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Leopoldo Alas Clarín


Leopoldo Alas García-Ureña, alias Clarín (25 de abril de 1851 – 13 de junio de 1901). Periodista y escritor español.Aunque nació en Zamora, donde su padre había sido nombrado gobernador civil, era de familia asturiana y a partir de los siete años vivió en Oviedo, ciudad a la que le uniría una estrecha relación y que se convertiría, de alguna manera, en la protagonista de su obra maestra, La Regenta. Estudió en Oviedo, con brillantes calificaciones, tanto en el colegio como en la universidad. 


Muy joven manifestó una exaltada afición por la literatura y una notable aptitud para el teatro y el periodismo satírico.


Se inicia con composiciones religiosas y satíricas, y será el único redactor del periódico Juan Ruiz, escrito a mano, que distribuirá entre sus compañeros de estudios. Cursó estudios de Derecho en Madrid, donde empezó a escribir en revistas. 

Narrador deslumbrante, articulista incisivo, crítico temido, polemista ácido, intelectual krausista ligado a la Institución Libre de Enseñanza, anticlerical y político republicano y liberal.


La revolución de 1868 despertó sus simpatías por la causa republicana y liberal, y sus años en Madrid (1871-1882), donde estudió filosofía y letras y se doctoró en leyes, le permitieron tener contacto con el círculo intelectual krausista, cuya influencia, muy en especial de su profesor Francisco Giner de los Ríos, fue decisiva en su formación.


Con el seudónimo de Clarín, se convirtió, a partir de 1875, en uno de los colaboradores más activos de la prensa "democrática".

Obtuvo la cátedra de Derecho Canónigo en Oviedo en 1883.

Obras


Novelas


  • Cuesta abajo (1890-1891)
  • La Regenta (1884–1885)
  • Su único hijo (1890)
  • El abrazo de Pelayo (1889)


Cuentos


  • Dos sabios
  • El dúo de la tos
  • El gallo de Sócrates
  • En el tren
  • En la droguería
  • Un voto
  • ¡Adiós, Cordera!
  • Boroña
  • Cuentos Morales
  • Cuervo
  • De la Comisión
  • Doble vía
  • Doctor Angelicus
  • Don Paco del empaque
  • Doña Berta
  • El Señor y lo demás son cuentos
  • El doctor Pértinax
  • El libro y la viuda
  • El oso mayor
  • El sombrero del cura
  • Medalla... de perro chico
  • Pipá
  • Speraindeo
  • Superchería
  • Tambor y gaita
  • Teresa
  • Un candidato
  • Un repatriado


Ensayos


  • Solos de Clarín (1881)
  • La literatura en 1881 (1882)
  • Sermón perdido (1885)
  • Nueva campaña (1887)
  • Ensayos y revistas (1892)
  • Palique (1894)




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Doble vía de Leopoldo Alas Clarín




El año de ser diputado y madrileño adoptivo, Arqueta ya era bastante célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante del Congreso.

«Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que no tiene palabra.»

Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el no ser hombre de palabra le servía de muchísimo. Claro que este último defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia le aborrecían e injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud del epigrama... de la minoría. ¿A que nunca había faltado a la palabra dada al presidente del Consejo de Ministros o a cualquier otro presidente de alguna cosa importante? ¡Ah!, pues ahí estaba el toque. Lo que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del puerto que buscaba, pero aquel zig-zag le iba acercando, acercando, y a cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca abierta.

Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de palabras... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el seno de la Comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila. ¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él a un futuro personaje.

Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder legislativo, se iba al bulto, o sea al poder ejecutivo. Se agarró a las faldas... de la señora del ministro de Hacienda, y la declaró buena presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido en un balneario del Norte.

Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se le iba a dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el turrón. En el balneario, aunque el trato fue de mucha confianza, Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las catorce señoras malas del Padre Coloma.

En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía a los diputados por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de los amigos de su mujer. Juana llegó a ser confidente de Concha, que algo tendría que contarla, y el ministro, Mediánez, hizo su favorito de Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra, siempre que convenía dársela a alguno y recogerla sin que él la devolviese.

