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Asnos estúpidos de Isaac Asimov






Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.



En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

Isaac Asimov © 




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La sonrisa del cyborg de Isaac Asimov





Johnson estaba rememorando del modo en que lo hacen los viejos y me habían advertido de que hablaría acerca de los cyborg -esas personas que cruzaron velozmente la escena de los negocios a comienzos de este siglo XXI nuestro. Aun así, había tomado una buena comida a su cargo y estaba listo para escuchar.

Y, como sucedió, fue la primera palabra que salió de su boca.

-Los cyborg -dijo- no estaban regulados en aquellos días. Hoy en día, su empleo está tan controlado que nadie puede obtener ningún beneficio de ellos, pero hace un tiempo... Uno de ellos hizo a esta compañía el negocio de diez mil millones de dólares que ahora es. Yo lo elegí, ¿sabe?

-Me dijeron que no duraron mucho -dije.

-No en esos días. Se extinguieron. Cuando uno agrega microchips en puntos clave del sistema nervioso, luego, en diez años a lo sumo, el cableado se funde, por así decirlo. Luego se retiraron... -una pequeña laguna- conformes, ¿sabe?

-Me extraña que alguien se sometiera a eso.

-Bueno, los idealistas estaban horrorizados, por supuesto, y es por eso que llegó la regulación, pero no fue tan malo para los cyborg. Solo ciertas personas podían hacer uso de los microchips ­cerca del ochenta por ciento de ellos eran varones, por alguna razón- y, para el tiempo en que estuvieron activos, vivieron vidas de magnates navieros. Después de eso, siempre recibieron el mejor de los cuidados... no diferente del que recibían los atletas de primera línea, después de todo; diez años de vida joven activa, y luego el retiro.

Johnson sorbió de su trago.

-Un cyborg no-regulado podía influenciar las emociones de otras personas, ¿sabe?, si estaban bien instalados los chips y tenían talento. Podían emitir juicios sobre la base de lo que percibían en otras mentes y podían reforzar algunos de los juicios que estaban haciendo los competidores, o despertarlos para bien de la compañía local. No era injusto. Las otras compañías tenían a sus propios cyborg haciendo lo mismo -suspiró-. Ahora, ese tipo de cosas es ilegal. Es una pena.

-Escuché que esa ilegal colocación de chips sigue haciéndose -le dije, confidente.

Johnson gruñó.

-Sin comentario -dijo, y lo dejé pasar-. Pero incluso hace treinta años -continuó-, las cosas estaban todavía a la vista de todos. Nuestra compañía era solo un punto insignificante en la economía global, pero habíamos localizados dos cyborg que deseaban trabajar para nosotros.

-¿Dos? Nunca antes escuché eso.

Johnson me miró ladinamente.

-Sí, nosotros lo arreglamos. No es ampliamente conocido en el mundo exterior, pero devino en un reclutamiento inteligente y eso era ligeramente -sólo una pizca- ilegal., incluso entonces. Por supuesto, no pudimos contratarlos a los dos. Conseguir que dos cyborg trabajen juntos es imposible. Son como los grandes maestros de ajedrez, supongo. Póngalos en la misma habitación y automáticamente se desafiarán mutuamente. Competirían continuamente, cada uno intentando influir y confutar al otro. No se detendrían -realmente no podrían- y se fundirían el uno al otro en seis meses. Varias compañías lo averiguaron, a gran costo, cuando los cyborg entraron en operación.

-Puedo imaginarlo -murmuré.

-De modo que ya que no podíamos tener a los dos, y solo a uno, queríamos al más poderoso, obviamente, y eso solo podía ser determinado oponiendo el uno al otro, sin permitir que se arruinaran. Me dieron a mí ese trabajo, y estaba bastante claro que si escogía a uno que, al final, resultara inadecuado, también sería mi final.

-¿Cómo lo hizo, señor?

Sabía que había tenido éxito, por supuesto. Una persona no puede convertirse en el presidente del consejo de una firma de nivel mundial por nada.

-Tuve que improvisar -dijo Johnson-. Primero, investigué a cada uno por separado. Los dos eran conocidos por sus códigos, para decir la verdad. Es esos días, sus verdaderas identidades tenían que estar ocultas. Un cyborg que se supiera que era un cyborg era medio inútil. Ellos eran C-12 y F-71 en nuestros registros. Ambos estaban al final de los veinte. C-12 no tenía compromisos; F-17 estaba comprometido para casarse.

-¿Casarse? -dije, un poco sorprendido.

-Por cierto. Los cyborg son humanos, y los cyborg masculinos son muy buscados por las mujeres. Es seguro que serán ricos y, cuando se retiren, sus fortunas estarán habitualmente bajo el control de sus esposas. Es un buen partido para una joven... Entonces los puse juntos, con la novia de F-71. Deseaba ansiosamente que ella fuera guapa, y lo era. Encontrarme con ella fue casi un impacto físico para mí. Era la mujer más hermosa que hubiera visto jamás, alta, de ojos oscuros, con una figura maravillosa, y apenas algo más que una insinuación de ardiente sexualidad.

Johnson pareció perderse en sus pensamientos por un momento, luego continuó.

-Le digo que tuve la fuerte inclinación de ganar a la mujer para mí mismo pero no era posible que cualquiera que tuviera un cyborg lo transfiriera a un simple ejecutivo novel, que es lo que yo era en esos días. Transferirse ella misma a otro cyborg sería otra cosa... y pude ver que C-12 estaba tan afectado como yo. No le podía quitar los ojos de encima. De modo que permití que las cosas evolucionaran para ver quién terminaba con la joven.

-¿Y quién fue, señor? -pregunté.

-Llevó dos días de intenso conflicto mental. Cada uno debía haber consumido un mes de sus vidas laborales, pero la joven salió con C-12 como su nuevo novio.

-Ah, entonces usted escogió a C-12 como el cyborg de la firma.

Johnson me miró fijo con desdeño.

-¿Está loco? No hice tal cosa. Elegí a F-71, por supuesto. Ubicamos a C-12 en una pequeña subsidiaria nuestra. No sería bueno para nadie más, ya que le conocíamos, ¿sabe?

-Pero, ¿me perdí de algo? Si F-71 perdió a su novia, y C-12 la ganó... seguramente C-12 era superior.

-¿Lo era? Los cyborg no muestran emociones en casos como este; no emociones obvias. Es necesario para los propósitos comerciales que los cyborg escondan su poder, de modo que la cara de póquer es una necesidad profesional para ellos. Pero yo estaba observando muy de cerca -mi propio trabajo estaba en riesgo- y, cuando C-12 salió con la mujer, noté una pequeña sonrisa en los labios de F-71, y me pareció que había un brillo de victoria en sus ojos.

-Pero perdió a su novia.

-¿No se le ocurre que quería perderla y que no sería fácil disimular su entrega? Tuvo que trabajar sobre C-12 para que la quisiera, y sobre la mujer para que quisiera ser querida... y lo hizo. Ganó.

Pensé sobre el asunto.

-Pero, ¿cómo pudo estar seguro? Si la mujer era tan guapa como dijo que era... si estaba radiante de sexualidad, seguramente F-71 habría querido retenerla.

-Pero F-71 estaba haciendo que ella se viera deseable -dijo Johnson con tono grave-. Apuntó a C-12, por supuesto, pero con tanta fuerza que el exceso fue suficiente para afectarme drásticamente. Después de que todo pasara, y que C-12 se quedara con ella, no estuve más bajo la influencia y pude ver que había algo duro y podrido en ella... una especie de brillo egoísta y depredador en sus ojos. De modo que escogí a F-71 inmediatamente y fue todo lo que podíamos desear. La firma está ahora donde usted ve, y soy el presidente del consejo.




Isaac Asimov © 





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El papel de tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman







No es nada habitual que gente corriente como John y yo alquile casas solariegas para el verano.

Una mansión colonial, una heredad... Diría que una casa encantada, y llegaría a la cúspide de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedir demasiado al destino!

De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella.

Si no, ¿por qué iba ser tan barato el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo desocupada?

John se ríe de mí, claro, pero es lo que se espera del matrimonio.

John es sumamente práctico. No tiene pacien­cia con la fe, la superstición le produce un horror intenso, y se burla abiertamente en cuanto oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver y reducir a cifras.

John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo sólo para mí, y con gran alivio por mi parte), es posible, digo, que ése sea el motivo de que no me cure más deprisa.

¡Es que no se cree que esté enferma!

¿Y qué se le va a hacer?

Si un médico de prestigio, que además es tu marido, asegura a los amigos y a los parientes que lo que le pasa a su mujer no es nada grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?

Mi hermano, que también es un médico de prestigio, dice lo mismo.

O sea, que tomo no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro aire fresco, y hago ejer­cicio, y tengo terminantemente prohibido «traba­jar» hasta que vuelva a encontrarme bien.

Personalmente disiento de sus ideas.

Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien.

Pero ¿qué se le va a hacer?

Durante una temporada sí que escribí, a pesar de lo que dijeran; pero es verdad que me agota bastante. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme...

A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar.

Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.

¡Qué maravilla de finca! Es bastante solitaria, apartada de la carretera, a sus buenos cinco kiló­metros del pueblo. Me recuerda esas casas ingle­sas que salen en los libros, porque tiene setos, muros y verjas que se cierran con candado, y muchas casitas desperdigadas para los jardineros y la gente.

¡Además tiene un jardín que es una preciosi­dad! No lo he visto igual en mi vida: grande, con mucha sombra, cruzado por caminitos con boj en los bordes, y en todas partes hay pérgolas largas, con parras y asientos debajo.

También había invernaderos, pero están todos rotos.

Tengo entendido que hubo problemas legales, una cuestión de herederos y coherederos; el caso es que lleva años vacía.

Me temo que eso da al traste con lo del fantas­ma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo noto.

Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que notaba era corriente de aire, y cerró la ventana. ¡Corriente de aire!

A veces me enfado con John sin motivo. Estoy más sensible que antes, eso seguro. Yo creo que es por mi problema de nervios.

Pero John dice que si pienso eso me olvidaré de controlarme como es debido; así que hago esfuerzos por controlarme, al menos en su presen­cia, cosa que me cansa mucho.

No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana y unas colgaduras de chintz anticuadas que eran una preciosidad; pero John se negó en redondo.

Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no daba para dos camas y que tampoco había nin­gún otro dormitorio cerca para que se instalara él.

Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.

Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una mezquina y una desagra­decida por no valorarlo más.

Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría reposo absoluto y todo el aire que se puede respirar. «El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño –dijo–, y lo que comas, en cierto modo, de tu apetito, pero el aire lo puedes absorber en todo momento.» En definitiva, que nos instalamos en el cuarto de los niños, el más alto de la casa.

Es una habitación grande y aireada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas a todos los flancos, y aire y sol a raudales. Por lo que se ve empezó siendo cuarto de los niños, luego sala de juegos y al final gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños, y en las paredes anillas y otras cosas.

Es como si la pintura y el papel de pared estu­vieran gastados por todo un colegio. Está arrancado (el papel) a trozos grandes alrededor del cabe­zal de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel más feo.

Uno de esos diseños vistosos y exagerados que cometen todos los pecados artísticos habidos y por haber.

Es lo bastante soso para confundir al ojo que lo sigue, lo bastante pronunciado para irritar constantemente e incitar a su examen, y cuando sigues un rato las líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exage­rados y se destruyen a sí mismas en contradiccio­nes inconcebibles.

El color es repelente, casi repugnante: un ama­rillo chillón y sucio, desteñido de manera rara por la luz del sol, que se desplaza lentamente.

En algunas partes se convierte en un naranja paliducho y desagradable, y en otras coge un tono verdoso repelente.

¡No me extraña que no les gustara a los niños! Yo, si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría.

Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.

Llevamos dos semanas en la casa y desde el primer día no he vuelto a tener ganas de escribir.

Estoy sentada al lado de la ventana, en este cuarto de los niños que es una atrocidad, y nada me impide explayarme todo lo que quiera, como no sea la falta de fuerzas.

John se pasa el día fuera, y hasta hay noches en que tiene casos graves y se queda.

¡Me alegro de que no lo sea el mío!

Aunque estos problemas de nervios son lo más deprimente que hay.

John no sabe lo que sufro. Sabe que no hay «motivo» para sufrir, y con eso le basta.

Claro que sólo son nervios. ¡Me agobian tanto que dejo de hacer lo que tendría que hacer!

¡Yo que tenía tantas ganas de ayudar a John, de servirle de descanso y de consuelo, y aquí estoy, tan joven y convertida en una carga!

Nadie se creería el esfuerzo que representa lo poco que puedo hacer: vestirme, recibir visitas y hacer pedidos.

Suerte que Mary tiene tanta maña con el bebé. ¡Qué monada de criatura!

Pero no puedo, no puedo estar con él. ¡Me pongo tan nerviosa...!

Supongo que John no habrá estado nervioso en toda su vida. ¡Cómo se ríe de mí por el papel de pared!

Al principio quiso poner uno nuevo, pero luego dijo que estaba dejando que me obsesiona­ra, y que para una enferma de los nervios no hay nada peor que ceder a esa clase de fantasías.

Dijo que una vez puesto un papel nuevo pasaría lo mismo con la cama, tan maciza, y luego con los barrotes de las ventanas, y luego con la reja que hay al final de la escalera, y que se con­vertiría en el cuento de nunca acabar.

–Tú sabes que este sitio te sienta bien –dijo–, y francamente, cariño, no pienso reformar la casa sólo para un alquiler de tres meses.

–Pues vamos abajo –dije yo–. Abajo hay dor­mitorios muy bonitos.

Entonces me tomó en brazos y me llamó tonti­ta. Dijo que si se lo pedía yo bajaría al sótano, y hasta lo encalaría.

De todas maneras tiene razón con lo de las camas, las ventanas y el resto.

Es una habitación tan aireada y cómoda que más no se puede pedir. Lógicamente, no voy a ser tan tonta como para incomodar a John por un simple capricho.

La verdad es que me estoy encariñando con el dormitorio. Con todo menos con ese papel tan horrible.

Por una ventana se ve el jardín, las misteriosas pérgolas con su sombra impenetrable las flores de otra época, creciendo por todas partes, los arbustos los árboles nudosos...

Por otra tengo una vista encantadora de la bahía, y de un embarcadero pequeño, privado, que pertenece a la casa. Se baja por un caminito precioso, con mucha sombra. Siempre me imagi­no que veo gente caminando por todos esos cami­nos y pérgolas, pero John me ha avisado de que no alimente fantasías. Dice que con la imagina­ción que tengo, y con mi costumbre de inventarme cosas, una debilidad nerviosa como la mía sólo puede desembocar en toda clase de fantasías desbordantes, y que debería usar mi fuerza de voluntad y mi sentido común para controlar esa tendencia. Es lo que intento.

A veces pienso que si tuviera fuerzas para escribir un poco se aligeraría la presión de las ideas, y podría descansar.

Pero cada vez que lo intento me doy cuenta de que me canso mucho.

¡Desanima tanto que nadie me aconseje ni me haga compañía en mi trabajo! John dice que cuando me ponga bien del todo invitaremos varios días al primo Henry y a Julia; pero dice que en este momento preferiría ponerme petardos en el cojín que dejarme en una compañía tan esti­mulante.

Ojalá me curara más deprisa.

Pero no tengo que pensarlo. ¡Me da la impre­sión de que este papel «sabe» la mala influencia que tiene!

Hay una zona recurrente donde el dibujo se dobla como un cuello roto, y te miran dos ojos saltones puestos al revés.

Es tan impertinente, tan pertinaz, que me pone furiosa. Se repite hacia arriba, hacia abajo, de lado, y por todas partes aparecen esos ojos ridícu­los, mirándome sin pestañear. Hay un sitio donde no encajan bien dos rollos, y los ojos se repiten de arriba a abajo, uno más alto que el otro.

Nunca había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y ya se sabe lo expresivas que son! De niña me quedaba despierta en la cama, y saca­ba más diversión y más miedo de una pared en blanco o de un mueble normal y corriente que la mayoría de los niños en una tienda de juguetes.

Aún me acuerdo de la simpatía con que me guiñaban el ojo los tiradores de nuestro escritorio antiguo, y había una silla a la que siempre tuve por una amiga fiel.

Me parecía que si alguna de las demás cosas tenía un aspecto demasiado amenazador siempre podía subirme a la silla y ponerme a salvo.

Lo peor que puede decirse del mobiliario de esta habitación es que le falta armonía, porque tuvimos que subirlo de la planta baja. Supongo que cuando servía de sala de juegos tuvieron que quitar todo lo de cuando eran pequeños los niños. ¡No me extraña! Nunca he visto unos destrozos como los que hicieron aquí los chavales.

Ya he dicho que el papel de pared está arrancado en varios sitios, y eso que estaba bien pegado. Además de odio debían de tener perseverancia.

