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El papel de tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman







No es nada habitual que gente corriente como John y yo alquile casas solariegas para el verano.

Una mansión colonial, una heredad... Diría que una casa encantada, y llegaría a la cúspide de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedir demasiado al destino!

De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella.

Si no, ¿por qué iba ser tan barato el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo desocupada?

John se ríe de mí, claro, pero es lo que se espera del matrimonio.

John es sumamente práctico. No tiene pacien­cia con la fe, la superstición le produce un horror intenso, y se burla abiertamente en cuanto oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver y reducir a cifras.

John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo sólo para mí, y con gran alivio por mi parte), es posible, digo, que ése sea el motivo de que no me cure más deprisa.

¡Es que no se cree que esté enferma!

¿Y qué se le va a hacer?

Si un médico de prestigio, que además es tu marido, asegura a los amigos y a los parientes que lo que le pasa a su mujer no es nada grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?

Mi hermano, que también es un médico de prestigio, dice lo mismo.

O sea, que tomo no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro aire fresco, y hago ejer­cicio, y tengo terminantemente prohibido «traba­jar» hasta que vuelva a encontrarme bien.

Personalmente disiento de sus ideas.

Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien.

Pero ¿qué se le va a hacer?

Durante una temporada sí que escribí, a pesar de lo que dijeran; pero es verdad que me agota bastante. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme...

A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar.

Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.

¡Qué maravilla de finca! Es bastante solitaria, apartada de la carretera, a sus buenos cinco kiló­metros del pueblo. Me recuerda esas casas ingle­sas que salen en los libros, porque tiene setos, muros y verjas que se cierran con candado, y muchas casitas desperdigadas para los jardineros y la gente.

¡Además tiene un jardín que es una preciosi­dad! No lo he visto igual en mi vida: grande, con mucha sombra, cruzado por caminitos con boj en los bordes, y en todas partes hay pérgolas largas, con parras y asientos debajo.

También había invernaderos, pero están todos rotos.

Tengo entendido que hubo problemas legales, una cuestión de herederos y coherederos; el caso es que lleva años vacía.

Me temo que eso da al traste con lo del fantas­ma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo noto.

Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que notaba era corriente de aire, y cerró la ventana. ¡Corriente de aire!

A veces me enfado con John sin motivo. Estoy más sensible que antes, eso seguro. Yo creo que es por mi problema de nervios.

Pero John dice que si pienso eso me olvidaré de controlarme como es debido; así que hago esfuerzos por controlarme, al menos en su presen­cia, cosa que me cansa mucho.

No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana y unas colgaduras de chintz anticuadas que eran una preciosidad; pero John se negó en redondo.

Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no daba para dos camas y que tampoco había nin­gún otro dormitorio cerca para que se instalara él.

Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.

Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una mezquina y una desagra­decida por no valorarlo más.

Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría reposo absoluto y todo el aire que se puede respirar. «El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño –dijo–, y lo que comas, en cierto modo, de tu apetito, pero el aire lo puedes absorber en todo momento.» En definitiva, que nos instalamos en el cuarto de los niños, el más alto de la casa.

Es una habitación grande y aireada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas a todos los flancos, y aire y sol a raudales. Por lo que se ve empezó siendo cuarto de los niños, luego sala de juegos y al final gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños, y en las paredes anillas y otras cosas.

Es como si la pintura y el papel de pared estu­vieran gastados por todo un colegio. Está arrancado (el papel) a trozos grandes alrededor del cabe­zal de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel más feo.

Uno de esos diseños vistosos y exagerados que cometen todos los pecados artísticos habidos y por haber.

Es lo bastante soso para confundir al ojo que lo sigue, lo bastante pronunciado para irritar constantemente e incitar a su examen, y cuando sigues un rato las líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exage­rados y se destruyen a sí mismas en contradiccio­nes inconcebibles.

El color es repelente, casi repugnante: un ama­rillo chillón y sucio, desteñido de manera rara por la luz del sol, que se desplaza lentamente.

En algunas partes se convierte en un naranja paliducho y desagradable, y en otras coge un tono verdoso repelente.

¡No me extraña que no les gustara a los niños! Yo, si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría.

Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.

Llevamos dos semanas en la casa y desde el primer día no he vuelto a tener ganas de escribir.

Estoy sentada al lado de la ventana, en este cuarto de los niños que es una atrocidad, y nada me impide explayarme todo lo que quiera, como no sea la falta de fuerzas.

John se pasa el día fuera, y hasta hay noches en que tiene casos graves y se queda.

¡Me alegro de que no lo sea el mío!

Aunque estos problemas de nervios son lo más deprimente que hay.

John no sabe lo que sufro. Sabe que no hay «motivo» para sufrir, y con eso le basta.

Claro que sólo son nervios. ¡Me agobian tanto que dejo de hacer lo que tendría que hacer!

¡Yo que tenía tantas ganas de ayudar a John, de servirle de descanso y de consuelo, y aquí estoy, tan joven y convertida en una carga!

Nadie se creería el esfuerzo que representa lo poco que puedo hacer: vestirme, recibir visitas y hacer pedidos.

Suerte que Mary tiene tanta maña con el bebé. ¡Qué monada de criatura!

Pero no puedo, no puedo estar con él. ¡Me pongo tan nerviosa...!

Supongo que John no habrá estado nervioso en toda su vida. ¡Cómo se ríe de mí por el papel de pared!

Al principio quiso poner uno nuevo, pero luego dijo que estaba dejando que me obsesiona­ra, y que para una enferma de los nervios no hay nada peor que ceder a esa clase de fantasías.

Dijo que una vez puesto un papel nuevo pasaría lo mismo con la cama, tan maciza, y luego con los barrotes de las ventanas, y luego con la reja que hay al final de la escalera, y que se con­vertiría en el cuento de nunca acabar.

–Tú sabes que este sitio te sienta bien –dijo–, y francamente, cariño, no pienso reformar la casa sólo para un alquiler de tres meses.

–Pues vamos abajo –dije yo–. Abajo hay dor­mitorios muy bonitos.

Entonces me tomó en brazos y me llamó tonti­ta. Dijo que si se lo pedía yo bajaría al sótano, y hasta lo encalaría.

De todas maneras tiene razón con lo de las camas, las ventanas y el resto.

Es una habitación tan aireada y cómoda que más no se puede pedir. Lógicamente, no voy a ser tan tonta como para incomodar a John por un simple capricho.

La verdad es que me estoy encariñando con el dormitorio. Con todo menos con ese papel tan horrible.

Por una ventana se ve el jardín, las misteriosas pérgolas con su sombra impenetrable las flores de otra época, creciendo por todas partes, los arbustos los árboles nudosos...

Por otra tengo una vista encantadora de la bahía, y de un embarcadero pequeño, privado, que pertenece a la casa. Se baja por un caminito precioso, con mucha sombra. Siempre me imagi­no que veo gente caminando por todos esos cami­nos y pérgolas, pero John me ha avisado de que no alimente fantasías. Dice que con la imagina­ción que tengo, y con mi costumbre de inventarme cosas, una debilidad nerviosa como la mía sólo puede desembocar en toda clase de fantasías desbordantes, y que debería usar mi fuerza de voluntad y mi sentido común para controlar esa tendencia. Es lo que intento.