La clase de servicios que Arqueta prestaba a Mediánez eran todos del género que a Mariano le gustaba, entre bastidores; se referían a lo que no puede decirse(¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo probable será encontrarse en el infierno.

Arqueta, cuando convino, fue director general, subsecretario y otra porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo explícito.

A pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía a la clase de relaciones que le unían al hombre público, ponía su principal confianza en las delicias del hogar doméstico... del hombre público. Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era de las catorce, fue cuando respiró tranquilo.

* * *

Subieron y bajaron varias veces los suyos, y Arqueta llegó a verse con méritos suficientes para entrar en una combinación, para ser ministro, siquiera fuese temporero..., que ya sabría él aprovechar la temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino, y no estaba bien. Pero fue el caso que las circunstancias hicieron que Mediánez estuviera indicadísimo para presidir un ministerio de transición, de perro chico, sin ministros de altura, pero que podían ser todo lo largos que quisieran. Y allí estaba él. Presidente, Mediánez, y él, Arqueta, en Fomento o donde Dios fuera servido..., ¿por qué no? Así las categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía sien do el jefe, el amo...

¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Mediánez por si le llamaban?

Siempre había atribuido a las faldas de Conchita la fuerza decisiva cuando había que influir en el ánimo de Mediánez y hacerle servir en caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este lado.

«¡Lo que puede el amor!», pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es verdad, que Mediánez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto: yo noto que Conchita no suele imponerse a su marido; más bien le teme que le manda..., y, sin embargo, en todo lo referente a mis cosas, ¡como una seda! Pido una gollería, Mediánez se enfada, Conchita vacila...; aprieto yo, se sacrifica ella; pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!

«Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Mediánez ve en mí poco ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa venceré!... Apretemos.»

-¿No te parece a ti que debo apretar? -le decía a su mujer.

Y Juana, sin vacilar, contestaba:

-¡Pues claro! ¡Aprieta!

Ella también seguía cultivando la amistad de la de Mediánez y la del ministro mismo; pero, es claro, que, pasando lo que pasaba, y que su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que Juana apretase también, aparte de que lo que él no lograra menos lo conseguiría su pobre mujercita.

La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio a su marido para que diera un ministerio, si formaba Gabinete, al pobre Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.

-Pero, desengáñate; digas tú lo que quieras, yo no mando en Mediánez tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón.

Así hablaba, en sus intimidades, la ministra a su amante; pero éste no se daba a partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.

Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la política de bastidores (la que gustaba a Mariano), Mediánez estaba haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía epigramas contra Arqueta. El jefe de Mediánez no quería Ministerios de transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar a un Gabinete intermedio y llegar él a tiempo y como hombre prevenido. Mediánez y Arqueta bien veían el juego; pero como la coyuntura era única para que Mediánez fuera presidente del Consejo, estaban decididos a comprar aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.

Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que ayudaba a subir a la Presidencia a Mediánez, ponía sus condiciones al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era persona grata.

Mediánez ocultaba a su amigo las batallas que reñía con aquel señorón para obligarle a transigir con el diputado por Polanueva, a quien él quería a todo trance llevar consigo al Gabinete que iba a presidir.

En fin, para abreviar, vino la crisis, que fue laboriosa; hubo soluciones a porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro chico..., y, por fin, ¡oh alegría!, vino un ministerio que «nacía muerto» según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el Ministerio Mediánez.

¡Y Arqueta entraba en Fomento!

¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él en la lista de ministros!

Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado a su marido palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era un hecho.

Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una infidelidad conyugal por lo que llegaba a la anhelada poltrona... ¡Pobre Juana! Pero, ¡qué diantre!, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.

Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fue la que encargó a escape el uniforme, o lo sacó de la nada, de repente, según lo pronto que estuvo listo.

A las once de la mañana iba a jurar, y a las diez Juana ya había vestido, con sus propias manos, a su marido el vistoso uniforme, reluciente de oro, con que iba a entrar en la brega ministerial. La casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de la amabilidad!, a las diez y media recibió el matrimonio un volante de Mediánez en que decía: «Espéreme usted; voy yo a buscarle en mi coche, y a dar la enhorabuena personalmente a Juana.»

A la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.

¡Qué triunfo!