El suelo, además, está cubierto de rayas, agu­jeros y trozos desprendidos. Hasta el yeso tiene algún que otro boquete, y esta cama tan grande y pesada, que es lo único que encontramos en la habitación, parece salida de una guerra.

Pero a mí me da igual. Sólo me molesta el papel.

Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es, y qué bien me trata! Que no me encuentre escri­biendo.

Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convenci­da de que para ella estoy enferma porque escribo!

Pero cuando no está puedo seguir escribiendo, y estas ventanas hacen que la vea de muy lejos.

Hay una que da a la carretera, una carretera muy bonita y con muchas curvas. Otra tiene vis­tas al campo. También es bonita, lleno de olmos frondosos, y de prados aterciopelados.

Este papel de pared tiene una especie de dibu­jo secundario en otro color; es de lo más irritante, porque sólo se ve cuando la luz entra de según qué manera y ni siquiera así queda nítido.

Pero en las partes donde no se ha descolorido y donde da el sol así... Veo una especie de figura extraña, provocadora, amorfa, algo que parece acechar por detrás de ese dibujo principal tan tonto y llamativo.

¡Ya sube la hermana!

¡Bueno, pues ya ha pasado el cuatro de julio! Se han marchado todos y estoy agotada. John pensó que me iría bien ver a gente, y por eso hemos tenido a mamá, a Nellie y a los niños durante una semana.

Yo no he hecho nada, claro. Ahora se ocupa Jennie de todo.

Pero igualmente me he cansado.

John dice que si no mejoro más deprisa me enviará en otoño a ver al doctor Weir Mitchell.

Yo no quiero ir por nada del mundo. Una vez fue a verlo una amiga y dice que es igual que John y que mi hermano, sólo que peor.

Además, un viaje tan largo son palabras mayores.

Tengo la sensación de que no vale la pena esforzarse por nada, y es horrible lo nerviosa y quejica que me estoy poniendo.

Lloro por nada, y me paso casi todo el día llo­rando.

Cuando está John no lloro, claro, ni con él ni con nadie, pero cuando estoy sola sí.

Y últimamente paso mucho tiempo sola. A menudo John se queda en la ciudad por casos gra­ves, y Jennie, que es buena, me deja sola siempre que se lo pido.

Entonces paseo un poco por el jardín o por aquel caminito tan simpático, o me siento en el porche debajo de las rosas, y paso bastante tiem­po estirada aquí arriba.

Me está gustando mucho el dormitorio, a pesar del papel de pared. O puede que a causa de él...

¡Lo tengo tan metido en la cabeza!

Me quedo estirada en esta cama enorme e imposible de mover (yo creo que está clavada al suelo), y me paso horas siguiendo el dibujo. Va tan bien como hacer gimnasia, en serio. Por ejem­plo: empiezo por la base, en aquella esquina donde no lo han arrancado, y me comprometo por enésima vez a seguir ese dibujo absurdo hasta lle­gar a algún tipo de conclusión.

Algo sé de los principios del diseño, y veo que este dibujo no sigue ninguna ley de radiación, alternancia, repetición, simetría o cualquier otro principio que conozca yo.

Se repite en cada rollo, lógicamente, pero en nada más.

Según cómo se mire, cada rollo es indepen­diente, y las pomposas curvas y adornos (una especie de «románico degenerado» con delirium tremens) suben y bajan torpemente en columnas aisladas y fatuas.

En cambio, visto de otra manera se conectan en diagonal, y la proliferación de líneas crea grandes oleadas de horror óptico, como una vasta extensión de algas movidas por la corriente.

También funciona en sentido horizontal, o al menos lo parece. Me esfuerzo tanto en distinguir el orden que sigue en esa dirección que acabo cansada.

Pusieron un rollo en horizontal, a modo de friso. Parece mentira lo que ayuda eso a compli­carlo todavía más.

Hay una esquina de la habitación donde está casi intacto, y cuando ya no se cruzan los rayos de sol y le da directamente la luz del atardecer casi me parece que sí que hay radiación. Los interminables grotescos dan la impresión de originarse en un centro común, y de salir todos despe­didos con el mismo enloquecimiento.

Me cansa seguirlo con la vista. Me parece que voy a echar una cabezadita.

No sé por qué escribo esto.

No quiero escribirlo.

No me siento capaz.

Además, sé que a John le parecería absurdo. ¡Pero de alguna manera tengo que decir lo que siento y lo que pienso! ¡Es un alivio tan grande...!

Aunque el esfuerzo está siendo más grande que el alivio.

Ahora me paso la mitad del tiempo con una pereza horrible, y me tiendo con mucha fre­cuencia.

John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tóni­cos a mansalva y no sé qué más; y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne poco hecha.

¡Qué bueno es John! Me quiere mucho, y no le gusta nada que esté enferma. El otro día intenté hablar con él en serio y contarle las ganas que tengo de que me deje salir y hacer una visita al primo Henry y Julia.

Pero dijo que no estaba en condiciones de hacer el viaje, ni de resistirlo una vez ahí; y yo no me defendí demasiado bien, porque antes de aca­bar ya estaba llorando.

Me está costando mucho razonar. Supongo que será por los nervios.

Y el bueno de John me tomó en brazos, me llevó arriba, me puso en la cama y me leyó hasta que se me cansó la cabeza.

Dijo que yo era la niña de sus ojos, su consue­lo, lo único que tenía en el mundo; que tengo que cuidarme por él, y ponerme bien.

Dice que de esto sólo puedo salir yo misma; que tengo que usar mi voluntad y mi autocontrol, y no dejarme vencer por fantasías tontas.

Una cosa me consuela: el bebé está bien de salud y contento, y no tiene que estar en este espantoso cuarto de los niños, con su horrendo papel de pared.

¡Si no lo hubiéramos usado nosotros habría sido para el pobre niño! ¡Qué suerte habérselo ahorrado! Ni muerta dejaría yo que un hijo mío, una cosita tan impresionable, viviera en una habi­tación así.

Es la primera vez que lo pienso, pero a fin de cuentas es una suerte que John me dejara aquí. Lo digo porque puedo soportarlo mucho mejor que un bebé.

Claro que ahora ya no se lo comento a nadie. ¡Tan tonta no soy! Pero sigo observándolo.

En ese papel hay cosas que sólo sé yo; cosas que no sabrá nadie más.

Cada día se destacan más las formas impreci­sas que hay detrás del dibujo principal.

Siempre es la misma forma, sólo que muy repetida.

Y es como una mujer agachada, arrastrándose detrás del dibujo. No me gusta nada. Me pregunto si... Empiezo a pensar... ¡Ojalá que John se me llevase de aquí!

Es muy difícil hablar con John de mi caso, porque es tan listo, y me quiere tanto...

De todos modos anoche lo intenté.

Había luna. La luna entra por todos los lados, igual que el sol.

Hay veces en que odio verla; va subiendo muy poco a poco, y siempre entra por alguna de las ventanas.

John dormía, y como no me gusta despertarlo me quedé quieta y miré la luz de la luna sobre el papel de pared ondulante, hasta que me entró miedo.

Parecía que la figura borrosa de detrás sacu­diera el dibujo, como si quisiera salir.

Me levanté sigilosamente y fui a tocar el papel, a ver si era verdad que se movía. Cuando volví, John estaba despierto.

–¿Qué te pasa, criatura? –dijo–. No te pasees así, que te resfriarás.

Me pareció buen momento para hablar. Le dije que aquí no mejoro nada, y que tenía ganas de que se me llevara a otra parte.

–¡Pero cariño! –contestó–. Nos quedan tres semanas de alquiler, y no se me ocurre ninguna manera de marcharnos antes.

»En casa aún no están hechas las reparaciones, y no puedo marcharme de la ciudad así como así. Si corrieras peligro lo haría, por supuesto, pero la cuestión es que estás mejor, amor mío, aunque tú no te des cuenta. Soy médico, cariño, y sé lo que me digo. Estás ganando peso y color, y tu apetito mejora. La verdad es que estoy mucho más tran­quilo que antes.

–No peso ni un gramo más –dije–; al revés. ¡Y puede que mi apetito haya mejorado por las noches, cuando estás tú, pero por la mañana, cuando te vas, está peor!

–¡Pobre cielito mío! –dijo John, abrazándome con fuerza–. ¡Te dejo estar todo lo enferma que quieras! Pero a ver si ahora aprovechamos para dormir. Ya hablaremos mañana por la mañana.

–¿O sea, que no quieres marcharte? –pregunté con voz triste.

–¿Cómo quieres que me vaya, mi vida? Tres semanitas más y saldremos de viaje unos días, mientras Jennie acaba de preparar la casa. Estás mejor, cariño. Hazme caso.

–Físicamente puede que sí... –empecé a decir; pero me quedé a media frase, porque John se incorporó y me dirigió una mirada tan seria y car­gada de reproche que no fui capaz de seguir hablando.

–Cariño –dijo–, te ruego por mi bien y el de nuestro hijo, además del tuyo, que no dejes que se te meta esa idea en la cabeza ni un segundo. Para un carácter como el tuyo no hay nada más peligroso. Ni más fascinante. Es una idea falsa, además de tonta. ¿No te fías de mi palabra de médico?

Yo, como es lógico, no dije nada más al res­pecto. Tardamos poco en acostarnos. John creyó que había sido la primera en dormirme, pero era mentira. Me quedé despierta varias horas, tratando de decidir si el dibujo principal y el de detrás se movían juntos o separados.

*- *- *

En un dibujo de esta clase, a la luz del sol, hay una falta de secuencia, un desafío a las leyes, que produce irritación constante en un cerebro normal.

El color de por sí ya es bastante repulsivo, bastante inestable y bastante exasperante, pero el dibujo es una tortura.

Te parece que lo tienes dominado, pero justo cuando lo sigues sin perderte da una voltereta hacia atrás y se acabó lo que se daba. Te pega un bofetón, te tira al suelo y te pisotea. Es como una pesadilla.

El dibujo principal es un arabesco recargado, que recuerda a un hongo. Hay que imaginarse una seta con articulaciones, una ristra interminable de setas, brotando en circunvoluciones que no se acaban nunca. Es algo así.

¡Pero sólo a veces!

Este papel tiene una peculiaridad muy marcada, algo que por lo visto sólo noto yo: que cambia con la luz.

Cuando entra el sol de lleno por la ventana del este (yo siempre vigilo la aparición del primer rayo), cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.

Por eso siempre lo observo.

A la luz de la luna (cuando hay luna entra luz toda la noche) no me parece el mismo papel.

¡De noche, sea cual sea la fuente de luz (el crepúsculo, una vela, la lámpara o la luz de la luna, que es la peor), se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo principal, y la mujer de detrás se ve con absoluta claridad.

Tardé bastante en reconocer lo que se ve detrás, ese dibujo secundario tan impreciso, pero ahora estoy segura de que es una mujer.

A la luz del día está borrosa, inmóvil. Yo creo que no se mueve por el dibujo principal. ¡Es tan desconcertante...! Yo, mirándolo, me quedo horas sin moverme.

Últimamente paso mucho tiempo estirada. John dice que me conviene, y que tengo que dor­mir todo lo que pueda.

Lo cierto es que empecé por culpa suya, porque me obligaba a estirarme una hora después de cada comida.

Estoy convencida de que es mala costumbre, porque el caso es que no duermo.

Y eso fomenta el engaño, porque no le digo a nadie que estoy despierta. ¡Ni hablar!

El caso es que le estoy tomando un poco de miedo a John.

Hay veces en que lo veo muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.

De vez en cuando, como mera hipótesis cientí­fica, pienso... ¡que quizá sea el papel!

En más de una ocasión he observado a John sin que se diera cuenta, uno de esos días en que entraba en el dormitorio sin avisar con cualquier excusa inocente, y lo he sorprendido varias veces mirando el papel. A Jennie también. Una vez sorprendí a Jennie tocándolo.

Ella no sabía que yo estuviera en la habitación, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tran­quila, controlándome al máximo, qué hacía con el papel... ¡Dio media vuelta como si la hubieran sorprendido robando, y me miró con cara de enfa­dada! ¡Me preguntó que por qué la asustaba!

Luego dijo que el papel lo manchaba todo, que había encontrado manchas amarillas en toda mi ropa y en la de John, y que a ver si teníamos más cuidado.

Qué inocente, ¿verdad? ¡Pues yo sé que está estudiando el dibujo, y estoy decidida a ser la única que descubra la solución!

Mi vida se ha vuelto mucho más interesante. Es porque tengo algo más que esperar, que vigi­lar. La verdad es que como mejor y estoy más tranquila que antes.

¡Qué contento está John de que mejore! El otro día se rió un poco y dijo que se me veía más sana, a pesar del papel de pared

Yo, para no hablar del tema, me reí. No tenía la menor intención de decirle que la causa era justamente el papel de pared. Se habría burlado. Hasta puede que hubiera querido sacarme de esta casa.

Ahora no quiero irme hasta que haya descu­bierto la solución. Queda una semana, y creo que será suficiente.

¡Me encuentro cada vez mejor! De noche no duermo mucho, por lo interesante que es observar los acontecimientos; de día, en cambio, duermo bastante.

De día cansa y desconcierta.

Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nue­vos matices de amarillo por todo el dibujo. Ni siquiera puedo llevar la cuenta, y eso que lo he intentado concienzudamente.

¡Qué amarillo más raro, el del papel! Me recuerda todo lo amarillo que he visto en mi vida; no cosas bonitas, como los ranúnculos, sino cosas amarillas podridas y maléficas.

Todavía hay otra cosa en el papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en la habitación, pero con tanto aire y tanto sol no molestaba. Ahora lle­vamos una semana de niebla y lluvia y da igual que estén cerradas o abiertas las ventanas, porque el olor no se marcha.

Se infiltra por toda la casa.

Lo encuentro flotando por el comedor, agaza­pado en el salón, escondido en el vestíbulo, ace­chándome en la escalera.

Se me mete en el pelo.

Hasta cuando salgo a montar a caballo. De repente giró la cabeza y lo sorprendo: ¡ahí está el olor!

¡Y qué raro es! Me he pasado horas intentando analizarlo, para saber a qué olía.

Malo no es, al menos al principio. Es muy suave. Nunca había olido nada tan sutil y a la vez tan persistente.

Con esta humedad resulta asqueroso. De noche me despierto y lo descubro flotando sobre mí.

Al principio me molestaba. Llegué a pensar seriamente en quemar la casa, sólo para matar el olor.

Ahora, en cambio, me he acostumbrado. ¡Lo único que se me ocurre es que se parece al color del papel! Un olor amarillo.

Hay una marca muy rara en la pared, por la parte de abajo, cerca del zócalo: una raya que recorre toda la habitación. Pasa por detrás de todos los muebles menos de la cama. Es una mancha larga, recta y uniforme, como de haber frotado algo muchas veces.

Me gustaría saber cómo y quién la hizo, y para qué. Vueltas, vueltas y vueltas. Vueltas, vueltas y vueltas. ¡Me marea!

* -*- *

Por fin he hecho un verdadero hallazgo.

A fuerza de mirarlo cada noche, cuando cam­bia tanto, he acabado por descubrir la solución.

El dibujo principal se mueve, efectivamente, ¡y no me extraña! ¡Lo sacude la mujer de detrás!

A veces pienso que detrás hay varias mujeres: otras veces que sólo hay una, que se arrastra a toda velocidad y que el hecho de arrastrarse lo sacude todo.

En las partes muy iluminadas se queda quieta, mientras que en las más oscuras coge las barras y las sacude con fuerza.

Siempre quiere salir, pero ese dibujo no hay quien lo atraviese. ¡Es tan asfixiante! Yo creo que es la explicación de que tenga tantas cabezas.

Lo atraviesan, y luego el dibujo las estrangu­la, las deja boca abajo y les pone los ojos en blanco.

Si estuvieran tapadas las cabezas, o arrancadas, no sería ni la mitad de desagradable.

* -* -*

¡Me parece que la mujer sale de día!

Voy a decir por qué, pero que no se entere nadie: ¡la he visto!

¡La veo por todas mis ventanas!

Estoy segura de que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y hay pocas mujeres que se arrastren a la luz del día.

La veo por el camino largo que pasa debajo de los árboles. Se arrastra, y cuando pasa un coche de caballos se esconde debajo de las zarzamoras.

La entiendo perfectamente. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote en pleno día!

Yo, cuando me arrastro de día, siempre cierro con llave. De noche no puedo, porque sé que John enseguida sospecharía algo.

Y últimamente está tan raro que prefiero no irritarlo. ¡Ojalá se cambiara de habitación!

Además, no quiero que a esa mujer la saque nadie de noche como no sea yo.

A menudo me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.

Pero por muy deprisa que dé vueltas, sólo consigo mirar por una.