A veces pienso que si tuviera fuerzas para escribir un poco se aligeraría la presión de las ideas, y podría descansar.

Pero cada vez que lo intento me doy cuenta de que me canso mucho.

¡Desanima tanto que nadie me aconseje ni me haga compañía en mi trabajo! John dice que cuando me ponga bien del todo invitaremos varios días al primo Henry y a Julia; pero dice que en este momento preferiría ponerme petardos en el cojín que dejarme en una compañía tan esti­mulante.

Ojalá me curara más deprisa.

Pero no tengo que pensarlo. ¡Me da la impre­sión de que este papel «sabe» la mala influencia que tiene!

Hay una zona recurrente donde el dibujo se dobla como un cuello roto, y te miran dos ojos saltones puestos al revés.

Es tan impertinente, tan pertinaz, que me pone furiosa. Se repite hacia arriba, hacia abajo, de lado, y por todas partes aparecen esos ojos ridícu­los, mirándome sin pestañear. Hay un sitio donde no encajan bien dos rollos, y los ojos se repiten de arriba a abajo, uno más alto que el otro.

Nunca había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y ya se sabe lo expresivas que son! De niña me quedaba despierta en la cama, y saca­ba más diversión y más miedo de una pared en blanco o de un mueble normal y corriente que la mayoría de los niños en una tienda de juguetes.

Aún me acuerdo de la simpatía con que me guiñaban el ojo los tiradores de nuestro escritorio antiguo, y había una silla a la que siempre tuve por una amiga fiel.

Me parecía que si alguna de las demás cosas tenía un aspecto demasiado amenazador siempre podía subirme a la silla y ponerme a salvo.

Lo peor que puede decirse del mobiliario de esta habitación es que le falta armonía, porque tuvimos que subirlo de la planta baja. Supongo que cuando servía de sala de juegos tuvieron que quitar todo lo de cuando eran pequeños los niños. ¡No me extraña! Nunca he visto unos destrozos como los que hicieron aquí los chavales.

Ya he dicho que el papel de pared está arrancado en varios sitios, y eso que estaba bien pegado. Además de odio debían de tener perseverancia.

El suelo, además, está cubierto de rayas, agu­jeros y trozos desprendidos. Hasta el yeso tiene algún que otro boquete, y esta cama tan grande y pesada, que es lo único que encontramos en la habitación, parece salida de una guerra.

Pero a mí me da igual. Sólo me molesta el papel.

Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es, y qué bien me trata! Que no me encuentre escri­biendo.

Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convenci­da de que para ella estoy enferma porque escribo!

Pero cuando no está puedo seguir escribiendo, y estas ventanas hacen que la vea de muy lejos.

Hay una que da a la carretera, una carretera muy bonita y con muchas curvas. Otra tiene vis­tas al campo. También es bonita, lleno de olmos frondosos, y de prados aterciopelados.

Este papel de pared tiene una especie de dibu­jo secundario en otro color; es de lo más irritante, porque sólo se ve cuando la luz entra de según qué manera y ni siquiera así queda nítido.

Pero en las partes donde no se ha descolorido y donde da el sol así... Veo una especie de figura extraña, provocadora, amorfa, algo que parece acechar por detrás de ese dibujo principal tan tonto y llamativo.

¡Ya sube la hermana!

¡Bueno, pues ya ha pasado el cuatro de julio! Se han marchado todos y estoy agotada. John pensó que me iría bien ver a gente, y por eso hemos tenido a mamá, a Nellie y a los niños durante una semana.

Yo no he hecho nada, claro. Ahora se ocupa Jennie de todo.

Pero igualmente me he cansado.

John dice que si no mejoro más deprisa me enviará en otoño a ver al doctor Weir Mitchell.

Yo no quiero ir por nada del mundo. Una vez fue a verlo una amiga y dice que es igual que John y que mi hermano, sólo que peor.

Además, un viaje tan largo son palabras mayores.

Tengo la sensación de que no vale la pena esforzarse por nada, y es horrible lo nerviosa y quejica que me estoy poniendo.

Lloro por nada, y me paso casi todo el día llo­rando.

Cuando está John no lloro, claro, ni con él ni con nadie, pero cuando estoy sola sí.

Y últimamente paso mucho tiempo sola. A menudo John se queda en la ciudad por casos gra­ves, y Jennie, que es buena, me deja sola siempre que se lo pido.

Entonces paseo un poco por el jardín o por aquel caminito tan simpático, o me siento en el porche debajo de las rosas, y paso bastante tiem­po estirada aquí arriba.

Me está gustando mucho el dormitorio, a pesar del papel de pared. O puede que a causa de él...

¡Lo tengo tan metido en la cabeza!

Me quedo estirada en esta cama enorme e imposible de mover (yo creo que está clavada al suelo), y me paso horas siguiendo el dibujo. Va tan bien como hacer gimnasia, en serio. Por ejem­plo: empiezo por la base, en aquella esquina donde no lo han arrancado, y me comprometo por enésima vez a seguir ese dibujo absurdo hasta lle­gar a algún tipo de conclusión.

Algo sé de los principios del diseño, y veo que este dibujo no sigue ninguna ley de radiación, alternancia, repetición, simetría o cualquier otro principio que conozca yo.

Se repite en cada rollo, lógicamente, pero en nada más.

Según cómo se mire, cada rollo es indepen­diente, y las pomposas curvas y adornos (una especie de «románico degenerado» con delirium tremens) suben y bajan torpemente en columnas aisladas y fatuas.

En cambio, visto de otra manera se conectan en diagonal, y la proliferación de líneas crea grandes oleadas de horror óptico, como una vasta extensión de algas movidas por la corriente.

También funciona en sentido horizontal, o al menos lo parece. Me esfuerzo tanto en distinguir el orden que sigue en esa dirección que acabo cansada.

Pusieron un rollo en horizontal, a modo de friso. Parece mentira lo que ayuda eso a compli­carlo todavía más.

Hay una esquina de la habitación donde está casi intacto, y cuando ya no se cruzan los rayos de sol y le da directamente la luz del atardecer casi me parece que sí que hay radiación. Los interminables grotescos dan la impresión de originarse en un centro común, y de salir todos despe­didos con el mismo enloquecimiento.

Me cansa seguirlo con la vista. Me parece que voy a echar una cabezadita.

No sé por qué escribo esto.

No quiero escribirlo.

No me siento capaz.

Además, sé que a John le parecería absurdo. ¡Pero de alguna manera tengo que decir lo que siento y lo que pienso! ¡Es un alivio tan grande...!

Aunque el esfuerzo está siendo más grande que el alivio.

Ahora me paso la mitad del tiempo con una pereza horrible, y me tiendo con mucha fre­cuencia.

John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tóni­cos a mansalva y no sé qué más; y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne poco hecha.

¡Qué bueno es John! Me quiere mucho, y no le gusta nada que esté enferma. El otro día intenté hablar con él en serio y contarle las ganas que tengo de que me deje salir y hacer una visita al primo Henry y Julia.

Pero dijo que no estaba en condiciones de hacer el viaje, ni de resistirlo una vez ahí; y yo no me defendí demasiado bien, porque antes de aca­bar ya estaba llorando.