Llegó el presidente nuevo. Mediánez, de uniforme también, aunque no tan flamante como el de Arqueta.

Aquella casa era una Babel.

Arqueta tuvo un momento de debilidad.

Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse a su gusto en un espejo vestido de uniforme, ¡Y era el sueño de su vida!

Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse a solas, a su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su gabinete, ¡dónde mejor! Allí, donde tanto había soñado con el triunfo, quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le había invitado a confiar en la explotación del físico.

Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa, que eclipsarse un momento...

Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero, Arqueta se dirigió a su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta estaba entreabierta..., enfrente estaba el armario en cuya clara luna se quería contemplar.

¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta pudiera verse reflejado en el espejo... vio en él, con toda claridad..., un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!

Pero no estaba sólo; en el espejo también vio Arqueta la imagen de Juana la regordeta..., con cuyas mejillas de rosa hacía Mediánez, el presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dio un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro, en el que presidía Mediánez, es decir, presidir también presidía el de Arqueta, por lo visto...; pero, en fin, se quiere decir que, rechazando el primer impulso de echarlo todo a rodar, se decidió a sacrificarse en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme, que le quemaba, o debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba quién; pero no desgarró nada..., y cinco minutos después llegaba en el coche de Mediánez a casa de éste, donde aguardaban otros ministros y muchos políticos importantes. Allí estaba el protector de la nueva situación, el del epigrama, que iba a gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que rodeaba al ilustre jefe de la minoría se celebraban con grandes carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y a él, a Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oír esto que dijo el protector del Ministerio en voz alta y solemne:

-Sic itur ad astra!

Carcajada general.

«Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube así a las estrellas... soy yo.»

Y se puso como un tomate.

-Arqueta -gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría, dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento-, la calumnia ya se ceba en usted.

-¡Cómo! ¿Qué dicen?

-Que no va usted a jurar..., sino a prometer por su honor. Absurdo, ¿verdad? ¡Calumnia!...



Leopoldo Alas "Clarín" ©

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Tambor y gaita de Leopoldo Alas Clarín



-¡Admirable, admirable, admirable!

Después de lanzar al aire esta exclamación, que hizo retumbar la estrecha saluca de la Rectoral, el Arcipreste Lobato tomó un polvo de rapé superior, de una caja de plata muy ricamente labrada, que tenía abierta sobre la mesa de encina de anchas alas, la cual se cerraba y abría con majestuosa pesadumbre.

Todos los presentes callaron, porque no sabían si el cura peroraba como doctor de la Iglesia, y sin admitir, por consiguiente, la forma socrática del diálogo, o como simple particular que toleraba la conversación. Además, ninguno de los allí reunidos tenía autoridad bastante para hablar en presencia del Arcipreste, sin ser invitado a ello.

-¡Sí, tres veces admirable! y diciendo esto, cerró la caja de un papirotazo dando a entender que allí él era, así como el único creador, el único que tomaba rapé; a lo menos de la caja de su propiedad.

-Tres veces admirable y no me cansaré de repetirlo. Ese Gasparico ha de ser gloria, no sólo de la parroquia de San Andrés, sino de todo el Concejo, y más diré, gloria del Principado.

Pero no así como se quiera, señor mío, no gloria mundana, viento y sólo viento, vanidad de vanidades, vanitas vanitatum... Y al decir esto el corpanchón del clérigo, puesto en pie, vestido con amplísimo levitón, de alpaca negra, y haciendo aspavientos con ambos brazos, para imitar las aspas de un molino, movidas por el viento salomónico de la vanidad, llenaba gran parte de la estancia que era corta y angosta y baja de techo como un camarote.

El señor mío a quien el Arcipreste apostrofaba, no era ninguno de los circunstantes, sino los librepensadores en general, representados, si se quiere, por Mr. Jourdain, ingeniero belga, socio industrial de la gran empresa extranjera, que explotaba muchas de las minas de carbón de la riquísima cuenca, cuyo centro viene a ser la parroquia de San Andrés.