¡Y aunque siempre la vea, cabe la posibilidad de que la velocidad con que anda a gatas sea mayor que la de mis vueltas!

Alguna vez la he visto lejos, en campo abierto, arrastrándose con la misma rapidez que la sombra de una nube en un día de viento.

* -*- *

¡Ojalá el dibujo principal pudiera separarse del de debajo! Me propongo intentarlo poco a poco.

¡He descubierto otra cosa extraña, pero esta vez no pienso decirla! No conviene fiarse dema­siado de la gente.

Sólo quedan dos días para quitar el papel, y me parece que John empieza a notar algo. No me gusta cómo me mira.

Además, le he oído hacer a Jennie muchas pre­guntas profesionales sobre mí. El informe de Jennie era muy bueno.

Dice que de día duermo mucho.

¡John sabe que de noche no duermo demasiado bien, y eso que casi no me muevo!

También me hizo toda clase de preguntas a mí fingiéndose muy tierno y atento.

¡Como si no se le notara!

De todos modos no me extraña nada su com­portamiento, después de tres meses durmiendo debajo de este papel.

Lo mío sólo es interés, pero estoy segura de que a John y a Jennie, en secreto, les afecta.

* -* -*

¡Hurra! Es el último día, pero no me hace falta ninguno más. John se queda a dormir en la ciu­dad, y no volverá hasta tarde.

Jennie quería dormir conmigo, la muy pilla, pero le he dicho que descansaría mucho mejor quedándome sola una noche.

¡Una respuesta muy astuta, porque la verdad es que no he estado sola en absoluto! En cuanto salió la luna y la pobre mujer empezó a arrastrarse y sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.

Yo estiraba, y ella sacudía; luego sacudía yo y estiraba ella, y antes del amanecer habíamos arrancado varios metros de papel.

Una franja como yo de alta, y de ancha como la mitad de la habitación.

¡Después, cuando ha salido el sol y el dibujo ha empezado a burlarse de mí, he jurado acabar con él hoy mismo!

Nos vamos mañana. Están trasladando todos mis muebles a la planta baja para dejarlo todo como al llegar.

Jennie ha mirado la pared con cara de sorpre­sa, pero le he dicho que ha sido pura rabia, por lo horrible que era el papel.

Se ha puesto a reír y me ha dicho que no le habría importado hacerlo ella misma, pero que no está bien que me canse.

¡Qué manera de quedar en evidencia!

Pero estoy aquí, y este papel no lo toca nadie más que yo. ¡Antes muerta!

Jennie ha intentado sacarme de la habitación. ¡Cómo se le notaba! Pero yo le he dicho que ahora está tan vacía y tan limpia que me entra­ban ganas de estirarme otra vez y dormir todo lo que pudiera; que no me despertara ni para cenar, y que ya la avisaría yo cuando estuviera des­pierta.

Vaya, que se ha marchado, y los criados no están. Los muebles tampoco. Sólo queda la cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.

Esta noche dormiremos abajo, y mañana tomaremos el barco a casa.

Me gusta bastante esta habitación, ahora que vuelve a estar vacía.

¡Qué destrozos hicieron los niños!

¡La cama está como si la hubieran mordido! Pero tengo que poner manos a la obra.

He cerrado la puerta y he tirado la llave al camino de delante.

No quiero salir, ni quiero que entre nadie hasta que llegue John.

Quiero darle una buena sorpresa.

Tengo una cuerda que no ha encontrado ni Jennie. ¡Así, si sale la mujer y quiere escaparse, podré atarla!

¡Pero se me ha olvidado que no puedo llegar muy arriba si no tengo nada a que subirme! ¡Esta cama no hay quien la mueva!

He intentado levantarla y empujarla hasta quedarme lisiada. Entonces me he enfadado tanto que le he arrancado un trozo de un mordis­co, en una esquina; pero me he hecho daño en los dientes.

Después he arrancado todo el papel hasta donde alcanzaba de pie en el suelo. ¡Está pegadí­simo, y el dibujo se lo pasa en grande! ¡Todas las cabezas estranguladas, y los ojos saltones, y la proliferación de hongos, todos se mofan de mí a gritos!

Me estoy enfadando tanto que acabaré hacien­do algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero las barras son dema­siado fuertes para intentarlo.

Además, tampoco lo haría. Desde luego que no. Sé perfectamente que sería un acto indecoroso, y que podría interpretarse mal.

Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas. ¡Hay tantas mujeres arrastrándose, y corren tanto...!

Me gustaría saber si salen todas del papel, como yo.

Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda, la que no encontró nadie. ¡A mí sí que no me sacan a la carretera!

Supongo que cuando se haga de noche tendré que ponerme otra vez detrás del dibujo. ¡Con lo que cuesta!

¡Es tan agradable estar en esta habitación tan grande, y andar a gatas siempre que quiera...!

No quiero salir. No quiero, ni que me lo pida Jennie.

Porque fuera hay que arrastrarse por el suelo, y en vez de amarillo es todo verde.

Aquí, en cambio, puedo andar a gatas por el suelo liso, y mi hombro se ajusta perfectamente a la marca larga de la pared, con la ventaja de que así no me pierdo.

¡Anda, si está John al otro lado de la puerta! ¡Es inútil, jovencito, no podrás abrirla!

¡Qué berridos, y qué golpes!

Ahora pide un hacha a gritos.

¡Sería una lástima destrozar una puerta tan bonita!

—¡John, querido! —he dicho con la máxima amabilidad—. ¡La llave está al lado de la escalera de entrada, debajo de una hoja!

Con eso se ha callado un rato.

Luego ha dicho (con mucha serenidad): —¡Abre la puerta, cariño!

—No puedo —he contestado yo—. ¡La llave está al lado de la puerta principal, debajo de una hoja!

Lo he repetido varias veces, muy poco a poco y con mucha dulzura; lo he dicho tantas veces que ha tenido que bajar a comprobarlo. La ha encontrado, como era de esperar, y ha entrado. Se ha quedado a un paso del umbral.

—¿Qué pasa? —ha gritado—. ¿Pero qué haces, por Dios?

Yo he seguido andando a gatas como si nada, pero le he mirado por encima del hombro.

—Al final he salido —he dicho—, aunque no qui­sieras ni tú ni Jane. ¡Y he arrancado casi todo el papel, para que no puedan volver a meterme!

¿Por qué se habrá desmayado? El caso es que lo ha hecho, y justo al lado de la pared, en mitad de mi camino. ¡O sea que he tenido que pasar por encima de él a cada vuelta!





Charlotte Perkins Gilman © (1860-1935)

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Dagón de H.P. Lovecraft




Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.

Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.

Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.

El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.

Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.

El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.

Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.

A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.

No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.

Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.

Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.

De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.

Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.

Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.

Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.

No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.

Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.

Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.

Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!




H.P. Lovecraft © (1890- 1937)



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Montando la bala de Stephen King





I

No he contado antes esta historia, y nunca pensé que lo haría –no exactamente porque tuviera miedo a no ser creído, sino porque sentía vergüenza… y porque la historia era mía. Siempre he creído que al contarla, me devaluaría tanto a mí como a la historia en sí misma, la haría pequeña y más mundana, no mucho mejor que una historia amateur de fantasmas contada antes de apagar las luces. Creo que también tenía miedo de que si la contaba, escucharla en mis oídos me haría dejar de creerla a mí también. Pero desde que murió mi madre no he podido dormir muy bien. Permanezco en un ligero sopor y despierto de golpe otra vez, totalmente lúcido y temblando. Dejar la lamparilla de noche encendida funciona, pero no tanto como podrías pensarlo. Hay muchas más sombras en la noche, lo has notado? Aún con luz hay tantas sombras. Las largas pueden ser sombras de cualquier cosa que se te ocurra.

Cualquier cosa.

Yo era un muchacho en la Universidad de Maine cuando la Sra. McCurdy llamó para contarme sobre mami. Mi padre murió cuando yo era aún muy joven para recordarlo y fui hijo único, así que solo éramos Alan y Jean Parker contra el mundo. La señora McCurdy, quien vivía calle arriba, llamó al apartamento que yo compartía con otros tres muchachos. Había conseguido el número telefónico de la pizarra-magneto recordatorio que má tenía adherida en la nevera.

"Fue un infarto", dijo ella con ese acento Yankee largo y cansado suyo. "Ocurrió en el restaurante, pero no seas tan imprudente de volar hasta acá. El doctor dice que no ’stá muy grave. Está despierta y ‘abla".

"Si, pero es coherente?" Pregunté. Intentaba sonar calmado, incluso sorprendido, pero mi corazón latía rápidamente y repentinamente la sala de estar se tornó muy cálida. Tenía el apartamento para mí solo, era miércoles y mis dos compañeros tenían clases todo el día.

"Oh, si. Lo primero que me dijo fue que te llamase pero que no te asustara. Muy considerado de su parte, no lo crees?"

"Si". Pero desde luego estaba asustado. Cuando alguien llama y te dice que tu madre ha sido llevada del trabajo al hospital en ambulancia, cómo se supone que debes sentirte?

"Dijo que permanecieras allá y te ocuparas del colegio hasta el fin de semana. Y dijo que podrías venir entonces si no tenías demasiado que-studiar".

Seguro, pensé. Sarcástico. Me quedaré aquí en este mugriento apartamento pestilente a cerveza mientras mi madre está tendida en una cama de hospital a casi 170 kilómetros al sur muriendo.

"Tu má es todavía una mujer joven," Dijo la Sra. McCurdy. "Es solo que se ha dejado engordar tremendamente estos años, y tiene la hipertensión. Además de los cigarrillos. Tendrá que dejar los cigarrillos".

Yo dudaba que lo hiciera, con infarto o sin él, y sobre eso tenía razón –mi madre amaba sus cigarrillos. Agradecí a la Sra. McCurdy por haber llamado.

"Fue lo primero que hice al llegar a casa", dijo. "Y…cuándo piensas venir, Alan, el sabadito?" Había un ligero tono en su voz que sugería que lo adivinaba.

Mire por la ventana la perfecta tarde de Octubre. El brillante cielo azul de New England sobre los árboles que se mecían sobre sus amarillas hojas en Mill Street. Entonces eche un vistazo al reloj. Las tres y veinte. Estaba por salir hacia mi seminario de filosofía de las cuatro en punto cuando sonó el teléfono.

"Bromea?" Pregunté. "Estaré ahí esta noche."

Su risa era seca y algo sofocada al final –La Sra. McCurdy era excelente para hablar sobre quién debía dejar el tabaco, ella y sus Winston. "Buen chico! Irás directo al hospital y después conducirás hasta la casa, cierto?

"Eso creo, si" Dije. No tenía sentido decirle a la Sra. McCurdy que había algún fallo en la transmisión de mi viejo auto, y que no iría a ningún otro lugar que al sendero del futuro predecible.

Haría autostop hasta Lewiston, y después hasta nuestra pequeña casa en Harlow si aún no era muy tarde. Si lo fuese, haría una siestecilla en algún sofá del hospital. No sería la primera vez que mi pulgar me llevase fuera de la escuela. O dormiría sentado con mi cabeza sobre una maquina de Coca-Cola, según el caso.

"Me aseguraré que la llave se encuentre bajo la carretilla," dijo ella. "Sabes a lo que me refiero, verdad?"

"Claro." Mi madre conservaba una vieja carretilla junto a la puerta del cobertizo trasero que se llenaba de flores en el verano. Pensar en ello, por alguna razón hizo que las noticias de casa que la Sra McCurdy me diera me golpeasen como un hecho auténtico: mi madre estaba en el hospital, la pequeña casa en Harlow donde crecí estaría oscura esta noche –no habría quién encendiera las luces después del ocaso. La Sra. McCurdy podía decir que mi madre era joven pero, cuando se tienen veintiún años, cuarenta y ocho suenan a ancianidad.

"Ten cuidado, Alan. No conduzcas deprisa".

Mi velocidad, desde luego, dependería de quienquiera que me llevase y, personalmente esperaba que quien fuese condujera como el diablo. En cuanto a mí correspondía, no llegaría al Central Main Medical Center lo suficientemente rápido. Aún así, no tenia sentido preocupar a la Sra. McCurdy.

"No lo haré, gracias".

"Por nada," dijo ella. "Tu má estará bien, y vaya si estará feliz de verte."

Colgué el teléfono y garabateé una nota diciendo lo que había ocurrido y hacia dónde me dirigía. Le pedí a Hector Passmore, el más responsable de mis colegas, que llamara a mi asesor y le pidiera que informara a mis instructores lo que pasaba para que no me fastidiaran por ausencias –Dos o tres de mis profesores eran verdaderamente intolerantes a ese respecto. Después empaque un cambio de ropa en mi mochila, añadí mi copia de Introducción a la filosofía que había marcado doblando el borde de una hoja y me dirigí a la salida. Abandoné el curso la siguiente semana, aunque me estaba yendo bastante bien. Mi forma de ver el mundo cambió esa noche, cambió bastante y nada en mi libro de filosofía parecía ajustarse a dichos cambios. Llegué a comprender que hay cosas debajo, tú sabes – debajo- y ningún libro puede explicar lo que son. Yo creo que a veces es mejor olvidar lo que son esas cosas. Si puedes, claro está.

Hay 193. kilómetros de la Universidad de Maine en Orono hasta Lewiston en el condado de Androscoggin, y la forma más rápida de llegar ahí es por la ruta I-95. El camino de peaje no es un muy buen lugar para hacer autostop, puesto que la policía estatal está dispuesta a echar a cualquiera se baje por ahí –incluso si solo te encuentras de pie sobre la rampa, aún así te echan –y si el mismo policía te pesca dos veces, puede incluso darte una multa. Asi que tomé la Ruta 68, que enfila al sudoeste de Bangor. Es un camino bastante transitado y si no luces como un completo psicótico, usualmente te las arreglas bien. Los polis también te dejan en paz, la mayor parte del trayecto.

El primer tramo me llevó un adusto vendedor de seguros y me llevo hasta Newport. Permanecí de pie en la intersección de la Ruta 68 y la Ruta 2 por casi veinte minutos, y entonces conseguí que me llevase un caballero algo mayor que iba en camino a Bowdoinham. Constantemente se tocaba la entrepierna mientras manejaba. Como si intentara atrapar algo que anduviese correteando por ahí.

"Mi mujer sienpre me dijo que ‘stuviera preparado y guardase un cuchillo en la espalda si pretendía llevar a un autostopista," dijo "pero cuando veo a un tipo joven parado a un la’o del caminio, yo sienpre recuerdo mis días de juventud. Mi pulgar me llevo bastante lejos y yo también hice autostop. Cabalgué los caminios también, y mira esto, ella muerta hace cuatro años y yo vivito y coleando, conduciendo el mismo y viejo Dodge. La echo tierriblemente de menos". Se volvió a tocar la entrepierna

"Hacia dónde te diriges, hijo?"

Le conté a dónde iba y por qué.

"Eso es tierrible," dijo él. "Tu má! Lo siento mucho!".

Su comprensión era tan fuerte y espontánea que logró que sintiera un escozor en las comisuras de los ojos. Parpadeé para ahuyentar las lágrimas. Lo último en el mundo que se me antojaba era soltarme a llorar en el auto de este viejo, el cual cascabeleaba y se bamboleaba, además de que lo impregnaba un fuerte olor a orín.

"La Sra. McCurdy –la dama que me telefoneó –dijo que no era muy grave. Mi madre es aún joven, solamente cuarenta y ocho años".

"Aún así, es un infarto!" El hombre parecía verdaderamente consternado. Manoseó la entrepierna de sus pantalones verdes una vez más, tirando de ella con una mano de enormes proporciones que asemejaba una garra.

"Un infarto sienpre’s serio! Hijo, te llevaría yo mismo al CMMC –te dejaría justo ante la puerta principal –si no hubiese prometido a mi hermano Ralph que lo llevaría al sanatorio particular de Gates. Su esposa se encuentra ahí, tiene esa enfermedad del olvido, no me puedo acordar cómo demonios se llama, Anderson’s o Alvarez o algo por el estilo -"

"Alzheimer’s," dije yo.

"Ajá, tal vez la haya pillado yo también. Diablos, estoy tentado a llevarte de cualquier forma."

"No es necesario que lo haga," Dije. "Puedo conseguir fácilmente quien me lleve desde Gates"

"Aún así," dijo. "Tu madre! Un infarto! Solamente cuarenta y ocho años!" Volvió a manosear su entrepierna.

"Jodido calzoncillo!" chilló, y después rió –el sonido era tanto estridente como sorprendido. "Jodida ruptura! Si logras subsistir hijo, todo tu mundo comienza a desmoronarse. Al final, Dios te patea el culo, déjame decirte. Pero eres un buen chico al dejarlo todo e ir a por tu madre como lo ‘stás haciendo."

