombre.

Hunter esperó a que volviesen los otros mozos de cuadra, y entonces envió un mensaje al entrenador, enterándole de lo ocurrido. Straker se sobresaltó al escuchar el relato, aunque, por lo visto, no se dio cuenta exacta de su verdadero alcance. Sin embargo, quedó vagamente impresionado, y cuando la señora Straker se despertó, a la una de la madrugada, vio que su marido se estaba vistiendo. Contestando a las preguntas de la mujer, le dijo que no podía dormir, porque se sentía intranquilo acerca de los caballos, y que tenía el propósito de ir hasta las cuadras para ver si todo seguía bien. Ella le suplicó que no saliese de casa, porque estaba oyendo el tamborileo de la lluvia en las ventanas; pero no obstante las súplicas de la mujer, el marido se echó encima su amplio impermeable y abandonó la casa.

La señora Straker despertose a las siete de la mañana, y se encontró con que aún no había vuelto su marido. Se vistió a toda prisa, llamó a la criada y marchó a los establos. La puerta de éstos se hallaba abierta: en el interior, todo hecho un ovillo, se hallaba Hunter en su sillón, sumido en un estado de absoluto atontamiento. El establo del caballo favorito se hallaba vacío, y no había rastro alguno del entrenador.

Los dos mozos de cuadra que dormían en el altillo de la paja, encima del cuarto de los atalajes, se levantaron rápidamente. Nada habían oído durante la noche, porque ambos tienen el sueño profundo. Era evidente que Hunter sufría los efectos de algún estupefaciente enérgico. Y como no se logró que razonase, le dejaron dormir hasta que la droga perdiese fuerza, mientras los dos mozos y las dos mujeres salían corriendo a la busca de los que faltaban. Aún les quedaban esperanzas de que, por una razón o por otra, el entrenador hubiese sacado al caballo para un entrenamiento de primera hora. Pero al subir a una pequeña colina próxima a la casa, desde la que se abarcaba con la vista los páramos próximos, no solamente no distinguieron por parte alguna al caballo favorito, sino que vieron algo que fue para ellos como una advertencia de que se hallaban en presencia de una tragedia.

A cosa de un cuarto de milla de las cuadras, el impermeable de Job Straker aleteaba encima de una mata de aliagas. Al otro lado de las aliagas, el páramo formaba una depresión a modo de cuenco, y en el fondo de ella fue encontrado el cadáver del desdichado entrenador. Tenía la cabeza destrozada por un golpe salvaje dado con algún instrumento pesado, presentando además una herida en el muslo, herida cuyo corte largo y limpio, había sido evidentemente infligida con algún instrumento muy cortante. Sin embargo, veíase con claridad que Straker se había defendido vigorosamente contra sus asaltantes, porque tenía en su mano derecha un cuchillo manchado de sangre hasta la empuñadura, mientras que su mano izquierda aferraba una corbata de seda roja y negra, que la doncella de la casa reconoció como la que llevaba la noche anterior el desconocido que había visitado los establos.

Al volver en sí de su atontamiento. Hunter se expresó también de manera terminante en cuanto a quién era el propietario de la corbata. Con la misma certidumbre aseguró que había sido el mismo desconocido quien, mientras se apoyaba en la ventana, había echado alguna droga en su plato de cordero en salsa fuerte, privando de ese modo a las cuadras de su guardián.

Por lo que se refiere al caballo desaparecido, veíanse en el barro del fondo del cuenco fatal pruebas abundantes de que el animal estaba allí cuando tuvo lugar la pelea. Pero desde aquella mañana no se ha visto al caballo; y aunque se ha ofrecido una gran recompensa, y todos los gitanos de Dartmoor andan buscándolo, nada se ha sabido del mismo. Por último, el análisis de los restos de la cena del mozo de cuadras ha demostrado que contenían una cantidad notable de opio en polvo, dándose el caso de que los demás habitantes de la casa que comieron ese guiso aquella misma noche, no experimentaron ninguna mala consecuencia.

Esos son los hechos principales del caso, una vez despojados de toda clase de suposiciones y expuestos de la peor manera posible. Voy a recapitular ahora las actuaciones de la Policía en el asunto.

El inspector Gregory, a quien ha sido encomendado el caso, es un funcionario extremadamente competente. Si estuviera dotado de imaginación, llegaría a grandes alturas en su profesión. Llegado al lugar del suceso, identificó pronto, y detuvo, al hombre sobre quien recaían, naturalmente, las sospechas. Poca dificultad hubo en dar con él, porque era muy conocido en aquellos alrededores. Se llama, según parece, Fitzroy Simpson. Era hombre de excelente familia y muy bien educado, había dilapidado una fortuna en las carreras, y vivía ahora realizando un negocio callado y elegante de apuestas en los clubs deportivos de Londres. El examen de su cuaderno de apuestas demuestra que él las había aceptado hasta la suma de cinco mil libras en contra del caballo favorito.

Al ser detenido, hizo espontáneamente la declaración de que había venido a Dartrnoor con la esperanza de conseguir algunos informes acerca de los caballos de la cuadra de King’s Pyland, y también acerca de Deshoroiigh, segundo favorito, que está al cuidado de Silas Brown, en las cuadras de Capleton. No intentó negar que había actuado la noche anterior en la forma que se ha descrito, pero afirmó que no llevaba ningún propósito siniestro, y que su único deseo era obtener datos de primera mano. Al mostrársele la corbata se puso muy pálido, y no pudo, en manera alguna, explicar cómo era posible que estuviese en la mano del hombre asesinado. Sus ropas húmedas demostraban que la noche anterior había estado a la intemperie durante la tormenta, y su bastón, que es de los que llaman abogado de Penang, relleno de plomo, era arma que bien podía, descargando con el mismo repetidos golpes, haber causado las heridas terribles a que había sucumbido el entrenador.

Por otro lado, no mostraba el detenido en todo su cuerpo herida alguna, siendo así que el estado del cuchillo de Straker podía indicar que uno por lo menos de sus atacantes debía de llevar encima la señal del arma. Ahí tiene usted el caso, expuesto concisamente, Watson, y le quedaré sumamente agradecido si usted puede proporcionarme alguna luz.

Yo había escuchado la exposición que Holmes me había hecho con la claridad que es en él característica. Aunque muchos de los hechos me eran familiares, yo no había apreciado lo bastante su influencia relativa ni su mutua conexión.