-Gloria sólida, consolidada, como si dijéramos, gloria al portador, en buena moneda de oro de ley, girada por Aquél que no quiebra ni quebrará, ni mete gato por liebre, ni da a sus elegidos billetes falsos, ni papeles mojados de una Deuda que no hay Cristo que cobre...

Es necesario advertir; primero, que Lobato se estuvo figurando, por unos momentos, al Señor pagando una deuda de gloria en monedas de oro de cinco duros; y sus ademanes imitaban el acto de ir echando en la mesa el dinero que él fingía sacar de un bolsillo del chaleco. Segunda; también hay que notar, para la mayor exactitud psicológica, que el Arcipreste, una vez empeñado en sus tropos, se olvidó del panegírico que venía haciendo, y pasó a pensar en ciertas láminas de la propiedad, en los condenables cupones, que no había Cristo que cobrase como Dios manda, y en la baja del papel, que era enorme por aquellos días.

-Ese, Gasparico, añadió volviendo en sí, y dejando por esta vez sus querellas con el estado, en cuanto mal pagador, ese, Gasparico, ha de llegar a ser Obispo, en aquellas remotas playas. (El Arcipreste se figuraba toda la China y la Indochina como una serie de playas cubiertas de menuda arena y erizadas de hombrecillos amarillentos o negruzcos, casi todos bizcos, cubiertos de pluma y armados de flechas, que disparaban de la noche a la mañana contra los mismos frailes.)

Parecíale que había exagerado un poco haciendo Obispo de repente a un motilón que no tenía todavía las primeras órdenes, y como él no era amigo de exagerar ni de adelantar a nadie la carrera indebidamente, rectificó diciendo:

-Y si no Obispo, por lo menos de santo lo hemos de tener, si le dan ocasión para meter la mano hasta el codo, en los oficios y martirios, porque para ello es el más pintado.

-Más lo quiero santo que obispo -dijo con voz pausada, ronca, que hablaba con respeto y con entereza, y con una serenidad fúnebre, que imponía veneración y daba frío.

Quien hablaba así era la madre de Gasparico, la cual acababa de despedirse de su hijo para toda la vida, segura de que en cuanto el muchacho tuviera las órdenes necesarias, se lo iban a crucificar los salvajes allí en una región remotísima, de que ella no tenía ni siquiera las imágenes que ilustraban la fantasía del Arcipreste. Jamás había visto estampas ni grabados de esos que acompañan a ciertas historias de los mártires. Era aquella pobre aldeana una mística sin libros. No sabía leer.


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El oso mayor de Leopoldo Alas Clarín



Servando Guardiola dejó caer el libro, una novela francesa, sobre el embozo de la cama; apoyó bien la nuca en la almohada, estiró los brazos con delicia de dilettante de la pereza... y bostezó, sin hastío, sin sueño -acababa de dormir diez horas-, sin hambre -acababa de tomar chocolate-; saboreando el bostezo, poniendo en él algo de oración al dios de la galbana, que alguno ha de tener.

Dejaba caer el libro para continuar deleitándose con las propias ideas y las queridas familiares imágenes, mucho más interesantes que la lectura que le había sugerido, por comparación, mil recuerdos, mil reflexiones.

Se sentía superior al libro, con una inadvertida complacencia.

Era el volumen pequeño, elegante, coquetón, de un autor joven, de moda, de los pervertidos, jefe de escuela, un jeune maître próximo ya a la Academia y que iba cansándose de su especialidad, el amor con quintas esencias y lo quería convertir en extraña filosofía austera, de austeridad falsa, llena de inquietud y sobresalto.

Todavía aquel poeta del vicio parisiense, que tantas depravaciones eróticas había pintado, casi inventado, continuaba en esta reciente obra, por tesón de escuela, por costumbre, acaso por espíritu mercantil, buscando nuevos espasmos del placer; pero lo hacía con evidente disgusto ya, cansado de repetirse, empleando por rutina, ahora, las frases gráficas, fuertes, audaces, que en otro tiempo habían sido el triunfo principal de su estilo nervioso.

Todo aquello le sabía a puchero de enfermo a Servando, gran lector ahora de clásicos, que estaba descubriendo la historia en los autores célebres antiguos, aquellos de que todos hablan y que en nuestro tiempo casi nadie los tiene para leer. Él sí, los leía, los saboreaba; ¡qué de cosas decían que no habían hecho constar los comentaristas más minuciosos!