"Es una buena madre," Dije, y una vez más sentí el escozor de las lágrimas. Nunca sentí demasiada nostalgia por casa cuando me mudé al colegio –solo un poco la primer semana, eso fue todo –pero, sentí nostalgia entonces. Solo éramos ella y yo sin ningún otro familiar cercano. No podía imaginarme la vida sin ella. La Sra. McCurdy había dicho que no era muy grave, un infarto si, pero no muy grave. Más valía que la condenada vieja no mintiera, pensé, más le valía.

Continuamos en silencio durante un rato. No era todo lo rápido que yo deseaba –el viejo mantenía una velocidad constante de 72 hms./hr. y a veces se desviaba sobre la línea blanca hacia el carril contrario- pero era un tramo largo, y no podía pedirse más. La Carretera 68 se desenrolló ante nosotros, doblando su curso a través de kilómetros de bosque y salpicada de pequeños pueblos que comenzaban y terminaban en un parpadeo, cada uno con su propio bar, y su propia estación de servicio. New Sharon, Ophelia, West Ophelia, Ganistan (que alguna vez fue Afganistán, aunque parezca increíble), Mechanic Falls, Castle View, Castle Rock. El azul brillante del cielo se desvanecía a medida que el día terminaba, el viejo encendió primero sus indicadores de posición y después los indicadores laterales y finalmente las luces frontales. Había encendido las luces largas pero no parecía haberlo notado, incluso cuando los autos que venían en sentido opuesto le mostraban sus propias luces largas.

"Mi cuñada no puede ni recordar su propio nombre," Dijo él. "No sabe ni decir ni sí, ni no, ni tal vez. Eso es lo que hace contigo la enfermedad de Anderson, hijo. Tiene algo en sus ojos… que parece decir ‘sáquenme de aquí’ … o lo diría, si pudiera recordar las palabras. Sabes a lo que me refiero?"

"Si," Repliqué. Inspiré profundamente y me pregunté si el olor a orines pertenecía al viejo o tal vez tuviera un perro que lo acompañase en ocasiones. Me pregunté si le ofendería que bajase un poco la ventanilla. Finalmente lo hice. Él pareció no darse cuenta como tampoco parecía percatarse de las protestas de los autos que venían en sentido opuesto.

Alrededor de las siete, flanqueamos una colina en West Gates y mi conductor chilló. "Mírala hijo! La luna! No es maravillosa?"

"En verdad era maravillosa –una enorme bola anaranjada elevándose sobre el horizonte. Y sin embargo, pensé que había algo terrible en ella. Parecía tanto preñada como infectada. Al mirar a la creciente luna de pronto me acometió un pensamiento horrible. Que pasaría si llegaba al hospital y mamá no me reconocía? Que tal si su memoria se había esfumado, completamente, cero, y no pudiera ni decir ni sí, ni no, ni tal vez? Que tal si el doctor me decía que necesitaba de alguien que la cuidase por el resto de sus días? Ese alguien tendría que ser yo, desde luego, no había nadie más. Adiós colegio. Que hay de eso amigos y vecinos?

"Pídele un deseo niñio!" Espetó el viejo. En su excitación, su voz se tornó más aguda y desagradable –era como si fragmentos de vidrio te chasqueasen en los oídos. Le dio a su entrepierna un fuerte apretón. Algo ahí dentro emitió un chasquido. No me cabía en la cabeza cómo podías oprimirte la entrepierna tan fuerte sin agarrarte las bolas desde la raíz, con calzoncillo o sin él. "El deseo que le pidas a la luna canpestre sienpre se realiza, eso es lo que mi padre decía."

Pedí que mi madre me reconociese cuando entrara a su habitación, que sus ojos se iluminaran y que dijese mi nombre. Pedí el deseo e inmediatamente deseé no haber deseado, pensé que ningún deseo hecho a una enfermiza luz anaranjada pudiera traer nada bueno.

"Ah, hijo! Exclamó el viejo. "Desearía que mi mujer estuviera aquí! Le pediría de rodillas perdón por todas las sandeces e insultos que le dije!"

Veinte minutos más tarde, con la última luz del día aún en el aire y la luna aún despuntando en el cielo llegamos a Gates Falls. Hay un semáforo intermitente amarillo en la intersección de la Ruta 68 y Pleasant Street. Justo antes de llegar a ella, el viejo viró abruptamente hacia el arroyo lateral y provocando que la rueda delantera derecha se golpeara contra el bordillo del camino y después retrocediera, haciendo castañetear mis dientes. El viejo me miró entonces con una mirada entre salvaje y desafiante –todo en él era salvaje, y aunque no lo había notado en un principio, todo en ese hombre daba la impresión de vidrios rotos. Y todo cuanto decía parecía ser una exclamación.

"Te llevaré hasta ahí! Lo haré siseñor! Qué importa Ralph! Al demonio con él! Tú solo pídelo".

Quería llegar pronto con mamá, pero la idea de otros 32 kilómetros con ese olor a meados en el aire y los autos protestando por las luces largas no era muy agradable. Tampoco era agradable la imagen del tipo conduciendo en eses e invadiendo el carril contrario de Lisbon Street.

Pero sobre todo era por él. No podría soportar otros 32 kilómetros de rasquiña de entrepierna ni de esa voz de vidrio roto.

"Hey, no," Dije, "No hay problema. Siga su camino y ocúpese de su hermano." Abrí la puerta del copiloto y lo que temía ocurrió –se inclinó y tomó mi brazo con su torcida y larga mano de anciano. Era la misma mano con la que se había manoseado la entrepierna.

"Tú solo pídelo!" Me respondió. Su voz era ronca, confidencial. Sus dedos oprimían fuertemente la carne justo debajo de mi axila. "Te llevaré justo hasta la entrada del hospital! Ajá! No importa que nunca te haya visto en mi vida o tú a mi! No importa ni sí, ni no ni tal vez! Te llevare justo…

ahí!"

"No hay problema," repetí, y repentinamente sentí la urgente necesidad de salir de aquel auto, dejando la camisa en su puño si era necesario para librarme de él. Sentía que me ahogaba. Pensé que cuando me moviese, el apretón de su puño se cerraría aún más o incluso podría pillarme por el vello del cuello, pero no lo hizo. Sus dedos se aflojaron y me pude deslizar hacia fuera, y me pregunté como hacemos siempre que nos acomete un momento de pánico irracional, a qué tuve miedo exactamente. Él solo era un viejo carcamal cuya subsistencia tal vez dependiese del carbón, con un ecosistema Dodge pestilente a orines que parecía desilusionado por haber rechazado su oferta. Era solo un viejo que no estaba cómodo con sus calzoncillos. ¿Qué en el nombre de Dios había yo temido?.

"Le agradezco haberme llevado y agradezco aún mas su oferta," Dije. "Pero puedo seguir por ahí" –señalé hacia Pleasant ¨Street "-y conseguiré autostop en cualquier momento".

Él permaneció en silencio un momento, luego suspiró y afirmó con la cabeza.

"Ajá, ése es el mejor lugar del que partir." Dijo. "Manténte en los límites del pueblo, nadie querría llevar a un tipo en el pueblo, nadie querría aminorar la marcha y que le apresuren a bocinazos."

El hombre tenía razón en eso, hacer autostop en un pueblo, aún en uno pequeño como Gates Falls era en vano. Adiviné que realmente el pulgar había llevado al viejo muy lejos en otro tiempo.

"Pero, hijo, estás seguro? Ya sabes lo que dicen sobre tener pájaro en mano".

Titubeé una vez más. Él tenía razón sobre lo del pájaro en mano también. Pleasant Street se volvía Ridge Road a poco mas de kilómetro y medio hacia el oeste del intermitente amarillo y transcurría sobre 24 kilómetros de bosque antes de llegar a la Ruta 196 en los linderos de Lewiston. Ya estaba casi oscuro y es siempre más difícil conseguir autostop por la noche –cuando los faros de un auto te encuentran en medio de un camino rural, parecerás un fugitivo del Wyndham Boy’s Correctional aún con el cabello bien peinado y la camisa dentro del pantalón. Pero yo no quería viajar más con el viejo. Aún ahora que me encontraba a salvo fuera de su vehículo, pensaba que había algo atemorizante en él -tal vez fuese solo la forma en que su voz parecía llena de puntos exclamativos. Además siempre he tenido suerte para conseguir autostop.

"Estoy seguro," dije. "Y gracias otra vez, de verdad".

"Cuando quieras, hijo. Cuando quieras. Mi mujer…" Se interrumpió, y vi que había lágrimas corriendo por las comisuras de sus ojos. Le agradecí una vez más, y cerré de un portazo la puerta antes que pudiera decir algo más.

Me apresuré a cruzar la calle, mi sombra aparecía y desaparecía con la luz del intermitente. En la parte alejada de la calle me volví y miré hacia atrás. El Dodge seguía ahí, aparcado a un costado de Frank’s Fountain & Fruit. A la luz del intermitente y con el semáforo a unos seiscientos metros más o menos adelante, lo pude ver sentado recargado sobre el volante. Me acometió la idea de que estaba muerto, que yo lo había matado al rehusar su ofrecimiento de ayuda.

Entonces se aproximó un auto por la esquina y el conductor echo sus luces largas al Dodge, esta vez el viejo reaccionó con sus propias luces, y entonces me di cuenta que todavía estaba vivo. Tras un momento, volvió hacia el camino y condujo el Dogde lentamente hacia la esquina. Le observé hasta que se perdió de vista, y entonces levanté la vista hacia la luna. Comenzaba a perder su brillo anaranjado, pero aún así, había algo siniestro en ella. Se me ocurrió entonces que nunca antes había oído hablar sobre pedir deseos a la luna –al lucero del ocaso sí, pero no a la luna. Una vez más deseé que pudiese retractar mi deseo, mientras la oscuridad se cernía sobre mí y yo permanecía de pie ante los cruces, era muy fácil recordar aquella historia sobre la garra del mono.

Caminé sobre Pleasant Street, mostrando el pulgar a los autos que pasaban sin siquiera aminorar la marcha. Al principio, había tiendas y casas a ambos lados del camino, entonces se terminaba la acera y los árboles silenciosamente cerraban el paso obstruyendo la tierra. En ocasiones, el camino se inundaba con luz, proyectando mi sombra hacia delante, me volvía, mostrando el pulgar e intentaba poner lo que suponía era una reconfortante sonrisa en mi rostro. Y cada ocasión el auto que se aproximaba pasaba como una exhalación. Uno de ellos me gritó "Consigue un empleo, pedazo de animal!" y hubo risas.

No temo a la oscuridad –o no temía entonces, -pero comenzaba a temer que me había equivocado al no aceptar la oferta de aquel viejo de llevarme directamente al hospital. Pude haber diseñado algún cartel que rezara ‘NECESITO AUTOSTOP, MADRE ENFERMA’ antes de iniciar la travesía, pero dudaba que ello fuese de alguna ayuda. Cualquier psicótico podía hacer un cartel, después de todo.

Continué la marcha, las zapatillas deportivas se desgastaban con el terreno arcilloso del sendero, escuchando los sonidos de la inminente noche: un perro, a lo lejos; un búho, mucho más cerca; el ronroneo del creciente viento. El cielo era brillante a laluz de la luna, pero no se la podía ver en aquél preciso instante –había árboles altos en este tramo y lo cubrían todo por el momento.

Al dejar atrás Gates, unos pocos autos pasaron cerca. Mi decisión de no aceptar la oferta del viejo me parecía más tonta a cada minuto. Comencé a imaginar a mi madre en su cama de hospital, su boca torcida hacia abajo en un congelado gesto de desprecio, perdiendo su conexión con la vida pero tratando de retenerla en un creciente ladrido llamándome, sin saber que no podría llegar simplemente porque no me había gustado la escalofriante voz del viejo o el apestoso olor de su automóvil.

Flanqueé una colina pendiente y de nuevo me encontré ante la luz de la luna en la cima. No había árboles a mi derecha, los reemplazaba un pequeño cementerio rural. Las lápidas destellaban a la pálida luz. Algo pequeño y negro se agazapaba junto a una de ellas, observándome. Caminé un paso hacia delante, con curiosidad. La cosa negra se movió y resultó ser una marmota. Me dirigió una única mirada de reproche con un ojo rojo y se perdió entre la hierba alta. En un instante, tomé conciencia de lo cansado que estaba, de hecho estaba exhausto. Había estado destilando adrenalina desde que la Sra. McCurdy llamara cinco horas antes, pero ahora eso quedaba atrás. Eso era la peor parte. La parte buena era que aquella sensación de franca urgencia se había ido, al menos de momento. Había tomado una decisión, me decidí continuar por Ridge Road en lugar de la Ruta 68, y no tenia sentido acosarme con lo mismo –

Lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está, solía decir mi madre. Tenía cantidad de frases por el estilo como aforismos Zen que casi tenían sentido. Con sentido o sin él, éste en particular me reconfortaba en estos momentos. Si ella estaba muerta cuando yo llegase al hospital, entonces eso era todo. Probablemente no lo estuviese. El médico dijo que no era grave, de acuerdo a la Sra. McCurdy, y la Sra. McCurdy también había dicho que mi madre aún era una mujer joven. Un poco en el bando pesado, cierto, y una fumadora al por mayor, pero aún joven.

Mientras tanto, yo me encontraba sumamente nervioso y súbitamente exhausto –parecía que mis pies hubiesen sido enterrados en cemento.

Había un muro bajo de rocas que discurría a lo largo un sendero que bordeaba el cementerio, con una abertura por la cual corrían un par de ratas. Me senté en él con los pies plantados a los lados de una de estas hendiduras. Desde esta posición, podría ver una buena parte de Ridge Road en ambas direcciones. Cuando veía luces aproximándose desde el oeste, en dirección a Lewiston, podría caminar de vuelta hacia el límite del camino y sacar el pulgar. Entretanto, me sentaría aquí con mi mochila en el regazo y esperaría a que me volviese la fuerza a las piernas.

Una baja neblina, fina y resplandeciente se elevaba del césped. Los árboles que rodeaban el cementerio por tres costados susurraban al movimiento de la creciente brisa. Desde más allá del campo santo llegó el sonido de agua corriente, un arroyo y el ocasional chapoteo de una rana. El lugar era hermoso y extrañamente confortable. Como la fotografía en un libro de poemas románticos.

Miré hacia ambos lados del camino. Nada se aproximaba, no había más que resplandor en el horizonte. Bajé mi mochila a la hendidura entre mis pies, me puse de pie y caminé hacia el cementerio. Un mechón de cabello cayó sobre mi frente y el viento lo apartó. La extraña neblina se arremolinaba perezosamente alrededor de mis pies. Las rocas de la parte trasera eran viejas, y más de una se había caído. Las del frente eran mucho más recientes. Uní las manos y me arrodille, para mirar una lápida que estaba rodeada de flores casi frescas. A la luz de la luna el nombre era fácil de leer: GEORGE STAUB. Debajo de éste se encontraban las fechas que marcaban la breve existencia de George Staub: ENERO 19, 1977 decía la primera y la otra rezaba OCTUBRE 12, 1998. Eso explicaba por qué las flores apenas comenzaban a secarse; Octubre 12 había sido hace dos días y 1998 era justo hacía dos años. Los amigos y parientes de George debieron pasar a presentar sus respetos. Bajo el nombre y las fechas había algo más, una breve inscripción. Me agaché un poco más para poder leerla-

-E inmediatamente me proyecté haca atrás, aterrado y demasiado consciente de que me encontraba solo, visitando un cementerio a la luz de la luna.

La inscripción decía

LO DIVERTIDO ES DIVERTIDO Y LO HECHO, HECHO ESTA



Mi madre estaba muerta, había muerto quizá en ese preciso instante y algo me había enviado un mensaje. Algo con un sentido del humor absolutamente desagradable.

Comencé a retroceder lentamente hacia el camino, escuchando el viento pasar entre los árboles, escuchando el arroyo, escuchando a la rana, súbitamente temeroso de escuchar algo más, el sonido de tierra deslizándose y de raíces arrancadas por algo que, sin estar del todo muerto, pugnara por salir, buscando asir una de mis zapatillas deportivas-

Mis pies se enredaron y caí, golpeándome el codo con una lápida, apenas fallando que otra me golpease la nuca. Caí con un golpe seco, mirando hacia la luna que apenas se traslucía entre los árboles. Ahora era blanca en vez de anaranjada, y tan brillante como un hueso pulido.

La caída me produjo más lucidez que pánico. No sabía lo que había visto, pero no podía ser lo que yo creí haber visto, esa clase de cosas podían ocurrir en las películas de John Carpenter y Wes Craven, pero no ocurrirían en la vida real.

Si, de acuerdo, bien, murmuró una voz en mi cabeza. Y si te alejases de aquí caminando continuarás creyéndote eso. Podrás continuar creyéndolo por el resto de tu vida.