-¿ Y no será posible -le dije- que el tajo que tiene Straker se lo haya producido con su propio cuchillo en los forcejeos convulsivos que suelen seguirse a las heridas en el cerebro?

-Es más que posible; es probable -dijo Holmes-. En tal caso, desaparece uno de los puntos principales que favorecen al acusado.

-Pero, aun con todo eso, no llego a comprender cuál puede ser la teoría que sostiene la Policía.

-Mucho me temo que cualquier hipótesis que hagamos se encuentre expuesta a objeciones graves -me contestó mi compañero-. Lo que la Policía supone, según yo me imagino, es que Fitzroy Simpson, después de suministrar la droga al mozo de cuadras, y de haber conseguido de un modo u otro una llave duplicada, abrió la puerta del establo y sacó fuera al caballo con intención, en apariencia, de mantenerlo secuestrado. Falta la brida del animal, de modo que Simpson debió de ponérsela. Hecho esto, y dejando abierta la puerta, se alejaba con el caballo por la paramera, cuando se tropezó o fue alcanzado por el entrenador. Se trabaron, como es natural, en pelea, y Simpson le saltó la tapa de los sesos con su bastón, sin recibir la menor herida producida por el cuchillito que Straker empleó en propia defensa; y luego, o bien el ladrón condujo el animal a algún escondite que tenía preparado, o bien aquel se escapó durante la pelea, y anda ahora vagando por los páramos. Así es como ve el caso la Policía, y por improbable que ésta parezca, lo son aún más todas las demás explicaciones. Sin embargo, yo pondré a prueba su veracidad así que me encuentre en el lugar de la acción. Hasta entonces, no veo que podamos adelantar mucho más de la posición en que estamos.

Iba ya vencida la tarde cuando llegamos a la pequeña población de Tavistock, situada, como la protuberancia de un escudo, en el centro de la amplia circunferencia de Dartmoor. Dos caballeros nos esperaban en la estación: era el uno hombre alto y rubio, de pelo y barba leonados y de ojos de un azul claro, de una rara viveza; el otro, un hombre pequeño y despierto, muy pulcro y activo, de levita y botines, patillitas bien cuidadas y monóculo. Este último era el coronel Ross, sportrnau muy conocido, y el otro, el inspector Gregorv, apellido que estaba haciéndose rápidamente famoso en la organización detectivesca inglesa.

-Me encanta que haya venido usted, señor Holmes -dijo el coronel-. El inspector aquí presente ha hecho todo lo imaginable; pero yo no quiero dejar piedra sin mover en el intento de vengar al pobre Straker y de recuperar mi caballo.

-¿No ha surgido ninguna circunstancia nueva? -preguntó Holmes.

-Siento tener que decirle que es muy poco lo que hemos adelantado -dijo el inspector-. Tenemos ahí fuera un coche descubierto, y como usted querrá, sin duda, examinar el terreno antes que oscurezca, podemos hablar mientras vamos hacia allí.

Un minuto después nos hallábamos todos sentados en un cómodo landó y rodábamos por la curiosa y vieja población del Devonshire. El inspector Gregory estaba pletórico de datos, y fue soltando un chorro de observaciones, que Holmes interrumpía de cuando en cuando con una pregunta o con una exclamación. El coronel Ross iba recostado en su asiento, con el sombrero echado hacia adelante, y yo escuchaba con interés el diálogo de los dos detectives. Gregory formulaba su teoría, que coincidía casi exactamente con la que Holmes había predicho en el tren.

-La red se va cerrando fuertemente en torno a Fitzroy Simpson

-dijo a modo de comentario-, y yo creo que él es nuestro hombre. No dejo por eso de reconocer que se trata de pruebas puramente circunstanciales, y que puede surgir cualquier nuevo descubrimiento que eche todo por tierra.

-¿Y qué me dice del cuchillo, de Straker?

-Hemos llegado a la conclusión de que se hirió él mismo al caer.

-Eso me sugirió mi amigo, el doctor Watson, cuando veníamos. De ser así, influiría en contra de Simpson.

-Sin duda alguna. A él no se le ha encontrado ni cuchillo ni herida alguna. Las pruebas de su culpabilidad son, sin duda, muy fuertes: tenía gran interés en la desaparición del favorito; recae sobre él la sospecha de haber narcotizado al mozo de cuadra; no hay duda de que anduvo a la intemperie durante la tormenta; iba armado de un pesado bastón, y se encontró su corbata en las manos del muerto. La verdad es que creo que poseemos material suficiente para presentarnos ante el Jurado.

Holmes movió negativamente la cabeza, y dijo:

-Un defensor hábil lo haría todo pedazos. ¿Para qué iba a sacar al caballo del establo? Si pretendía algún daño, ¿por qué no lo iba a hacer allí mismo? ¿Se le ha encontrado una llave duplicada? ¿Qué farmacéutico le vendió el opio en polvo? Sobre todo, ¿en qué sitio pudo esconder un caballo como éste, él, forastero en esta región? ¿Qué explicación ha dado acerca del papel que deseaba que la doncella hiciese llegar al mozo de cuadra?

-Asegura que se trataba de un billete de diez libras. Se le encontró en el billetero uno de esa suma. Pero las demás objeciones que usted hace no son tan formidables como parecen. Ese hombre no es ajeno a la región. Se ha hospedado por dos veces en Tavistock durante el verano. El opio se lo trajo probablemente de Londres. La llave, una vez que le sirvió para sus propósitos, la tiraría lejos. Quizá se encuentre el caballo en el fondo de alguno de los antiguos pozos de mina que hay en el páramo.

-¿Y qué me dice a propósito de la corbata?

-Confiesa que es suya, y afirma que la perdió. Pero ha surgido en el caso un factor nuevo, que quizá explique el que sacara al caballo del establo.

Holmes aguzó los oídos.

-Hemos encontrado huellas que demuestran que la noche del lunes acampó una cuadrilla de gitanos a una milla del sitio en donde tuvo lugar el asesinato. Los gitanos habían desaparecido el martes. Ahora bien: partiendo del supuesto de que entre los gitanos y Simpson existía alguna clase de concierto, ¿no podría ser que cuando fue alcanzado llevase el caballo a los gitanos, y no podría ser que lo tuviesen éstos?