¡Qué mayor novedad que leer de veras a uno de esos maestros antiguos!

Y en cuanto a las novedades de caprichosa y misteriosa voluptuosidad que el autor francés encontraba a cada paso en ciertos antros del vicio de la gran capital, ¡qué poca admiración le causaban a Guardiola, que algo conocía y todo lo demás del género lo daba por visto y condenado en nombre, no ya de la moral, del buen sentido estético y hasta del mero egoísmo sensual y utilitario!

Le halagaba, sin darse él cuenta, el verse tan fuera y por encima de todo snobismo concupiscente; y esto, sin pretender perfecciones morales de que, ¡ay!, sabía él, definitivamente, que estaba muy lejos.

Había vivido bastante en Madrid, en Sevilla; conocía por experiencia la vida poco edificante del París menos original acaso, el del vicio... y conocía además el gran mundo de las concupiscencias intelectuales, las grandes farsas de la pseudofilosofía, de la ciencia preocupada por unos cuantos postulados ilegítimos, y soberbia en sus deleznables conclusiones.

Pero estaba lejos de ser un escéptico, ni de la vida, ni de la ciencia. Le repugnaba la clasificación de los sistemas en pesimistas y optimistas, y le placía ver de qué grotesca manera el telégrafo y la prensa van deshaciendo el sentido de estas palabras, optimismo, pesimismo, que jamás debieron servir para clasificar ni calificar filosofías.

Y pensaba Servando aquella mañana fría, húmeda, de cielo gris, para él tibia, seca, de cielo de plata, entre el calor de las sábanas, con la chimenea encendida en el próximo gabinete, pensaba que era necia pretensión la de aquellos autores de las populosas capitales empeñados en pasmar al mundo, a la provincia con la perversión febril de las acumulaciones del rebaño humano en los grandes centros.

¿Qué hacía París, que no hubieran hecho Babilonia, Antioquía, Síbaris, Roma y tantas otras ilustres corruptoras de la antigüedad remota?

¡Provinciano! Él se sentía profundamente provinciano. Ni corte, ni cortijo; quería su ciudad adormecida, con yerba en algunas calles, con resonancias en los atrios solitarios, con paseos por las largas carreteras, orladas de álamos... sin gente.

Allá, a lo lejos, se distinguen dos, tres, cuatro puntos... se mueven, avanzan, se acercan... ¿será ella? ¿Quién era ella?... Una mujer; la mujer, cualquiera; pero toda una mujer; respetable, idealizada... la manzana de ceniza, tal vez, que... no se monda.

El amor era eso... hacer el oso. ¡Siempre el oso! Nada más que eso. Es claro que, en la juventud primera, Servando había amado con fuerza, creyendo; idealizando siempre, pero deseando, esperando. Pero con aquello no había que contar... Aquellos paraísos perdidos no aguardaban redención; no volvían. Eso es, pasa, no vuelve... Hasta acordarse de ello hace daño. A otra cosa. Los ojos, los ojos a distancia. No había más.

El oso, el verdadero, el tenaz, es provinciano. Sin saber por qué a punto fijo, Servando comprendía el amor del oso provinciano, sin mañana, porque mañana es como hoy, sin finalidad, como el arte, según Kant, el fin sin fin, le comparaba a los cánticos del coro de los canónigos en la catedral.

Aquel alabar a Dios por costumbre, por deber, por oficio, sin arrebatos líricos, con respeto, con más somnolencia que misticismo, se parecía al oso eterno, a que él se consagraba en la calle, en el paseo, en el teatro, en el baile. Los canónigos alaban a Dios sin acordarse de la recíproca; no esperan, por lo regular, ninguna recompensa sobrenatural por la justa corte que hacen al Señor.

Tampoco Servando esperaba nada de la mujer a quien miraba de lejos con una constancia que sólo tiene el vacío.

En su pueblo, en su vieja y aburrida ciudad querida, mansión propicia para filósofos previamente desencantados, había notado Guardiola que mucha clase de relaciones sociales se parecían a las del oso por la falta de comunicación oral o escrita entre personas y personas.