"A la mierda," protesté y me puse de pie. El trasero de mis tejanos estaba húmedo, y tiré de él para separarlo de la piel. No era precisamente fácil reprochar a la lápida que era la última morada de George Staub pero tampoco fue tan duro como pensé

que sería. El viento susurraba entre los árboles todavía en aumento, marcando un cambio en el clima. Las sombras bailaban inquietas a mi alrededor. Las ramas crujían y entrechocaban, un sonido crujiente en el bosque. Me incliné sobre la lápida y leí.

GEORGE STAUB

ENERO 19, 1977-OCTUBRE 12, 1998


Un buen comienzo, y un prematuro final




Me quedé ahí de pie, inclinado con mis manos colgando sobre las rodillas, sin advertir lo rápido que latía mi corazón hasta que comenzó a calmarse. Una pequeña y desagradable coincidencia, eso era todo, y cabría la posibilidad de que hubiese leído mal la inscripción que había bajo el nombre y las fechas? Aún sin estar cansado y bajo el efecto del estrés, pude haber leído mal –la luz de la luna era una obvia disuasión. Caso cerrado.

Excepto que, sabia lo que había leído: Lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está.



Mi má estaba muerta.

"A la mierda," Repetí, y me alejé. Al hacerlo me di cuenta de que la neblina que se arremolinaba sobre la hierba y mis tobillos comenzaba a resplandecer. Pude oír el murmullo de un motor aproximándose. Se acercaba un auto.

Corrí de vuelta hacia la entrada del muro de rocas colgándome la mochila en el trayecto. Las luces del auto que venía iban a medio camino de la colina. Saqué el pulgar en el instante en que me deslumbraron y momentáneamente cegaron mi vista. Sabía que el tipo se detendría aún antes de que aminorara la marcha. Es curioso como puedes solo saber en ocasiones, pero cualquiera que haya pasado mucho tiempo haciendo autostop te podrá decir que así ocurre.

El auto me adelantó, las luces del freno encendieron y lentamente se acercó al bordillo de tierra suave muy cerca del borde del muro de rocas que dividía el cementerio de Ridge Road. Corrí hacia él con la mochila bamboleándose contra mi rodilla. El auto era un Mustang, uno de esos fenomenales autos de fines de los sesenta o principios de los setenta. El motor rugía ruidosamente, el notorio sonido de un silenciador que seguramente no pasaría la próxima inspección cuando venciera el plazo… pero ése no era mi problema.

Abrí la puerta y me deslicé al interior. Mientras ponía mi mochila entre mis pies, un odor me azotó, algo casi familiar y un tanto desagradable. "Gracias," dije. "Muchas gracias."

El tipo detrás del volante llevaba unos tejanos desvaídos y una remera negra con las mangas cortadas. Su piel era bronceada, sus músculos voluminosos, y a su bíceps derecho lo coronaba un tatuaje que semejaba una alambrada azul. Llevaba una gorra de John Deere puesta al revés. Había un fistol de botón pegado al cuello de su remera, pero no podía leer qué decía desde mi ángulo. "No hay problema." Dijo él. "Te dirijes a la ciudad?"

"Si," respondí. En esta parte del mundo "a la ciudad" significaba

Lewiston, la única ciudad de cualquier tamaño al norte de Portland. Mientras cerraba la puerta, vi uno de esos aromatizantes con figura de pino colgando del espejo retrovisor.

Eso era lo que había olido. De seguro ésa no era mi noche en cuanto a olores se refería, primero orines y ahora pino artificial.

Aún así me estaban llevando. Debería sentirme aliviado. Y mientras el tipo aceleraba de vuelta sobre Ridge Road, el gran motor del Mustang de colección rugía. Intenté convencerme de que estaba aliviado.

"Qué te espera en la ciudad?" Preguntó el conductor. Consideré que tendría mi edad aproximadamente, un pueblerino que tal vez asistiese a la vocacional técnica en Auburn o tal vez trabajase en uno de los pocos talleres textiles que aún quedaban en el área. Probablemente habría arreglado él mismo este Mustang en su tiempo libre, porque eso era lo que los pueblerinos hacían: bebían cerveza, fumaban algo de hierba, arreglaban sus autos. O sus motocicletas.

"Mi hermano está por casarse. Seré su padrino." Dije esta mentira sin premeditación alguna. No quería que supiera sobre mi madre, aunque, tampoco sabía por qué. Algo iba mal aquí. No podía saber lo que era o por qué pensé eso en primer lugar, pero lo sabía. Estaba seguro. "El ensayo es mañana. Además de la despedida de soltero por la noche.

"Sí? De verdad?" Se volvió a mirarme con los ojos muy abiertos y una rostro bien parecido, labios llenos y una discreta sonrisa, los ojos desconfiaban.

"Si" repliqué.

Sentía miedo. Así como así, volvía a sentir miedo. Algo estaba mal, y tal vez había estado mal desde que el viejo carcamal del Dodge me incitara a pedir un deseo ante la enfermiza luna en lugar de una estrella. O tal vez desde el momento en que descolgué el teléfono y escuché a la Sra. McCurdy decir que tenía malas noticias para mí, pero no era todo lo malo que podría ser.

"Bueno, eso está bien" dijo el joven hombre con su gorra al revés. "Un hermano que se casa, hombre, eso está bien. ¿Cómo te llamas?"

No solo sentía miedo, estaba aterrorizado. Todo iba mal, todo. Y no podía explicar por qué o como era posible que ocurriese tan deprisa. Pero sobre todo, sabía una cosa. Quería tanto que el tipo que conducía el Mustang supiera mi nombre como querer que supiera mis motivos para ir a Lewiston. En caso de llegar a Lewiston. Súbitamente tuve la certeza de que nunca vería Lewiston nuevamente. Fue como saber que el auto se iba a detener. Y también estaba ese olor, sabía algo sobre eso también, no se trataba del aromatizante, había algo debajo del aromatizante.

"Hector," dije dando el nombre de mi compañero de habitación. "Hector Passmore, ese soy yo" salió de mi boca seca con total calma, y estaba bien. Algo dentro de mí insistía que no debería hacer notar al conductor del Mustang que sentía que algo iba mal.

Era mi única oportunidad.

Se volvió hacia mi un poco, y pude leer el botón que llevaba prendido: CABALGUÉ LA BALA EN TRHILL VILLAGE, LACONIA. Yo conocía el lugar, había estado ahí, aunque no por mucho tiempo.

También me percaté de una gruesa línea negra que circulaba su garganta justo como el tatuaje que asemejaba alambrada circulaba su brazo, solo que la línea alrededor de la garganta del conductor no era un tatuaje. Tenía docenas de marcas negras que la atravesaban verticalmente. Eran los puntos que cosería quienquiera que le hubiese unido la cabeza de nuevo sobre el cuerpo.

"Gusto en conocerte, Hector," dijo él. "Yo soy George Staub".



II



Mi mano pareció flotar ahí como la mano de un sueño. Deseé que aquello hubiese sido un sueño, pero no lo era, tenía todos los visos agudos de la realidad. El olor por encima era de pino. El olor debajo era algún tipo de químico, probablemente formaldehído. Me encontraba cabalgando con un hombre muerto.

El Mustang apresuró la marcha sobre Ridge Road a noventa y siete kilómetros por hora, persiguiendo sus propias luces largas bajo la luz de botón de la luna. En todas direcciones los árboles que se apiñaban a lo largo del camino danzaban y se mecían al viento. George Staub me sonrió con ojos vacíos, entonces soltó mi mano y volvió la atención al camino. En la escuela secundaria había leído Drácula, y ahora una frase del libro recurría a mí, resonando en mi cabeza como una campana rota: Los muertos conducen deprisa.

No puedo hacerle saber que sé. Este pensamiento también

resonaba en mi cabeza. No era mucho, pero era todo lo que tenía. No puedo hacerle saber, no puedo, no. Me pregunté dónde se encontraría ahora el viejo carcamal. Estaría a salvo con su hermano? O sería que el viejo estaba metido en esto desde un principio? Era posible que se encontrase justo detrás de nosotros, conduciendo su viejo Dodge, encorvado sobre el volante y manoseándose la entrepierna? Estaría él muerto también? Probablemente no. Los muertos conducen deprisa, según Bram Stoker, pero el viejo nunca rebasó la línea de los 72. Sentí una risa demente subir por mi garganta y la contuve. Si me reía, él sabría. Y no debía saber, porque esa era mi única esperanza.

"No hay nada como una boda," dijo él.

"Ajá," añadí, "todo el mundo debería hacerlo al menos dos veces".

Mis manos se hallaban entrelazadas y oprimiéndose. Podía sentir las uñas hundirse en los dorsos a la altura de los nudillos, pero la sensación era distante, como noticias de otro país. No podía hacerle saber, esa era la cuestión. El bosque nos rodeaba, la única luz era el desalentador brillo óseo de la luna, y no podía hacerle saber que sabía que estaba muerto. Porque él no era un fantasma, no, nada tan inofensivo. Uno puede ver un fantasma, pero, qué clase de cosa se detendría para llevarte? Qué clase de criatura sería esa? Zombie? Chupasangre? Vampiro? Ninguno de estos?

George Staub rió. "Hacerlo dos veces! Sí, colega, así es mi familia entera!

"La mía también," añadí. Mi voz sonaba calmada, tal como la voz de un autostopista pasando la tarde –o la noche, en este caso- sosteniendo una coherente conversación como una pequeña retribución por el viaje. "Realmente no hay nada como un funeral."

"Boda" dijo él suavemente. A la luz del tablero de instrumentos, su rostro parecía de cera, el rostro de un cadáver justo antes de que se le corra el maquillaje. Esa gorra al revés era particularmente horrible. Te hacía preguntarte cuánto quedaría debajo de ella. Había leído en alguna parte que los embalsamadores abrían el cráneo y sacaban el cerebro e insertaban una especie de algodón impregnado en químicos. Para evitar que la cara se hundiese hacia dentro, tal vez.

"Boda," dije yo con labios entumecidos, e incluso reí un poco –una risilla ahogada. "Boda es lo que pretendía decir."

"Siempre decimos lo que pretendemos decir, eso es lo que yo creo" dijo el conductor. Todavía sonreía.

Sí, Freud habría creído eso también. Lo había leído en Psych 101. Yo dudaba que este tipo supiera mucho sobre Freud, y no creía que muchos estudiantes Freudianos llevasen remeras sin mangas y gorras de béisbol al revés, pero él sabía lo suficiente. Yo había dicho ‘funeral’. Dios Santo, había dicho funeral. Se me ocurrió que el tipo jugaba conmigo. Yo no quería hacerle saber que sabía que estaba muerto. Él no quería hacerme saber que él sabía que yo sabía que estaba muerto. Y por lo tanto, yo no podía hacerle saber que yo sabía que él sabía que…

El mundo comenzó a oscilar ante mis ojos. En un momento, comenzó a girar, después a rodar, y estaba por perderlo. Cerré los ojos por un momento. En la oscuridad detrás de mis párpados veía la imagen en negativo de la luna, se había tornado verde.

"Te encuentras bien camarada?" Preguntó. El matíz de su voz era horrible.

"Sí," respondí abriendo los ojos. El mundo se había estabilizado de nuevo. El dolor en los dorsos de mis manos, donde mis uñas se habían hundido en la piel era fuerte y real. Y el olor. No solo el pino del aromatizante, no solo los químicos. Había además un olor a tierra.

"Estás seguro?" Inquirió.

"Sólo un poco cansado. He estado viajando en autostop por un buen rato. Y a veces me mareo un poco." La inspiración súbitamente me invadió. "Sabes una cosa, creo que sería mejor que me permitas salir. Con un poco de aire fresco mi estómago se calmará. Pasará alguien más y -"

"No podría hacer eso," dijo él. "¿Dejarte aquí? De ningún modo. Podría pasar una hora antes que alguien llegase hasta aquí y tal vez ni siquiera se detuviesen a llevarte. Debo ocuparme de ti. ¿Cómo dice aquella canción? Llévame a la iglesia a tiempo, cierto? De ningún modo te dejaré aquí. Baja un poco la ventanilla, eso servirá. Ya sé que no huele precisamente bien aquí dentro. Colgué ese aromatizante, pero esas cosas no funcionan una mierda. Desde luego, algunos olores son más difíciles de ahuyentar que otros."

Quería alcanzar la ventanilla y bajarla un poco, permitir que entrase algo de aire fresco, pero los músculos de mi brazo no parecían tener fuerza. Todo lo que podía hacer era permanecer ahí sentado con las manos enganchadas y las uñas clavándose en los dorsos. Un juego de músculos no funcionaba y el otro no paraba de funcionar. Vaya broma.

"Es como esa historia," dijo él. "Aquella sobre el chico que compra un Cadillac semi nuevo por setecientos cincuenta dólares. Conoces esa historia, verdad?"

"Sí," respondí a través de mis entorpecidos labios. No conocía la historia, pero sabía perfectamente bien que no quería escucharla, no quería escuchar ninguna historia que pudiera contar este hombre.

"Esa es famosa."

Delante de nosotros, el camino se extendía como aquellas carreteras de las viejas películas en blanco y negro.

"Sí, es jodidamente famosa. Así que el chico está buscando un auto y ve este Cadillac semi nuevo en el patio de un tipo."

"Sí, y tiene un anuncio que dice PROPIETARIO LO VENDE en la ventanilla."

El hombre tenía un cigarrillo detrás de la oreja. Lo tomó, y cuando lo hizo, su remera se estiró por el frente. Pude ver otra línea negra ahí, más puntos. Después se inclinó hacia delante para activar el mechero del auto y su remera volvió a la posición anterior.

"El chico sabe que no puede costear un Cadillac, no puede siquiera remotamente pensar en algo como un Caddy, pero tiene curiosidad, sabes? Entonces se acerca al tipo y le dice, ‘Cuánto cuesta algo como eso?’ Y el tipo se vuelve y cierra la manguera que lleva en la mano –porque estaba lavando el auto, ya sabes- y le dice, ‘Chico, este es tu día de suerte. Setecientos cincuenta pavos y te lo llevas conduciendo.’ "

El mechero del auto se activó con un chasquido. Staub lo tomó y encendió el cigarrillo. Le dio una calada y pude ver hilillos de humo escapando por entre los puntos que unían su cuello.

"El chico, - que solo cuenta diecisiete años - va y mira hacia el interior por la ventanilla del conductor y ve cuentakilómetros del auto. Y le dice al tipo, ‘Si, claro, es tan curioso como la mirilla en la puerta de un submarino’. El tipo le dice. ‘Sin bromas, chico, muéstrame la pasta en efectivo y es tuyo. Diablos, incluso aceptaría un cheque, tienes cara de ser honesto.’ Y el chico dice…"

Miré por la ventanilla. Ya había escuchado antes esa historia, hacía años, probablemente cuando aún estaba en la escuela secundaria. En la versión que había escuchado, el auto era un Thunderbird en vez de un Caddy, pero por lo demás, era exactamente igual. El chico dice puede que solo tenga diecisiete años, pero no soy ningún idiota, nadie vende un auto como este, especialmente uno con poco kilometraje, por sólo setecientos cincuenta pavos. Y el tipo le dice que lo está vendiendo porque el carro hiede, y no puede deshacerse del olor aunque lo intenta una y otra vez sin que nada lo elimine. Verás, el tipo había salido en un viaje de negocios, uno bastante largo, se fue por al menos…

"…Un par de semanas," estaba diciendo el conductor. Sonreía como lo hace la gente al contar un chiste particularmente bueno. "Y cuando el tipo regresa, se encuentra el auto en la cochera y a su mujer dentro del auto, llevaba muerta prácticamente el mismo tiempo que el tipo había estado fuera. No sé si fuese suicidio o un infarto o qué, pero estaba completamente hinchada y el auto, estaba impregnado de ese olor y todo lo que el tipo quería era venderlo, ya sabes." Él rió. "Vaya historia eh?"

"Por qué no habría llamado a casa?" Mi boca parecía hablar por sí misma. Mi cerebro se había congelado. "Se va por dos semanas en viaje de negocios y no llama siquiera una sola vez para saber cómo está su mujer?"

"Bueno," dijo el conductor, "eso es, por decirlo así, lo menos importante, no crees? Quiero decir, que Vaya ganga! –Esa es la cuestión. ¿Quién no estaría tentado? Después de todo, siempre se puede conducir con las jodidas ventanillas abiertas, cierto? Y es básicamente, solo una historia. Ficción. Pensé en ella por el olor de este auto. El cual es de hecho.."

Silencio. Y yo pensé: Está esperando que diga algo, quiere que yo lo termine. Y lo quise hacer. Lo hice. Excepto que… qué ocurría después? ¿Qué haría él después?