-Desde luego que cabe en lo posible.

-Se está explorando el páramo en busca de estos gitanos. He hecho revisar también todas las cuadras y edificios aislados en Tavistock, en un radio de diez millas.

-Tengo entendido que muy cerca de allí hay otras cuadras de entrenamiento.

-Sí, y es ése un factor que no debemos menospreciar en modo alguno. Como su caballo Desborough es el segundo en las apuestas, tenían interés en la desaparición del favorito. Se sabe que Silas Brown, el entrenador, lleva apostadas importantes cantidades en la prueba, y no era, ni mucho menos, amigo del pobre Straker. Sin embargo, hemos registrado las cuadras, sin encontrar nada que pueda relacionarlo con los sucesos.

-¿Tampoco se ha descubierto nada que relacione a este Simpson con los intereses de las cuadras de Capleton?

-Absolutamente nada.

Holmes se recostó en el respaldo, y la conversación cesó. Unos minutos después nuestro cochero hizo alto junto a un lindo chalé de ladrillo rojo, de aleros salientes, que se alzaba junto a la carretera. A cierta distancia, después de cruzar un prado, vejase un largo edificio anexo de tejas grises. En todas las demás direcciones el páramo, de suaves ondulaciones y bronceado por los helechos en trance de mustiarse, dilatábase hasta la línea del horizonte, sin más interrupción que los campanarios de Tavistock y un racimo de casas, allá hacia el Oeste, que señalaba la situación de las cuadras de Capleton. Saltamos todos fuera del coche, a excepción de Holmes, que siguió recostado, con la mirada fija en el cielo que tenía delante, completamente absorto en sus pensamientos. Sólo cuando yo le toqué en el brazo dio un violento respingo y se apeó.

-Perdone -dijo, volviéndose hacia el coronel Ross, que se había quedado mirándole, algo sorprendido-. Estaba soñando despierto

-había en sus ojos cierto brillo y en sus maneras una contenida excitación que me convencieron, acostumbrado como estaba yo a sus actitudes, de que se había puesto sobre alguna pista, aunque no podía imaginar si la habría alcanzado.

-Quizá prefiera usted, señor Holmes, seguir directamente hasta la escena del crimen -dijo Gregory.

-Opto por quedarme unos momentos más aquí mismo y abordar una o dos cuestiones de detalle. Supongo que traerían aquí a Straker, ¿verdad?

-Sí, su cadáver está en el piso de arriba. Mañana tendrá lugar la investigación judicial.

-Llevaba algunos años a su servicio, ¿no es cierto, coronel Ross?

-Siempre vi en él a un excelente servidor.

-Dígame, inspector, harían ustedes, me imagino, un inventarío de todo cuanto tenía en los bolsillos al morir, ¿verdad?

-Si desea usted ver lo que se le encontró, tengo los objetos en el cuarto de estar.

-Me gustaría mucho.

Entramos en fila en la habitación delantera, y tomamos asiento en torno a una mesa central, redonda, mientras el inspector abría con llave un cofre cuadrado de metal y colocaba delante de nosotros un montoncito de objetos. Había una caja de cerillas vestas, un cabo de dos pulgadas de vela de sebo, una pipa A. D. P. de raíz de eglantina, una tabaquera de piel de foca que contenía media onza de Cavendish en hebra larga, un reloj de plata con cadena de oro, un lapicero de aluminio, algunos papeles y un cuchillo de mango de marfil y hoja finísirna, recta, con la marca «Weiss and Co. Londres».

-Este es un cuchillo muy especial -dijo Holmes, cogiéndolo y examinándolo minuciosamente-. Como advierto en él manchas de sangre, supongo que se trata del que se encontró en la mano del difunto. Watson, con seguridad que este cuchillo es de los de su profesión.

-Es de la clase que llamamos para cataratas -le contesté.

-Eso me pareció. Una hoja muy fina destinada a un trabajo muy delicado. Artefacto raro para ser llevado por un hombre que había salido a una expedición peligrosa, especialmente porque no podía meterlo cerrado en el bolsillo.

-La punta estaba defendida por un disco de corcho, que fue hallado junto al cadáver -dijo el inspector-. La viuda nos dijo que el cuchillo llevaba ya varios días encima de la mesa de tocador y que lo cogió al salir de la habitación. Como arma, valía poca cosa; pero fue quizá lo mejor de que pudo echar mano en ese momento.

-Es muy posible. ¿Y qué papeles son ésos?

-Tres de ellos son cuentas de vendedores de heno, con su recibí. Otro es una carta con instrucciones del coronel Ross. Y éste otro es una factura de un modista por valor de treinta y siete libras y quince chelines, extendida por madame "Lesurier" de Bond Street, a nombre de Wiliam Darbyshire. La señora Straker nos ha informado de que el tal Darbyshire era un amigo de su marido, y que a veces le dirigían aquí las cartas.

-Esta madame Darbyshire era mujer de gustos algo caros -comentó Holmes, mirando de arriba abajo la cuenta-. Veintidós guineas es un precio bastante elevado para un solo vestido ¡Ea!, por lo visto, ya no hay nada más que ver aquí, y podemos marchar hasta el lugar del crimen.

Cuando salíamos del cuarto de estar, se adelantó una mujer que había estado esperando en el pasillo, y puso su mano sobre la manga del inspector. Tenía el rostro macilento, delgado, ojeroso, con el sello de un espanto reciente.

-¿Les han echado ustedes ya mano? ¿Los han descubierto ustedes? -exclamó jadeante.

-No, señora Straker; pero el señor Holmes, aquí presente, ha venido de Londres para ayudarnos, y haremos todo cuanto esté a nuestro alcance.

Holmes le dijo:

-Señora Straker, estoy seguro de haber sido presentado a usted hará algún tiempo en Plymouth, durante una garden party.

-No, señor. Está usted equivocado.

-iVálgame Dios! Pues yo lo habría jurado. Llevaba usted un vestido de seda color tórtola, con guarniciones de pluma de avestruz.

-En mi vida he usado un vestido así -contestó la señora.

-Entonces ya no cabe duda -dijo Holmes.

Se disculpó y salió de la casa del inspector. Un. corto paseo a través del páramo nos llevó a la hondonada en que fue hallado el cadáver. Las aliagas de las que había sido colgado el impermeable se hallaban al borde mismo del hoyo.