Años y años veía él ciertos convecinos a quienes no trataba, porque no había habido ocasión para ello, ni deseo de lograrla; los veía todos, todos los días; sabía su vida entera, sus costumbres, sus gustos; eran para él imágenes familiares, que le cansaban por lo repetidas, y que, no obstante, contribuían a la plácida sensación de bienestar local que sólo en su pueblo satisfacía.

Se estimaban sin decírselo, sin saberlo, él y aquellos desconocidos que conocía como a hermanos; y sin embargo, jamás cruzó palabra ni un saludo. No había ocasión.

A lo mejor una gacetilla anunciaba la grave enfermedad de aquel señor a quien, en efecto, Servando había notado un poco alicaído... Al obscurecer, una campanilla; el Viático. A veces Guardiola llevaba el Señor al enfermo... ¡Uno menos! Moría aquel convecino a quien jamás había hablado... Y dejaba un vacío. Y así otros, y otros. Y parecía nada, y sin embargo, la tristeza, la soledad que iba encontrando en el teatro, en los paseos solemnes de los días de fiesta no era causada exclusivamente por la edad que se le echaba encima; también contribuía a aislarle aquella ausencia de los desconocidos familiares, con quien no había hablado nunca.

¿Y las desconocidas? ¡Los osos, sin palabras y que duraban años y años! ¡Cuántos ideales de aquellos había visto Servando envejecer!

Había amado ya a cuatro o cinco generaciones. Ahora idealizaba las nietas de sus Beatrices de los quince años. Con una indiferencia perfectamente natural y espontánea, lanzaba al olvido los ideales que se hicieron viejos. No había crueldad ni inconstancia en este proceder, porque ya se ha dicho que el oso era una finalidad sin fin.

Ni había que sacarle consecuencias de las que suelen pedir los demás amores, los utilitarios. Ni matrimonio, ni logro, ni celos, ni perfidia, ni cansancio, ni hastío... El oso no acababa hasta que llegaba la imposibilidad fisiológica de darle un parecido con el amor. Además los osos antes de hacerse del todo viejos, sabían desaparecer. Casi todos se convertían en madres honradas que salían poco de casa y sólo pensaban en los hijos. Cada primavera traía su juventud y ¡quién se acordaba de las hojas de otoño!

El amor así era compatible con toda clase de ocupaciones y preocupaciones. Servando había sido una porción de cosas, dándoles importancia, y sin dejar de hacer el oso de aquella manera. Político, algo beato, casado, viudo..., todo eso había sido y nada de ello tenía que ver con el oso; cosa aparte.

Cuando le empezó a salir la pata de gallo, llevaba diez o doce años de mirar a una marquesita muy mona, muy lánguida, casada con un cacique terrible del partido liberal.

La había conocido cuando ella, niña todavía, jugaba al aro, y a saltar la cuerda en el paseo principal. Desde entonces empezó a mirarla como a todas. Y ella a él, como a todos.

El oso en estos pueblos aburridos es propiedad ideal de la comunidad, casi, casi corre con él el Ayuntamiento. Todas miran a todos, y viceversa.

La marquesita pálida, interesante, esbelta, era un alma de Dios; fiel a su esposo, como era respetuosa con su madre; se había casado porque sí, y hacía el oso lo mismo, porque lo veía hacer al mundo entero. Ponía los ojos a lo místico, en el cielo... o en el cielo raso, según el lugar, y dejaba caer de repente la mirada sobre el varón puesto enfrente; que era muchas veces, en muchas partes, Guardiola.

No se habían hablado diez veces en la vida; unas temporadas se saludaban y otras no. ¡Y qué de historia común! ¡Qué relaciones tan largas las suyas! A veces, en el teatro, mal alumbrado -con poca gente-, no tenía ella más oso que él, ni él más oso que ella... Y, ¡cosa rara!, esas noches se aburrían de lo lindo, bostezaban, y se miraban mucho menos!

Faltaba la competencia, la animación, ¡qué sé yo! En cambio, los días alegres, los de gran función, las miradas se buscaban con afán, se aprovechaban del bullicio, de la multitud que pasaba por delante, entre ojos y ojos, para hablar más claros, más insinuantes... pero total, relámpagos. Nubes de verano en lo más frío del invierno.