El conductor frotó su pulgar sobre el botón de su remera, el que decía CABALGUE LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Pude ver la suciedad en sus uñas. "Aquí estuve hoy," dijo. "Thrill Village. Hice algunos trabajos para un tipo y me dio el día libre. Mi novia iba a acompañarme, pero llamó para decir que estaba enferma, tiene esos períodos que a veces son realmente dolorosos, la enferman como a un perro. Eso es muy malo, pero yo siempre pienso, hey, cuál es la alternativa? Sin enfado alguno, y entonces me meto en problemas, ambos lo hacemos". Soltó un ladrido que asemejaba una risa carente de humor. "Así que me fui solo. No tiene sentido desperdiciar un día libre. Has ido antes a Thrill Village?"

"Sí" Dije. "Una vez, cuando tenía doce años."

"Con quién fuiste?" Preguntó "Porque no fuiste tú solo, cierto? No si solamente tenías doce años."

No le había contado esa parte, o sí? No. Él estaba jugando conmigo, eso era todo, golpeando salvajemente una y otra vez. Pensé en abrir la puerta del auto y saltar hacia la oscuridad, tratando de cubrir mi cabeza con los brazos para no golpearla, solo que él podría alcanzarme y tirar de mí antes que pudiese salir. Y de cualquier forma, no podía ni siquiera levantar los brazos, así que lo que me quedaba por hacer era permanecer con las manos entrelazadas.

"No," dije "Fui con papá. Papá me llevó."

"Cabalgaste la bala? Yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces. ¡Caramba! ¡Cómo sube y baja!" Él me miró y profirió otra suerte de risa. La luz de la luna inundó sus ojos, convirtiéndolos en círculos blancos, haciéndolos parecer los ojos de una estatua. Y comprendí que estaba algo más que muerto, estaba loco.

"La cabalgaste, Alan?"

Pensé en decirle que se equivocaba de nombre, mi nombre era Hector, pero qué sentido tenía? Estabamos llegando al final.

"Sí," susurré. No había una sola luz ahí fuera excepto la luna. Los árboles pasaban deprisa, moviéndose como espontáneos bailarines en una representación de feria. Devorábamos el camino bajo nosotros. Me fijé en el cuentakilómetros y vi que había aumentado a 130 kilómetros por hora. Estabamos cabalgando la bala justo ahora, él y yo, los muertos conducen deprisa.

"Sí, la Bala. La cabalgué."

"Nah," gruñó. Le dio otra calada al cigarrillo, y nuevamente observé hilillos de humo escapar de las suturas en su cuello. "No lo hiciste. Sobre todo, no con tu padre. Llegaste al principio de la fila, sí, pero fuiste con tu má. La fila era larga, la fila para la Bala siempre lo es, y ella no quería permanecer ahí de pie bajo el sol. Era gorda aún entonces, y el calor le molestaba. Pero tú la fastidiaste todo el día, fastidiaste y fastidiaste y fastidiaste, y he ahí la broma, camarada –cuando finalmente quedaste primero en la fila, te acobardaste, verdad?"

No dije nada. Mi lengua se había pegado al paladar.

Su mano dejó el volante, la piel se veía amarillenta a la luz del tablero del Mustang, las uñas sucias, y aferró mis manos entrelazadas. La fuerza las abandonó cuando lo hizo y cayeron hacia los costados como un nudo que mágicamente se suelta cuando lo ha tocado la varita mágica del prestidigitador. Su piel era fría y curiosamente viperina.

"No fue así?"

"Sí," respondí. No podía articular algo más allá de un susurro. "Cuando llegó mi turno y vi cuán alto estaba… cómo se volteaba al llegar a la cima y cómo gritaban ahí dentro cuando eso ocurría… me acobardé. Ella me dio un manotazo, y no me habló en todo el camino de vuelta a casa. Nunca cabalgué la Bala." Hasta ahora, al menos.

"Debiste hacerlo, camarada. Es la mejor. Es la que hay que cabalgar. No hay nada tan bueno, al menos ahí no. Me detuve camino a casa y conseguí algo de cerveza en esa tienda que queda cerca del límite estatal. Iba a pasar por casa de mi novia para darle el botón a modo de broma."

Tocó el botón sobre su pecho, después bajó su ventanilla y arrojo el filtro del cigarrillo hacia el viento nocturno. "Solo que, probablemente ya sabes lo que ocurrió."

Desde luego, lo sabía. Era como todas esas historias de fantasmas que has oído, o no? Estrelló su Mustang y cuando llegó la policía lo hallaron sentado y muerto entre los restos con el cuerpo sobre el volante y su cabeza en el asiento trasero, su gorra volteada al revés y sus ojos muertos mirando al techo, y puesto que lo viste en Ridge Road con la luna llena y el viento soplando, ta-ráaaan. Regresaremos después de unos anuncios de nuestro patrocinador. Ahora sabía algo que no sabía antes –las peores historias son las que has oído toda tu vida. Esas son las verdaderas pesadillas.

"Nada como un funeral," dijo él, y rió. "No fue eso lo que dijiste? Tropezaste ahí, Al. Sin duda. Tropezaste, resbalaste, y caíste."

"Déjame salir," murmuré. "Por favor."

"Pues," dijo volviéndose hacia mí, "eso tenemos que discutirlo, o no? ¿Sabes quién soy yo Alan?."

"Eres un fantasma," dije.

Emitió un bufido de impaciencia y, al ligero resplandor del cuentakilómetros, las comisuras de su boca se curvaron hacia abajo. "Vamos, hombre, puedes hacerlo mejor. El jodido Casper es un fantasma. ¿Acaso yo floto en el aire? ¿Puedes ver a través de mí?" Elevó una de sus manos frente a mí, la abrió y la cerró. Pude escuchar el sonido seco y crujiente de los tendones.

Intenté decir algo. No sabía qué, y realmente no importaba, puesto que nada salía de mi boca.

"Soy una especie de mensajero," dijo Staub. "El jodido FedEx del más allá, te agrada eso? Los tipos como yo salimos bastante a menudo cuando las circunstancias son adecuadas. ¿Sabes lo que creo? Creo que a quienquiera que dirija las cosas –Dios o lo que sea- debe gustarle entretenerse. Siempre quiere ver si te conformarás con lo que tienes o si pudiese enseñarte lo que hay tras bambalinas. Sin embargo, las circunstancias tienen que ser las adecuadas. Y esta noche lo eran. Tu ahí solo… la madre enferma… haciendo autostop…"

"Si me hubiese quedado con el viejo, nada de esto habría pasado," dije. "O sí?" Ahora podía oler a Staub claramente, el penetrante olor de los químicos y el opaco y tosco olor de la carne en descomposición y me pregunté como pude haberlo dejado ir, o equivocarme por otra cosa.

"Es difícil decirlo," replicó Staub. "Tal vez ese viejo del que hablas también estuviese muerto."

Pensé en la escalofriante voz de vidrios rotos del anciano, los manoseos al calzoncillo. No, él no estaba muerto, y yo había cambiado el olor a meados de su viejo Dodge por algo pero que mucho peor.

"De cualquier manera, colega, no tenemos tiempo para hablar de eso ya. Ocho kilómetros más y estaremos viendo casas de nuevo. Otros once kilómetros y habremos llegado al límite de la ciudad de Lewiston. Lo que significa que ahora tienes que tomar una decisión."

"Decidir qué? Pregunté, solo que ya sabía la respuesta.

"Quién cabalga la Bala y quién se queda en tierra firme. Tú o tu madre." Se volvió y me miró con sus ojos inundados de luz de luna. Sonrió más ampliamente y me percaté de que le faltaban casi todos los dientes, perdidos en el accidente. Palmeó la circunferencia del volante. "Te llevaré conmigo, colega. Y puesto que estás aquí, te toca elegir. ¿Qué eliges?"

No puedes estar hablando en serio, me vino a los labios, pero qué caso tendría decir aquello, o cualquier otra cosa?

Por supuesto, él hablaba en serio. Mortalmente en serio.

Pensé en todos los años que ella y yo habíamos pasado juntos, Alan y Jean Parker contra el mundo. Muchos ratos buenos y más que unos cuantos realmente malos. Los remiendos en mis pantalones y los trastos con comida. La mayoría de los niños llevaban 25 centavos por semana para conseguirse un almuerzo caliente, y yo siempre llevaba un emparedado de mantequilla de maní o un trozo de bologna en un pan del día anterior como un chico de esas tontas historias de-mendigo-a-millonario. Dios sabía en cuántos restaurantes y estanquillos diferentes ella había trabajado para sostenernos. Las veces que había tomado el día en el trabajo para ver al representante de AND, vestida con su mejor traje de pantalón, y él sentado en la mecedora de nuestra cocina vistiendo su propio traje que incluso un niño de nueve años como yo podía decir que era mucho más fino que el de ella. Con una pizarra en su regazo y un rollizo y reluciente bolígrafo entre los dedos. Las respuestas de ella, las insultantes y embarazosas preguntas que él hacía y ella con una falsa sonrisa en los labios, ofreciéndole incluso más café porque si él entregaba el reporte adecuado, entonces ella podría ganar cincuenta dólares extra al mes. Cincuenta miserables pavos. Verla recostada en su cama una vez que el tipo salía, llorando, y cuando yo llegaba a sentarme a su lado intentaba sonreír y decía que el AND no era apto para ofrecer Ayuda a Niños Dependientes sino solamente a cabezas huecas. Me había reído y ella se había reído también, porque tenías que reír, eso ya lo sabíamos. Cuando solo eras tú y tu obesa madre fumadora contra el mundo, la risa era a menudo la única forma en la que podías sobrellevar las cosas sin volverte loco y destrozarte los puños contra las paredes.

Pero era más que eso, sabes. Para la gente como nosotros, gente pequeña que se escurría por el mundo como ratones de caricatura, algunas veces reírse de los imbéciles era la única forma de vengarte de alguna manera. Ella en todos esos empleos y trabajando dobles jornadas y curando sus tobillos cuando se lastimaba y guardando sus propinas en un jarrón que rezaba FONDO PARA EL COLEGIO DE ALAN –justo como una de esas tontas historias de-mendigo-a-millonario, sí, sí –y diciéndome una y otra vez que debía trabajar duro, que otros chicos tal vez pudiesen darse el lujo de jugar a Freddy el mamoncete en el colegio, pero yo no podía porque ella sí que podía separar sus propinas hasta que llegara el día del juicio y aún entonces no sería suficiente, al final, todo se reducía a becas y préstamos si es que yo iba a ir a la universidad, y tenía que hacerlo pues esa era la única salida para mí… y para ella.

Así que trabajé duro, si quieres pensar que lo hice, porque no era ciego –veía cuánto había engordado, cuánto fumaba (eso era su único placer personal… su único vicio si lo ves por ese lado), y yo sabía que algún día nuestros roles se intercambiarían y sería yo quien viese por ella. Con una educación universitaria y un buen empleo, tal vez pudiese hacerlo. Quería hacerlo. La amaba. Ella tenía un fiero temperamento y una lengua muy afilada-

Aquel día que hacíamos fila esperando la Bala, cuando me acobardé, no fue la única ocasión en que ella me diese un manotazo o me gritase- pero yo la amaba a pesar de eso. En parte la amaba incluso por eso. La amaba igualmente cuando me golpeaba como cuando me besaba. ¿Entiendes eso? Yo también. Y eso es bueno. No creo que puedas resumir vidas, o exponer a las familias, y nosotros éramos una familia, ella y yo, la más pequeña de las familias, una pequeña familia de dos, un secreto compartido. Si lo hubieses preguntado, te hubiese dicho que lo daba todo por ella. Y ahora eso era exactamente lo que se me pedía. Se me pedía que muriese por ella, morir en su lugar, aún cuando ella había vivido ya la mitad de su vida, probablemente mucho más. Yo apenas comenzaba a vivir la mía.

"¿Que dices, Al?" Preguntó George Staub. "El tiempo corre".

"No puedo decidir algo así," Dije roncamente. La luna navegaba sobre el camino, ligera y brillante.

"No es justo que me lo pidas".

"Lo sé, y créeme, eso es lo que todos dicen." Entonces, bajó su tono de voz. "Pero déjame decirte algo - si no te has decidido para cuando lleguemos a ver las primeras luces de las casas, tendré que llevaros a ambos." Frunció el ceño, después se iluminó su rostro, como si recordase que también había buenas noticias. "Podríais cabalgar juntos en el asiento trasero, hablar de los viejos tiempos, eso es."

"¿Cabalgar hacia dónde?"

No respondió. Quizá no sabía.

Los árboles impregnaban la vista como tinta negra. Los faros del auto se apresuraban delante al recorrer la carretera. Yo tenía veintiún años. No era virgen pero solamente había estado una vez con una chica y estaba borracho y no podía recordar claramente cómo se había sentido aquello. Habían como mil lugares que quería visitar –Los Angeles, Tahití, tal vez Luchenbach, Texas- y mil cosas que quería hacer. Mi madre tenía cuarenta y ocho años y eso era ser vieja, maldición. La Sra. McCurdy no lo decía porque ella misma era vieja. Mi madre había hecho lo correcto por mí, trabajar todas esas horas y cuidarme, pero, ¿acaso yo le había escogido su vida? ¿Había pedido nacer y demandado que viviera para mí? Ella tenía cuarenta y ocho. Yo tenía veintiuno. Tenía, como dicen, toda la vida por delante. ¿Pero era esa la forma en que debías juzgar? ¿Cómo decidías algo así? ¿Cómo podrías decidir algo así?

El bosque pasaba deprisa, la luna parecía mirar hacia abajo como un ojo brillante y mortal.

"Mas vale que te apresures, hombre," dijo George Staub. "Se nos termina la naturaleza."

Abrí la boca e intenté hablar. Nada salió salvo un árido susurro.

"Mira, hay una cosa," dijo él, rebuscando en la parte posterior del auto. Su remera se jaló hacia atrás nuevamente y tuve otra visión de la línea negra de su vientre suturado (hubiese preferido pasar de ella). Habría aún entrañas ahí dentro o solamente relleno humedecido en químicos.

Entonces echó la mano nuevamente hacia delante, había una lata de cerveza en ella –una de esas que había comprado en la tienda del límite estatal, presumiblemente.

"Yo sé cómo es esto," dijo- "El estrés te seca la garganta. Aquí tienes."

Me dio la lata. La tomé, tiré del tapón de argolla y bebí profundamente. El sabor de la cerveza al bajar por mi garganta era frío y amargo. Nunca antes había bebido cerveza. No la tolero. Apenas puedo soportar los anuncios de televisión.

Delante de nosotros, en la tempestuosa noche, apareció ante nosotros una luz amarillenta.

"Date prisa, Al –debo acelerar. Aquella es la primer casa, justo en la cima de esa colina. Si tienes algo que decirme, más vale que me lo digas ahora."

La luz desapareció y después reapareció, solo que ahora eran varias luces. Eran ventanas, detrás de ellas habría gente ordinaria haciendo cosas ordinarias –mirando televisión, alimentando al gato, tal vez golpeándose en el baño.

Pensé en nosotros de pie en la fila en Thrill Village, Jean y Alan Parker, una mujer grande con manchones oscuros de sudor bajo las axilas de su vestido de verano y su pequeño hijo. Ella no quería hacer fila, Staub tenía razón en ello… pero yo había fastidiado, fastidiado, fastidiado. También tenía razón sobre eso.

Ella me había dado un manotazo, pero también había esperado de pie ahí conmigo. Había esperado junto a mí en muchas filas, y podría repasar todo eso de nuevo, todos los argumentos, los pros y los contras, pero no había tiempo.

"Llévala," dije cuando las luces de la primera casa se deslizaron hacia el Mustang. Mi voz era ronca, rancia y fuerte. "Llévala, llévate a mi má, no me lleves a mí."

Arrojé la lata de cerveza al suelo del auto y me llevé las manos al rostro. Entonces él me tocó, tomando el frente de mi remera, sus dedos buscando a tientas, y pensé –con una súbita claridad –que todo había sido una prueba. Había fallado y ahora él me iba a sacar el corazón desbocado del pecho, como un malvado djiin en uno de esos crueles cuentos de hadas Arabes. Grité. Entonces sus dedos se soltaron –fue como si hubiese cambiado de opinión en el último segundo- y se inclinó más allá de mí. Por un momento mi nariz y pulmones estuvieron tan llenos de su olor a muerte, que estuve seguro que me había muerto. Entonces escuché el chasquido de la puerta al abrirse y el frío y fresco aire entrando, llevándose el olor a muerte.

"Dulces sueños, Al," gruñó en mi oído y entonces me empujó. Salí rodando hacia la oscuridad y el viento de la noche de Octubre con los ojos cerrados y mis manos levantadas, y mi cuerpo tensando por cualquier posibilidad de fracturarme en la caída. Posiblemente grité. No puedo recordarlo con certeza.