-Tengo entendido que esa noche no hacía viento -dijo Holmes.

-En absoluto; pero llovía fuerte.

-En ese caso, el impermeable no fue arrastrado por el viento, sino colocado ahí deliberadamente.

-Sí; estaba extendido sobre las aliagas.

-Eso me interesa vivamente. Veo que el suelo está lleno de huellas. Sin duda que habrán pasado por aquí muchos pies desde la noche del lunes.

-Colocamos aquí al lado un trozo de estera, y ninguno de nosotros pisó fuera de ella.

-Magnífico.

-Traigo en este maletín una de las botas que calzaba ‘Straker, uno de los zapatos de Fitzroy Simpson y una herradura vieja de Silver Blaze.

-¡Mi querido inspector, usted se está superando a sí mismo! Holmes echó mano del maletín, bajó a la hondonada y colocó la estera más hacia el centro. Después, tumbado boca abajo, y apoyando la barbilla en las manos, escudriñó minuciosamente el barro pataleado que tenía delante.

-¡Hola! -dijo de pronto-. ¿Qué es esto?

Era una cerilla vesta, medio quemada y tan embarrada que a primera vista parecía una astillita de madera.

-No me explico cómo se me pasó por alto -dijo el inspector, con expresión de fastidio.

-Era invisible, porque estaba sepultada en el barro. Si yo la he descubierto, ha sido porque la andaba buscando.

-¡Cómo! ¿Que esperaba usted encontrarla?

-Creí que no era improbable.

Holmes sacó del maletín la bota y el zapato comparó las impresiones de ambos con las huellas que había en el barro. Trepó acto continuo al borde de la hondonada y anduvo a gatas por entre los helechos y los matorrales.

-Sospecho que no hay más huellas -dijo el inspector-. Yo he examinado muy minuciosamente el suelo en cien yardas a la redonda.

-¡De veras! -dijo Holmes, levantándose-. No habría cometido yo la impertinencia de volver a examinarlo, si usted me lo hubiese dicho. Pero, antes de que oscurezca, quiero darme un paseíto por los páramos, a fin de poder orientarme mañana, y me voy a meter esta herradura en el bolsillo, a ver si me da buena suerte.

El coronel Ross, que había dado algunas muestras de impaciencia ante el método tranquilo y sistemático de trabajar que tenía mi compañero, miró su reloj.

-Inspector, yo desearía que regresase usted conmigo -dijo-. Quisiera consultarle acerca de varios detalles, y especialmente sobre si no deberíamos borrar a nuestro caballo de la lista de inscripciones para la copa, mirando por las conveniencias del público.

-No haga semejante cosa -exclamó Holmes con resolución-. Yo, en su caso, dejaría el nombre en la lista.

El coronel se inclinó, y dijo:

-Me alegro muchísimo de que me haya dado su opinión. Cuando haya terminado su labor, nos encontrará en la casa del pobre Straker, y podremos ir juntos en coche a Tavistock.

Regresó con el inspector, mientras Holmes y yo avanzábamos despacio por el páramo. El sol empezaba a hundirse detrás de los edificios de las cuadras de Capleton, y la dilatada llanura que se extendía ante nosotros estaba como teñida de oro, que se ensombrecía, convirtiéndose en un vivo y rojizo color marrón, en los sitios donde los helechos y los zarzales captaban la luminosidad del atardecer.

-Por este lado, Watson -dijo, por fin, Holmes-. Dejemos de lado por el momento la cuestión de quién mató a Straker, y ciñámonos a descubrir el paradero del caballo. Pues bien; suponiendo que se escapó durante la tragedia o después de ésta, ¿hacia dónde pudo ir? Los caballos son animales de índole muy gregaria. Abandonado este nuestro a sus instintos, o bien regresaría a King’s Pyland o se dirigiría a Capleton. ¿Qué razón puede haber parra que lleve una vida selvática por los páramos? De haberlo hecho, con seguridad que alguien lo habría visto a estas horas. ¿Y qué razón hay también para que lo secuestren los gitanos? Esta gente se larga siempre de los lugares donde ha habido algún asunto feo, porque no quieren que la Policía les caiga encima con toda clase de molestias. Ni por asomos podían pensar en vender un caballo como éste. Correrían, pues, un grave peligro y no ganarían nada llevándoselo. Eso es evidente.

-¿Dónde está, pues, el caballo?

-He dicho ya que con seguridad marchó a King’s Pyland o a Capleton. Al no estar en King’s Pyland, tiene que estar en Capleton. Tomemos esto como hipótesis de trabajo, y veamos adónde nos lleva En esta parte del páramo, según hizo notar el inspetor, el suelo es muy duro y seco; pero forma pendiente en dirección a Capleton, y desde aquí mismo se distingue que hay, allá lejos, una hondonada alargada, que quizá estaba muy húmeda la noche del lunes. Si nuestra hipótesis es correcta, el caballo tuvo que cruzar esa hondonada, y es en ésta donde debemos buscar sus huellas.

Mientras hablábamos, habíamos ido caminando a buen paso, y sólo invertimos algunos minutos en llegar a la hondonada en cuestión. Yo, a petición de Holmes, tiré hacia la derecha, siguiendo citalud, y él tiró hacia la izquierda; no habría andado yo cincuenta pasos cuando le oí lanzar un grito, y vi que me llamaba con la mano. Las huellas del caballo se dibujaban con claridad en la tierra blanduzca que él tenía delante, y la herradura que sacó del bolsillo ajustaba exactamente en ellas.

-Vea usted qué valor tiene la imaginación -me dijo Holmes-. Es la única cualidad que le falta a Gregory. Nosotros nos imaginamos lo que pudo haber ocurrido, hemos actuado siguiendo esa suposición, y resultó que estábamos en lo cierto. Sigamos adelante.

Cruzamos el fondo pantanoso y entramos en un espacio de un cuarto de milla de césped seco y duro. Otra vez el terreno descendió en declive, y otra vez tropezamos con las huellas. Perdimos éstas por espacio de media milla, pero fue para volver a encontrarlas muy cerca ya de Capleton. El primero en verlas fue Holmes, y se detuvo para señalármelas con expresión de triunfo en el rostro. Paralelas a las huellas del caballo, veíanse las de un hombre.

-Hasta aquí el caballo venía solo -exclamó.