Una noche, al retirarse Servando, oyó tocar a administrar en la parroquia vecina. Era para la marquesita. Una fiebre puerperal, cosa de días. Servando cogió un cirio y siguió al cortejo religioso. Quería estar muy triste, muy triste, y no podía; no sabía.

Aquel ideal de tantos años, que acaso era el último, tan familiar, tan escogido... se desvanecía también; y Servando tenía que confesarse que había sentido más la muerte de cierto primo carnal, que sentía la de la marquesita.

Murió aquella bendita y elegante señora, y Servando estuvo un mes sin ir al paseo, ni al teatro. Pero por culto que rendía a la sinceridad, pasado el mes volvió al paseo y al teatro. ¡El vacío existía! Sí. ¡Grande! En aquella platea solitaria de la marquesita había un agujero negro... El diablo de la metafísica no le dejaba a Guardiola entregarse a la desesperación con tan plausible motivo.

Vivir es ir muriendo todos los días, dicen muchos poetas, sin recordar que ya lo había dicho Séneca, y no había sido el primero. Pero ¿y qué? Claro que vivir es cambiar; y cambiar es eso; ahora uno y mañana otro; hoy por ti; mañana por mí.

Guardiola se murió también. Y no muy viejo. De un catarro mal curado. Fue al purgatorio, como era de esperar. La marquesita también había estado allí; pero ya había subido al cielo. Bien lo merecía, aunque sólo fuera por haber estado casada con un cacique.

Al cabo de los años mil, también Servando ascendió en el escalafón lo suficiente para llegar a la gloria eterna. Había estado mucho más tiempo purgando culpas que la marquesita; pero no por los osos, que en esto, allá se iban, y pesaban poco en la balanza de la Justicia; pero él había sido filósofo y ella no. Y por eso.

Sabido es que en la corte celestial está todo como lo dispuso Miguel Ángel, maestro de ceremonias. Cristo a la diestra de Dios Padre, y cada cual como corresponde y es de derecho. Después de arcángeles y serafines, tronos y dominaciones, ángeles, santos patriarcas, doctores, etc., etc., viene la gente menuda; y entre la gente menuda se vio, y no esperaba otra cosa, Servando. Los asientos están en largas filas paralelas. Los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero se ven, se ven, cuando las nubes de incienso no son demasiado espesas, los hombres y las mujeres.

Durante muchos millones de años, Servando no atendió más que a gozar de la felicidad eterna, que le correspondía. Pero tantos siglos de siglos -secula saeculorum- fueron pasando, que al fin, al fin (es decir, al fin no, porque aquello no tiene fin) Servando... se puso a reparar en el mujerío que tenía enfrente.

No se podía hablar con los demás una palabra, pero esto no le importaba a él, que ya venía acostumbrado a tal silencio desde la vida en su pueblo. En una ocasión en que el humo era menos denso se le figuró ver... ¡no había duda! ¡Era la marquesita! La tenía enfrente. Ella le había visto a él mucho antes.

Al principio (muchos millones de millones de años) no se atrevieron a mirarse... pero... al cabo de ese pedazo de eternidad, la marquesita clavó los ojos en el cielo del cielo... y los dejó caer, como solía en su pueblo, sobre el buen Guardiola.

No tenían otra cosa que hacer... y se entregaron a su costumbre favorita; a mirarse de lejos, sin un gesto, como si no fueran más que ojos, y no unos completos bienaventurados.

Se disponían a pasar la eternidad haciéndose el oso. Y se lo hicieron, siglos de siglos...

Pero se enteró la policía celestial. Aquello no estaba bien. Era cosa inocente, pero más propia que del cielo, del limbo. Pero como del cielo ya no se les podía echar, ni era la cosa para tanto..., los trasladaron al cielo... estrellado.

Y la marquesita y Servando Guardiola pasaron a ser entre estrellas telescópicas, dos muy juntas enfrente de otras dos muy juntas, formando entre todas un grupo, una constelación que, cuando se descubra, se llamará... el oso mayor.





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"Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas". © Paul Auster

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