Me está costando mucho razonar. Supongo que será por los nervios.

Y el bueno de John me tomó en brazos, me llevó arriba, me puso en la cama y me leyó hasta que se me cansó la cabeza.

Dijo que yo era la niña de sus ojos, su consue­lo, lo único que tenía en el mundo; que tengo que cuidarme por él, y ponerme bien.

Dice que de esto sólo puedo salir yo misma; que tengo que usar mi voluntad y mi autocontrol, y no dejarme vencer por fantasías tontas.

Una cosa me consuela: el bebé está bien de salud y contento, y no tiene que estar en este espantoso cuarto de los niños, con su horrendo papel de pared.

¡Si no lo hubiéramos usado nosotros habría sido para el pobre niño! ¡Qué suerte habérselo ahorrado! Ni muerta dejaría yo que un hijo mío, una cosita tan impresionable, viviera en una habi­tación así.

Es la primera vez que lo pienso, pero a fin de cuentas es una suerte que John me dejara aquí. Lo digo porque puedo soportarlo mucho mejor que un bebé.

Claro que ahora ya no se lo comento a nadie. ¡Tan tonta no soy! Pero sigo observándolo.

En ese papel hay cosas que sólo sé yo; cosas que no sabrá nadie más.

Cada día se destacan más las formas impreci­sas que hay detrás del dibujo principal.

Siempre es la misma forma, sólo que muy repetida.

Y es como una mujer agachada, arrastrándose detrás del dibujo. No me gusta nada. Me pregunto si... Empiezo a pensar... ¡Ojalá que John se me llevase de aquí!

Es muy difícil hablar con John de mi caso, porque es tan listo, y me quiere tanto...

De todos modos anoche lo intenté.

Había luna. La luna entra por todos los lados, igual que el sol.

Hay veces en que odio verla; va subiendo muy poco a poco, y siempre entra por alguna de las ventanas.

John dormía, y como no me gusta despertarlo me quedé quieta y miré la luz de la luna sobre el papel de pared ondulante, hasta que me entró miedo.

Parecía que la figura borrosa de detrás sacu­diera el dibujo, como si quisiera salir.

Me levanté sigilosamente y fui a tocar el papel, a ver si era verdad que se movía. Cuando volví, John estaba despierto.

–¿Qué te pasa, criatura? –dijo–. No te pasees así, que te resfriarás.

Me pareció buen momento para hablar. Le dije que aquí no mejoro nada, y que tenía ganas de que se me llevara a otra parte.

–¡Pero cariño! –contestó–. Nos quedan tres semanas de alquiler, y no se me ocurre ninguna manera de marcharnos antes.

»En casa aún no están hechas las reparaciones, y no puedo marcharme de la ciudad así como así. Si corrieras peligro lo haría, por supuesto, pero la cuestión es que estás mejor, amor mío, aunque tú no te des cuenta. Soy médico, cariño, y sé lo que me digo. Estás ganando peso y color, y tu apetito mejora. La verdad es que estoy mucho más tran­quilo que antes.

–No peso ni un gramo más –dije–; al revés. ¡Y puede que mi apetito haya mejorado por las noches, cuando estás tú, pero por la mañana, cuando te vas, está peor!

–¡Pobre cielito mío! –dijo John, abrazándome con fuerza–. ¡Te dejo estar todo lo enferma que quieras! Pero a ver si ahora aprovechamos para dormir. Ya hablaremos mañana por la mañana.

–¿O sea, que no quieres marcharte? –pregunté con voz triste.

–¿Cómo quieres que me vaya, mi vida? Tres semanitas más y saldremos de viaje unos días, mientras Jennie acaba de preparar la casa. Estás mejor, cariño. Hazme caso.

–Físicamente puede que sí... –empecé a decir; pero me quedé a media frase, porque John se incorporó y me dirigió una mirada tan seria y car­gada de reproche que no fui capaz de seguir hablando.

–Cariño –dijo–, te ruego por mi bien y el de nuestro hijo, además del tuyo, que no dejes que se te meta esa idea en la cabeza ni un segundo. Para un carácter como el tuyo no hay nada más peligroso. Ni más fascinante. Es una idea falsa, además de tonta. ¿No te fías de mi palabra de médico?

Yo, como es lógico, no dije nada más al res­pecto. Tardamos poco en acostarnos. John creyó que había sido la primera en dormirme, pero era mentira. Me quedé despierta varias horas, tratando de decidir si el dibujo principal y el de detrás se movían juntos o separados.

*- *- *

En un dibujo de esta clase, a la luz del sol, hay una falta de secuencia, un desafío a las leyes, que produce irritación constante en un cerebro normal.

El color de por sí ya es bastante repulsivo, bastante inestable y bastante exasperante, pero el dibujo es una tortura.

Te parece que lo tienes dominado, pero justo cuando lo sigues sin perderte da una voltereta hacia atrás y se acabó lo que se daba. Te pega un bofetón, te tira al suelo y te pisotea. Es como una pesadilla.

El dibujo principal es un arabesco recargado, que recuerda a un hongo. Hay que imaginarse una seta con articulaciones, una ristra interminable de setas, brotando en circunvoluciones que no se acaban nunca. Es algo así.

¡Pero sólo a veces!

Este papel tiene una peculiaridad muy marcada, algo que por lo visto sólo noto yo: que cambia con la luz.

Cuando entra el sol de lleno por la ventana del este (yo siempre vigilo la aparición del primer rayo), cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.

Por eso siempre lo observo.

A la luz de la luna (cuando hay luna entra luz toda la noche) no me parece el mismo papel.

¡De noche, sea cual sea la fuente de luz (el crepúsculo, una vela, la lámpara o la luz de la luna, que es la peor), se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo principal, y la mujer de detrás se ve con absoluta claridad.

Tardé bastante en reconocer lo que se ve detrás, ese dibujo secundario tan impreciso, pero ahora estoy segura de que es una mujer.

A la luz del día está borrosa, inmóvil. Yo creo que no se mueve por el dibujo principal. ¡Es tan desconcertante...! Yo, mirándolo, me quedo horas sin moverme.

Últimamente paso mucho tiempo estirada. John dice que me conviene, y que tengo que dor­mir todo lo que pueda.

Lo cierto es que empecé por culpa suya, porque me obligaba a estirarme una hora después de cada comida.

Estoy convencida de que es mala costumbre, porque el caso es que no duermo.

Y eso fomenta el engaño, porque no le digo a nadie que estoy despierta. ¡Ni hablar!

El caso es que le estoy tomando un poco de miedo a John.

Hay veces en que lo veo muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.

De vez en cuando, como mera hipótesis cientí­fica, pienso... ¡que quizá sea el papel!

En más de una ocasión he observado a John sin que se diera cuenta, uno de esos días en que entraba en el dormitorio sin avisar con cualquier excusa inocente, y lo he sorprendido varias veces mirando el papel. A Jennie también. Una vez sorprendí a Jennie tocándolo.

Ella no sabía que yo estuviera en la habitación, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tran­quila, controlándome al máximo, qué hacía con el papel... ¡Dio media vuelta como si la hubieran sorprendido robando, y me miró con cara de enfa­dada! ¡Me preguntó que por qué la asustaba!