-Así es. El caballo venía solo hasta aquí. ¡Hola! ¿Qué es esto?

Las dobles huellas cambiaron de pronto de dirección, tomando la de King’s Pyland. Holmes dejó escapar un silbido, y los dos fuimos siguiéndolas. Los ojos de Holmes no se apartaban de las pisadas, pero yo levanté la vista para mirar a un lado, y vi con sorpresa esas mismas dobles huellas que volvían en dirección contraria.

-Un tanto para usted, Watson -dijo Holmes, cuando yo le hice ver aquello-. Nos ha ahorrado una larga caminata que nos habría traído de vuelta sobre nuestros propios pasos. Sigamos esta huella de retorno.

No tuvimos que andar mucho. La doble huella terminaba en la calzada de asfalto que conducía a las puertas exteriores de las cuadras de Capleton. Al ácercarnos, salió corriendo de las mismas un mozo de cuadra.

-Aquí no queremos ociosos -nos dijo.

-Sólo deseo hacer una pregunta -dijo Holmes, metiendo en el bolsillo del chaleco los dedos índice y pulgar-. ¿Será demasiado temprano para que hablemos con tu jefe, el señor Silas Brown, si acaso venimos mañana a las cinco de la mañana?

-¡Válgame Dios, caballero! Si alguno anda a esa hora por aquí, será él, porque es siempre el primero en levantarse. Pero, ahí lo tiene usted precisamente, y él podrá darle en persona la respuesta. De ninguna manera, señor, de ninguna manera; me jugaría el puesto si él me ve recibir dinero de usted. Si lo desea, démelo más tarde.

En el momento en que Sherlock Holmes metía de nuevo en el bolsillo la media corona que había sacado del mismo, avanzó desde la puerta un hombre entrado en años y de expresión violenta, que empuñaba en la mano un látigo de caza.

-¿Qué pasa, Dawson? -gritó- No quiero chismorreos. Vete a tu obligación. Ustedes..., ¿qué diablos quieren ustedes por acá?

-Hablar diez minutos con usted, mi buen señor -le contestó Holmes con la más meliflua de las voces.

-No tengo tiempo para hablar con todos los ociosos que aquí se presentan. Lárguense, si no quieren salir perseguidos por un perro.

Holmes se inclinó hacia adelante y cuchicheó algo al oído del entrenador. Este dio un respingo y se sonrojó hasta las sienes.

-¡Eso es un embuste! -gritó--. ¡Un embuste infernal!

-Perfectamente, pero ¿quiere que discutamos acerca de ello en público, o prefiere que lo hagamos en la sala de su casa?

-Bueno, venga conmigo, si así lo desea.

Holmes se sonrió, y me dijo:

-No le haré esperar más que unos minutos, Watson. ¡Ea! señor Brown, estoy a su disposición.

Antes de que Holmes y el entrenador reapareciesen pasaron sus buenos veinte minutos, y los tonos rojos se habían ido desvaneciendo hasta convertirse en grises. Jamás he visto cambio igual al que había tenido lugar en Silas Brown durante tan breve plazo. El color de su cara era cadavérico, brillaban sobre sus cejas gotitas de sudor, y le temblaban las manos de tal manera que el látigo de caza se agitaba lo mismo que una rama sacudida por el viento. Sus maneras valentonas y avasalladoras habían desaparecido por completo, y avanzaba al costado de mi compañero con las mismas muestras de zalamería de un perro a su amo.

-Serán cumplidas sus instrucciones. Serán cumplidas -le decía.

-No quiero equivocaciones -dijo Holmes, volviéndose a mirar; y el entrenador parpadeó al encontrarse con la mirada amenazadora de mi compañero.

-¡Oh, no, no las habrá! Estaré allí. ¿Quiere que lo cambie antes o después?

Holmes meditó un momento y de pronto rompió a reír.

-No, no lo cambie -dijo-. Le daré instrucciones por escrito a este respecto. Nada de trampas, o...

-¡Puede usted confiar en mí, puede usted confiar en mí!

-Usted actuará en ese día igual que si fuera suyo.

-Puede usted descansar en mí.

-Sí, creo que puedo hacerlo. Bueno, mañana sabrá usted de mí.

Holmes dio media vuelta, sin hacer caso de la mano temblorosa que el otro le tendió, y nos pusimos en camino para King’s Pyland.

-Rara vez he tropezado con una mezcla de fanfarrón, cobarde y reptil, como este maese Silas Brown -comentó Holmes, mientras caminábamos juntos a paso largo.

-Entonces es que el caballo lo tiene él, ¿verdad?

-Me vino con fanfarronadas queriendo hurtar el cuerpo, pero yo le hice una descripción tan exacta de todos los pasos que había dado aquella mañana, que ha acabado convenciéndose de que le estuve mirando. Usted, como es natural, se fijaría en que la puntera de las huellas tenía una forma cuadrada muy especial, y también se fijaría en que las de sus botas correspondían exactamente a la de las huellas. Además, como es natural, ningún subalterno se habría atrevido a semejante cosa. Le fui relatando cómo él, al levantarse el primero, según tenía por costumbre, vio que por el páramo vagaba un caballo solitario; que se dirigió hasta el lugar en que estaba el animal, y que reconoció con asombro, por la mancha blanca de la frente que dio al caballo favorito su nombre, que la casualidad ponía en sus manos el único caballo capaz de vencer al otro, por el que él había apostado su dinero. Acto continuo, le conté que su primer impulso había sido devolverlo a King’s Pyland, pero que el demonio le había hecho ver cómo podía ocultar el caballo hasta después de la carrera, y que entonces había vuelto sobre sus pasos y lo había escondido en Capleton. Al oír cómo yo le contaba todos los detalles, se dio por vencido, y solo pensó ya en salvar la piel.

-Pero se había realizado un registro en sus establos.

-Bueno, un viejo disfrazacaballos, como él, tiene muchas artimañas.

-Pero ¿no le da a usted miedo dejar el caballo en poder suyo, teniendo como tiene toda clase de intereses en hacerle daño?

-Mi querido compañero, ese hombre lo conservará con el mismo cuidado que a las niñas de sus ojos. Sabe que su única esperanza de que le perdonen es el presentarlo en las mejores condiciones.

-A mí no me dio el coronel Ross la impresión de hombre capaz de mostrarse generoso, haga él lo que haga.