La caída no llegó y tras un momento que se me antojó interminable, me di cuenta que de hecho me encontraba ya en el suelo – podía sentirlo bajo mi cuerpo. Abrí los ojos, y los apreté fuertemente cerrándolos de nuevo. El resplandor de la luna era cegador. Sentí una punzada de dolor en mi cabeza, que se centraba detrás de mis ojos, ahí donde sientes dolor cuando repentinamente ves una luz muy brillante, pero algo más abajo hacia la nuca. Me di cuenta que mis piernas y ahí abajo estaban húmedos. Pero no me importó. Estaba en el suelo, y eso era lo que me importaba.

Me apoyé en los codos y abrí una vez más los ojos, más cuidadosamente en esta ocasión. Creía saber ya dónde me encontraba, y un vistazo alrededor fue suficiente para confirmarlo: me encontraba yaciendo de espaldas en el pequeño cementerio en la cima de Ridge Road.



III



La luna se hallaba ahora casi directamente encima de mí, con un intenso brillo pero mucho más pequeña de lo que había estado momentos antes. La niebla era también más densa, esparciéndose sobre el cementerio como un manto. Algunos epitafios se elevaban sobre ella como islas de piedra. Intenté ponerme de pie y otra punzada de dolor me atenazó la nuca. Me llevé la mano hasta ahí y sentí un bulto. También noté humedad pegajosa. Miré mi mano. A la luz de la luna, la sangre que escurría entre mis dedos parecía negra.

Al segundo intento conseguí ponerme en pie, y permanecí así tambaleándome entre las lápidas y hasta las rodillas de niebla. No podía ver mi mochila pues la niebla la había ocultado, pero sabía dónde estaba. Si caminaba por el sendero hacia la hendidura a la izquierda del terreno la encontraría. Demonios, incluso era posible que tropezase con ella.

Así pues esta era mi historia, pulcramente empacada y atada con un listón: Me había detenido para tomar un descanso en la cima de esta colina, me había internado en el cementerio para echar un vistazo por ahí, y al volver de visitar la lápida de un tal George Staub había tropezado con mis enormes y torpes pies. Caí, me golpeé la cabeza en una de las lápidas. ¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente? No era lo suficientemente sabio como para adivinarlo con el movimiento de la luna y precisión de minutos, pero debió ser por lo menos una hora. Tiempo suficiente para tener aquel sueño que había tenido sobre haber cabalgado con un muerto. ¿Qué muerto? George Staub, desde luego, el nombre que había leído en el epitafio de la lápida justo antes de que apagaran las luces. Era el final típico, o no? Cielos-vaya-sueño-que-he-tenido. Y cuando llegase a Lewiston y me encontrase con que mi madre había muerto? Solo una ligera sensación de premonición en la noche, dejémoslo así. Era la clase de historia que podrías contar años después, casi al final de alguna reunión, y la gente asentiría con la cabeza pensativamente y se pondría solemne y algún imbécil con remiendos de piel en los codos de su chaqueta de pana diría que hay más cosas sobre el cielo y la tierra de las que se pudiera soñar en nuestra filosofía y entonces-

"Entonces una mierda," Grazné. La parte alta de la niebla se movía lentamente, como en un espejo empañado. "Nunca hablaré sobre esto. Nunca, en toda mi vida, ni siquiera en mi lecho de muerte."

Pero había ocurrido todo como yo lo recordaba, eso era un hecho. George Staub se había aparecido y me había llevado en su Mustang. El viejo colega de Ichabod Crane con la cabeza suturada en vez de bajo su brazo, exigiendo que tomara una decisión. Y yo habíaelegido –enfrentado a las cercanas luces de la primer casa había traficado con la vida de mi madre sin apenas una pausa. Podía ser comprensible, pero eso no evitaba que la culpa disminuyera en absoluto. Su muerte parecería natural –demonios, debía ser natural – y así era como yo pretendía dejarlo.

Me dirigí hacia fuera del cementerio por el sendero izquierdo y entonces mis pies se toparon con mi mochila. La levanté y la colgué de nuevo sobre mis hombros. Aparecieron unos faros al pie de la colina casi de manera espontánea. Saqué el pulgar, extrañamente seguro de que se trataba del viejo del Dodge –había regresado a buscarme, por supuesto que sí, le daba a la historia el redondeo final.

Solo que no se trataba del viejo. Era un granjero que mascaba tabaco en una ranchera Ford llena de cestos de manzanas, un tipo perfectamente ordinario: ni viejo ni muerto.

"Hacia dónde vas, hijo?" Me preguntó, y cuando le respondí, añadió, "Eso nos irá bien a ambos".

Menos de cuarenta minutos más tarde, a las nueve y veinte, me dejo frente al Central Maine Medical Center. "Buena suerte. Espero que tu má se recupere."

"Gracias," dije y abrí la puerta.

"Me di cuenta de que estabas muy nervioso al respecto, pero es más probable que se encuentre bien. Debes conseguir algo de desinfectante para esas, dijo" Señaló a mis manos.

Bajé la vista y vi las profundas marcas amoratadas en los dorsos. Recuerdo haberlas entrelazado fuertemente, clavándome las uñas, sintiendo pero incapaz de detenerme. Y recordaba los ojos de Staub, llenos de luz de luna como agua radiante. Cabalgaste la Bala? Yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces.



"Hijo?" Preguntó el conductor de la ranchera. "Estas bien?"

"Eh?"

"Estas temblando."

"Estoy bien," dije. "Gracias otra vez." Cerré la puerta de la ranchera y me dirigí hacia la amplia entrada tras la línea de sillas de ruedas aparcadas que brillaban con la luz de la luna.

Caminé hacia el módulo de información, recordándome que debía parecer sorprendido cuando me dijesen que ella había muerto, debía parecer sorprendido, ellos lo verían curioso si no lo pareciese… o quizá pensarían que me encontraba en shock… o que no nos llevábamos bien… o …

Cavilaba tan profundamente en estos pensamientos que al principio no comprendí lo que la mujer tras el escritorio de información me dijo. Tuve que pedir que lo repitiese.

"Decía que ella está en la habitación 487, pero no puede subir ahora. Las horas de visita terminan a las nueve."

"Pero…" Repentinamente me sentí muy confundido. Me aferré al borde del escritorio. La estancia estaba iluminada con tubos fluorescentes, y al brillo de la luz, los cortes en los dorsos de mis manos resaltaban claramente – ocho pequeñas curvas amoratadas, justo sobre los nudillos. El hombre de la ranchera tenía razón, debía conseguir algo de desinfectante.

La mujer tras el escritorio me miraba pacientemente. La placa frente a ella, decía que su nombre era

IVONNE EDERLE.

"Pero, ella está bien?"

Miró en su ordenador. "Lo que dice aquí es S. Significa satisfactorio. Y el cuarto piso es la sala general. Si su madre hubiese tenido algún cambio a peor, se encontraría en la UCI. Que está en el tercer piso. Estoy segura que si vuelve usted mañana, la encontrará muy bien. Las horas de visita comienzan a las - "

"Ella es mi má," Dije. "He venido en autostop desde la Universidad de Maine para verla. ¿No cree usted que podría subir al menos unos minutos?"

"Algunas veces hacemos excepciones para los familiares más cercanos," dijo ella sonriéndome. "Aguarde un momento. Veré qué puedo hacer." Levantó el teléfono y pulsó un par de botones, sin duda para llamar a la estación de enfermeras del cuarto piso, y pude ver el curso de los siguientes minutos como

Si realmente tuviese una segunda visión. Yvonne, la dama de Información preguntaría si el hijo de la Sra. Parker, en la habitación 487 podría subir por un par de minutos – lo suficiente para dar a su madre un beso y alguna palabra de aliento – y la enfermera diría oh Dios, la Sra. Parker murió hace menos de quince minutos, apenas la enviamos a la morgue, no hemos tenido oportunidad de actualizar los datos en el ordenador, esto es terrible.

La mujer del escritorio dijo, "Muriel? Habla Yvonne. Hay un joven aquí conmigo, su nombre es -" Ella me miró con las cejas enarcadas y le di mi nombre. "- Alan Parker. Su madre es Jean Parker que está en la 487, Me pregunta si podría…"

Se detuvo. Escuchando. En la otra línea, la enfermera del cuarto piso sin duda le comunicaba que Jean Parker estaba muerta.

"Está bien," Dijo Yvonne. "Sí, entiendo". Permaneció en silencio un momento, con la mirada perdida, entonces colocó el auricular sobre su hombro y dijo, "Está enviando a Anne Corrigan a que le eche un vistazo. Solo tomará un segundo."

"Yvonne frunció el entrecejo "Disculpa?"

"Nada," Dije. "Ha sido una larga noche y - "

"-Y está usted preocupado por su madre. Desde luego. Creo que es usted un buen hijo en dejar todo como lo hizo y venir hasta acá."

Yo sospechaba que la opinión que tenía Yvonne Ederle sobre mí daría un abrupto giro si hubiese escuchado mi conversación con el joven tras el volante del Mustang, pero por supuesto, no había ocurrido. Eso era un pequeño secreto, sólo entre George y yo.

Parecía que habían transcurrido horas desde que me encontrara de pie bajo los tubos fluorescentes, esperando a que la enfermera del cuarto piso volviese a ponerse en la línea. Yvonne tenía unos papeles frente a ella. Bajó su bolígrafo hacia uno de ellos, marcando claras líneas al lado de algunos de los nombres, y se me ocurrió que si realmente existiese un Angel de la Muerte, él o ella sería probablemente como esta mujer, un funcionario ligeramente sobrecargado de trabajo con un escritorio, un ordenador y mucho papeleo. Yvonne mantuvo el auricular entre su oído y un hombro levantado. El altavoz decía que se solicitaba al Dr. Farquahr en radiología, Dr. Farquahr. En el cuarto piso, una enfermera llamada Anne Corrigan estaría ahora viendo a mi madre, yaciendo muerta en su cama con los ojos abiertos, el rictus de su boca inducido por el infarto, finalmente relajado.

Yvonne se enderezó al recibir respuesta por la otra línea. Escuchó, entonces dijo: "De acuerdo, si, entiendo. Lo haré. Por supuesto, lo haré. Gracias, Muriel." Colgó el teléfono y me miró solemnemente. "Muriel dice que puede usted subir, pero solamente podrá quedarse cinco minutos. Le han dado a su madre píldoras para dormir, y se encuentra algo sedada."

Me quedé ahí boquiabierto.

Su sonrisa se desvaneció un poco. "Seguro se encuentra bien Sr. Parker?"

"Sí," respondí. "Supongo que había pensado -"

Volvió a sonreír. Esta vez era una sonrisa de simpatía.

"Mucha gente piensa eso," dijo. "Es comprensible. Usted recibe de la nada una llamada, se apresura a llegar aquí… es comprensible que piense lo peor. Pero Muriel no le permitiría subir a su piso si su madre no se encontrase bien. Créame."

"Gracias," dije. "Muchas gracias de verdad."

Mientras me alejaba, ella me dijo: "Sr. Parker? Si usted viene de la Universidad de Maine al norte, podría preguntarle por qué lleva puesto ese botón? Thrill Village está en New Hampshire, o no?"

Bajé la vista a mi remera y vi el botón prendido al bolsillo del pecho: CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Recordé haber creído que él intentaba arrancarme el corazón. Ahora lo comprendía: él lo había prendido a mi remera justo antes de arrojarme hacia la noche. Era su forma de marcarme, de hacer nuestro encuentro imposible de negar. Los cortes en los dorsos de mis manos así lo demostraban, el botón en mi remera, también. Él me había pedido que eligiese y yo lo había hecho.

Entonces, cómo podía mi madre seguir con vida?

"Esto?" Toqué el botón con la punta de mi pulgar, e incluso lo lustré un poco. "Es mi amuleto de la buena suerte."

La mentira era tan horrible que tenía una suerte de esplendor.

"Lo obtuve cuando estuve ahí con mi madre, hace mucho tiempo. Ella me llevó a la Bala."

Yvonne, la dama de Información sonrió como si fuese lo más dulce que jamás hubiese oído. "Dele un abrazo y un beso." Dijo. "El verle a usted le hará dormir mejor que cualquier píldora que tengan los doctores." Señaló. "Los ascensores están por ahí, doblando la esquina."

Concluidas las horas de visita, yo era la única persona esperando ascensor. Había un basurero a la izquierda de un quiosco, que se encontraba cerrado y a oscuras. Me quité el botón de la remera y lo arrojé en el basurero. Después me froté la mano contra el pantalón. Todavía la estaba frotando cuando la puerta de un ascensor se abrió. Entré y pulsé el número cuatro. La cabina comenzó a subir.

Arriba de los botones que indicaban los pisos, había un cartel que anunciaba una campaña de donación de sangre para la siguiente semana. Al leerlo, una idea me acometió… excepto que no era tanto una idea sino una certeza. Mi madre estaba muriendo ahora, en este preciso instante, mientras subía hacia ella en este lento ascensor industrial. Yo había elegido, por lo tanto yo la hallaría muerta. Tenía sentido.

La puerta del ascensor se abrió y mostró otro cartel. Este mostraba un dedo de caricatura presionando unos grandes labios rojos de caricatura. Bajo ellos había una leyenda en letras rojas NUESTROS PACIENTES AGRADECEN SU SILENCIO! Mas allá de la estancia, había un corredor que iba hacia derecha e izquierda. Los números nones se encontraban a la izquierda.

Caminé por ese corredor, mis zapatillas parecían ganar peso a cada paso. Aminoré la marcha en los cuatrocientos setenta, y me detuve completamente entre el 481 y el 483. No podía hacer esto. Un sudor frío y pegajoso como jarabe a medio helar me resbalaba por la cabeza en pequeños ríos. Mi estómago estaba hecho nudo como un lustroso guante. No, no podía hacerlo. Mejor era dar marcha atrás como todo el cobarde gallina que yo era. Haría autostop hasta Harlow y llamaría a la Sra. McCurdy por la mañana. Sería más fácil encarar las cosas por la mañana.

Comencé a girarme, y entonces una enfermera asomó la cabeza dos habitaciones más allá… en la habitación de mi madre.

"Sr. Parker?" Preguntó en voz queda.

Por un loco instante, casi lo niego. Entonces asentí.

"Venga. Deprisa. Se va."

Eran las palabras que yo esperaba, pero aún así sentí un estremecimiento de terror y doblé las rodillas.

La enfermera lo vio y caminó deprisa hacia mí, su falda ondeando y su rostro alarmado. El pequeño fistol dorado en su pecho rezaba ANNE CORRIGAN. "No, no, me refiero al sedante… se va a dormir, eso es todo. No irá usted a desmayarse verdad?" Me tomó por el brazo.

"No," Dije yo, sin saber si me desmayaría o no. El mundo ondulaba y mis oídos zumbaban. Pensé en cómo transcurrió el camino en el auto, un filme en blanco y negro y toda esa luz de luna plateada. Cabalgaste la bala? Hombre, yo cabalgué la jodida cosa cuatro veces.

Anne Corrigan me llevó hacia la habitación y vi a mi madre. Siempre había sido una mujer grande, y la cama de hospital parecía pequeña y angosta, pero casi parecía perderse en ella. Su cabello, ahora más gris que negro, estaba desparramado sobre la almohada. Sus manos yacían en el borde de las sábanas como las manos de un niño, o de una muñeca.

No había rictus congelado como el que yo había imaginado en su rostro, pero su complexión era amarillenta.

Sus ojos estaban cerrados, pero cuando la enfermera a mi lado murmuró su nombre, se abrieron. Tenían un color azul profundo e iridiscente, su parte más joven, perfectamente viva. Por un momento miraron al vacío, y entonces me hallaron. Sonrió e intentó levantar los brazos. Uno se levantó, el otro tembló, se elevó un poco y cayó. "Al," murmuró.

Fui hacia ella, comenzando a llorar. Había una silla junto a la pared, pero no me molesté en tomarla. Me arrodillé en el suelo y puse mis brazos alrededor de ella. Su olor era cálido y limpio. Besé su sien, su mejilla, la comisura de su boca. Levantó su mano sana y deslizó sus dedos bajo uno de mis ojos.

"No llores," murmuró. "No es necesario."

"Vine tan pronto me enteré," dije. "Betsy McCurdy me llamó."

"Le dije… fin de semana," dijo ella. "Dije que el fin de semana estaría bien."

"Sí, y al diablo con eso," repliqué y la abracé.

"Arreglaste el auto?"

"No," dije. "Hice autostop."

"Oh cielos," dijo ella. Cada palabra representaba claramente un esfuerzo para ella, pero no se saltaba letras y no sentí aturdimiento o desorientación en ella. Sabía quién era ella, quién era yo, dónde nos encontrábamos y por qué estabamos ahí. La única señal de que algo andaba mal era su débil brazo izquierdo. Y tuve una gran sensación de alivio. Todo había sido una cruel y práctica broma de Staub… o tal vez no existía un Staub, tal vez todo había sido un sueño después de todo, tan vulgar como podría ser. Ahora que me encontraba aquí, arrodillado junto a su cama, con los brazos a su alrededor, oliendo la remanente fragancia de su perfume de Lavanda, la idea de un sueño se me antojaba mucho más plausible.