Luego dijo que el papel lo manchaba todo, que había encontrado manchas amarillas en toda mi ropa y en la de John, y que a ver si teníamos más cuidado.

Qué inocente, ¿verdad? ¡Pues yo sé que está estudiando el dibujo, y estoy decidida a ser la única que descubra la solución!

Mi vida se ha vuelto mucho más interesante. Es porque tengo algo más que esperar, que vigi­lar. La verdad es que como mejor y estoy más tranquila que antes.

¡Qué contento está John de que mejore! El otro día se rió un poco y dijo que se me veía más sana, a pesar del papel de pared

Yo, para no hablar del tema, me reí. No tenía la menor intención de decirle que la causa era justamente el papel de pared. Se habría burlado. Hasta puede que hubiera querido sacarme de esta casa.

Ahora no quiero irme hasta que haya descu­bierto la solución. Queda una semana, y creo que será suficiente.

¡Me encuentro cada vez mejor! De noche no duermo mucho, por lo interesante que es observar los acontecimientos; de día, en cambio, duermo bastante.

De día cansa y desconcierta.

Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nue­vos matices de amarillo por todo el dibujo. Ni siquiera puedo llevar la cuenta, y eso que lo he intentado concienzudamente.

¡Qué amarillo más raro, el del papel! Me recuerda todo lo amarillo que he visto en mi vida; no cosas bonitas, como los ranúnculos, sino cosas amarillas podridas y maléficas.

Todavía hay otra cosa en el papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en la habitación, pero con tanto aire y tanto sol no molestaba. Ahora lle­vamos una semana de niebla y lluvia y da igual que estén cerradas o abiertas las ventanas, porque el olor no se marcha.

Se infiltra por toda la casa.

Lo encuentro flotando por el comedor, agaza­pado en el salón, escondido en el vestíbulo, ace­chándome en la escalera.

Se me mete en el pelo.

Hasta cuando salgo a montar a caballo. De repente giró la cabeza y lo sorprendo: ¡ahí está el olor!

¡Y qué raro es! Me he pasado horas intentando analizarlo, para saber a qué olía.

Malo no es, al menos al principio. Es muy suave. Nunca había olido nada tan sutil y a la vez tan persistente.

Con esta humedad resulta asqueroso. De noche me despierto y lo descubro flotando sobre mí.

Al principio me molestaba. Llegué a pensar seriamente en quemar la casa, sólo para matar el olor.

Ahora, en cambio, me he acostumbrado. ¡Lo único que se me ocurre es que se parece al color del papel! Un olor amarillo.

Hay una marca muy rara en la pared, por la parte de abajo, cerca del zócalo: una raya que recorre toda la habitación. Pasa por detrás de todos los muebles menos de la cama. Es una mancha larga, recta y uniforme, como de haber frotado algo muchas veces.

Me gustaría saber cómo y quién la hizo, y para qué. Vueltas, vueltas y vueltas. Vueltas, vueltas y vueltas. ¡Me marea!

* -*- *

Por fin he hecho un verdadero hallazgo.

A fuerza de mirarlo cada noche, cuando cam­bia tanto, he acabado por descubrir la solución.

El dibujo principal se mueve, efectivamente, ¡y no me extraña! ¡Lo sacude la mujer de detrás!

A veces pienso que detrás hay varias mujeres: otras veces que sólo hay una, que se arrastra a toda velocidad y que el hecho de arrastrarse lo sacude todo.

En las partes muy iluminadas se queda quieta, mientras que en las más oscuras coge las barras y las sacude con fuerza.

Siempre quiere salir, pero ese dibujo no hay quien lo atraviese. ¡Es tan asfixiante! Yo creo que es la explicación de que tenga tantas cabezas.

Lo atraviesan, y luego el dibujo las estrangu­la, las deja boca abajo y les pone los ojos en blanco.

Si estuvieran tapadas las cabezas, o arrancadas, no sería ni la mitad de desagradable.

* -* -*

¡Me parece que la mujer sale de día!

Voy a decir por qué, pero que no se entere nadie: ¡la he visto!

¡La veo por todas mis ventanas!

Estoy segura de que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y hay pocas mujeres que se arrastren a la luz del día.

La veo por el camino largo que pasa debajo de los árboles. Se arrastra, y cuando pasa un coche de caballos se esconde debajo de las zarzamoras.

La entiendo perfectamente. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote en pleno día!

Yo, cuando me arrastro de día, siempre cierro con llave. De noche no puedo, porque sé que John enseguida sospecharía algo.

Y últimamente está tan raro que prefiero no irritarlo. ¡Ojalá se cambiara de habitación!

Además, no quiero que a esa mujer la saque nadie de noche como no sea yo.

A menudo me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.

Pero por muy deprisa que dé vueltas, sólo consigo mirar por una.

¡Y aunque siempre la vea, cabe la posibilidad de que la velocidad con que anda a gatas sea mayor que la de mis vueltas!

Alguna vez la he visto lejos, en campo abierto, arrastrándose con la misma rapidez que la sombra de una nube en un día de viento.

* -*- *

¡Ojalá el dibujo principal pudiera separarse del de debajo! Me propongo intentarlo poco a poco.

¡He descubierto otra cosa extraña, pero esta vez no pienso decirla! No conviene fiarse dema­siado de la gente.

Sólo quedan dos días para quitar el papel, y me parece que John empieza a notar algo. No me gusta cómo me mira.

Además, le he oído hacer a Jennie muchas pre­guntas profesionales sobre mí. El informe de Jennie era muy bueno.

Dice que de día duermo mucho.

¡John sabe que de noche no duermo demasiado bien, y eso que casi no me muevo!

También me hizo toda clase de preguntas a mí fingiéndose muy tierno y atento.

¡Como si no se le notara!

De todos modos no me extraña nada su com­portamiento, después de tres meses durmiendo debajo de este papel.

Lo mío sólo es interés, pero estoy segura de que a John y a Jennie, en secreto, les afecta.

* -* -*

¡Hurra! Es el último día, pero no me hace falta ninguno más. John se queda a dormir en la ciu­dad, y no volverá hasta tarde.

Jennie quería dormir conmigo, la muy pilla, pero le he dicho que descansaría mucho mejor quedándome sola una noche.

¡Una respuesta muy astuta, porque la verdad es que no he estado sola en absoluto! En cuanto salió la luna y la pobre mujer empezó a arrastrarse y sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.

Yo estiraba, y ella sacudía; luego sacudía yo y estiraba ella, y antes del amanecer habíamos arrancado varios metros de papel.

Una franja como yo de alta, y de ancha como la mitad de la habitación.

¡Después, cuando ha salido el sol y el dibujo ha empezado a burlarse de mí, he jurado acabar con él hoy mismo!

Nos vamos mañana. Están trasladando todos mis muebles a la planta baja para dejarlo todo como al llegar.

Jennie ha mirado la pared con cara de sorpre­sa, pero le he dicho que ha sido pura rabia, por lo horrible que era el papel.

Se ha puesto a reír y me ha dicho que no le habría importado hacerlo ella misma, pero que no está bien que me canse.

¡Qué manera de quedar en evidencia!

Pero estoy aquí, y este papel no lo toca nadie más que yo. ¡Antes muerta!