-La decisión no está en manos del coronel Ross. Yo sigo mis propios métodos, y cuento mucho o cuento poco, según me parece. Es la ventaja de no actuar como detective oficial. No sé si usted habrá reparado en ello, Watson; pero la manera de tratarme el coronel fue un poquitín altanera. Estoy tentado en divertirme un poco a costa suya. No le hable usted nada acerca del caballo.

-Desde luego que no lo haré sin permiso de usted.

-Además, esto resulta un hecho subalterno si se compara con el problema de quién mató a John Straker. ¿A ese problema al que usted se va a dedicar?

-Todo lo contrario, ambos regresamos a Londres con el tren de la noche.

Las palabras de mi amigo me dejaron como fulminado. Llevábamos sólo algunas horas en Devonshire, y me resultaba totalmente incomprensible que suspendiese una investigación que tan brillante principio había tenido.

Ni una sola palabra más conseguí sacarle hasta que estuvimos de regreso en casa del entrenador. El coronel y el inspector nos esperaban en la sala.

-Mi amigo y yo regresamos a la capital con el expreso de medianoche -dijo Holmes-. Hemos podido respirar durante un rato el encanto de sus magníficos aires de Dartmoor.

El inspector puso tamaño ojos, el coronel torció desdeñosamente el labio.

-Veo que usted desespera de poder detener al asesino del pobre Straker -dijo el coronel.

Holmes se encogió de hombros, y dijo:

-Desde luego, existen graves dificultades para conseguirlo. Sin embargo, tengo toda clase de esperanzas de que su caballo tomará el martes la partida en la carrera, y yo le suplico tenga para ello listo a su jokey. ¿Podría pedir una fotografía del señor John Straker?

El inspector sacó una de un sobre que tenía en el bolsillo, y se la entregó a Holmes.

-Querido Gregory, usted se adelanta a todo lo que yo necesito. Si ustedes tienen la amabilidad de esperar aquí unos momentos, yo quisiera hacer una pregunta a la mujer de servicio.

-No tengo más remedio que decir que me ha defraudado bastante su asesor londinense -dijo el coronel Ross, ásperamente, cuando mi amigo salió de la habitación-. No veo que hayamos adelantado nada desde que él vino.

-Tiene usted por lo menos la seguridad que le ha dado de que su caballo tomará parte en la carrera.

-Sí, tengo la seguridad que él me ha dado -dijo el coronel, encogiéndose de hombros-. Preferiría tener mi caballo.

Iba yo a contestar algo en defensa de mi amigo, cuando éste volvió a entrar en la habitación.

-Y ahora, caballeros, estoy listo para ir a Tavistock -les dijo. Al subir al coche, uno de los mozos de cuadra mantuvo abierta la portezuela. De pronto pareció ocurrírsele a Holmes una idea, porque se echó hacia adelante y dio un golpecito al mozo en el brazo, diciéndole:

-Veo ahí, en el prado, algunas ovejas. ¿Quién las cuida?

-Yo las cuido, señor.

-¿No les ha pasado nada malo a estos animales durante los últimos tiempos?

-Verá usted, señor no ha sido cosa muy grave, pero el hecho es que tres de los animales han quedado mancos.

Me fijé en que la contestación complacía muchísimo a Holmes, porque se rió por lo bajo y se frotó las manos.

-¡Ahí tiene, Watson, un tiro de largo alcance, de alcance muy largo! -me dijo, pellizcándome el brazo-. Gregorv, permítame llamarle la atención sobre esta extraña epidemia de las ovejas. ¡Adelante, cochero!

El coronel Ross seguía mostrando en la expresión de su cara la pobre opinión que se había formado de las habilidades de mi compañero; pero en la del inspector pude ver que su interés se había despertado vivamente.

-¿Da usted importancia a ese asunto? -preguntó.

-Extraordinaria.

-¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?

-Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.

-El perro no intervino para nada.

-Ese es precisamente el incidente curioso -dijo como comentario Sherlock Holmes.

Cuatro días después estábamos de nuevo, Holmes y yo, en el tren, camino de Winchester, para presenciar la carrera de la Copa de Wessex. El coronel Ross salió a nuestro encuentro, de acuerdo con la cita que le habíamos dado, fuera de la estación, y marchamos en su coche de sport de cuatro caballos hasta el campo de carreras, situado al otro lado de la ciudad. La expresión de su rostro era de seriedad, y, sus maneras, en extremo frías.

-No he visto por parte alguna a mi caballo -nos dijo.

-Será usted capaz de conocerlo si lo ve, ¿no es así? -le preguntó Holmes.

Esto irritó mucho al coronel, que le contestó:

-Llevo veinte años dedicado a las carreras de caballos, y nadie me había hecho hasta ahora pregunta semejante. Cualquier niño seria capaz de reconocer a Silver Blaze por la mancha blanca de la frente y su pata delantera jaspeada.

-¿Y cómo van las apuestas?

-Ahí tiene usted lo curioso del caso. Ayer podía usted tomar apuestas a quince por uno, pero esta diferencia se ha ido reduciendo cada vez más y actualmente apenas se ofrece el dinero tres a uno.

-¿Ejem! -exclamó Holmes-. Es evidente que hay alguien que sabe algo.

Cuando nuestro coche se detuvo en el espacio cerrado, cerca de la tribuna grande, miré el programa para ver las inscripciones. Decía así:

COPA WESSEX

52 soberanos c. u., con 1.000 soberanos más, para caballos de cuatro y de cinco años. Segundo, 300 libras. Tercero, 200 libras.

Pista nueva (una milla y mil cien yardas).

1. The Negro, del señor Heath Newton (gorra encamada, chaquetilla canela).

2. Pugilist, del coronel Wardlaw (gorra rosa, chaquetilla azul y negra).

3. Desborouglz de lord Backwater (gorra amarilla y mangas ídem).

4. Silver Blaze, del coronel Ross (gorra negra y chaquetilla roja).

5. Iris, del duque de Balmoral (franjas amarillas y negras).

6. Rasper, de lord Singleford (gorra púrpura y mangas negras).

-Borramos al otro caballo nuestro y hemos puesto todas nuestras esperanzas en la palabra de usted -dijo el coronel-. ¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Silver Blaze favorito?