"Al? Hay sangre en el cuello de tu remera." Sus ojos se cerraron, y después se abrieron lentamente otra vez. Imaginé que debía sentir los tan párpados pesados como yo había sentido mis zapatillas afuera, en el corredor.

"Me golpeé la cabeza má, no es nada."

"Bien. Tienes que… cuidarte." Los párpados se cerraron una vez más, se abrieron mucho más lentamente.

"Sr. Parker, creo que es mejor que la dejemos dormir ahora,"

"Probablemente, sí" Dije, rindiéndome. "Está casi en el mismo sitio donde tú me lo diste."

"No debí hacerlo," dijo ella. "Hacía calor y estaba cansada, pero aún así… no debí hacerlo. Quería decirte que lo siento."

Mis ojos comenzaron a gotear de nuevo. "Está bien, má. Eso sucedió hace mucho tiempo."

Dijo la enfermera detrás de mí. "Ha tenido un día extremadamente difícil."

"Lo sé." La besé de nuevo en la comisura de la boca. "Me voy má, pero volveré mañana."

"No… Autostop… peligroso."

"No lo haré. Conseguiré que me lleve la Sra. McCurdy. Tú duerme."

"Dormir… todo lo que hago," dijo. "Estaba en el trabajo descargando la máquina lava platos. Me dio un dolor de cabeza, Caí. Desperté… aquí." Alzó la vista hacia mí. "Fue un infarto, Dice el doctor… no muy grave."

"Estás bien," dije. Me levanté, y tomé su mano.

La piel estaba bien, tan suave como seda mojada. La mano de una persona mayor.

"Soñé que estábamos en aquel parque de atracciones en New Hampshire," dijo.

Bajé la vista hacia ella, sintiendo mi piel enfriarse completamente. "En serio?"

"Ajá. Esperábamos en la fila para ese que va… muy alto. ¿Recuerdas ese?"

"La Bala," dije. "Lo recuerdo má."

"Tú tenías miedo y yo grité. Te grité."

"No, ma, tú-"

Su mano se oprimió la mía y las comisuras de su boca se contrajeron en una delgada línea. Era un fantasma de su antigua expresión de impaciencia.

"Si," dijo. "Te grité y te manoteé. Detrás… en el cuello, ¿verdad?

"Nunca pudiste cabalgar," murmuró ella.

"Sí, lo hice" dije. "Al final, lo hice."

Ella me sonrió. Se veía pequeña y débil, a kilómetros aquella enfadada, sudorosa y musculosa mujer que me había gritado cuando finalmente habíamos llegado al inicio de la fila, que me había gritado y golpeado en la nuca. Debió haber visto algo en la cara de alguien –alguna de las otras personas que esperaban para cabalgar la Bala- porque recuerdo que dijo algo como Qué estás mirando encanto?Mientras me llevaba de la mano, yo lloriqueando bajo el cálido sol de verano, frotándome la nuca… solo que realmente no dolía, no me había manoteado tan fuerte, principalmente recuerdo cuán agradecido me sentía de librarme de aquella alta y ondeante estructura con las cápsulas a cada lado, aquella revolvente máquina de gritos.

"Sr. Parker, realmente tiene que irse," dijo la enfermera. Levanté la mano de mi madre y besé sus nudillos.

"Te veré mañana," dije "Te amo má."

"Yo también a ti, Alan… lamento las veces que te golpeé. No debí hacerlo así."

Pero lo había hecho, había sido su forma de hacerlo. No sabía cómo decirle que lo sabía y que lo aceptaba. Era parte de nuestro secreto familiar, algo que se susurra a través de las terminaciones nerviosas.

"Te veré mañana, má, de acuerdo?"

No respondió. Sus ojos se habían cerrado de nuevo, y esta vez no los abrió. Su pecho subía y bajaba lenta y regularmente. Me alejé de la cama, sin apartar la vista de ella.

En la estancia, le dije a la enfermera, "Realmente estará bien? Realmente bien?"

"Nadie puede saberlo con certeza, Sr. Parker. Ella es paciente del Dr. Nunnally. Él es muy bueno. Estará en el piso mañana por la tarde y podrá preguntarle -"

"Dígame lo que usted cree."

"Yo creo que estará bien," dijo la enfermera, guiándome de vuelta hacia la estancia del ascensor.

"Sus signos vitales son fuertes, y los efectos residuales sugieren un infarto muy leve." Frunció un poco el ceño.

"Tendrá que hacer algunos cambios, desde luego. En su dieta… su estilo de vida…"

"El cigarrillo quiere decir."

"Oh sí. Eso tendrá que terminar." Lo decía como si el hecho de que mi madre dejase el hábito de toda su vida fuese tan fácil como mover un jarrón de una mesa en la sala de estar y llevarlo al recibidor. Pulsé el botón de los ascensores, y la puerta de la cabina en que había subido se abrió al instante. Las cosas claramente se movían más despacio en el CMMC cuando las horas de visita habían concluido.

"Gracias por todo" dije.

"No hay de qué. Lamento haberlo asustado. Lo que dije fue realmente estúpido."

"De ninguna manera," Dije, aunque estaba de acuerdo. "Ni lo mencione."

Entré en el ascensor y pulsé el botón del recibidor. La enfermera levantó la mano y ondeó los dedos. Yo le devolví el gesto y entonces la puerta se deslizó entre nosotros. La cabina comenzó su descenso. Miré las marcas de uñas en los dorsos de mis manos y pensé que era una criatura abominable, lo más bajo entre lo bajo. Aún cuando todo hubiese sido un sueño, yo era lo más bajo entre lo más malditamente bajo. Llévala, había dicho. Era mi madre pero me había dado igual. Llévate a mi má, no me lleves a mí. Ella me había criado, había trabajado horas extra por mí, había esperado en la fila conmigo bajo el ardiente sol del verano en el parque de diversiones de un polvoriento pueblucho de New Hampshire, y al final, yo apenas había dudado. Llévala, no me lleves a mí. Gallina, gallina, jodido gallina de mierda.

Cuando se abrió la puerta del ascensor salí, tomé el borde del basurero, y ahí estaba, yaciendo en el fondo de un vaso de papel con café a medio terminar de alguien: CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA.

Me incliné, saqué el botón de los fríos restos de café donde se encontraba, lo sequé con mis pantalones y lo metí en mi bolsillo. Arrojarlo a la basura había sido una mala idea. Era mi botón ahora – amuleto de buena o mala suerte, era mío. Salí del hospital, despidiéndome brevemente de Yvonne. Afuera, la luna cabalgaba el umbral del cielo, inundando el mundo con su luz extraña y perfectamente soñadora. Nunca me había sentido tan cansado ni tan alicaído en toda mi vida. Deseé poder elegir de nuevo. Habría hecho una elección distinta. Lo que resultaba cómico –si la hubiese encontrado muerta como suponía que sería, creo que hubiese podido vivir con ello. Después de todo no era así como se suponía debían terminar esta clase de historias?

Nadie querría llevar a un tipo en el pueblo, había dicho el viejo de los calzoncillos, y cuán cierto era. Caminé atravesando todo Lewiston –tres docenas de calles de Lisbon Street y nueve calles de Canal Street, pasando por los clubes nocturnos con las gramolas tocando viejas canciones de Foreigner, y Led Zeppelin y AC/DC en Francés –sin mostrar mi pulgar una sola vez. No habría dado resultado. Ya pasaban de las once antes que llegara a DeMuth Bridge. Una vez en el lado de Harlow, el primer auto al que mostré el pulgar se detuvo. Cuarenta minutos más tarde estaba buscando la llave bajo la carretilla roja junto a la puerta del cobertizo trasero, y diez minutos después, estaba en la cama. Mientras me tumbaba en ella, se me ocurrió que era la primera vez en mi vida que dormía solo en aquella casa.

Fue el teléfono el que me despertó a las doce y cuarto del medio día. Pensé que sería del hospital, alguien del hospital me diría que mi madre había tenido un abrupto cambio a peor y había muerto hacía solo unos minutos, que pena.

Pero era solamente la Sra. McCurdy, queriendo asegurarse que había llegado bien a casa, queriendo saber todos los detalles de mi visita la noche anterior (me hizo contárselo tres veces, y hacia el final de la tercer recitación, me comenzaba a sentir como un criminal al que se interroga por cargos de asesinato), también quería saber si podría ir con ella al hospital esa tarde. Le dije que eso sería estupendo.

Cuando colgué crucé la habitación hacia la puerta: Aquí había un espejo de cuerpo completo. En él se reflejaba un joven alto sin afeitar, con una pequeña barriga, vestido únicamente con ondeantes calzoncillos largos. "Debes encargarte de eso grandullón", le dije a mi reflejo. No puedes continuar viviendo y pensando que cada vez que suene el teléfono será alguien diciéndote que tu madre ha muerto.

No es que lo pensara. El tiempo borraría el recuerdo, siempre lo hacía… pero era sorprendente cuán real e inmediata me parecía la noche anterior. Cada filo y vértice era agudo y claro. Todavía podía ver el joven y bien parecido rostro de Staub bajo su gorra volteada al revés, y el cigarrillo detrás de su oreja y la forma en

La que el humo escapaba de la incisión en su cuello al inhalar.

Todavía podía oírlo contando la historia del Cadillac que se vendía barato. El tiempo desvanecería los filos y redondearía los bordes pero, tomaría tiempo.

Después de todo, conservaba el botón, lo había dejado sobre el buró junto a la puerta del baño. El botón era mi recuerdo. Algo que probaba que en realidad todo había sucedido.

Había un equipo modular anticuado en el rincón de la habitación y rebusqué entre mis viejas cintas, buscando algo que escuchar mientras me afeitaba. Encontré una marcada FOLK MIX y la puse en el toca cintas. La había hecho en la escuela secundaria y apenas podía recordar lo que había en ella. Bob Dylan cantaba sobre la triste muerte de Hattie Caroll, Tom Paxton cantaba sobre su colega trotamundos y después, Dave Van Roak comenzó a cantar el Blues de la Cocaína.

A mitad del tercer verso me detuve con la navaja de afeitar sobre la mejilla. Tengo la barriga llena de whisky y la cabeza de ginebra, Dave cantaba con su áspera voz. El doctor dice que me matará pero no me dice cuándo. Y esa era la respuesta, claro.

Una conciencia culpable me había llevado a asumir que mi madre moriría inmediatamente y Staub no había corregido esa asunción –cómo podía, cuando ni siquiera había yo preguntado?- pero obviamente era falso.

El doctor dice que me matan pero no digas cuándo.





Sobre qué en el nombre de Dios me estaba atormentando?

No había sido mi elección más susceptible al orden natural de las cosas? Acaso no sobrevivían los hijos a sus padres?

El hijo de puta había intentado asustarme –hacerme sentir culpable- pero no tuve que comprar lo que él vendía, o sí?

Acaso no cabalgábamos todos la Bala al final?

Estás sólo intentando quitártelo de encima. Tratando de hacerlo parecer correcto. Tal vez lo que piensas es cierto… pero, cuando él te pidió elegir, la elegiste a ella. No hay manera de cambiar eso, amigo – la elegiste a ella.

Abrí los ojos y miré mi rostro en el espejo. "Hice lo que tenía que hacer" Dije. Realmente no lo creía pero suponía que lo haría con el tiempo.

La Sra. McCurdy y yo fuimos a ver a mi madre y se encontraba un poco mejor. Le pregunté si recordaba su sueño sobre Thrill Village, en Laconia, ella negó con la cabeza. "Apenas recuerdo que veniste anoche," dijo "estaba terriblemente somnolienta. Importa eso?"

"Nop," dije y besé su sien. "En absoluto".

Mi má salió del hospital cinco días después. Tuvo una leve cojera durante un tiempo, pero al cabo de un mes había vuelto al trabajo – al principio media jornada y después tiempo completo, como si nada hubiera ocurrido. Yo volví al colegio y obtuve un empleo en Pat’s Pizza en el centro de Orono. La paga no era sensacional, pero fue suficiente para reparar mi auto.

Eso estaba bien. Perdí el poco gusto que me había quedado por hacer autostop.

Mi madre intentó dejar de fumar y lo logró durante un tiempo. Después volví del colegio en Abril por las vacaciones con un día de anticipación y encontré nuestra cocina tan humeante como de costumbre. Ella me miró con ojos que parecían tanto avergonzados como desafiantes. "No puedo" Dijo. "Sé que quieres que lo deje, y sé que debo hacerlo, pero hay un vacío tan grande en mi vida sin él. Nada lo llena. Lo mejor que puedo hacer es desear nunca haber comenzado."

Dos semanas después de graduarme en la universidad, mi má sufrió otro infarto – solo uno pequeño. Intentó nuevamente dejar de fumar cuando el doctor la reprendió y después aumentó 25 kilos y volvió al tabaco. "Como el perro se voltea hacia el propio vómito" dice la Biblia, siempre me había gustado aquello.

Obtuve un empleo bastante bueno en Portland en mi primer intento –afortunado, supongo, y comencé la labor de convencerla de dejar su empleo. Fue un verdadero estira y afloja al principio.

Tal vez el disgusto me hizo abandonar idea, pero yo conservaba un recuerdo que me mantenía alejándome de sus defensas Yankees.

"Debes ahorrar para tu propia vida y no cuidar de mí," dijo ella. "Querrás casarte algún día, Al, y lo que gastes en mí no te servirá para ello. Para tu verdadera vida."

"Tú eres mi verdadera vida," le dije y la besé. "Podrá o no gustarte, pero así son las cosas."

Y finalmente, arrojó la toalla.

Tuvimos unos años bastante buenos después de eso –siete en total. No vivía con ella, pero la visitaba casi a diario. Jugábamos mucho gin rummy y veíamos muchas películas en la video grabadora que le había comprado. Tenía un balde cargado de risas, como solía decir ella. Yo no sabía si le debí esos años a George Staub o no, pero fueron buenos años. Y mi recuerdo de la noche en que conocí a George Staub nunca se desvaneció y se transformó en algo como un sueño, como siempre esperé que sucediera, cada incidente, desde el viejo diciéndome que pidiera un deseo a la luna campestre, a los dedos buscando a tientas sobre mi remera mientras Staub me prendía el botón permanecían perfectamente claros. Sabía que aún lo tenía cuando me había mudado a mi pequeño apartamento en Falmouth- lo guardé en el primer cajón de mi mesilla de noche, junto con un par de peines, mi juego de gemelos(1), y un viejo botón político que decía BILL CLINTON, EL PRESIDENTE DEL SAXO SEGURO- pero después lo había perdido. Y cuando el teléfono sonó un día o dos mas tarde, sabía por qué estaba llorando la Sra. McCurdy. Eran las malas noticias que realmente nuca dejé de esperar; lo divertido es divertido, y lo hecho hecho está.

Cuando terminó el funeral, y el velatorio, y las aparentemente interminables filas de dolientes,


Me mudé de nuevo a la pequeña casa en Harlow donde mi madre había pasado sus últimos años, fumando y comiendo rosquillas azucaradas. Habíamos sido Alan y Jean Parker contra el mundo, ahora sólo quedaba yo.

Busqué entre sus efectos personales, separando los papeles con los que tendría que lidiar más tarde, empacando en un rincón de la habitación, las cosas que quería conservar y en otro, las cosas que quería regalar a la Beneficencia. Casi al terminar la faena, me arrodillé y miré bajo su cama y ahí estaba, lo que había buscado por todas partes sin realmente aceptarlo: un polvoriento botón que rezaba CABALGUÉ LA BALA EN THRILL VILLAGE, LACONIA. Curvé la mano alrededor de él. El fistol se clavó en mi carne y lo apreté aún más, sintiendo un placer amargo en el dolor. Cuando abrí nuevamente los dedos, tenía los ojos llenos de lágrimas y las palabras del botón parecían duplicarse, sobreponiéndose unas con otras en la trémula luz. Era como ver una película en tercera dimensión sin usar las gafas.

"Estás satisfecho?" Pregunté al cuarto vacío. "Es suficiente?" No hubo respuesta, desde luego. "Para qué te molestaste? ¿Cuál es la maldita cuestión?"

Aún no había respuesta, y por qué debía haberla? Esperas en la fila, eso es todo. Esperas en la fila bajo la luna y pides tu deseo a la infecta luz. Esperas en la fila y los escuchas gritar – pagan

Para ser asustados, y en la Bala siempre hacen valer su dinero. Tal vez cuando llegue tu turno, cabalgues, tal vez corras. De cualquier forma todo acaba igual, eso creo. Debería haber más que eso, pero en realidad no lo hay – lo divertido es divertido y lo hecho, hecho está.


Toma tu botón y vete de aquí.



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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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