Jennie ha intentado sacarme de la habitación. ¡Cómo se le notaba! Pero yo le he dicho que ahora está tan vacía y tan limpia que me entra­ban ganas de estirarme otra vez y dormir todo lo que pudiera; que no me despertara ni para cenar, y que ya la avisaría yo cuando estuviera des­pierta.

Vaya, que se ha marchado, y los criados no están. Los muebles tampoco. Sólo queda la cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.

Esta noche dormiremos abajo, y mañana tomaremos el barco a casa.

Me gusta bastante esta habitación, ahora que vuelve a estar vacía.

¡Qué destrozos hicieron los niños!

¡La cama está como si la hubieran mordido! Pero tengo que poner manos a la obra.

He cerrado la puerta y he tirado la llave al camino de delante.

No quiero salir, ni quiero que entre nadie hasta que llegue John.

Quiero darle una buena sorpresa.

Tengo una cuerda que no ha encontrado ni Jennie. ¡Así, si sale la mujer y quiere escaparse, podré atarla!

¡Pero se me ha olvidado que no puedo llegar muy arriba si no tengo nada a que subirme! ¡Esta cama no hay quien la mueva!

He intentado levantarla y empujarla hasta quedarme lisiada. Entonces me he enfadado tanto que le he arrancado un trozo de un mordis­co, en una esquina; pero me he hecho daño en los dientes.

Después he arrancado todo el papel hasta donde alcanzaba de pie en el suelo. ¡Está pegadí­simo, y el dibujo se lo pasa en grande! ¡Todas las cabezas estranguladas, y los ojos saltones, y la proliferación de hongos, todos se mofan de mí a gritos!

Me estoy enfadando tanto que acabaré hacien­do algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero las barras son dema­siado fuertes para intentarlo.

Además, tampoco lo haría. Desde luego que no. Sé perfectamente que sería un acto indecoroso, y que podría interpretarse mal.

Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas. ¡Hay tantas mujeres arrastrándose, y corren tanto...!

Me gustaría saber si salen todas del papel, como yo.

Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda, la que no encontró nadie. ¡A mí sí que no me sacan a la carretera!

Supongo que cuando se haga de noche tendré que ponerme otra vez detrás del dibujo. ¡Con lo que cuesta!

¡Es tan agradable estar en esta habitación tan grande, y andar a gatas siempre que quiera...!

No quiero salir. No quiero, ni que me lo pida Jennie.

Porque fuera hay que arrastrarse por el suelo, y en vez de amarillo es todo verde.

Aquí, en cambio, puedo andar a gatas por el suelo liso, y mi hombro se ajusta perfectamente a la marca larga de la pared, con la ventaja de que así no me pierdo.

¡Anda, si está John al otro lado de la puerta! ¡Es inútil, jovencito, no podrás abrirla!

¡Qué berridos, y qué golpes!

Ahora pide un hacha a gritos.

¡Sería una lástima destrozar una puerta tan bonita!

—¡John, querido! —he dicho con la máxima amabilidad—. ¡La llave está al lado de la escalera de entrada, debajo de una hoja!

Con eso se ha callado un rato.

Luego ha dicho (con mucha serenidad): —¡Abre la puerta, cariño!

—No puedo —he contestado yo—. ¡La llave está al lado de la puerta principal, debajo de una hoja!

Lo he repetido varias veces, muy poco a poco y con mucha dulzura; lo he dicho tantas veces que ha tenido que bajar a comprobarlo. La ha encontrado, como era de esperar, y ha entrado. Se ha quedado a un paso del umbral.

—¿Qué pasa? —ha gritado—. ¿Pero qué haces, por Dios?

Yo he seguido andando a gatas como si nada, pero le he mirado por encima del hombro.

—Al final he salido —he dicho—, aunque no qui­sieras ni tú ni Jane. ¡Y he arrancado casi todo el papel, para que no puedan volver a meterme!

¿Por qué se habrá desmayado? El caso es que lo ha hecho, y justo al lado de la pared, en mitad de mi camino. ¡O sea que he tenido que pasar por encima de él a cada vuelta!





Charlotte Perkins Gilman © (1860-1935)

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Despedida de Charlotte Perkins Gilman





En su alcoba de alfombras suaves, gruesos cortinajes y mobiliario suntuoso, Mrs. Marroner sollozaba tendida en una cama ancha y suave.

Sollozaba y jadeaba con amargura, sofoco y desesperación; los hombros se movían convulsivamente; apretaba las manos con fuerza. Se había olvidado de su vestido refinado y de la colcha aún más refinada; se había olvidado de su dignidad, su autocontrol y de su orgullo. Se sentía dominada por un increíble y apabullante sentimiento de horror, de pérdida inconmensurable y por unas emociones turbulentas e incontenibles.

En toda su vida elegante y discreta, propia de una educación de Boston, jamás había soñado que pudiera llegar a sentir tantas cosas a la vez y con una intensidad tan arrolladora.

Intentó apaciguar sus sentimientos transformándolos en pensamientos, darles forma por medio de palabras, controlarse, pero no podía. Aquello le hizo recordar de modo confuso un momento terrible cuando un verano, siendo niña, buceaba entre las grandes olas de la playa de York y no conseguía salir a la superficie.

A diferencia de la más mundana Nueva York, en Estados Unidos, Boston ha sido siempre sinónimo de elegancia y refinamiento y, además, es la sede de numerosas universidades, entre ellas Harvard, la más antigua y prestigiosa del país.

La playa de York es una de las principales zonas de veraneo de Maine, situada en el suroeste del estado.

En su alcoba sin alfombras, de cortinas finas y mobiliario escaso del último piso, Gerta Petersen sollozaba tendida en una cama estrecha y dura.

Su cuerpo era más grande que el de su señora y era robusta y de constitución fuerte, mas toda su feminidad joven y orgullosa estaba ahora postrada, convulsa por la angustia, deshecha en lágrimas. No hacía el más mínimo esfuerzo por contenerse. Lloraba por dos.

Si Mrs. Marroner estaba sufriendo más debido a que su amor, más sólido (más profundo quizás), se había hundido y echado a perder, si sus gustos eran más refinados y sus ideales más elevados, si resistía la embestida de los celos intensos y el orgullo indignado, Gerta tenía que hacer frente a su propia vergüenza, a un futuro sin esperanza y a un presente amenazante que la llenaban de un terror irracional.

Había llegado a aquella casa de un orden perfecto como una diosa joven y sumisa, fuerte, hermosa, rebosante de buena voluntad y dispuesta a obedecer, aunque ignorante e infantil; en resumen, una niña de dieciocho años.

Mr. Marroner había sentido verdadera admiración por ella, lo mismo que su esposa. Solían comentar sus perfecciones evidentes así como sus limitaciones igualmente evidentes con aquella confianza perfecta de la que durante tanto tiempo habían disfrutado. Mrs. Marroner no era una mujer celosa. No había estado nunca celosa en su vida, hasta ahora.

Gerta se había quedado con ellos y había aprendido las costumbres del matrimonio. Ambos le habían cogido cariño. Hasta la cocinera le había cogido cariño. Tenía lo que se dice «buena voluntad», y era inusualmente fácil de enseñar y moldear, con lo que Mrs. Marroner, debido a su hábito precoz de instruir, intentó educarla un poco.