-Cinco a cuatro contra Silver Blaze -bramaba el ring-. ¡Cinco a cuatro contra Silver Blaze! ¡Quince a cinco contra Desborough! ¡Cinco a cuatro por cualquiera de los demás!

-Ya han levantado los números -exclamé---. Figuran allí los seis.

-¡Los seis! Entonces es que mi caballo corre -exclamó el coronel, presa de gran excitación-. Pero yo no lo veo. Mis colores no han pasado.

-Sólo han pasado hasta ahora cinco caballos. Será ese que viene ahí.

Mientras yo hablaba salió del pesaje un fuerte caballo bayo y cruzó por delante de nostros al trotecito, llevando a sus espaldas los bien conocidos colores negro y rojo del coronel.

-Ese no es mi caballo -gritó el propietario-. Ese animal no tiene en el cuerpo un solo cabello blanco. ¿Qué es lo que usted ha hecho, señor Holmes?

-Bueno, bueno; vamos a ver cómo se porta -contestó mi amigo, imperturbable. Estuvo mirando al animal durrante algunos minutos con mis gemelos de campo. De pronto gritó-: ¡Estupendo! ¡Magnífico arranque! Ahí los tenemos, doblando la curva.

Desde nuestro coche de sport los divisamos de manera magnífica cuando avanzaban por la recta. Los seis caballos marchaban tan juntos y apareados que habría bastado una alfombra para cubrirlos a todos; pero a mitad de la recta la saeta de Desborough perdió su fuerza, y el caballo del coronel, surgiendo al frente a galope, cruzó el poste de llegada, a unos eis cuerpos delante de su rival, mientras que Iris, del duque de Balmoral, llegaba tercero, muy rezagado.

-Sea como sea, la carrera es mía -jadeó el coronel, pasándose la mano por los ojos-. Confieso que no le veo al asunto ni pies ni cabeza. ¿No le parece, señor Holmes, que es hora ya de que usted desvele su misterio?

-Desde luego, coronel. Lo sabrá usted todo. Vamos juntos a echar un vistazo al caballo. Aquí lo tenemos -agregó cuando penetrábamos en el pesaje, recinto al que sólo tienen acceso los propietarios y sus amigos-. No tiene usted sino lavarle la cara y la pata con alcohol vínico, y verá cómo se trata del mismo querido Silver Blaze de siempre.

-¡Me deja usted sin aliento!

-Me lo encontré en poder de un simulador, y me tomé la libertad de hacerle correr tal y como me fue enviado.

-Mi querido señor, ha hecho usted prodigios. El aspecto del caballo es muy bueno. En su vida corrió mejor. Le debo a usted mil excusas por haber puesto en duda su habilidad. Me ha hecho un gran favor recuperando mi caballo. Me lo haría usted todavía mayor si pudiera echarle el guante al asesino de John Straker.

-Lo hice ya -contestó con tranquilidad Holmes.

El coronel y yo le miramos atónitos:

-¡Que le ha echado usted el guante! ¿Y dónde está?

-Está aquí.

-¡Aquí! ¿Dónde?

-En este instante está en mi compañía.

El coronel se puso colorado e irritado, y dijo:

-Señor Holmes, confieso cumplidamente que he contraído obligaciones con usted; pero eso que ha dicho tengo que mirarlo o como un mal chiste o como un insulto.

Sherlock Holmes se echó a reír, y contestó:

-Coronel, le aseguro que en modo alguno he asociado el nombre de usted con el crimen. ¡El verdadero asesino está detrás mismo de usted!

Holmes avanzó y puso su mano sobre eL reluciente cuello del pura sangre.

-¡E] caballo! -exclamarnos a una el coronel y yo.

-Sí, el caballo. Quizá aminore su culpabilidad si les digo que lo hizo en defensa propia, y que John Straker era un hombre totalmente indigno de la confianza de usted. Pero ahí suena la campana, y como yo me propongo ganar algún dinerillo en la próxima carrera, diferiré una explicación más extensa para otro momento más adecuado.

Aquella noche, al regresar en tren a Londres, dispusimos del rincón de un pullman para nosotros solos; creo que el viaje fue tan breve para el coronel Ross como para mí, porque lo pasamos escuchando el relato que nuestro compañero nos hizo de lo ocurrido en las cuadras de entrenamiento a Dartmoor, el lunes por la noche, y de los medios de que se valió para aclararlo.

-Confieso -nos dijo- que todas las hipótesis que yo había formado a base de las noticias de los periódicos resultaron completamente equivocadas. Sin embargo, había en esos relatos determinadas indicaciones, de no haber estado sobrecargadas con otros detalles que ocultaron su verdadero significado. Marché a Devonshire convencido de que Fitzroy Simpson era el verdadero culpable, aunque, como es natural, me daba cuenta de que las pruebas contra él no eran, ni mucho menos, completas.

Mientras íbamos en coche, y cuando ya estábamos a punto de llegar a la casa del entrenador, se me ocurrió de pronto lo inmensamente significativo del cordero en salsa fuerte. Quizá ustedes recuerden que yo estaba distraído, y que me quedé sentado cuando ya ustedes se apeaban. En ese instante me asombraba, en mi mente, de que hubiera yo podido pasar por alto una pista tan clara.

-Pues yo -dijo el coronel- confieso que ni aun ahora comprendo en qué puede servirnos.

-Fue el primer eslabón de mi cadena de razonamientos. El opio en polvo no es, en modo alguno. sustancia insípida. Su sabor no es desagradable, pero sí perceptible. De haberlo mezclado con cualquier otro plato, la persona que lo hubiese comido lo habría descubierto sin la menor duda, y es probable que no hubiese seguido comiendo. La salsa fuerte era exactamente el medio de disimular ese sabor. Este hombre desconocido, Fitzroy Simpson, no podía en modo alguno haber influido con la familia del entrenador para que se sirviese aquella noche esa clase de salsa, y llegaría a coincidencia monstruosa el suponer que ese hombre había ido, provisto de opio en polvo, la noche misma en que comían un plato capaz de disimular su sabor. Semejante caso no cabe en el pensamiento. Por consiguiente, Simpson queda eliminado del caso, y nuestra atención se centra sobre Straker y su esposa, que son las dos personas de cuya voluntad ha podido depender el que esa noche se haya cenado en aquella casa cordero con salsa fuerte. El opio fue echado después que se apartó la porción destinada al mozo de cuadra que hacía la guarda, porque los demás de la casa comieron el mismo plato sin que sufrieran las malas consecuencias. ¿Quién, pues, de los dos tuvo acceso al plato sin que la criada le viera?