—No he visto nunca a nadie tan dócil —había comentado a menudo Mrs. Marroner—. En una sirvienta resulta perfecto, pero es casi un defecto en lo que respecta a su personalidad. Es tan confiada e indefensa.

Así era exactamente: un bebé alto de mejillas sonrosadas de una feminidad plena por fuera e indefensa como un niño por dentro. Su abundante pelo trenzado de un rubio intenso sus serios ojos azules, sus hombros poderosos y sus extremidades largas y bien formadas parecían propias de un espíritu terrenal primario, pero no era más que una criatura inexperta con las debilidades de una criatura.

Cuando Mr. Marroner se tuvo que ir en viaje de negocios con desgana y a regañadientes por tener que dejar a su esposa, le había dicho a ésta que se sentía muy seguro dejándola en manos de Gerta, que cuidaría de ella.

—Pórtate bien con tu señora, Gerta —le dijo a la chica la ultima mañana durante el desayuno—. Te la dejo para que la cuides Estaré de vuelta dentro de un mes a lo sumo —luego se volvió, sonriente, hacia su esposa—. Y tú debes cuidar de Gerta también —dijo—. Supongo que a mi vuelta la tendrás preparada para la universidad.

Eso fue hacía siete meses. Por culpa de los negocios se retrasó una semana tras otra, un mes tras otro. Le escribió a su esposa cartas largas, cariñosas y frecuentes, lamentando profundamente el retraso, explicando lo necesario y rentable que resultaba, felicitándola por los muchos recursos que ella poseía: una mente rebosante y equilibrada, así como muchas aficiones.

—Si desapareciera de tu vida por culpa de uno de esos «actos de Dios» que mencionan las compañías, de seguro no creo que te fuera tan mal —decía—. Me tranquiliza mucho que llenes una vida tan rica y tan plena que ninguna pérdida, ni una grande siquiera, te dejaría mermada del todo. Pero no es probable que nada de eso ocurra y dentro de tres semanas estaré de vuelta en casa, si esto se arregla. ¡Estarás tan hermosa, con esa chispa en los ojos y ese rubor cambiante que tan bien conozco, y que tanto adoro! ¡Querida mía! Tendremos que pasar una nueva luna de miel. Si cada mes hay luna nueva, ¿por qué no tener nosotros otra bien melosa?

A menudo preguntaba por «la pequeña Gerta», a veces incluía una tarjeta postal para ella, bromeaba con su esposa acerca de sus esfuerzos ímprobos por educar a «la criatura», que era tan cariñosa, alegre y sensata.

Todo esto se le pasó a Mrs. Marroner por la cabeza a gran velocidad mientras estaba allí tumbada, el ancho embozo de vainicas de la sábana de hilo fino arrugado y reliado en una mano y un pañuelo empapado en la otra.

Había intentado enseñar a Gerta y había llegado a querer a aquella criatura dulce y paciente, pese a su falta de brillantez. Trabajando con las manos era hábil, aunque no rápida, y era capaz de llevar las cuentas semanales. Mas para una mujer que tenía un doctorado, que había dado clases en la universidad, era como cuidar de un bebé.

Quizás el hecho de no tener hijos le había hecho querer aún más a aquella niña grande, pese a que la diferencia de edad entre ellas era tan sólo de quince años.

Por descontado, ella parecía bastante mayor a la chica, cuyo joven corazón estaba lleno de afecto y gratitud por las atenciones que la hacían sentirse en esta tierra nueva como en casa.

Poco después empezó a notar algo sombrío en la cara radiante de la chica. Parecía nerviosa, ansiosa, preocupada. Cuando sonaba el timbre parecía sobresaltarse y se apresuraba corriendo a la puerta. Sus carcajadas espontáneas ya no resonaban en la verja cuando se quedaba a hablar con los proveedores, que tanto la admiraban.

Mrs. Marroner había hecho grandes esfuerzos por enseñarle a ser más reservada con los hombres y se congratuló de que por fin sus palabras hubieran surtido efecto. Se le ocurrió que la chica echaba de menos su hogar, algo que negó. Se le ocurrió que pudiera estar enferma, algo que también negó. Por último, se le ocurrió algo que ya no pudo negar.

Durante mucho tiempo se negó a creerlo y esperó. Luego tuvo que creérselo, mas aprendió a ser paciente y comprensiva.

—La pobre —se decía—. Está aquí sin su madre; y es tan insensata y complaciente. No debo ser demasiado dura con ella —e intentó ganarse la confianza de la chica con palabras prudentes y amables.

Pero Gerta se había echado a sus pies de forma literal y le había suplicado con un torrente de lágrimas que no la despidiera. No admitía nada ni daba explicación alguna, mas prometió con vehemencia que trabajaría para Mrs. Marroner de por vida con tal de que la dejara quedarse.

Recapacitando sobre el tema con cautela, Mrs. Marroner pensó que la dejaría quedarse, al menos por ahora. Intentó controlarse ante la muestra de ingratitud de alguien a quien había intentado ayudar de verdad, y controlar también el enojo y desprecio que siempre había sentido ante debilidades de esa índole.

—Lo que hay que hacer ahora —se decía a sí misma—, es apoyarla firmemente en todo hasta el final. No hay que estropearle la vida a la criatura más de lo necesario. Le preguntaré al respecto a la doctora Bleet. ¡Qué cómodo resulta tener una doctora! Apoyaré a la pobre insensata hasta que esto termine y luego buscaré el modo de enviarla con el bebé de vuelta a Suecia. ¡Cómo es que vienen siempre donde no se les quiere y no vienen donde se les quiere! —Mrs. Marroner, sentada a solas en la quietud de su casa hermosa y amplia, casi sentía envidia de Gerta.

Entonces sobrevino el diluvio.

Al atardecer había mandado a la chica a que le diera un poco el aire. Llegó el cartero de la tarde y ella en persona lo recogió. Una carta para ella, la carta de su marido. Conocía el matasellos, el sello y el tipo de mecanografía. La besó impulsivamente a oscuras en el vestíbulo. Nadie podía sospechar que Mrs. Marroner besara las cartas de su marido, mas lo hacía, y a menudo.

Le echó un vistazo a las otras. Una era para Gerta y no era de Suecia. Se parecía mucho a la suya. Esto se le antojó un poco extraño, pero Mr. Marroner le había enviado a la chica mensajes y tarjetas varias veces. Puso la carta en la mesa del vestíbulo y se llevó la suya a su habitación.

«Mi pobre niña», empezaba. ¿Cuál de las cartas que ella le había escrito había sido tan triste como para explicar esto?

«Estoy tremendamente preocupado por las noticias que me envías.» ¿Qué noticias había escrito ella que pudieran preocuparle tanto? «Lo debes sobrellevar con entereza, jovencita. Pronto estaré en casa y cuidaré de ti, desde luego. Espero que no haya ningún contratiempo inminente. No dices nada al respecto. Aquí tienes dinero, por si te hace falta. Espero llegar a casa dentro de un mes a lo sumo. Si tuvieras que irte, asegúrate de dejar tu dirección en mi oficina. Ánimo, sé fuerte, que yo cuidaré de ti.»

La carta estaba escrita a máquina, algo que no resultaba inusual. No estaba firmada, lo que sí resultaba inusual. Incluía un billete de cincuenta dólares americanos. No se parecía en nada a ninguna de las cartas que había recibido de su marido jamás ni a ninguna que pudiera escribirle. Mas una sensación fría y extraña se estaba apoderando de ella del mismo modo que la riada crece alrededor de una casa.

Se negó en redondo a admitir las ideas que empezaron a ocurrírsele, a estallarle en la cabeza y que intentaban apoderarse de ella. Pero bajó las escaleras con la angustia de estos pensamientos repudiados y trajo la otra carta, la que era para Gerta. Las puso una al lado de la otra en un lugar oscuro y liso de la mesa, se digirió al piano y se puso a tocar con gran precisión, negándose a pensar hasta que volviera la chica.

Cuando llegó, Mrs. Marroner se levantó con parsimonia y se dirigió hacia la mesa.

—Aquí hay una carta para ti —dijo.

La chica se acercó con entusiasmo, las vio una al lado de la otra, titubeó y miró a su señora.

—Coge la tuya, Gerta. Ábrela, por favor.

La chica se volvió hacia ella con unos ojos asustados.

—Quiero que la leas, aquí —dijo Mrs. Marroner.
—¡Ay, señora! ¡No! ¡Por favor, no me obligue!
—¿Por qué no?

Parecía no haber razón alguna a la que recurrir para no hacerlo. Gerta se ruborizó aún más y abrió la carta. Era larga y evidentemente le resultaba desconcertante. Comenzaba así: «Mi querida esposa.» La leyó detenidamente.

—¿Estás segura de que esa es tu carta? —preguntó Mrs. Marroner—. ¿No es esta la tuya? ¿No es esa quizás la mía?

Le entregó la otra carta.

—Se trata de un error —prosiguió Mrs. Marroner con tono seco y sereno. De alguna manera había perdido la compostura, había perdido su habitual sentido de lo apropiado Esto no era real, esto era una pesadilla.
—¿Acaso no lo ves? Pusieron tu carta en mi sobre y pusieron mi carta en tu sobre. Ahora lo comprendemos.

Mas la mente de la pobre Gerta no disponía de una antecámara, no disponía de fuerzas adiestradas para guardar la calma mientras caía rendida al dolor. Aquello la arrolló de forma abrumadora sin que opusiera resistencia. Se encogió ante la ira incontenible que anticipaba y, efectivamente, aquella ira surgió de algún rincón recóndito y la arrolló con una llama tenue.

—Vete a hacer la maleta —dijo Mrs. Marroner— Te irás de mi casa esta misma noche. Aquí está tu dinero.

Sacó el billete de cincuenta dólares. También añadió el sueldo de un mes. No mostró la más mínima lástima por aquellos ojos angustiados, aquellas lágrimas que oyó caer al suelo.

—Vete a tu cuarto y prepara las cosas —dijo Mrs. Marroner. Gerta, obediente como siempre, se fue.

Luego, Mrs. Marroner se dirigió a su alcoba y pasó un tiempo, tumbada en la cama boca abajo, que nunca llegó a calcular.

Mas la formación de los veintiocho años que habían transcurrido antes de su matrimonio, su época en la universidad (como estudiante y como profesora) y la propia independencia que ella misma se había forjado hacían que su postura ante el dolor fuera muy distinta de la que rondaba la mente de Gerta.

Después de un rato, Mrs. Marroner se levantó. Se dio un baño caliente, una ducha fría y una fricción vigorosa. «Ahora sí que puedo pensar», se dijo.

En primer lugar se arrepintió de la sentencia de destierro inmediato. Subió las escaleras para ver si se había cumplido.

¡Pobre Gerta! A la postre su inclemente angustia se había manifestado como suele hacerlo en los niños: se había quedado dormida, la cabeza apoyada en la almohada mojada, los labios aún contraídos por el dolor y un suspiro enorme la hacía estremecerse de cuando en cuando.

Mrs. Marroner se quedó observándola y, mientras la observaba, prestó atención a la dulzura desvalida de su rostro, a su personalidad indefensa y sin formar, a su docilidad y disposición a la obediencia que la hacían tan atractiva y una víctima tan propiciatoria. También pensó en la fuerza descomunal que la había arrollado, en la transformación enorme a la que ahora se veía sometida, en cuan fútil y penosa parecía cualquier resistencia que Gerta hubiese ofrecido.

Regresó a su cuarto sin hacer ruido, encendió un fuego pequeño y se sentó cerca, haciendo ahora caso omiso de sus sentimientos, igual que antes había hecho caso omiso de sus pensamientos.

Se trataba de dos mujeres y de un hombre. Una de las mujeres era una esposa cariñosa, confiada y afectuosa. La otra era una sirvienta cariñosa, confiada y afectuosa: una chica joven, una exiliada, un ser dependiente, agradecido ante cualquier amabilidad, carente de educación y preparación, infantil. Por supuesto que debería haberse resistido a la tentación, mas Mrs. Marroner era lo bastante sensata como para saber lo difícil que resulta reconocer la tentación cuando llega disfrazada de amistad y desde un sector del que nada se sospecha.

A Gerta se le habría dado mejor resistirse al dependiente de ultramarinos; de hecho, gracias a los consejos de Mrs. Marroner, se había resistido a varios. Mas cuando se debía respeto, ¿cómo podía criticarla? Cuando se debía obediencia, ¿cómo podía haberse negado, cegada por la ignorancia? Hasta que fue demasiado tarde.

Mientras la mujer mayor y más sensata se proponía comprender y atenuar la mala conducta de la chica y prever su desgraciado futuro, irrumpió en su corazón un sentimiento nuevo, fuerte, claro e incontrolable: un sentimiento de condena sin paliativos hacia el hombre que había sido la causa de todo esto. Él sí que era consciente. Él sí que lo entendía. Él sí que podía haber previsto y calibrado perfectamente las consecuencias de sus actos. Él sí que era plenamente consciente de la inocencia, la ignorancia, el afecto agradecido y la docilidad habitual de las que se había aprovechado deliberadamente.

La concentración intelectual de Mrs. Marroner llegó a tal profundidad que sus instantes de dolor y desesperación parecieron hallarse a años luz. Él había hecho todo esto bajo el mismo techo que compartía con ella, su esposa. No es que hubiera querido a la mujer más joven, no había roto con su esposa y creado un nuevo matrimonio de forma honrada. Eso sí que habría sido simple y llanamente un desengaño amoroso. Pero esto era otra cosa.

Aquella carta, aquella espantosa carta fría, cuidadosamente cautelosa y sin firmar, aquel billete (mucho más discreto que un cheque) no eran muestras de cariño. Algunos hombres pueden amar a dos mujeres al mismo tiempo. Pero esto no era amor.

La sensación de lástima e indignación que Mrs. Marroner sentía por sí misma, por la esposa, derivó ahora de repente en una sensación de lástima e indignación por la chica. Toda esa belleza espléndida, joven y límpida, toda la esperanza de una vida feliz con matrimonio y maternidad incluidos, la de una vida honrosamente independiente, incluso; todo eso no significaba nada para aquel hombre. Había decidido privar a Gerta de las mayores dichas de la vida por puro placer.

¿La carta decía que él iba «a cuidar de ella»? ¿Cómo? ¿En calidad de qué?