Antes de decidir esta cuestión, había yo comprendido todo el significado que tenía el silencio del perro, porque siempre ocurre que una deducción exacta sugiere otras. Por el incidente de Simpson me había enterado de que en la casa tenían un perro, y, sin embargo, ese perro no había ladrado con fuerza suficiente para despertar a los dos mozos que dormían en el altillo, a pesar de que alguien había entrado y se había llevado un caballo. Era evidente que el visitante nocturno era persona a la que el perro conocía mucho.

Yo estaba convencido va, o casi convencido, de que John Straker había ido a las cuadras en lo más profundo de la noche y había sacado de ellas a Silver Blaze. ¿Con qué finalidad? Sin duda alguna que con una finalidad turbia, porque, de otro modo, ¿para qué iba a suministrar una droga estupefaciente a su propio mozo de cuadras? Pero yo no atinaba con qué finalidad podía haberlo hecho. Antes de ahora se han dado casos de entrenadores que han ganado importantes sumas de dinero apostando contra sus propios caballos, por medio de agentes y recurriendo a fraudes para impedirles luego que ganasen la carrera. Unas veces valiéndose del jockey, que sujetaba el caballo. Otras veces recurriendo a medios más seguros y más sutiles. ¿De qué medio pensaba servirse en esta ocasión? Yo esperaba encontrar en sus bolsillos algo que me ayudase a formar una conclusión.

Eso fue lo que ocurrió. Seguramente que ustedes no han olvidado el extraño cuchillo que se encontró en la mano del difunto, un cuchillo que ningún hombre en su sano juicio habría elegido para arma. Según el doctor Watson nos dijo, se trataba de una forma de cuchillo que se emplea en cirugía para la más delicada de las operaciones conocidas. También esa noche iba a ser empleado para realizar una operación delicada. Usted, coronel Ross, con la amplia experiencia que posee en asuntos de carreras de caballos, tiene que saber que es posible realizar una leve incisión en los tendones de la corva de un caballo, y que esa incisión se puede hacer subcutánea, sin que quede absolutamente ningún rastro. El caballo así operado sufre una pequeñísima cojera, que se atribuiría a un mal paso durante los entrenamientos o a un ataque de reumatismo, pero nunca a una acción delictiva.

-¡Canalla y miserable! -exclamó el coronel.

-Ahí tenemos la explicación de por qué John Straker quiso llevar el caballo al páramo. Un animal de tal vivacidad habría despertado seguramente al más profundo dormilón en el momento en que sintiese el filo del cuchillo. Era absolutamente necesario operar al aire libre.

-¡He estado ciego! -exclamó el coronel-. Naturalmente que para eso era para lo que necesitaba el trozo de vela, y por lo que encendió una cerilla.

-Sin duda alguna. Pero al hacer yo inventarío de las cosas que tenía en los bolsillos, tuve la suerte de descubrir, no sólo el método empleado para el crimen, sino también sus móviles.

Como hombre de mundo que es, coronel, sabe que nadie lleva en sus bolsillos las facturas pertenecientes a otras personas. Bastante tenemos la mayor parte de nosotros con pagar las nuestras propias. Deduje en el acto que Straker llevaba una doble vida, y que sostenía una segunda casa. La índole de la factura me demostró que andaba de por medio una mujer, - una mujer que tenía gustos caros. Aunque es usted generoso con su servidumbre, dificilmente puede esperarse que un empleado suyo esté en condiciones de comprar a su mujer vestidos para calle de veinte guineas. Interrogué a la señor Straker, sin que ella se diese cuenta, acerca de ese vestido. Seguro ya de que ella no lo había tenido nunca, tomé nota de la dirección de la modista, convencido de que visitándola con la fotografía de Straker podría desembarazarme fácilmente de aquel mito del señor Darbyshire.

Desde ese momento quedó todo claro. Straker había sacado el caballo y lo había llevado a una hondonada en la que su luz resultaría invisible para todos. Simpson, al huir, había perdido la corbata, y Straker la recogió con alguna idea, quizá con la de atar la pata del animal. Una vez dentro de la hondonada, se situó detrás del caballo, y encendió la luz; pero aquél, asustado por el súbito resplandor, y con el extraordinario instinto, propio de los animales, de que algo malo se le quería hacer, largó una coz, y la herradura de acero golpeó a Straker en plena frente. A pesar de la lluvia, Straker se había despojado ya de su impermeable para llevar a cabo su delicada tarea, y, al caer, su mismo cuchillo le hizo un corte en el muslo. ¿Me explico con claridad?

-¡Asornbroso! -exclamó el coronel-. ¡Asombroso! Parece que hubiera estado usted allí presente.

-Confieso que mi último tiro fue de larguísimo alcance. Se me ocurrió que un hombre tan astuto como Straker no se lanzaría a realizar esa delicada incisión de tendones sin un poco de práctica previa. ¿En qué animales podía ensayarse? Me fijé casualmente en las ovejas, e hice una pregunta que, con bastante sorpresa mía, me demostró que mi suposición era correcta.

-Señor Holmes, ha dejado usted las cosas completamente claras.

-Al regresar a Londres, visité a la modista, y ésta reconoció en el acto a Straker corno uno de sus buenos clientes, llamado Darbyshire, que tenía una esposa muy llamativa y muy aficionada a los vestidos caros. Estoy seguro de que esta mujer lo metió a él en deudas hasta la coronilla, y que por eso se lanzó a este miserable complot.

-Una sola cosa no nos ha aclarado usted todavía -exclamó el coronel-. ¿Dónde estaba el caballo?

-¡Ah! El caballo se escapó, y uno de sus convecinos cuidó de él. Creo que por ese lado debernos conceder una amnistía. Pero, si no estoy equivocado, estarnos ya en el empalme de Clapham, y llegaremos a la estación Victoria antes de diez minutos. Coronel, si usted tiene ganas de fumar un cigarro en nuestras habitaciones, yo tendré mucho gusto en proporcionarle cualquier otro detalle que pueda despertar su interés.





Arthur Conan Doyle ©
Cuentos de Sherlock Holmes

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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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