Entonces, echándole por tierra tanto lo que sentía por sí misma (la esposa) como por Gerta (la víctima), le sobrevino una nueva oleada de sentimientos que literalmente la hizo ponerse de pie. Se levantó y caminó con la cabeza bien alta.

—Éste es el pecado del hombre contra la mujer —dijo—. La afrenta es contra las mujeres, contra la maternidad, contra la criatura.

Se detuvo. La criatura. El hijo de su marido. También eso lo había dañado y sacrificado, lo había condenado a la degradación.

Mrs. Marroner provenía de un linaje adusto de Nueva Inglaterra. No era calvinista, ni siquiera unitarista, mas portaba en su alma el acero del calvinismo, esa fe sombría que sostenía que la mayoría de la gente tenía que ser condenada «por la gloria de Dios».

La precedían generaciones de antepasados que lo habían predicado y practicado, gente que habían moldeado sus vidas con firmeza según las convicciones religiosas más elevadas. Mediante arrebatos de sentimientos irresistibles llegaban a una «convicción» y después vivían y morían según dicha convicción.

Cuando Mr. Marroner volvió a casa unas semanas más tarde, sin que hubiera transcurrido el tiempo suficiente como para esperar respuesta a una u otra carta, no vio a su esposa en el muelle, pese a que le había enviado un cable, y se encontró la casa inquietantemente a oscuras. Abrió con su llavín y subió los escalones con sigilo para darle una sorpresa a su esposa.

No halló esposa alguna. Tocó la campanilla, mas no acudió sirvienta alguna. Encendió una luz tras otra y registró la casa de arriba abajo pero estaba absolutamente vacía. La cocina ofrecía un aspecto limpio, frío y desapacible. Salió de allí y subió las escaleras con lentitud, aturdido por completo. Toda la casa estaba limpia, en perfecto estado, totalmente deshabitada.

De una cosa estaba perfectamente seguro: que ella estaba al tanto de todo.

¿Pero de verdad que estaba seguro? No debía darlo por hecho. Podía haber estado enferma. Podía haber muerto. Se puso de pie con un sobresalto. No, le habrían mandado un cable. Volvió a sentarse.

Ante un cambio de esa índole, si ella hubiera querido que él se enterase, le habría escrito. Quizás lo había hecho y él, al volver de una forma tan repentina, no había recibido la carta. Esta idea le reconfortó. Eso debía ser. Se volvió hacia el teléfono y titubeó de nuevo. En caso de que se hubiera enterado, de que se hubiera ido, del todo, sin decir ni una palabra, ¿debería revelarlo él a los amigos y a la familia?

Se puso a dar vueltas por la casa, buscó por todas partes una carta, una explicación de algún tipo. Se acercó al teléfono una y otra vez y siempre se detenía. No podía soportar tener que preguntar: «¿sabes dónde está mi esposa?»

Las bellas y armoniosas habitaciones le recordaban a ella de forma queda e inevitable, como la sonrisa distante en el rostro de los muertos. Apagó las luces, mas no podía soportar la oscuridad y las encendió todas de nuevo.

Fue una noche larga. Por la mañana salió temprano para la oficina. En el carteo que se le había acumulado no había carta alguna de ella. Nadie parecía estar al tanto de nada fuera de lo normal. Un amigo le preguntó por su esposa: «¿estará muy contenta de verte, supongo?» Él contestó con evasivas. A eso de las once vino a verle un hombre, John Hill, el abogado de su esposa y primo de ella también. A Mr. Marroner nunca le había gustado. Ahora le gustó menos aún, pues Mr. Hill simplemente le hizo entrega de una carta, comentando que «me han pedido que le entregue esto personalmente», y se fue, con aire de alguien a quien se recurre para que ponga fin a algo molesto.

«Me he ido. Cuidaré de Gerta. Adiós. Marion.»

Eso era todo. No había fecha, ni dirección, ni matasellos, sólo eso.

Con tanta angustia y ansiedad se había olvidado por completo de Gerta y de todo aquello. El nombre le hizo sentir rabia. Se había interpuesto entre su esposa y él. Le había arrebatado a su esposa. Eso es lo que pensaba.

Al principio no dijo nada ni hizo nada. Siguió viviendo solo en la casa, comiendo donde le apetecía. Cuando la gente le preguntaba por su esposa decía que estaba de viaje por motivos de salud. No quería que saliera en los periódicos. Luego, según pasó el tiempo sin recibir explicación alguna, decidió no aguantar más y recurrió a unos detectives. Le culparon de no haberles puesto antes sobre aviso, pero se pusieron a trabajar, instados al mayor de los secretos.

Lo que para él había supuesto un misterio tan insondable a ellos no parecía incomodarles lo más mínimo. Indagaron meticulosamente sobre el «pasado» de Marion. Descubrieron dónde había estudiado, dónde había enseñado y qué especialidad, que tenía algo de dinero propio, que su médico era la doctora Josephine L. Bleet y otros muchos datos.

Como resultado de una labor cuidadosa y prolongada por fin le dijeron que había vuelto a la docencia con la ayuda de uno de sus antiguos profesores, que llevaba una vida discreta y que, al parecer, recibía huéspedes. Le facilitaron el nombre de la ciudad, la calle y el número como si el asunto no presentara la más mínima dificultad.

Él había vuelto al comienzo de la primavera. Hasta el otoño no la encontró.

Era una tranquila ciudad universitaria en las montañas, una calle sombreada y ancha, una casa agradable con su césped, con árboles y flores alrededor. Llevaba la dirección en la mano y el número se veía con claridad en la cancela blanca. Recorrió el camino recto de gravilla y llamó al timbre. Una sirvienta mayor abrió la puerta.

—¿Vive aquí Mrs. Marroner?
—No, señor.
—¿Es este el número veintiocho?
—Sí, señor.
—¿Quién vive aquí, pues?
—Miss Wheeling, señor.

¡Ah! Su nombre de soltera. Se lo habían dicho, pero lo había olvidado.

Entró en la casa.

—Me gustaría verla —dijo.

Le hicieron pasar a un salón silencioso, agradable y fresco por el aroma de unas flores, las flores que más le habían gustado a ella siempre. Casi se le saltaron las lágrimas. Todos los años de felicidad se le pasaron por la cabeza de nuevo: los comienzos tan delicados, los días de un deseo ávido antes de que de verdad fuera suya, la belleza serena y profunda del amor de su esposa. Sin duda iba a perdonarle. Tenía que perdonarle. Se humillaría ante ella, le expresaría su más sincero remordimiento, su determinación categórica de convertirse en un hombre diferente.

Por la entrada espaciosa se le acercaron dos mujeres, una de ellas, como una Madonna alta, portaba un bebé en los brazos. Marion estaba tranquila, segura, tajantemente impersonal, tan sólo una palidez blanca dejaba entrever cierta tensión interior. Gerta, con el bebé como baluarte, presentaba signos de una inteligencia nueva en el rostro y sus ojos azules miraban con adoración a su amiga, no a él.

El miró a una y a otra mudo de asombro.

La mujer que había sido su esposa preguntó con serenidad:

—¿Qué es lo que tienes que decirnos?


Charlotte Perkins Gilman © (1860-1935)


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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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